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EL ESCÉPTICO DIGIT Pedro Lu
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Edición 2001 - Núm Pedro Lu
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El_Esceptico
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Asunto: EL ESCÉPTICO DIGITAL - Edición 2001 - Número 37
Fecha:Viernes, 12 de Octubre, 2001  02:27:22 (+0200)
Autor:Pedro Luis Gomez Barrondo <TXINBO @.....es>

=====================================================================

                           EL ESCÉPTICO DIGITAL

       Boletín electrónico de Ciencia, Escepticismo y Crítica a la
Pseudociencia
       © 2000 ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico
       http://www.arp-sapc.org/

    Edición 2001 - Número 37 - 12 de Octubre de 2001

Boletín de acceso gratuito a través de:
http://www.elistas.net/foro/el_esceptico/alta

=== SUMARIO =========================================================

  - Tan sólo hace un mes…

  - Dos notas solidarias.

  - Radicalismo y Miseria.

  - Habla un afgano-americano

  - El Factor Dios.

  - La guerra interminable

  - Violencia, religión y mundo secular

  - El triste punto cero es sublime

  - La Lucha Final.

  - Miserias de la guerra. Guerra Santa: pasión y razón

  - Que no se pare la vida

  - Armagedón.

  - Una nueva justicia mundial

  - En el nombre de Dios.

  - Torres Gemelas y gatos embotellados

  - Internet: Bautismo de Fuego ante el ataque terrorista en Estados
Unidos

  - Los Investigadores de lo Oculto.

  - La actitud científica contra la anticiencia y la pseudociencia.

  - El cero y la nada

  - La explicación del mecanismo universal de la división celular logra
el Nobel de Medicina

  - Nobel de Medicina 2000.

  - Somos erizos grandotes.

  - Física. Ganan el Nobel por crear un estado de la materia que no
existe en la naturaleza

  - 'Los átomos están congelados y son coherentes'

  - Química. El Nobel premia los nuevos métodos para obtener fármacos
más seguros

  - Los catalizadores para reacciones quirales logran el Nobel de
Química

  - El mar, la nueva botica.

  - Café con extraterrestres.

  - Breve reseña de política y pseudociencia en México

  - En torno a la terminología científica.

  - Ciencia: utilidad social o pesadilla.

  - Los soldados del saber.

=== NOTICIAS =========================================================

TAN SÓLO HACE UN MES…
Por: Pedro Luis Gomez Barrondo

Tan sólo hace un mes que la dolorosa realidad nos asaltaba con su
aspecto más feroz, cruel y sombrío. Tal parecía, por las imágenes que
nos llegaban, que el Armagedón se hubiera desatado finalmente de la mano
de unos fanáticos kamikazes islámicos, empeñados en ganarse el paraíso y
su cuota de huríes a base de orquestar un nuevo martirologio de
inocentes. Por desgracia, nada novedoso en la historia de nuestra
humanidad, excepción hecha quizás del dantesco método elegido para su
escenificación.

Hace tan sólo un mes que nos acometieron imágenes tremendas de gente
huyendo despavorida por las calles de Maniatan, con el horror marcado en
los ojos de quien se sabe vivo merced al milagro del azar. Creo que me
será difícil olvidar los rostros de los supervivientes de la barbarie
emergiendo, cual fantasmas blanqueados por el polvo del derrumbe, entre
los escombros de lo que hasta la fecha había sido uno de los orgullos
arquitectónicos y financieros de Occidente.

Aquello que estábamos viendo y oyendo, con una mezcla de horror y
estupefacción, parecía más el guión de la típica película catastrofista
Hollywoodiense que la cruda realidad con que unos fanáticos asesinos
pretendían sacudir y chantajear nuestras infieles conciencias.

Hace tan sólo un mes de aquello y las tremendas imágenes de seres
humanos saltando al vacío, en un desesperado intento por acabar con su
agonía, han ido dejando paso a otras no menos terribles de una
esquilmada población afgana, que huye despavorida del terror teócrata
talibán - capaz de mutilar las manos de una niña de diez años por
haberse pintado las uñas con barniz - y de unas civilizadas e
“infinitamente justas” bombas occidentales que no entienden de
discriminación entre inocencia y culpabilidad.

Tan sólo en treinta jornadas, las imágenes de unos rostros horrorizados
en las calles de Norteamérica han dejado paso a otros demacrados por el
hambre y marcados por el miedo de querer vivir como seres humanos
libres.

En tan sólo treinta días, hemos podido ver como la humanidad abandonaba
el recién estrenado siglo XXI, en el que algunos habíamos depositado
grandes esperanzas, y se sumía en comportamientos propios de épocas que
teníamos la esperanza de  que hubiesen caído en el olvido. Hemos podido
comprobar como se invocaba por doquier a las sinrazones de los
respectivos dioses, como se desempolvaba a los profetas del Apocalipsis
que , como siempre a balón parado, ya lo habían predicho todo. Hemos
visto como se exhortaba a la población para que emprendiese otra
supuesta Guerra Santa más. Hemos asistido al resurgimiento de todo tipo
de creencias y de comportamientos supersticiosos y al siempre rentable
negocio que los vivillos del circo paranormal de turno montaban en torno
a las supuestas almas dolientes de los muertos en las Torres Gemelas y
de sus afligidos allegados.

No hace mucho, presentamos al mundo hispano - Nº 7 de la revista el
Escéptico - un manifiesto que, bajo el título de “Manifiesto humanista
2000”, pretendía ser un llamamiento a favor  de los derechos
universales, de la tolerancia , de la justicia social y del
librepensamiento. En dicho documento, se reseñaban, entre otros, los
siguientes puntos:

./ Aunque el mundo ya no está dividido en dos superpotencias, la
Humanidad tiene todavía la capacidad de autodestruirse. Terroristas
fanáticos, Estados delincuentes e incluso los mayores poderes pueden
provocar inadvertidamente sucesos apocalípticos, lanzando armas
mortíferas de destrucción masiva.

./ La creencia de que, en gran medida, el libre mercado solucionará
todos los problemas sociales continúa siendo un dogma de fe. Permanece
en pie y sigue sin resolverse en muchos países la cuestión de cómo deben
equilibrarse las demandas del libre mercado con la necesidad de
articular programas sociales equitativos para asistir a los
discapacitados y a los empobrecidos.
Admitimos que estos problemas son serios y que necesitamos adoptar
medidas adecuadas para resolverlos. Creemos, sin embargo, que únicamente
pueden superarse con el uso de la inteligencia crítica y de esfuerzos
cooperativos. La Humanidad se ha enfrentado a desafíos en el pasado y se
las ha arreglado para sobrevivir, e incluso para triunfar. Los problemas
que atisbamos en el horizonte quizá no sean mayores que los que
afrontaron nuestros antepasados.
Pero hay, además, otras peligrosas tendencias en el mundo que están
insuficientemente reconocidas. Estamos particularmente preocupados por
las tendencias anticientíficas y antimodernas que incluyen la emergencia
de estridentes voces fundamentalistas y la persistencia del fanatismo y
la intolerancia, sea de origen religioso, político o tribal. Son estas
fuerzas las que, en muchas partes del mundo, se oponen a los esfuerzos
para resolver los problemas sociales o mejorar la condición humana.

./ La persistencia de tradicionales actitudes espirituales fortalece con
frecuencia modos irreales, escapistas y místicos de enfocar los
problemas sociales, que fomentan el desprecio por la ciencia y defienden
los mismos mitos que con demasiada frecuencia se hallan a la base de
arcaicas instituciones sociales.

A tan sólo treinta días, recobra actualidad, ahora más que nunca, ese
párrafo final del Manifiesto Humanista 2000 en el que se pronuncia:

"Somos los únicos responsables de nuestro destino colectivo. Para
resolver nuestros problemas, necesitaremos de la cooperación y la
sabiduría de todos los miembros de la comunidad mundial. Está dentro de
las capacidades de cada ser humano marcar una diferencia. La comunidad
planetaria es nuestra propia comunidad y cada uno de nosotros puede
ayudar a hacer que florezca. El futuro está abierto. Está en nuestras
manos elegir. Juntos podemos llevar acabo los más nobles fines e ideales
de la Humanidad"

A tan sólo un mes… de todos nosotros depende que la Razón y el
Pensamiento Crítico prevalezcan sobre el fanatismo y la superchería. ¡No
permitamos jamás que se salgan con la suya!

Para más información:
Manifiesto Humanista 2000 (texto íntegro)
http://www.el-esceptico.org/n7/manifiesto.htm

[Nota] *Quienes estén de acuerdo con los principios generales del
Manifiesto Humanista 2000, redactado originalmente por el filósofo
norteamericano Paul Kurtz, pueden dejar constancia expresa de ello
dirigiéndose a ARP, bien sea a la dirección postal (Apdo. Correos 310 /
08860 – Castelldefels / Barcelona) o a la de correo electrónico
arp@arp-sapc.org

                           ------------------

DOS NOTAS SOLIDARIAS

Con motivo del bárbaro y fanático atentado a las Torres Gemelas del
World Trade Center, padecido por el pueblo norteamericano y sufrido por
toda la comunidad internacional, la Junta de ARP-Sociedad para el Avance
del Pensamiento Crítico adoptó la resolución de remitir, a través de su
presidente Félix Ares de Blas, un mensaje de apoyo y solidaridad a
nuestros compañeros escépticos del Committee for the Scientific
Investigation of Claims of the Paranormal (CSICOP). La contestación del
CSICOP no se hizo esperar y nos llegó de la mano de Barry Karr.

Amparados en nuestro común empeño, tantas veces manifestado por el
propio Profesor Paul Kurtz, de asumir “un compromiso con la inteligencia
crítica”, con el “escepticismo de las creencias falsas y metodologías
que han motivado a otros hombres y mujeres “ , con “la defensa de la
razón en la sociedad” y con” el intento de reconstruir los valores
éticos de manera que sean más democráticos y humanos” queremos haceros
copartícipes de este intercambio epistolar.

.- Mensaje de ARP-SAPC al CSICOP

Querido Paul,
En mi nombre y en el de ARP-SAPC quiero expresarte, y a través de ti a
toda la comunidad escéptica americana, mis condolencias y solidaridad
por el crimen brutal del que fueron víctimas miles de inocentes hace una
semana en los Estados Unidos. Mi solidaridad es para con todos aquellos
que están pasando momentos difíciles en los EE UU y en otros países.

Ahora más que nunca está claro que debemos luchar contra los dogmas y
los fundamentalismos.
Ahora más que nunca se ve el valor objetivo de la duda sistemática que
introduce la ciencia. Continuaremos nuestra labor en la promoción del
pensamiento crítico en los países de habla hispana.

Tuyo sinceramente,
Prof. Félix Ares / Presidente ARP-SAPC

.- Contestación del CSICOP

Félix:
Gracias por tu carta y tus buenas palabras referentes a los ataques en
Nueva York, Pennsylvania y
Washington.

He recibido muchos mensajes de amigos y compañeros escépticos de todo el
mundo. Aunque se trataba del objetivo más visible, este no fue un ataque
exclusivamente contra los Estados Unidos. Había ciudadanos de muchas
naciones en esos aviones y en esos edificios. Cualquiera que comparta el
amor por los valores humanos básicos, la libertad y la humanidad ha sido
atacado este mes. Hay mucho sufrimiento y dolor después de este ataque,
que está siendo compartido por todo el mundo. Tenemos que seguir
haciendo lo que podemos hacer.

Pienso que es importante volver a la vida normal tanto como sea posible
y seguir adelante. Estoy totalmente de acuerdo contigo - tenemos mucho
que hacer, ahora más que nunca antes.

Te interesará el website indicado abajo. Hemos dejado a nuestros amigos
en Chile traducir uno de nuestras páginas
http://www.geocities.com/lanavedeloslocos/fraudes.html

Mis mejores deseos y muchas gracias de nuevo.

Barry Karr / CSICOP

                           ------------------

RADICALISMO Y MISERIA
Por: José Luis Calvo Buey

Los pueblos que desconocen su historia, están condenados a repetirla.

