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EL ESCÉPTICO DIGIT Pedro Lu
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Asunto: EL ESCÉPTICO DIGITAL - Edición 2000 - Número 67 - 12 de Noviembre de 2000
Fecha:Domingo, 12 de Noviembre, 2000  03:30:03 (+0100)
Autor:Pedro Luis Gomez Barrondo <TXINBO @.....es>

=====================================================================

                           EL ESCÉPTICO DIGITAL

       Boletín electrónico de Ciencia, Crítica a la Pseudociencia y
Escepticismo
       © 2000 ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico

    Edición 2000 - Número 67 - 12 de Noviembre de 2000

Boletín de acceso gratuito a través de:
http://www.elistas.net/foro/el_esceptico/alta

=== SUMARIO =========================================================

  - Vivir en el Espacio.

  - Crisis de valores: ¡Quiero ser adivino!.

  - 1ª Parte.- Ciencia, divulgación científica y ciencia ficción.

  - Parcelitas en la Luna..

  - Los humanos sólo tenemos el doble de genes que un gusano.

  - La evolución no se basa en el aumento del número de genes.

  - Un nuevo misterio sobre Londres.

  - Buscando vida en otros planetas.

  - Altos y delgados y el cáncer de testículos.

  - Sobre la verdadera investigación y la endogamia.

=== NOTICIAS =========================================================

VIVIR EN EL ESPACIO
Por: Javier Armentia

Estos días la Estación Espacial Internacional acoge a sus primeros
visitantes, astronautas que tras sus cuatro meses en órbita dejarán su
puesto a otros. Y a otros después: los planes de las agencias espaciales
de los dieciséis países involucrados en este proyecto prevén a partir de
ahora una presencia humana ininterrumpida en el espacio.
En cualquier caso, vivir ahí arriba es todavía incómodo: poco espacio y,
por encima de todo, la necesidad de una preparación previa muy
cualificada. No es algo para todos los públicos. Sin embargo, en los
próximos decenios, según los expertos, se ha de producir la
democratización del espacio. De forma análoga a lo que sucedió con el
transporte aéreo, reservado durante los primeros decenios del siglo a
especialistas y posteriormente convertido en un sistema de transporte de
masas, en el futuro cualquiera podrá escaparse de la Tierra.

No será barato, aunque la popularización del espacio abaratará los
elevados costes actuales. Por el momento, sólo un par de compañías
privadas disponen de capacidad de lanzamiento, siendo todavía un sector
limitado al empuje institucional. Las expectativas plantean, para los
próximos años, la aparición de compañías que permitan viajes orbitales.
Hacia el año 2020, subir al espacio costará menos de un millón de
pesetas por pasajero. Menos si se desarrollan nuevas tecnologías que
eviten tener que usar cohetes de despegue vertical, como el llamado
“ascensor orbital” imaginado por escritores de ciencia-ficción como
Arthur C. Clarke hace más de veinte años: en esencia, se trataría de
tender un cable desde el suelo hasta una órbita de baja altura, en torno
a los 200 km. sobre el nivel del mar, que sería usado como eje para
cabinas que ascenderían o descenderían. Más probable es, sin embargo, el
uso de lanzadores espaciales capaces de despegar como los aviones y
capaces de ponerse en órbita.

En cualquier caso, incluso disponiendo de la manera económica de subir a
la órbita terrestre, tampoco será tan sencillo como montarse en un
avión. Como habitantes de este planeta, estamos sometidos a la gravedad,
al peso. Y en el espacio, por el momento, no existe más que una ínfima
parte de esa fuerza, debido a que uno está orbitando, es decir, en
equilibrio gravitatorio o microgravedad. Nuestro corazón bombea la
sangre pensando en que tenemos peso; nuestro sistema digestivo usa el
peso del alimento para conducirlo por los diferentes procesos; el
sistema del equilibrio “sabe” dónde es arriba y dónde abajo gracias a la
gravedad. Todos los fluidos corporales, en ausencia del peso, parecen
descoordinarse, acumulándose en la cabeza y provocando serios problemas:
desorientación espacial, congestión, vértigo... Nuestro organismo
intenta arreglarlo expulsando líquidos, por lo que además entramos en un
serio riesgo de deshidratación. También queda afectado el sistema
inmunológico, y hay una gradual pérdida de glóbulos rojos que hacen que
las personas en microgravedad se vuelvan más propensas a enfermar. Pero
el principal efecto a largo plazo es que gran parte de la musculatura de
nuestro cuerpo, que trabaja continuamente para mantenernos de pie sobre
el suelo, desprovista de su función, va anquilosándose. Y los huesos se
descalcifican. Este hecho ya ocasiona problemas de osteoporosis y
atrofia a los astronautas que permanecen meses en el espacio, y de cara
a estancias mayores habrá de ser corregido. La opción que por el momento
permitirá a los astronautas sobrevivir es la realización de numerosos
ejercicios físicos, y sobre todo la incorporación de vestimentas
específicas, trajes inteligentes que podrán, por electroestimulación,
mantener activos los músculos.