¿Qué convierte a un hombre aparentemente normal en un suicida y asesino
múltiple? Ésta y parecidas preguntas supongo que nos rondan a todos por
la cabeza desde el 11 de septiembre.

Los intentos por encontrar una única respuesta son inútiles por cuanto
ésta no existe. Tendríamos que acudir a una multiplicidad de causas en
las que se mezclan religión, nacionalismos, sociedad, política y
economía para comenzar a entender (que no justificar) esta tragedia.
Pero ¿y la navaja de Occam? Recordemos que ésta sólo se puede usar con
propiedad para discernir entre dos hipótesis que sean igualmente
explicativas en cuyo caso (y sólo en él) la que presenta menos elementos
tiene mayores posibilidades de ser correcta.

Por ello me sorprendió (desagradablemente) la lectura de un artículo de
Richard Dawkins titulado “Religions misguided missiles” [1] en el que
sostiene afirmaciones tan peregrinas como: “Promete a un joven que la
muerte no es el fin y estará impaciente por causar desastres.” Con estas
premisas llega a la conclusión que la causa de esta tragedia es la
religión. Esto se me antoja una simplificación inadmisible. Vivimos en
un país predominantemente católico en el que la mayoría de la gente
(entre ellos muchos jóvenes) cree, por tanto, en una vida de ultratumba;
pero nadie va estrellando aviones contra edificios. Por tanto esa
creencia no es causa única ni suficiente para explicar esta masacre.

¿No será que existe algo en la religión musulmana que ampare actos como
éste? Pues eso parece que piensa Mr. Dawkins porque asegura cosas como
que para un joven, carente de atractivo físico y con exceso de
testosterona, la promesa de un Paraíso poblado por hermosas vírgenes
sexualmente complacientes resulta un gran estímulo. Para no dar pie a
que se inicie una persecución contra los creyentes de la religión
musulmana tildándoles de fanáticos, nos apresuraremos a explicar que lo
antedicho no pasa de ser una lectura absolutamente errónea de los
mandatos coránicos. El concepto de martirio se limita al hombre que
muere combatiendo por el Islam, no incluye el asesinato de mujeres,
niños y hombres inocentes. Nada en el Corán justifica (y mucho menos
recompensa) un comportamiento como éste. Dado que los musulmanes
consideran que el Antiguo y el Nuevo Testamento están inspirados por su
mismo Dios (Alá en árabe) los preceptos de “No matarás” y “Amarás al
prójimo como a ti mismo” no les resultan extraños. De este concepto de
compartir la misma divinidad surgen párrafos de tolerancia y respeto
como el siguiente: “Los creyentes, los judíos, los cristianos, los
sabeos, quienes creen en Dios y en el Último Día y obran bien, ésos
tienen su recompensa junto a su Señor. No tienen que temer y no estarán
tristes.” (El Corán, 2-62) [2] Estos asesinatos no se han cometido por
los preceptos coránicos sino en contra de ellos.

¿Por qué entonces algunas personas hacen una lectura de El Corán en
clave fanática transformando de forma perversa un mensaje de amor y
tolerancia en odio e intransigencia? Hay una causa general para el
integrismo islámico y causas particulares para cada caso (Argelia,
Pakistán, Egipto...). En general, el integrismo surge como una reacción
a la decadencia política y económica. Recordemos que durante la Edad
Media, la gran potencia mundial era el Califato de Bagdad. Pocas veces
en la historia de la humanidad ha existido una corte con mayor esplendor
no sólo político y económico sino también cultural. ¿Es de extrañar que
añoren aquellos tiempos cuando el presente es mucho más gris? La
tentación a adoptar formas religiosas retrógradas como medio para volver
a esa Edad Dorada es muy fuerte. Sin embargo, tienden a olvidar que
dicho auge se fomentó en la tolerancia, que judíos y cristianos
convivían con ellos (a veces de forma problemática), que edificaron su
cultura sobre la greco-latina (gracias a sus copias se preservó mucha
que de otra forma hubiera desaparecido)...

Pero si esta tentación a querer recuperar un pasado glorioso es general,
¿por qué en algunos países sí existe una fuerte corriente de integrismo
y en otros no? Aquí tenemos que entrar en las causas particulares. Nos
centraremos en el caso de Pakistán y Afganistán para analizar las causas
históricas que han conducido a esta corriente de odio al enemigo que,
para ellos, es todo aquél que no piense de su misma forma (y entre los
que se incluyen, no lo olvidemos, la mayoría de los musulmanes).

En el S XVI gobierna en la India una dinastía musulmana, los llamados
Grandes Mongoles. Sin embargo, la mayoría de la población profesa el
brahamanismo. Esta convivencia no podía estar exenta de conflictos
principalmente por un irresoluble problema social. Para un musulmán,
todo los creyentes son iguales, para un hindú la sociedad está formada
por un conjunto de castas estrictamente cerradas. No es de extrañar que
numerosos descastados y miembros de las castas bajas se convirtieran al
Islam, aunque para un hindú de las castas altas siguieran siendo seres
inferiores a los que miraban con desprecio. Esta conversión creó,
además, una gran desigualdad económica en el campo del Islam. Junto a la
clase dirigente que poseen enormes riquezas aparecen millones de
antiguos parias que nada tienen.

La colonización británica no sólo no resolvió esa doble división sino
que las agravó. Una nación dividida es mucho más fácil de gobernar
puesto que siempre cabe el recurso de apoyarse en una facción para
aplastar a la otra, sin reparar en que al enfrentarlos se estaba creando
una gran carga de odio para el futuro.

El siguiente paso del imperialismo inglés fue Afganistán. La situación
aquí era completamente distinta. Amparados en un relieve montañoso y con
el apoyo ruso a las tribus afganas (Rusia no sentía ningún deseo de
tener a los británicos tan cerca de su propio territorio además de
ambicionar también el dominio del país) los ingleses terminaron por
retirarse no sin firmar un acuerdo por el que se les cedía parte del
territorio que se incorporó a la India. El que así se dividía
artificialmente a pueblos pertenecientes a la misma etnia y que
compartían idioma y religión no le importó a nadie.

Después de la I Guerra Mundial (en la que combatieron y murieron miles
de hindúes de ambas religiones) se planteó el problema de qué beneficio
obtenían éstos por la situación colonial. El siguiente paso fue plantear
la independencia. En un primer momento, la Liga (hindúes musulmanes) y
el Congreso (hindúes brahamánicos) colaboraron y consiguieron arrancar a
los británicos la concesión de unos gobiernos autónomos en los que se
garantizaba la participación de la minoría musulmana en los órganos de
gobierno. Para que dicho acuerdo se pusiera en marcha era necesaria la
adhesión de un número mínimo de los principados independientes (con
dirigentes brahamánicos) que nunca se produjo. La Liga se sintió
traicionada por el Congreso y radicalizó su discurso. En 1.933 Rahmat
Alí propugnó la independencia de dos estados, la India y Pakistán algo
que fue aceptado por la Liga pero a lo que el Congreso se oponía por
cuanto para ellos suponía la mutilación de su patria común.

El resultado de este enfrentamiento fue un estallido de violencia en los
barrios pobres de Calcuta en 1.946 que dejó un saldo de 6.000 muertos y
que se extendió por todo el país sin que los ingleses pudieran hacer
nada por evitarlo. Los británicos adelantaron en un año la
descolonización (prevista para 1.948) y dejaron tras de sí dos países y
uno de ellos, Pakistán, divido en dos, Pakistán Occidental (actual
Pakistán) y Pakistán Oriental (actual Bangla Desh) separados entre sí
por miles de kilómetros.

Como pasa siempre que se traza una frontera sobre el papel, se crearon
graves problemas. Por de pronto, tanto en el territorio de la India como
en el de los Pakistanes vivía población perteneciente a la otra religión
que, al no sentirse segura en su nueva patria, optó por el éxodo. Además
una zona en la que la población estaba dividida casi al 50%, Cachemira,
era pretendida por ambos países lo que ocasionó dos grandes guerras
(1.947 y 1.965) e innumerables enfrentamientos fronterizos. Así, entre
ambos contendientes se inició una disparatada y costosa carrera
armamentística que termina por convertirles en potencias nucleares. Este
desvío de fondos supone la perpetuación de la miseria y, en Pakistán, la
sobrevaloración del papel del ejército en la sociedad con lo que se dan
todas las circunstancias favorables para los golpes de estado (1.958,
1.969...) Por si la situación de Pakistán no era ya lo bastante
deplorable, en 1.971 con el apoyo de la India que ocasiona una nueva
guerra entre ambos, se produce la secesión del Pakistán Oriental.

Así, Pakistán queda humillada como nación, económicamente en la miseria
y políticamente condenada a las dictaduras militares. ¿Faltaba algo en
esta situación potencialmente explosiva? Sí, la invasión soviética de
Afganistán con cuyo pueblo los pakistaníes mantenían antiguas relaciones
como vimos anteriormente. En un mundo dividido en bloques lo que iba a
pasar era previsible. E.E.U.U aprovecha la ocasión de poner en
dificultades a la URSS y siguiendo el erróneo adagio que dice que “el
enemigo de mi enemigo es mi amigo” comienza a apoyar la resistencia
armada de los afganos. Para ello, utiliza a los habitantes de la región
fronteriza entre ambos países. Una zona pobre y atrasada en la que los
continuos agravios habían creado un caldo de cultivo perfecto para la
difusión de la visión fanática del Islam que se impartía en escuelas
coránicas. Sus estudiantes (talibán) rechazaban todo lo que no fuera el
Corán. Para ellos, sólo la vuelta a la supuesta pureza de la fe
primitiva les devolvería el esplendor pasado que tanto contrastaba con
su presente mísero y su futuro sin expectativas. Cuando no se posee
nada, nada puede perderse y hasta la muerte puede parecer una liberación
para el desesperado.

Con el apoyo militar, económico y propagandístico estadounidense, los
talibán se convirtieron en héroes para una gran parte de la población
pakistaní. Su lucha en una guerra particularmente dura aumentó su
fanatismo, así como el desprecio por la vida propia y la ajena. Cuando
los soviéticos se retiraron, Afganistán deja de ser algo importante para
Occidente. El país queda arruinado, con sus pocas infraestructuras
destruidas, sembrado de minas, con miles de viudas y huérfanos de las
que nadie se ocupa y con millones de refugiados en Pakistán que habían
huido de la guerra y que ante la destrucción de sus hogares y campos de
cultivo no tenían motivos para regresar.

¿Puede sorprenderle a alguien que haya tanto odio y desesperanza que
alimente el fanatismo en esta zona? Creo que no. Ojalá que seamos
capaces de aprender las lecciones de la historia. Si cuando concluya la
presente guerra somos capaces de reconstruir lo que destruyamos, de
devolver a la gente un presente digno y un futuro esperanzador tendremos
la posibilidad de quebrar este círculo vicioso de odio. En caso
contrario, sólo será cuestión de tiempo el que aparezca en escena un
nuevo Bin Laden y, lo que es peor, con miles de seguidores fanáticos
porque cuando el Más Acá no aporta soluciones a los problemas nada puede
impedir que se busquen en el inexistente Más Allá.

Para más información:

[1] Artículo de Dawkins en versión original:
http://www.guardian.co.uk/wtccrash/story/0,1300,552388,00.html
[2] Traducción íntegra al castellano
http://www.orst.edu/groups/msa/quran/index_s.html
Traducción al castellano de Hernán Toro de escépticos de Colombia
http://www.geocities.com/escepticoscolombia/articulos/credos/misilrelig.
html

                           ------------------

Salon.com http://www.salon.com/news/

HABLA UN AFGANO-AMERICANO
Por: Tamim Ansary
Noticia enviada por: Alf

He oído muchos comentarios sobre "bombardear Afganistán y devolverlo a
la Edad de Piedra" Hoy Ronn Owens, en KGO Talk Radio, afirmó que esto
significaría matar a gente inocente, gente que no tiene nada que ver con
esta atrocidad pero "Estamos en guerra, debemos aceptar los daños
colaterales, ¿que otra cosa podemos hacer?" Unos minutos después oigo a
en la TV a un experto discutiendo sobre si "tenemos las narices para
hacer lo que se debe hacer."

He reflexionado mucho sobre estas cuestiones ya que soy Afgano, y a
pesar de que vivo aquí (USA) desde hace 35 años no he dejado de
interesarme por lo que allí sucede. Por lo que quiero contar a aquel que
quiera escuchar, como se ven las cosas desde mi posición. Hablo como
persona que odia a los Talibanes y a Osama Ben Landen. No tengo ninguna
duda de que estas personas son los responsables de las atrocidades
sucedidas en Nueva York. Estoy de acuerdo de que se debe hacer algo
contra estos monstruos.

Pero los Talibanes y Ben Landen no son Afganistán. Ni siquiera son el
gobierno de Afganistán. Los Talibanes son una secta de locos ignorantes
que se hicieron con el poder en Afganistán en 1997. Ben Landen es un
criminal político con un plan.

Cuando piensen en Talibanes, piensen en Nazis. Cuando piensen en Ben
Landen, piensen en Hitler. Y cuando piensen en "el pueblo de Afganistán"
piensen en "los judíos en los campos de concentración". No solo los
Afganos no han tenido nada que ver con esta atrocidad. Ellos fueron las
primeras víctimas de los que han cometido los atentados. Se alegrarían
si alguien viniera y echase a los Talibanes y limpiara de criminales
internacionales el nido de ratas escarbado en su país. Algunos se
preguntan, ¿por que los Afganos no se rebelan y derrocan a los
Talibanes? La respuesta es, están hambrientos, exhaustos, heridos,
incapacitados, sufriendo. Hace algunos años, las Naciones Unidas estimó
que hay 500.000 huérfanos discapacitados en Afganistán, un país sin
economía, sin alimentos. Hay millones de viudas. Y los Talibanes han
enterrado vivas a estas viudas en fosas comunes. La tierra esta cubierta
de minas; las granjas fueron destruidas por los Soviéticos. Estas son
algunas de las razones por las que el pueblo Afgano no han derrocado a
los Talibanes.

Volvamos ahora a la cuestión de bombardear a Afganistán para que vuelva
a la Edad de Piedra. El problema es que ya se ha hecho. Los Soviéticos
ya se ocuparon de eso. Hacer sufrir a los Afganos? Ya están sufriendo.
Destruir sus casas? Hecho. Erradicar sus hospitales? Hecho. Convertir
sus escuelas en montañas de escombros? Hecho. Destruir sus
infraestructuras? Dejarlos sin medicinas o asistencia médica? Demasiado
tarde. Alguien ya lo hizo.

Nuevas bombas solo removerían las ruinas dejadas por las viejas bombas.
Alcanzarían al menos a los Talibanes? Probablemente no. En el Afganistán
de hoy solo los Talibanes comen, solo ellos tienen los medios para
desplazarse. Huirían y se ocultarían. A lo mejor las bombas alcanzarían
a algunos de esos huérfanos discapacitados, no se mueven demasiado
rápido, ni tan siquiera tienen sillas de ruedas.

Volar sobre Kabul y lanzar bombas no sería realmente un golpe contra los
criminales que hicieron esas cosas horribles. Realmente harían causa
común con los Talibanes, violando una vez más a la gente que han estado
violando todo este tiempo. ¿Pero que más queda? ¿Qué se puede hacer
entonces? Dejadme hablar ahora temblando y con verdadero temor. La única
forma de coger a Ben Landen es enviando tropas terrestres. Cuando la
gente habla de si "tenemos las narices para hacer lo que se debe hacer."
Están pensando en términos de tener las narices para matar tanta gente
como sea necesario. Tener las narices para superar los escrúpulos
morales que supone matar gente inocente. Saquemos nuestras cabezas de la
arena. Lo que está sobre la mesa es la muerte de Americanos. Y no solo
porque algunos Americanos morirían en la lucha por encontrar el
escondite de Ben Landen. Es mucho más grande que esto amigos. Porque
para llevar tropas a Afganistán, tendríamos que hacerlo a través de
Paquistán. ¿Nos dejarían? Probablemente no. Tendríamos que conquistar
primero Paquistán. Se quedarían las otras naciones Musulmanes al margen?
Ya ven por donde voy. Estamos flirteando con una guerra mundial entre el
Islam y Occidente.

¿Y saben que?: Este es el plan de Ben Landen. Esto es exactamente lo que
quiere. Por eso hizo esto. Lean sus discursos y declaraciones. Esta todo
ahí. Él cree realmente que el Islam vencerá a Occidente. Puede parecer
ridículo, pero él se imagina que si puede polarizar al mundo en el Islam
y Occidente, tendrá mil millones de soldados. Si occidente inicia un
holocausto en estas tierras, son mil millones de personas con nada que
perder, y esto es todavía mejor desde el punto de vista de Bin Landen.

Probablemente está equivocado, al final Occidente ganaría, sea cual sea
su significado, pero la guerra duraría años y millones de personas
morirían, no solo los suyos, también los nuestros.

¿Quién tiene las narices para esto? Ben Landen las tiene.
Alguien más?

Para más información:
Artículo original
http://www.salon.com/news/feature/2001/09/14/afghanistan/index.html

                           ------------------

El País http://www.elpais.es/

EL 'FACTOR DIOS'
Por: José Saramago

En algún lugar de la India. Una fila de piezas de artillería en
posición. Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre. En primer
plano de la fotografía, un oficial británico levanta la espada y va a
dar orden de disparar. No disponemos de imágenes del efecto de los
disparos, pero hasta la más obtusa de las imaginaciones podrá 'ver'
cabezas y troncos dispersos por el campo de tiro, restos sanguinolentos,
vísceras, miembros amputados. Los hombres eran rebeldes. En algún lugar
de Angola. Dos soldados portugueses levantan por los brazos a un negro
que quizá no esté muerto, otro soldado empuña un machete y se prepara
para separar la cabeza del cuerpo. Esta es la primera fotografía. En la
segunda, esta vez hay una segunda fotografía, la cabeza ya ha sido
cortada, está clavada en un palo, y los soldados se ríen. El negro era
un guerrillero. En algún lugar de Israel. Mientras algunos soldados
israelíes inmovilizan a un palestino, otro militar le parte a
martillazos los huesos de la mano derecha. El palestino había tirado
piedras. Estados Unidos de América del Norte, ciudad de Nueva York. Dos
aviones comerciales norteamericanos, secuestrados por terroristas
relacionados con el integrismo islámico, se lanzan contra las torres del
World Trade Center y las derriban. Por el mismo procedimiento un tercer
avión causa daños enormes en el edificio del Pentágono, sede del poder
bélico de Estados Unidos. Los muertos, enterrados entre los escombros,
reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan por millares.

Las fotografías de India, de Angola y de Israel nos lanzan el horror a
la cara, las víctimas se nos muestran en el mismo momento de la tortura,
de la agónica expectativa, de la muerte abyecta. En Nueva York, todo
pareció irreal al principio, un episodio repetido y sin novedad de una
catástrofe cinematográfica más, realmente arrebatadora por el grado de
ilusión conseguido por el técnico de efectos especiales, pero limpio de
estertores, de chorros de sangre, de carnes aplastadas, de huesos
triturados, de mierda. El horror, escondido como un animal inmundo,
esperó a que saliésemos de la estupefacción para saltarnos a la
garganta. El horror dijo por primera vez 'aquí estoy' cuando aquellas
personas se lanzaron al vacío como si acabasen de escoger una muerte que
fuese suya. Ahora, el horror aparecerá a cada instante al remover una
piedra, un trozo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una
cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un
tórax aplastado. Pero hasta esto mismo es repetitivo y monótono, en
cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella
Ruanda- de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm, de
aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos
linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados
vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron
y calcinaron Hiroshima y Nagasaki, de aquellos crematorios nazis
vomitando cenizas, de aquellos camiones para retirar cadáveres como si
se tratase de basura. Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha
perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que
los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal,
la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que,
desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar
en nombre de Dios. Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin
excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres;
que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos
inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y
espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la
miserable historia humana. Al menos en señal de respeto por la vida,
deberíamos tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta
verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes de
cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen
iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que
un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le
pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una
humanización real. A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con
infiernos, tan falsos los unos como los otros, insultos descarados a una
inteligencia y a un sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir.
Dice Nietzsche que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo
respondo que precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se
ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente
lo más horrendo y cruel. Durante siglos, la Inquisición fue, también,
como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar
perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quien
en ellos decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión y
el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los
derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a
escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa.

Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no
ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo
entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes
para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de
su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres
gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios
convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres,
han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la
Historia. Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano,
prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que los ha
inventado, pero el `factor Dios´, ese, está presente en la vida como si
efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino el
`factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en
los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la
otra...) la bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se
transformó el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade
Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza
contra las humillaciones. Se dirá que un dios se dedicó a sembrar
vientos y que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, y
quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha
sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente igual en todos los seres
humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen,
ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las
intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que
manda creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia un
hombre acabó por hacer del hombre una bestia.

Al lector creyente (de cualquier creencia...) que haya conseguido
soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas palabras, no
le pido que se pase al ateísmo de quien las ha escrito. Simplemente le
ruego que comprenda, con el sentimiento, si no puede ser con la razón,
que, si hay Dios, hay un solo Dios, y que, en su relación con él, lo que
menos importa es el nombre que le han enseñado a darle. Y que desconfíe
del `factor Dios´. No le faltan enemigos al espíritu humano, mas ese es
uno de los más pertinaces y corrosivos. Como ha quedado demostrado y
desgraciadamente seguirá demostrándose.

[Nota] *José Saramago es escritor portugués, premio Nobel de Literatura.

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El Correo http://www.elcorreodigital.com/

LA GUERRA INTERMINABLE
Por: Kepa Aulestia

Las oleadas de misiles y bombas que estallan sobre suelo afgano,
causando las primeras víctimas humanas de una respuesta tan medida como
demoledora, sitúan a la Humanidad ante los tres escenarios sobre los que
ha comenzado a representarse una guerra que puede resultar interminable.
Uno de los escenarios -quizás el más lejano a la inquietud inmediata que
suscita la incertidumbre actual- es ese nuevo orden mundial que puede
vislumbrarse en cada hipótesis de salida a la situación, y cuyos rasgos
definitivos nadie podría vaticinar hoy. Tras el 11 de septiembre, la
globalización del riesgo alcanza al conjunto del planeta y adquiere una
doble dimensión. Por un lado, todas las sociedades occidentales se
sienten afectadas -en grado diverso- por una inseguridad que no
encuentra precedentes desde la II Guerra Mundial. Por el otro, los
Estados del extenso ámbito territorial en el que el Islam está presente
como credo mayoritario o emergente sienten de forma más aguda que nunca
la amenazante presencia del integrismo. Las sombras del riesgo, del
terror o de la desestabilización, alcanzan a cuatro quintas partes de la
Humanidad, y únicamente China parece situarse al margen del peligro.
Este último dato provoca sensaciones de vértigo, especialmente en el
mundo occidental. La perspectiva de que la colisión de civilizaciones
que entraña, de una u otra manera, la cruzada fundamentalista contra los
valores de Occidente pueda contribuir al fortalecimiento de esa tercera
civilización que representa China constituye una hipótesis nada
desdeñable en el caso de que la autodefensa occidental no coincida con
el afianzamiento de regímenes que contribuyan a la estabilidad mundial
desde el islamismo y el mundo árabe. El hecho de que dicha estabilidad
haya estado -y pueda seguir en el futuro- en manos de gobiernos y
dinastías que administran los intereses de sus súbditos desde posiciones
dictatoriales o costumbres incompatibles con los derechos humanos no
puede seguir representando, para Occidente, el mal menor necesario para
evitar uno mayor. Entre otras razones porque, además de su naturaleza
extremadamente injusta, el muro de contención que esos regímenes alzan
frente al extremismo integrista resulta tan endeble que, en sí mismo, se
convierte en acicate del terror global.

El segundo escenario tiene que ver con la duración de la contienda. El
estremecedor ataque del terror integrista contra Estados Unidos y la
respuesta que, casi un mes más tarde, ha protagonizado el agredido,
secundado por una infinidad de países, ha dado inicio a una guerra que
sus contendientes afrontan con un objetivo determinado. No sería
aventurado concluir que el objetivo que Bin Laden perseguía el 11 de
septiembre era involucrar a Occidente en una espiral que permitiera al
integrismo desestabilizar, por lo menos, Pakistán y Arabia Saudí. Ahora,
además de prevenir cualquier agresión sobre suelo occidental, EE UU y
sus aliados se ven obligados a garantizar la estabilidad de ambos países
como objetivo tan inmediato como la destrucción de las bases de la red
terrorista o la caída del régimen talibán. Pero, junto a su carácter
global, el anuncio por parte de los dirigentes norteamericanos de que la
lucha contra las redes del terrorismo fundamentalista podría durar diez
años apunta hacia un horizonte tan incierto que puede llevarnos a la
conclusión de que nos encontramos en las albores de una guerra
interminable. Nadie podría pretender que una guerra expire, en sus
efectos, a tan largo plazo. Máxime cuando la naturaleza asimétrica de la
actual conflagración ha desplazado al propio conflicto palestino-israelí
del epicentro de la tensión, amenazando con la aparición de nuevos
conflictos o, para ser más precisos, amenazando con que viejas tensiones
afloren al primer plano de la actualidad.

El tercer escenario muestra las contradicciones entre gobiernos y
ciudadanía en las sociedades democráticas. Salvo raras excepciones,
probablemente no hay decisión gubernamental más alejada del sentir
popular que la declaración de guerra; y mucho más si dicha declaración
da paso al mantenimiento de un conflicto prolongado. Probablemente, si
el pavoroso rastro de restos humanos que dejó la matanza de las ‘Torres
Gemelas’ hubiera sido contemplado por los norteamericanos, la exigencia
de una venganza inmediata hubiese obligado a sus dirigentes a adelantar
precipitadamente los acontecimientos. Pero, también probablemente, a
medida que la guerra se vuelva interminable, los propios neoyorquinos
serán los primeros en implorar su final. Salvo raras excepciones, todas
las sociedades del mundo tienden a concebir la guerra como una fatalidad
ajena a su propia voluntad. En nuestra pequeña historia, y al margen de
la adicción que algunos padecen a los mitos, los vascos hemos podido ser
de todo menos belicosos. Al fin y al cabo, la guerra transfiere los
instintos más primarios que el ser humano alberga hacia la
responsabilidad que unos pocos asumen en nombre de un supuesto mandato
popular: marchar al frente. Claro que, en este caso, dicha transferencia
no garantiza la seguridad del ciudadano occidental, si no que acrecienta
los riesgos sobre su integridad personal o sobre las certidumbres de
futuro que han caracterizado a nuestra civilización. El ciudadano,
comprensivo y confiado respecto a las decisiones que adopten sus
dirigentes, se mantendrá así mientras perciba un final razonablemente
próximo y no se sienta directamente concernido por las imprevisibles
consecuencias de una historia que nunca hemos vivido en el pasado.

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El País http://www.elpais.es/

VIOLENCIA, RELIGIÓN Y MUNDO SECULAR
Por: E Miret Magdalena

Muchos se preguntan por qué ha habido y sigue habiendo tantos hechos
violentos religiosos. Basta echar una mirada a la historia de todos los
países, y leer los periódicos, para encontrar por todas partes esa
relación estrecha que hace sospechar a muchos que la religión y la
violencia se hallan siempre unidas. Eso es lo que nos hemos preguntado
cristianos, judíos, islámicos o agnósticos en el oportuno curso dirigido
por el juez Garzón en la universidad de verano de El Escorial. Allí se
descubrió la importancia de la religión en la violencia actual, entre
otras causas, por la defensa de la territorialidad -como ocurre en
Palestina-, reacción ésta que viene ya de nuestros ancestros del reino
animal.

La lucha contra personas y cosas en nombre de la religión esmalta la
historia humana, y actualmente presenta penosos ejemplos, como el
hundimiento terrorista de las dos torres de Manhattan. En la antigua
Yugoslavia se han opuesto distintas posturas religiosas, y todavía
quedan hechos que tienen ese sentido porque hay un duro enfrentamiento
de los cristianos entre sí, ortodoxos y católicos, y de todos ellos
contra los islámicos, y viceversa. Como vimos en el Líbano hasta hace
poco, y seguimos viendo en Palestina -que está llena contradictoriamente
de los recuerdos pacíficos de Jesús-, donde ni siquiera se entienden los
distintos cristianos en los llamados Lugares Sagrados. Y nada digamos de
las monstruosidades artísticas cometidas por los talibán que gobiernan
Afganistán y su apoyo a terroristas como Bin Laden; gracias a la
inoperancia de las Naciones Unidas, los talibán pudieron hacerlo sin que
nadie impidiera los desmanes de todo tipo que cometen en el plano
cultural, político y educativo en nombre de la religión.

Y si recordamos someramente la historia, quedaremos impresionados los
judeo-cristianos por el ejercicio de la violencia en nombre del Dios
Yahvé del Antiguo Testamento; o por la defensa cruenta de la verdad
cristiana durante siglos, a pesar de la tolerancia mostrada hacia todos
por Jesús, que por eso murió ajusticiado en su propio país.

Nos escandalizan las durezas cruentas del Libro del Deuteronomio y las
guerras de exterminio realizadas en Israel en nombre de Yahvé. Y pasa lo
mismo si rememoramos las injustas persecuciones de la Iglesia cristiana
contra los valdenses y albigenses, y la defensa realizada por San
Agustín de la persecución oficial contra los donatistas africanos,
justificando la violencia ejercida contra ellos. Y la triste historia de
la Inquisición, y sus constantes injusticias y persecuciones por motivos
religiosos, usando la tortura y entregando al brazo civil a los
condenados por ella, para que los ajusticiase. O lo cometido contra el
fraile Savonarola, condenado a la hoguera por el inmoral Papa Alejandro
VI. Y, para pretender lavar esa afrenta, cuando ya el mal no tiene
remedio, se quiere ahora hipócritamente canonizar a Savonarola; pero sin
arrepentirse verdaderamente de esa costumbre persecutoria contra los que
no piensan como los que mandan, porque se sigue persiguiendo hoy
moralmente a los pensadores eclesiásticos incómodos para la Iglesia
oficial, haciéndoles callar la boca si no quieren ser anatematizados
públicamente. Y todo ello sin el más mínimo respeto a los procedimientos
de una justicia que tenga en cuenta los derechos humanos proclamados en
la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, que Juan XXIII
aceptó gustoso en su encíclica Paz en la tierra.

La religión cae constantemente en el fanatismo intransigente ejercido
contra las ideas que no se acomodan a su pensar; y en el fundamentalismo
que interpreta con un literalismo infantil sus Libros Sagrados, como
hacen numerosos grupos en el Islam o en el cristianismo. O se llega a
unir la religión fundamentalista con la política, y se defiende el
integrismo que mezcla ambas cosas, y fácilmente ejerce la violencia
física o moral con los que no aceptan sus conservadoras ideas.

Yo no puedo por menos de recordar nuestro siglo XIX, en el que se nos
enseñó el nacional-catolicismo todavía reinante en mis años jóvenes,
defendido por nuestros obispos, y que fue el único que nos educó a los
católicos durante siglo y medio. Se editaba en los Breviarios del
Pensamiento Español, como modelo católico en nuestro país, a personajes
como el famoso dominico llamado Filósofo Rancio, que advertía a los que
seguían su conciencia, cuando no coincidía con sus dictados doctrinales
cerrados, que no se olvidasen que los católicos españoles tenían para
ellos 'el quemadero'. O el famoso cura catalán Sardá i Salvany, que
condenaba todo ejercicio de las libertades civiles como pecado, con la
aprobación de numerosos obispos españoles y alabanza de la romana
Congregación del Índice. Y rara fue también la voz episcopal -sólo se
cuentan dos obispos de la zona llamada nacional- que se atrevió a llamar
tímidamente la atención por las muertes que cometía el franquismo con
sus enemigos, cuando éstos eran solamente defensores de esas libertades
humanas.

¿Cuándo aprenderá nuestra religión hispana a que nadie somos
detentadores absolutos de la verdad, sino pacientes buscadores siempre
intentando encontrarla poco a poco y mezclada con errores?

Yo aprendí de Pablo VI que la Iglesia debe hacerse diálogo con todos,
sin límites ni cálculos ni polémica ofensiva. Y que, por el hecho de la
dignidad humana que todos poseemos, tenemos derecho a la libertad
religiosa, pensemos o no como la Iglesia oficial. Pero también me doy
cuenta de que eso no se practica hoy en ella.

La religión tiene el peligro de ser intransigente si pretende ser en
todo la absoluta poseedora de la verdad, incluso en muchas cosas que son
discutibles, y sobre las cuales no siempre pensó así la propia Iglesia,
por más que quieran ocultarlo sus dirigentes actuales. A mí hay un
inteligente pensador católico que me lo enseñó: el cardenal inglés
Newman; que lo resumió plásticamente con estas palabras: 'Si después de
una comida me viera obligado a lanzar un brindis religioso, bebería a la
salud del Papa, creedlo bien, pero primeramente por la conciencia y
después por el Papa', 'porque si el Papa hablara contra la conciencia...
cometería un suicidio'.

A los fundamentalistas, el temor al cambio, al pluralismo y a la
diferencia les hace poner en peligro sus afirmaciones absolutas, y por
eso reaccionan violentamente. Incluso se podría sospechar que no están
convencidos de lo que sostienen, porque como observó Unamuno que 'los
verdaderamente más convencidos suelen ser los más tolerantes; la
intransigencia proviene de la barbarie, la falta de educación, la
soberbia y no de la firmeza de la fe'.

Y, por supuesto, han aprendido bien la lección de atribuir a Dios sus
exageraciones doctrinales e inhumanas para, resguardándose con esa
palabra que recuerda un poder absoluto, cubrir con ese halo de fuerza
moral sus seudoverdades. Para mí, lo que llamamos Dios no puede ser eso,
sino lo contrario: la apertura, como decía el ateo Garaudy; el
acogimiento universal, como llamaba a esa experiencia el sabio Einstein;
o el principio integrador de todas nuestras experiencias positivas,
según el astrofísico Whittaker. Es en definitiva lo que era para
Pasteur: el descubrimiento de un ideal de belleza, de arte, de ciencia,
de ética, que lo lleva uno dentro de sí como norte de su vida.

¿Se parece esto a la intransigente religión al uso? Por eso, no es
extraño que, para mantener esa experiencia positiva en sus vidas,
algunos desechen la religión que han conocido entre nosotros.

La religión no tiene soluciones para todo, tiene que acostumbrarse al
mundo dirigido en su mayoría de edad por la razón, y no por pretendidos
mensajes venidos del cielo para gobernar la sociedad. Es la hora de la
'sana y legítima laicidad del Estado', como reconoció el Papa Pío XII.
El mundo por fin se ha secularizado y todos debemos aceptarlo.

Ni teocracia ni clericalismo alguno deben dirigir las cosas de tejas
abajo.

[Nota] *E. Miret Magdalena es teólogo seglar.

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El Mundo http://www.elmundo.es/

EL TRISTE PUNTO CERO ES SUBLIME
Por: Stephen Jay Gould
The New York Times Op-Ed

Los paradigmas de la Historia de la Humanidad mezclan siempre la
decencia y la depravación a partes iguales. Por lo tanto, presumimos con
frecuencia que un equilibrio tan delicado debe surgir en unas sociedades
que estén compuestas por gente decente y depravada en igual número. Pero
debemos exponer y celebrar aquí la falacia de tal conclusión de forma
que, en estos momentos de crisis, podamos reafirmar una verdad esencial,
olvidada con demasiada facilidad, y recuperar un consuelo que nos es
crucial y que también parece estar a punto de desaparecer. La gente
buena y amable sobrepasa en número al resto en una proporción de varios
miles a uno.

La tragedia de la Historia humana se debe al enorme potencial de
destrucción de algunos actos de maldad y no a la alta frecuencia con que
aparecen individuos malvados. Los sistemas complejos sólo pueden
construirse paso a paso, mientras que la destrucción requiere sólo un
instante.

Así, en lo que a mí me gusta llamar la Gran Asimetría, todos y cada uno
de los incidentes espectaculares derivados de la maldad se ven
compensados por otros 10.000 actos de bondad que, muy a menudo, pasan
desapercibidos e invisibles como esfuerzos «corrientes» que son y que
los llevan a cabo una inmensa mayoría de personas.

Tenemos el deber, casi la sagrada responsabilidad, diría yo, de destacar
y honrar la vigorosa entidad de estas innumerables y pequeñas buenas
acciones frente a un acto de maldad sin precedentes, que amenaza con
distorsionar nuestra percepción de la conducta humana normal.

Yo he estado en ese punto cero, atónito ante la visión de las ruinas de
la mayor estructura hecha por el hombre que jamás haya sido destruida
por una catástrofe. (Dejaré a un lado las apocalípticas declaraciones
que hacen algunos literalistas bíblicos a propósito de la Torre de
Babel). Yo he podido contemplar una carnicería, ocurrida en un solo día,
que nuestro país no sufría desde esas batallas que, casi 150 años
después, aún evocan pasiones y lágrimas: Antietam, Gettysburg y Cold
Harbor.

La escena es insufriblemente triste, pero de ninguna manera deprimente.
Muy al contrario, el punto cero sólo se puede describir utilizando para
ello el significado ya perdido de una gran palabra como es «sublime», en
el sentido de un temor reverencial inspirado por la solemnidad. En
términos humanos, el punto cero es el centro de una vasta red de bondad
activa, hacia donde se canalizan innumerables hazañas, también
bondadosas, procedentes de todo el planeta, hechos estos que deben
quedar debidamente registrados para reafirmar el abrumador peso de la
decencia humana.

Los escombros del punto cero permanecen mudos mientras que una colmena
plena de actividad humana se revuelve en su interior e irradia su afán
hacia el exterior, mientras que todos y cada uno de los que están allí
aportan su contribución altruista, ya sea grande o pequeña y según sus
medios y capacidades.

Mi esposa y mi hijastra organizaron un depósito en Spring Street para
recoger y transportar elementos que escaseaban, como máscaras y
suplementos para el calzado, destinados a los trabajadores que se
encontraban en el punto cero. Las palabras se extendían como un fuego de
virtud y la gente se acercaba en oleadas ofreciendo regalos, desde unas
simples pilas a un enorme lote de cascos para el trabajo, que había
costado 10.000 dólares, comprado en un establecimiento de las cercanías
y enviado directamente a todos nosotros.

Citaré tan sólo una pequeña historia, entre las muchas que se han dado,
para añadirla a esa cuenta que habrá de sobrepasar al poder de cualquier
acto terrorista. Y con estas historias, multiplicadas miles de veces,
dejaremos que esos pocos individuos depravados entiendan finalmente que
su previsión de inspirar miedo no prevalecerá sobre la decencia normal.

Cuando una noche, ya tarde, abandonábamos un restaurante de los
alrededores para hacer una entrega en el punto cero, la cocinera nos
entregó una bolsa diciendo: «Aquí tienen una docena de pasteles de
manzana, nuestro mejor postre, todavía calientes. Por favor,
entréguenselos a los que están haciendo labores de rescate». Qué persona
tan encantadora, pensé, pero qué poco sentido tenía, excepto como acto
de solidaridad, conectar la cocina con los trabajos de desescombro. Aún
así, le prometimos que lo distribuiríamos; colocamos la bolsa con los
pasteles de manzana encima de los varios miles de máscaras y de
plantillas para zapatos. Doce pasteles de manzana en la brecha. Doce
pasteles de manzana para miles de trabajadores.

Y entonces aprendí algo importante que nunca debería olvidar, y la broma
fue a mi costa. Aquellos 12 pasteles se convirtieron, literalmente, en
pasteles calientes. Aquellos triviales símbolos, tal como los había
interpretado en mi juicio inicial, se convirtieron en unas gotas de oro
dentro de la tormenta de ofertas similares que se producía, regalos
tanto para el estómago como para el corazón, y que iban desde postales
escritas por niños a saludos de ánimo desde las aceras de la calle.

Entregamos el último pastel a un bombero mayor que estaba sentado, solo
y extenuado, colocándose unas plantillas en los zapatos. Y me dijo, con
un guiño y una sonrisa: «Gracias. Esto es lo mejor que he visto en
cuatro días. ¡Y está caliente todavía!».

[Nota] *Stephen Jay Gould es profesor de Zoología en Harvard y autor de
libros como La vida maravillosa y Cuestionando el Milenio.

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El País http://www.elpais.es/

LA LUCHA FINAL
Por Mario Vargas Llosa

Lo sabíamos hace tiempo -las malas películas catastrofistas de Hollywood
lo habían anticipado con gran precisión de detalles- pero ahora, en las
ruinas humeantes de las Torres Gemelas de Manhattan y del Pentágono de
Washington, y los miles de cadáveres sepultados bajo los escombros
causados por el peor atentado terrorista en la historia de la humanidad,
tenemos la evidencia: el siglo XXI será el de la confrontación entre el
terrorismo de los movimientos fanáticos (nacionalistas o religiosos) y
las sociedades libres, así como el siglo veinte fue el de la guerra a
muerte entre estas últimas y los totalitarismos fascista y comunista. La
hecatombe ocurrida en Estados Unidos en la mañana del 11 de septiembre
demuestra que, aunque pequeñas y dispersas, aquellas organizaciones
extremistas partidarias de la acción directa y la violencia
indiscriminada disponen de un extraordinario poder destructivo y pueden,
antes de ser derrotadas, causar estragos vertiginosos a la civilización,
acaso peores que los de las dos guerras mundiales.

Una operación tan perfectamente ejecutada, que implica el secuestro
simultáneo de cuatro aviones de líneas comerciales para convertirlos en
proyectiles y empotrar a tres de ellos en edificios del más alto
simbolismo -el vértice del capitalismo y la espina dorsal del sistema
defensivo estadounidense-, en el corazón del país más poderoso de la
tierra, no sólo requiere voluntarios poseídos de un celo fanático y esa
voluntad de inmolación que las iglesias celebran en sus mártires;
también, una cuidadosa planificación intelectual, sistemas de
información muy eficientes, un vasto entramado internacional y recursos
económicos considerables. Los terroristas disponen de todo ello y,
además, de Estados que les sirven de refugio, los subsidian y utilizan.
Al igual que los grandes carteles de la droga, con los que muchas de
ellas tienen estrechas relaciones, las organizaciones terroristas han
sido de las primeras en sacar buen provecho de la globalización,
extendiendo 'el dominio de la lucha' a escala planetaria. Ya nadie puede
poner en duda que, así como ha sido posible volar las Torres Gemelas de
Wall Street y el Pentágono, el día de mañana, o pasado, un comando
suicida puede hacer estallar en la Quinta Avenida -o en Picadilly
Circus, Postdamer Platz o los Campos Elíseos- un artefacto atómico de
pequeño calado que cause un millón de muertos.

Esta precariedad de las poblaciones de las sociedades democráticas
frente a la alta tecnología y operatividad alcanzadas por el terror es
una realidad de nuestro tiempo que, por una muy explicable reacción
psicológica defensiva, Occidente se ha negado hasta ahora a considerar,
aunque algunas mentes lúcidas, como Jean François Revel, hayan venido
alertándolo al respecto, y urgiéndolo a actuar desde hace buen número de
años. ¿Es ello posible? ¿Hubiera podido ser evitada la tragedia del 11
de septiembre con mejores sistemas de control en los aeropuertos de
Estados Unidos? La verdad es que, probablemente, no. Los secuestradores,
según los primeros indicios, no disponían de armas de fuego, ni siquiera
de navajas de metal que hubieran podido ser detectadas por las pantallas
de la seguridad. Se valieron de cuchillitos de plástico y maquinillas de
afeitar de inocente apariencia y de cubiertos y objetos contundentes que
encontraron en los propios aviones. Todo lo habían previsto. Y, por
supuesto, habían entrenado de manera impecable a sus pilotos kamikaze
para reemplazar a la tripulación en los mandos, cortar las
comunicaciones con las torres, y estrellar los aparatos, con rigor
matemático, donde podían causar más daño. Es muy difícil, acaso
imposible, que una sociedad abierta, no dispuesta a sacrificar la
libertad y la legalidad de sus ciudadanos y a convertirse en un Estado
policial en aras de la seguridad, esté en condiciones de vacunarse
contra todo tipo de acciones terroristas.

Pero ello no significa que deba cruzarse de brazos, en espera del
próximo Apocalipsis de formato reducido que decida desatar en sus
ciudades el multimillonario saudí Osama Ben Laden, o cualquiera de sus
congéneres partidarios de la guerra santa e indiscriminada contra su
Satán preferido. Por el contrario, las organizaciones terroristas son
bastante conocidas y perfectamente vulnerables, así como los gobiernos
que las protegen y administran. Hay una guerra declarada, no a Estados
Unidos, sino al conjunto de sociedades democráticas y libres del mundo,
y no hacerle frente, con inteligencia y resolución, es correr el riesgo
de un desplome de la civilización en nuevas orgías de salvajismo como la
que acaba de ensañarse contra el pueblo norteamericano.

Si los gobiernos de las sociedades democráticas coordinan sus acciones y
su información, e internacionalizan la justicia, pueden asestar certeros
golpes a las organizaciones terroristas, desbaratando su infraestructura
bélica, sus fuentes de suministro, y llevando a sus dirigentes ante los
tribunales. Lo ocurrido en la ex Yugoslavia es un indicio de lo que
debería ser una práctica permanente, para limpiar a la comunidad humana
de futuros Milosevic. Los Estados que fomentan el terror y se sirven de
él tienen tanta responsabilidad en los crímenes colectivos como los
comandos que los ejecutan y deberían ser objeto de represalias por parte
de la comunidad democrática. La represalia más eficaz es, por supuesto,
la de reemplazar a esas dictaduras despóticas y sanguinarias -la de los
talibán en Afganistán, la de un Sadam Hussein en Irak, la de Gaddafi en
Libia y tres o cuatro más sorprendidas en flagrantes complicidades con
acciones de terror-, por gobiernos representativos, que respeten las
leyes y las libertades, y actúen de acuerdo a unos mínimos coeficientes
de responsabilidad y civilidad en la vida internacional. En este
aspecto, las sociedades occidentales han actuado tradicionalmente con
unos escrúpulos desmedidos, tolerando a dictadorzuelos corruptos y
feroces, exportar sus métodos criminales al extranjero, en nombre de una
soberanía que éstos violan sin el menor empacho para agredir a otras
naciones y luego esgrimen como patente de impunidad.

No es verdad que haya sociedades -se menciona siempre a las islámicas
como ejemplo-, constitutivamente ineptas para la democracia. Ése es un
prejuicio absurdo, alimentado por el racismo, la xenofobia y los
complejos de superioridad. Las culturas que no han conocido la libertad
todavía (la mayor parte de las existentes, no lo olvidemos), es porque
no han podido aún emanciparse de la servidumbre a que tiene en ellas
sometida a la mayoría de la población una elite autoritaria, represora,
de militares y clérigos parásitos y rapaces, con la que, por desgracia
muy a menudo, los gobiernos occidentales han hecho pactos indignos por
razones estratégicas de corto alcance o por intereses económicos. En
todas esas satrapías tercermundistas que son el mejor caldo de cultivo
para el terrorismo existen partidos, movimientos y a veces cuerpos de
combatientes que, en condiciones casi siempre muy difíciles, resisten el
horror y representan una alternativa de cambio político para el país.
Esas fuerzas de la resistencia democrática deberían recibir el respaldo
militante de los países libres, en pertrechos militares, acciones
diplomáticas y asesoría estratégica, dentro de una campaña concertada
internacional para liquidar a esa hidra de mil cabezas en que se ha
convertido hoy el terrorismo. Porque la única posibilidad de que, algún
día, el mundo entero quede libre de esa amenaza que ahora pende sobre
todas nuestras cabezas, es que hayan desaparecido en él todas las
dictaduras y sido reemplazadas por gobiernos democráticos.

Imagino que esta última frase provocará algunas sonrisas, por su
retintín utópico. ¿Un mundo sin dictaduras? ¡Qué fantasía! No es verdad.
Si las mujeres afganas, que son la mayoría de la población de ese país,
tuvieran ocasión de decidir su suerte, meto mis manos al fuego que no
elegirían al gobierno que las expulsó de las escuelas, las profesiones y
los empleos, les prohibió salir a la calle solas o visitar un médico,
las convirtió en esclavas y las obligó a andar por la vida sepultadas,
como robots sin pensamiento ni voluntad propios, bajo los siete kilos de
ignominia que pesa una burka. Si todos los países democráticos se
empeñaran en ello y actuaran en consecuencia, las dictaduras se
reducirían de manera dramática y, aunque siempre escenario de
esporádicos estallidos de violencia terrorista, el mundo sería
infinitamente más seguro de lo que es ahora.

Pero es difícil que esa concertación se produzca, por desgracia. Una
razón es que los gobernantes, con raras excepciones, padecen de la
enfermedad del presentismo, y se resisten a las políticas de mediano y
largo plazo como sería la de democratizar los cinco continentes. Y,
otra, es que buen número de gobiernos occidentales, empezando por el
francés naturalmente, se opondrían a esa acción concertada para no
parecer enfeudados a Washington. Vivimos una época en la que la
satanización de los Estados Unidos no es sólo patrimonio de los
extremismos de izquierda y de derecha -comunistas y fascistas siempre
odiaron, más que nada en el mundo, el capitalismo liberal que ese país
representa-, sino una disposición del ánimo vastamente extendida en
sectores incluso democráticos. Es un odio que se nutre de numerosas
fuentes, desde los complejos de inferioridad, de quienes envidian la
riqueza y la potencia de aquel país, y de superioridad, de quienes
detestan la chabacanería y la informalidad de sus costumbres y se creen
(por pertenecer a países más antiguos y de historia ilustre) superiores
a los gringos, pasando por la progresía intelectual, esos profesionales
de la buena conciencia y la corrección política, que ganan indulgencias
ideológicas para sus acomodos, lanzando diatribas sistemáticas contra
Estados Unidos, fuente, de creerles, de todos los males que padece el
planeta. Ahora mismo, a muchos de ellos, en los farisaicos artículos que
escriben en estos días deplorando la tragedia que ha golpeado al gigante
norteamericano -¡no faltaría más!-, les supura entre las letras, como
sucia afloración del subconsciente, un escalofrío satisfecho. Qué
chillería indignada escucharía el mundo si se pusiera en marcha,
encabezada por Estados Unidos, una movilización de todos los países
democráticos para entablar aquella lucha final (que mentaba la fenecida
Internacional) contra las dictaduras existentes.

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Clarín http://www.clarin.com/

MISERIAS DE LA GUERRA. GUERRA SANTA: PASIÓN Y RAZÓN
Por: Humberto Eco
Traducción al español por: Cristina Sardoy

Berlusconi habló de la supuesta superioridad occidental sobre el Islam.
Eco parte de esas palabras y arma un texto que elude la corrección
política para convertirse en un conmovedor homenaje a la tolerancia.

Que alguien, en estos días, haya pronunciado palabras inoportunas sobre
la superioridad de la cultura occidental, sería un hecho secundario. Es
secundario que alguien diga una cosa que considera justa pero en el
momento equivocado, y es secundario que alguien crea en una cosa injusta
o incluso equivocada, porque el mundo está lleno de gente que cree en
cosas injustas y equivocadas, incluido un señor que se llama Bin Laden,
que posiblemente sea más rico que nuestro presidente del Consejo y
estudió en las mejores universidades. Lo que no es secundario y que debe
preocuparnos un poco a todos, políticos, líderes, religiosos,
educadores, es que ciertas expresiones, o llegado el caso, artículos
enteros y apasionados que de alguna manera las legitimaron, pasen a ser
materia de discusión general, ocupen la mente de los jóvenes y puedan
llegar a inducirlos a sacar conclusiones pasionales dictadas por la
emoción del momento. Me preocupan los jóvenes porque, en definitiva, a
los viejos, la cabeza ya no les cambia. Todas las guerras de religión
que ensangrentaron al mundo durante siglos nacieron de adhesiones
pasionales a contraposiciones simplistas, como Nosotros y los Otros,
buenos y malos, blancos y negros. Si la cultura occidental demostró ser
fecunda es porque se esforzó por "eliminar", a la luz de la
investigación y el espíritu crítico, las simplificaciones nocivas.

Naturalmente, no lo hizo siempre, porque forman parte de la historia de
la cultura occidental también Hitler, que quemaba los libros, condenaba
al arte "degenerado", mataba a los que pertenecían a las razas
"inferiores", o el fascismo que me enseñaba en la escuela a recitar
"Dios maldiga a los ingleses", porque eran "el pueblo de las cinco
comidas" y por ende glotones inferiores al italiano parco y espartano.

Son, no obstante, los mejores aspectos de nuestra cultura los que
debemos discutir con los jóvenes, y de cualquier color, si no queremos
que caigan nuevas torres también en los días que vivirán después de
nosotros.

Un elemento de confusión es que a menudo no se logra captar la
diferencia entre la identificación con las propias raíces, comprender a
quienes tienen otras raíces y juzgar lo que está bien y o mal. En cuanto
a las raíces, si me preguntaran si preferiría pasar mis años de jubilado
en un pueblito de Monferrato, en el majestuoso marco del parque nacional
del Abruzzo o en las suaves colinas de Siena, elegiría Monferrato. Pero
eso no implica que considere a las otras regiones italianas inferiores
al Piamonte. Por consiguiente, si con sus palabras, el presidente del
Consejo quería decir que prefiere vivir en Arcore antes que en Kabul, y
hacerse atender en un hospital milanés antes que en uno de Bagdad,
estaría dispuesto a apoyar su opinión. Y eso aunque me dijeran que en
Bagdad instalaron el hospital mejor equipado del mundo: en Milán me
hallaría más en mi casa, y eso influiría incluso sobre mis capacidades
de recuperación. (...)

Pasemos ahora al enfrentamiento de civilizaciones, porque ése es el
punto. Occidente, aunque más no sea, y en muchos casos lo es, por
razones de expansión económica, ha sido curioso respecto de las otras
civilizaciones. Muchas veces las liquidó con desprecio; los griegos
llamaban bárbaros, es decir, balbucientes, a quienes no hablaban su
idioma y por lo tanto era como si en realidad no hablaran. Pero griegos
más maduros, como los historiadores (quizá porque algunos de ellos eran
de origen fenicio) muy pronto advirtieron que los bárbaros usaban
palabras distintas de las griegas, pero se referían a los mismos
pensamientos. Marco Polo trató de describir con gran respeto usos y
costumbres chinos, los grandes maestros de la teología cristiana
medieval se esforzaban por conseguir que les tradujeran los textos de
los filósofos, médicos y astrólogos árabes, los hombres del Renacimiento
exageraron incluso en su intento de recuperar sabidurías orientales
perdidas, desde los Caldeos a los egipcios, Montesquieu intentó
comprender cómo podía ver un persa a los franceses, y antropólogos
modernos llevaron a cabo sus primeros estudios sobre las relaciones de
los salesianos, que se acercaban sin duda a los Bororo para
convertirlos, en lo posible, pero también para comprender cuál era su
forma de pensar y de vivir, recordando quizá que los misioneros de
siglos anteriores no habían podido comprender a las civilizaciones
amerindias y alentaron su exterminio.

Mencioné a los antropólogos. No digo nada nuevo si recuerdo que, desde
mediados del siglo XIX en adelante, la antropología cultural se
desarrolló como un intento por cicatrizar el remordimiento de Occidente
en relación con los Otros, y especialmente los Otros que eran definidos
como salvajes, sociedades sin historia, pueblos primitivos. Occidente no
había sido tierno con los salvajes: los había "descubierto", había
intentado evangelizarlos, los había explotado, a muchos los había
reducido a la esclavitud, entre otras cosas, con la ayuda de los árabes,
ya que los barcos de los esclavos eran descargados en New Orleans por
hidalgos de origen francés, pero estibados en las costas africanas por
traficantes musulmanes.(...)

La verdadera lección que debe extraerse de la antropología cultural es
más bien que, para decir si una cultura es superior a otra, es necesario
establecer parámetros. Una cosa es decir qué es una cultura y otra decir
en base a qué parámetros la juzgamos. Una cultura puede describirse de
un modo pasablemente objetivo: estas personas se comportan así, creen en
los espíritus o en una divinidad única que invade toda la naturaleza, se
unen en clanes parentales según determinadas reglas, consideran bello
perforarse la nariz con anillos, consideran impura la carne de cerdo, se
circuncidan, crían perros para cocinarlos los días festivos o, como
todavía dicen los estadounidenses de los franceses, comen ranas. El
antropólogo, obviamente, sabe que la objetividad siempre entra en crisis
debido a numerosos factores. (...)

No obstante, haciendo una tala de todos los malentendidos posibles de
una cultura Otra se puede obtener una descripción bastante "neutra".

Los parámetros de juicio son otra cosa, dependen de nuestras raíces, de
nuestras preferencias, de nuestros hábitos, de nuestras pasiones, de
nuestro sistema de valores. Pongamos un ejemplo. ¿Consideramos que
alargar la vida media de cuarenta a ochenta años es un valor? Yo
personalmente creo que sí, pero muchos místicos podrían decirme que,
entre un crápula que tira ochenta años y un san Luis Gonzaga que tira
veintitrés, el segundo es el que tuvo una vida más plena. Pero admitamos
que la extensión de la vida es un valor: si es así, la medicina y la
ciencia occidental son ciertamente superiores a muchos otros saberes y
prácticas médicos. ¿Creemos que el desarrollo tecnológico, la expansión
de los intercambios comerciales, la rapidez del transporte, son un
valor? Muchísimos lo creen así, y tienen derecho a juzgar superior
nuestra civilización tecnológica. Pero, en el seno mismo del mundo
occidental, hay quienes consideran como un valor primordial una vida en
armonía con un ambiente incorrupto, y entonces están dispuestos a
renunciar a los aviones, los autos, las heladeras, para trenzar mimbres
y moverse a pie de pueblo en pueblo, con tal de no tener el agujero de
ozono. Ya ven que para definir una cultura mejor que otra, no basta con
describirla (como hace el antropólogo) sino que es necesario recurrir a
un sistema de valores que consideremos irrenunciables. Sólo en ese punto
podemos decir que nuestra cultura, para nosotros, es mejor.

En estos días asistimos a varias defensas de culturas diferentes en base
a parámetros discutibles. Justamente, el otro día leía una carta a un
gran diario donde se preguntaba sarcásticamente cómo era posible que los
premios Nobel fueran siempre para occidentales y no para orientales.
Dejando de lado el hecho de que se trataba de un ignorante que no sabía
cuántos premios Nobel de Literatura fueron conferidos a personas de piel
negra y a grandes escritores islámicos, dejando de lado que el premio
Nobel de Física de 1979 fue para un pakistaní que se llama Abdus Salam,
afirmar que reconocimientos para la ciencia recaen naturalmente en
quienes trabajan en el ámbito de la ciencia occidental es descubrir la
pólvora, porque nadie ha puesto nunca en duda que la ciencia y la
tecnología occidentales están hoy en la vanguardia. ¿En la vanguardia de
qué? De la ciencia y la tecnología. ¿Cuán absoluto es el parámetro del
desarrollo tecnológico? Pakistán tiene la bomba atómica e Italia no.
¿Entonces, somos una civilización inferior? ¿Es mejor vivir en Islamabad
que en Arcore? Los defensores del diálogo nos instan a respetar el mundo
islámico recordando que dio hombres como Avicena y Averroes. Nos
recuerdan que los árabes de España cultivaban la geografía, la
astronomía, la matemática o la medicina cuando en el mundo cristiano
estaban mucho más atrasados. Todas cosas absolutamente verdaderas, pero
esos no son argumentos, porque razonando así habría que decir que Vinci,
noble comuna toscana, es superior a Nueva York, porque mientras en Vinci
nacía Leonardo en Manhattan cuatro indios esperaban sentados en el suelo
más de ciento cincuenta años a que llegaran los holandeses para
comprarles toda la península por veinticuatro dólares. Y en cambio, sin
ánimo de ofender a nadie, hoy el centro del mundo es Nueva York y no
Vinci. Las cosas cambian. No sirve recordar que los árabes de España
eran bastante tolerantes con cristianos y judíos en tanto que entre
nosotros se atacaban los ghettos, que Saladino, cuando reconquistó
Jerusalén, fue más misericordioso con los cristianos de lo que habían
sido los cristianos con los sarracenos cuando habían conquistado
Jerusalén. Todas cosas exactas, pero en el mundo islámico hay
actualmente regímenes fundamentalistas y teocráticos que no toleran a
los cristianos y Bin Laden no fue misericordioso con Nueva York.
Bactriana fue un cruce de grandes civilizaciones, pero hoy los talibanes
destruyen con explosivos los Buda. Los franceses, por su parte, hicieron
la masacre de la Noche de san Bartolomé, pero esto no autoriza a nadie a
decir que en la actualidad son bárbaros. No molestemos a la historia
porque es un arma de doble filo. Los turcos empalaban (y está mal) pero
los bizantinos ortodoxos sacaban los ojos a sus parientes peligrosos y
los católicos quemaban a Giordano Bruno; los piratas sarracenos hacían
desastres de todos los calibres, pero los corsarios de su majestad
británica, con todos sus despachos reales, incendiaban las colonias
españolas en el Caribe; Bin Laden y Saddam Hussein son enemigos feroces
de la civilización occidental, pero dentro de la civilización occidental
hemos tenido señores que se llamaron Hitler o Stalin. No, el problema de
los parámetros no se pone en clave histórica, sino en clave
contemporánea. Ahora bien, una de las cosas elogiables de las culturas
occidentales (libres y pluralistas, y estos son valores que nosotros
consideramos irrenunciables) es que se dieron cuenta desde hace ya
tiempo que la misma persona puede ser llevada El problema que la
antropología cultural no resolvió es qué hacer cuando el integrante de
una cultura, cuyos principios aprendimos quizás a respetar, viene a
vivir a nuestra casa. En realidad, la mayor parte de las reacciones
racistas en Occidente no se deben al hecho de que los animistas vivan en
Malí (basta con que se queden en su tierra, dice de hecho la Liga), sino
que los animistas vengan a vivir con nosotros. Y vaya y pase con los
animistas o con quienes quieren rezar en dirección a la Meca, pero ¿y si
quieren llevar chador, si quieren infibular a sus muchachas, si (como
sucede en algunas sectas occidentales) niegan las transfusiones de
sangre a sus niños enfermos, si el último comedor de hombres de Nueva
Guinea (admitiendo que todavía exista alguno) quiere emigrar a nuestro
país y asarse a un jovencito por lo menos cada domingo? Sobre el comedor
de hombres estamos todos de acuerdo, va a la cárcel (pero sobre todo
porque no son mil millones), sobre las chicas que van a la escuela con
chador, no veo por qué hacer una tragedia si eso les gusta, sobre la
infibulación, en cambio, el debate está abierto pero, ¿qué hacemos, por
ejemplo, con el pedido de que las mujeres musulmanas puedan ser
fotografiadas en el pasaporte con velo? Tenemos leyes, iguales para
todos, que establecen criterios de identificación para los ciudadanos y
no creo que se puedan dejar de lado. Yo cuando visité una mezquita me
quité los zapatos, porque respetaba las leyes y las usanzas del país
anfitrión. ¿Qué hacemos con la foto velada? Creo que en estos casos se
puede negociar. En el fondo, las fotos de los pasaportes son siempre
poco fidedignas y sirven para lo que sirven, están estudiándose tarjetas
magnéticas que reaccionan con la huella del pulgar, el que quiera ese
tratamiento privilegiado que pague el eventual sobreprecio. Y si esas mu
jeres luego asisten a nuestras escuelas, también podrían llegar a
conocer derechos que no creían tener, así como muchos occidentales
fueron a las escuelas coránicas y decidieron libremente hacerse
musulmanes. Reflexionar sobre nuestros parámetros significa también
decidir que estamos dispuestos a tolerar todo, pero que ciertas cosas
son para nosotros intolerables.

Occidente dedicó fondos y energías a estudiar los usos y costumbres de
los Otros, pero nadie permitió verdaderamente a los Otros que estudiaran
usos y costumbres de Occidente, salvo en las escuelas mantenidas en el
exterior por los blancos o permitiendo a los Otros más ricos que fueran
a estudiar a Oxford o París —y después se ve lo que pasa, estudian en
Occidente y vuelven a su patria para organizar movimientos
fundamentalistas, porque se sienten ligados a sus compatriotas que no
pueden realizar esos estudios. Antiguos viajeros árabes y chinos habían
estudiado algo de los países donde se pone el sol, pero son cosas de las
que sabemos bastante poco. ¿Cuántos antropólogos africanos o chinos
vinieron a estudiar Occidente para contárselo a sus conciudadanos, pero
también a nosotros, me refiero a contarlo como nos ven ellos? Existe
desde hace unos años una organización internacional llamada Transcultura
que propicia una "antropología alternativa". Llevó a estudiosos
africanos que nunca habían estado en Occidente a describir el interior
francés y la sociedad de Bolonia, y les aseguro que cuando nosotros los
europeos leímos que dos de las observaciones más sorprendentes se
referían al hecho de que los europeos sacan a pasear a sus perros y que
se desnudan a la orilla del mar, bueno, la mirada recíproca comenzó a
funcionar de ambas partes, y surgieron discusiones interesantes. En este
momento, con miras a un congreso final que se desarrollará en Bruselas
en noviembre, tres chinos, un filósofo, un antropólogo y un artista,
están completando el viaje de Marco Polo al revés, sólo que en vez de
limitarse a escribir su Millón, graban y filman. Al final, no sé qué
podrán aclararles sus observaciones a los chinos, pero sé qué podrán
aclararnos a nosotros. Imagínense que se invite a fundamentalistas
musulmanes a realizar estudios sobre el fundamentalismo cristiano.
Bueno, yo creo que el estudio antropológico del fundamentalismo de otro
puede servir para comprender mejor la naturaleza del propio. Que vengan
a estudiar nuestro concepto de guerra santa y quizá verían con ojo más
crítico la idea de guerra santa en su casa. En el fondo, los
occidentales hemos reflexionado acerca de los límites de nuestro modo de
pensar describiendo justamente la pensée sauvage.

Uno de los valores de los cuales habla mucho la civilización occidental
es la aceptación de las diferencias. Teóricamente estamos todos de
acuerdo, es politically correct decir en público de alguien que es gay,
pero después en casa decimos que es un marica. ¿Cómo se hace para
enseñar la aceptación de la diferencia? La Académie Universelle des
Cultures puso on line un sitio donde se están elaborando materiales
sobre temas diversos (color, religión, usos y costumbres, etcétera) para
los educadores de cualquier país que quieran enseñar a sus alumnos cómo
aceptar a los que son distintos de ellos. En primer lugar, se decidió no
decir mentiras a los chicos, afirmando que todos somos iguales. Los
niños se dan cuenta perfectamente de que algunos vecinos de casa o
compañeros de colegio no son iguales a ellos, tienen una piel de
distinto color, los ojos con forma almendrada, el pelo más abundante o
más lacio, comen cosas extrañas, no toman la primera comunión. Tampoco
basta decirles que todos son hijos de Dios, porque también los animales
son hijos de Dios y, sin embargo, los chicos nunca vieron una cabra en
la cátedra enseñándoles gramática. Por lo tanto, es necesario decir a
los chicos que los seres humanos son muy distintos entre sí, y explicar
bien en qué son distintos, para luego mostrar que esas diversidades
pueden ser una fuente de riqueza. El maestro de una ciudad italiana
debería ayudar a sus chicos italianos a comprender por qué otros niños
le rezan a una divinidad distinta, o tocan una música que no se parece
en nada al rock. Naturalmente, lo mismo debe hacer un educador chino con
niños chinos que viven junto a una comunidad cristiana. El paso
siguiente consistirá en mostrar que hay algo en común entre su música y
la nuestra, y que también su Dios recomienda algunas cosas buenas.
Posible objeción: nosotros lo haremos en Florencia, ¿pero lo harán
después también en Kabul? Bueno, esa objeción es lo más alejado que
puede haber de los valores de la civilización occidental. Nosotros somos
una civilización pluralista porque permitimos que en nuestra casa se
construyan mezquitas y no podemos renunciar a ello sólo porque en Kabul
manden a prisión a los propagandistas cristianos. Si lo hiciéramos
seríamos talibanes nosotros también.(...)

Ahora bien, dejando de lado que hay una derecha y que hay un catolicismo
integrista decididamente tercermundista, filo-árabe, etcétera, no se
tiene en cuenta un fenómeno histórico que está ante los ojos de todos.
La defensa de los valores de la ciencia, el desarrollo tecnológico y la
cultura occidental moderna, en general, siempre fueron una
característica de las alas laicas y progresistas. No solamente eso,
todos los regímenes comunistas evocaron una ideología del progreso
tecnológico y científico. El Manifiesto de 1848 se inicia con un elogio
imparcial de la expansión burguesa; Marx no dice que hay que dar media
vuelta y pasar al modo de producción asiático, dice solamente que de
esos valores y esos éxitos deben apoderarse los proletarios. A la
inversa, siempre ha existido el pensamiento reaccionario (en el sentido
más noble del término), al menos empezando por el rechazo de la
revolución francesa, que se opuso a la ideología laica del progreso
afirmando que hay que volver a los valores de la Tradición. Sólo algunos
grupos neo-nazis se remiten a una idea mítica de Occidente y estarían
dispuestos a degollar a todos los musulmanes en Stonehenge. Los más
serios entre los pensadores de la Tradición siempre se han remitido, más
allá de los ritos y mitos de los pueblos primitivos, o la lección
budista, precisamente al Islam, como fuente todavía actual de
espiritualidad alternativa. Siempre estuvieron allí para recordarnos que
no somos superiores, sino que más bien la ideología del progreso nos
desecó, y que debemos ir a buscar la verdad entre los místicos Sufis o
los derviches danzantes. Y esas cosas no las digo yo, siempre las
dijeron ellos. Basta con ir a una librería y buscar en los estantes
indicados. En este sentido, en la derecha se está abriendo ahora una
curiosa grieta. Pero tal vez sea sólo un signo de que en los momentos de
gran desconcierto (y ciertamente estamos viviendo uno) nadie sabe dónde
está. Claro que es justamente en los momentos de desconcierto cuando hay
que saber usar el arma del análisis y la crítica, de nuestras
supersticiones tanto como de las del otro. Espero que de estas cosas se
hable en las escuelas, y no sólo en las conferencias de prensa.

[Nota] * Humberto Eco es semiólogo, crítico literario y escritor.
Licenciado en filosofía por la Universidad de Turín, se gradúa en 1954 y
a partir de ese año ejerce como profesor de estética y semiótica en
universidades como las de Milán, Bolonia, Florencia y Turín.

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QUE NO SE PARE LA VIDA
Por: Manuel Alcántara

Los talibán ofrecen «dos millones de mártires»: en el Jardín de Alá no
van a poder dar un paso. La cólera musulmana se extiende mientras
continúan los bombardeos y la OTAN pide a sus aliados que se rearmen
como en la ‘guerra fría’. Todos estamos en guerra, incluso los que
tenemos la conciencia en paz relativa. ¿Qué hemos hecho para acabar con
la miseria? Sólo compadecer, mientras veíamos en el telediario a niños
palestinos descalzos que tiran piedras a los tanques. La compasión es un
sentimiento muy confortador: nos permite creer que somos buenos, al
mismo tiempo que comparamos nuestra suerte con la de los desdichados.
Nadie puede ser ajeno al conflicto. La prueba es que el Gobierno alemán
estudia el cierre temporal de sus centrales nucleares y nosotros, de
seguir las cosas por el mismo camino, vamos a tener que estudiar el
cierre de algunos hoteles y de algunas compañías de viajes. Las reservas
hoteleras y aéreas han caído casi un 30%.

Para que la vida no se pare, los norteamericanos insisten en sus
aficiones y se venden más coches y más armas que nunca. Nosotros
seguimos distraídos con nuestra pintoresca Agencia Tributaria, que ha
reconocido su ineficacia en las inspecciones a Gescartera, y con el
vestuario de Antonio Camacho, el golfo más visible de la década última.
Desde los buenos tiempos de mi amigo José Legrá, a nadie le han gustado
más los zapatos: adquirió 24 pares, algunos valorados en más de 100.000
pesetas. También se gastó 366.000 en una camisa y 42.000 más IVA en unos
calzoncillos de seda. Siempre pasan cosas divertidas que nos recuerdan
que a pesar de las tragedias, esto de vivir tiene su gracia. Al menos es
una experiencia única en la vida. A vivir a pesar de todos los pesares y
a ocuparnos de las pequeñas cosas, que para nosotros son grandísimas.
«No hay un final, ni existe un principio. Solamente existe una infinita
pasión por la vida», dijo Fellini. A vivir, que son tres días y dos
lloviendo sobre mojado, aquí en mi pueblo.

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El País http://www.elpais.es/

ARMAGEDÓN
Por: Fernando Savater

Como últimamente hemos asistido con frecuencia en las pantallas a la
destrucción de Manhattan (por monstruos antidiluvianos, por olas
gigantes, por naves marcianas, etcétera...), las imágenes terriblemente
insólitas del pasado martes tenían paradójicamente algo de déjà-vu. Los
antiguos creían que los sueños profetizaban los acontecimientos
venideros; ahora esa función la cumplen las películas, esos sueños
compartidos por tanta gente (sobre todo si se trata de películas
americanas). Mucho se ha reprochado al cine yanki la manía de inventarse
superenemigos fantásticos y catástrofes en ciernes para prolongar el
clima hirsuto de la guerra fría, provisionalmente cancelada con la caída
del muro de Berlín. Quizá ahora deban revisarse tales censuras y haya de
reconocerse que -sea por paranoia o por oscuro complejo de culpa- los
guionistas sintonizaban mejor con las posibilidades del presente que sus
displicentes críticos. En un aspecto, sin embargo, los vaticinios
cinematográficos es casi seguro que difieran de la realidad: según
acrisolada convención comercial, en las películas los malvados
encuentran su castigo y las catástrofes obtienen consuelo en edificantes
mañanas de hermandad, pero me atrevería a apostar que el drama cuyo
comienzo acabamos de ver va a tener un desenlace mucho menos
satisfactorio.

Ante el horror de lo que escapa a todo control, ante la irrupción de lo
que apenas comprendemos y no podemos reparar, los humanos parloteamos
análisis y dicterios como los niños silban en la oscuridad para espantar
su miedo. Unámonos al coro desconcertado. Hace unos años, Enzensberger
escribió en Perspectivas de guerra civil que los conflictos bélicos van
siendo cada vez menos entre Estados y más entre tribus o bandas dentro
del Megaestado global en el que ya vivimos. Porque ese es el verdadero
intríngulis de la cacareada globalización: que hoy padecemos ya una
sociedad planetariamente estatuida, un Estado mundial en el que faltan,
sin embargo, leyes comunes, controles internacionales, tribunales a los
que recurrir contra los abusos, garantías y derechos reconocidos a
todos, protección social, instituciones democráticas de alcance similar
a las ambiciones económicas de los grupos multinacionales. El Estado de
bienestar no es un error que debe ser descartado para agilizar la
especulación bursátil y la maximización de beneficios, sino un proyecto
que tendría que aspirar a su verdadera escala planetaria para salvar lo
mejor de una civilización humanista. Y ello, precisamente, no en nombre
de la retórica Utopía, sino de un verdadero realismo político. Porque no
es realista suponer que nadie podrá vivir realmente seguro en un mundo
en el que la codicia no tiene fronteras pero la justicia las encuentra a
cada paso.

Como no creo en la pedagogía sanguinaria, dudo mucho que de la lección
espeluznante del otro día vayan a sacarse conclusiones provechosas.
Después de todo, los que han sembrado el terror en Estados Unidos no
representan una alternativa positiva al sistema caótico en el que
vivimos, sino sólo la expresión de los males que favorece. Las ONGs
están de moda y por tanto debemos resignarnos a que junto a las
humanitarias florezcan otras inhumanas: el terrorismo patrocinado por un
millonario fanático es también un triunfo siniestro de la sacrosanta
iniciativa privada, para la que ya nadie se atreve a proponer la
alternativa creíble de algo defendido en común. En cambio, deberemos
seguir escuchando a los majaderos para quienes despotricar contra todo
por igual -contra la esclavitud y contra quienes la abolieron, contra la
libertad que establece leyes en defensa de valores universalizables y
contra quienes la reducen al capricho intransigente de unos cuantos,
contra la fuerza utilizada para deponer a tiranos y contra la ejercida
por autócratas demagógicos, etcétera...- se ha convertido en un cómodo
negocio. No se trata de creer a ciegas en las grandes palabras, que a
veces sólo son máscaras de los peores intereses, sino de evaluar y
preferir para que tantos siglos de razonamiento humano no hayan
transcurrido totalmente en vano: recordando el dictamen de Isaiah
Berlin, según el cual la diferencia entre una persona civilizada y un
bárbaro es que el civilizado es capaz de luchar por cosas en las que no
cree del todo.

Que abundan los funcionarios inútiles o mangoneadores es cosa sabida:
por ello parece apropiado hoy saludar con respeto a esos bomberos y
policías, humildes servidores de la sociedad organizada, que han muerto
salvando vidas y tratando de rescatar no sólo a sus semejantes, sino
también la dignidad compartida.

[Nota] *Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad
Complutense de Madrid.


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El Correo http://www.elcorreodigital.com/

UNA NUEVA JUSTICIA MUNDIAL
Por: Antonio Beristain S. J.

Los ciudadanos del planeta, ante la macrovictimación de las ‘Torres
Gemelas’ y el Pentágono, nos hemos acercado solidariamente a ese país
que acoge las diversas razas, culturas, religiones, lenguas, etcétera, y
hemos sentido una indignación profunda. También una compasión fraternal
hacia tantas personas -de 63 Estados- asesinadas en Nueva York y en
Washington, y ante tantos familiares y amigos suyos dolientes en grado
inconcebible. Dentro de tanta desolación, nos consuela el conocer que
ese mismo día no pocas personas habían trabajado sin límite en favor de
las víctimas, y que algunas incluso dieron su vida por atenderlas. Estos
‘ángeles humanos’ mantienen encendida la llama de la dignidad humana.
Recuerdo, por ejemplo, a los bomberos fallecidos y a ese sacerdote que
murió por atender a un agonizante entre los escombros. También
experimentamos la urgencia ineludible de que se sancione justamente a
los autores y a los cómplices de ese cáncer universal. No cabe pensar en
la impunidad. Muchas razones lo impiden. También el Tribunal Penal
Internacional, formalizado en Roma el 18 de julio de 1998.

Estas líneas pretenden destacar la novedad, universalidad e inhumanidad
de este crimen, y la necesidad lógica de crear sanciones nuevas,
universales y humanitarias. Consecuentemente, desde la política criminal
modernizada, debemos ‘inventar’ claves -hasta ahora inexistentes- que
descifren y resuelvan el actual y futuro fenómeno criminal
internacional.

Hemos de escuchar a las instituciones científicas supranacionales de
Criminología, Derecho penal, Victimología, etcétera, cuando lamentan que
nuestros sistemas de justicia policial, judicial, penal y penitenciario
mantienen no pocos paradigmas arcaicos, excesivamente maniqueos y
vindicativos, impotentes ante el salto cualitativo de la criminalidad; y
cuando nos patentizan que urge sustituirlos por otros más de acuerdo con
la profunda evolución de la economía, la cultura, la ideología, la
religión, la comunicación y la tecnología del tercer milenio. Si un
crimen semejante al del 11 de septiembre se hubiera realizado hace
cuarenta siglos -cuando estaba admitido el talión-, los jueces, los
gobernantes y los ciudadanos deberían fijar su atención únicamente en el
delito y en la venganza correspondiente (mutilación, pena de muerte...).
En cambio, si ese acto terrorista se hubiera llevado a cabo a mediados
del siglo pasado, los jueces y gobernantes deberían mirar principalmente
al delincuente y las medidas penales tendentes a su resocialización,
según exigía la ciencia criminológica de ese tiempo. Ya que el delito
que comentamos se ha cometido en el siglo XXI, debemos analizarlo desde
perspectivas de hoy (no de ayer) y tener como alfa y omega a las
víctimas directas e indirectas, sabiendo que el número de éstas
(familiares y amistades) suele ser diez veces mayor.

Debemos observarlo desde perspectivas innovadoras que -además de urgir
el saneamiento de las estructuras socioeconómicas injustas- exigen
soluciones radicales, como la abolición de la guerra y de la pena de
muerte, que algunos califican, erróneamente, de utópicas. Hace ya más de
medio siglo eminentes penalistas (Pella, Rappaport, Saldaña, etcétera)
argumentaron que las sociedades primitivas admitían la guerra, pero la
actual debe tipificarla como delito. En esa dirección decididamente
abolicionista, la Carta de las Naciones Unidas de 26 de junio de 1945
afirmó que el primero de los propósitos perseguidos por la ONU es
«mantener la paz y la seguridad internacionales y con tal fin tomar
medidas colectivas eficaces para prevenir y eliminar amenazas a la paz y
para suprimir actos de agresión y otros quebrantamientos de la paz...».
Este movimiento en favor de declarar la guerra fuera de la ley -
‘outlawery of war’- se intensifica cada día, como explica el teniente
coronel Eduardo de No Louis. También el Concilio Vaticano
II -Constitución Pastoral ‘Gaudium et Spes’, de 1965- se manifiesta
hacia la prohibición de la guerra, aunque la admite en casos de
protección propia. Opino que las acciones del 11 de septiembre no pueden
considerarse ‘agresión’ que dé pie a una defensa bélica, según la
formulación técnica del Derecho internacional.

Entre las novedades del macroholocausto que queremos y podemos
erradicar, llama la atención su globalidad -ha superado todas las
fronteras- y su desprecio a las personas. Lógicamente los países
comprometidos frente a ese terrorismo debemos aplicar sanciones
universalmente admitidas y que destaquen por su respeto a la dignidad de
la mujer y del hombre, incluso en casos extremos. Aunque choque contra
la opinión pública y religiosa en muchos pueblos. La mayoría de los
juristas y ciudadanos europeos, como Amnistía Internacional, creemos que
la sanción capital es criminógena, y nos sentimos obligados a
proclamarlo. Y a pedir que las autoridades políticas y religiosas borren
de su cosmovisión esa pena (no lo ha hecho formalmente el Catecismo
católico). Al terrorismo del año 2001 no lo vencerá la vetusta revancha
de las sociedades prehistóricas... Tampoco el odio, ni la violencia.
Pero sí el monopolio ‘maxweberiano’ de la coerción y la fuerza inherente
a toda sociedad socialdemócrata.

Desde el año 1979, el mundo jurídico penal, reunido en Münster, está
construyendo un palacio de Justicia restaurativa, de planta hasta hoy
desconocida. Exige enterrar el talante expiacionista, considerar el
delito como un daño producido a las personas (mucho más que al Estado),
y que las sanciones impuestas a los culpables (sin olvidar cómplices y
encubridores) tiendan principalmente a la reparación plena de los
perjuicios causados. Esta transformación del Derecho penal va
encontrando amplia aceptación en los organismos nacionales e
internacionales. Baste citar el último Congreso Internacional de la
Sociedad Mundial de Victimología -Montreal, septiembre de 1999- y el
Congreso del Grupo Francés de la Asociación Internacional de Derecho
penal -Montpellier, junio de 2001-, centrado en que las respuestas al
delito sean reparadoras más que aflictivas. También avanza en esa línea
la Decisión marco propuesta este año en el Parlamento europeo que
procl