A muy largo plazo, sin embargo, la única solución que podrá permitir la
existencia de hoteles, o incluso colonias, en el espacio, será la
creación de ambientes con gravedad artificial. El peso se conseguirá
haciendo girar los habitáculos espaciales, de manera que la fuerza
centrífuga actúe como peso hacia el exterior de los mismos. La idea fue
inicialmente propuesta por el científico y visionario alemán Hermann
Oberth, en 1923, pero aún no ha sido llevado a la práctica. Sin embargo,
en el futuro podremos ver estaciones orbitales que giran, diseños como
los que aparecían en la película de Kubrick “2001: Una odisea en el
espacio”, que fueron imaginados por científicos de Standford en los años
60. Con dos vueltas por minuto, una estación en forma de rosquilla de
unos 200 metros de diámetro consigue en la periferia la misma gravedad
que en la Tierra. Es, sin embargo, poco probable que antes de 50 años se
pueda empezar a construir algo así.

Las estaciones con gravedad artificial solucionarán adecuadamente los
problemas fisiológicos, pero restará otra adaptación para los habitantes
espaciales: aunque suene paradójico, en el espacio, será un verdadero
problema la falta de espacio. Por el momento, los habitáculos de los
astronautas han ido mejorando, desde aquellos primeros lanzamientos en
que ni se podían levantar del asiento hasta los que dispondrá la
Estación Espacial Internacional cuando esté terminada. Aún así, éstos no
mejoran mucho a lo que vemos en “El Bus”. Los primeros hoteles
espaciales no serán mucho mejores: la compañía japonesa Shimitzu calcula
que para el 2025 se podría tener en órbita un hotel similar a los
“hoteles-nicho” que existen en Japón, con un espacio de unos 2 metros
cúbicos por habitante en la zona de dormitorio, y un área común más
amplia: todo por un millón de pesetas la noche.

Locos por el espacio.

Teniendo en cuenta que las grandes estaciones orbitales no aparecerán
hasta el siglo XXII, por el momento, ir al espacio supondrá tener una
muy estrecha convivencia. La falta de privacidad, y el no tener
posibilidad de escapar fácilmente, crean ansiedad incluso en astronautas
experimentados y con gran capacidad de trabajar en grupo. Es previsible
que sea necesario superar una serie de pruebas psicológicas que auguren
que quien sube al espacio no desarrollará un comportamiento psicópata
que podría poner en peligro al resto de los viajeros orbitales.

Finalmente, un viaje al espacio, incluso de una sola semana, también
tendrá sus consecuencias posteriores, de forma análoga al jet-lag de los
vuelos transoceánicos. Aunque la mayor parte de los problemas de la
falta de gravedad revierten en unos días, volver a sentir peso produce
sensación de cansancio durante varias semanas. Una vez más, mirando al
futuro, el desarrollo de toda una nueva medicina espacial augura la
aparición de medicamentos que palien estos efectos secundarios.

                           ------------------

CRISIS DE VALORES: ¡QUIERO SER ADIVINO!
Por: Gonzalo Martín Esteso

Cuando era un tierno e impúber colegial y el pensamiento lógico-formal
se abría paso entre la maraña de mis desconectadas neuronas pensaba,
insensatamente, que el devenir de la Historia nos conduce imparable, con
altibajos pero ineludiblemente, a épocas cada vez mejores donde el
progreso no sólo se manifiesta en lo material sino, sobre todo, en la
educación y cultura de los pueblos. Craso error.
O estamos en un pertinaz y descomunal bache en el continuo de ese
progreso, o mi convicción juvenil aparece hoy más que una insensatez, un
desvarío propio de un chiflado.

Muchos eran los que, no sin razón, criticaban de la dictadura anterior
la utilización interesada de la religión oficial que, omnipresente y
excluyente, favorecía la credulidad de la población cercenando el libre
pensamiento y la capacidad crítica. Al cambiar el régimen y abrirse el
país a la democracia, la mayoría pensó que la libertad, las inversiones
en educación y la libre difusión de ideas y conocimientos, traerían un
desarrollo de la cultura y el pensamiento racional que, a modo de
escudo, protegieran a la población de la estulticia y la irracionalidad.

Viene esto a colación de la imparable proliferación de adivinos,
tarotistas, brujos, hechiceros, nigromantes, videntes, astrólogos e
iluminados de todo jaez. Es una profesión sin paro. Hasta se anuncian en
la sección de oferta de empleos. Si usted quiere un oficio con futuro
para sus hijos no se desvele con los avances psicomotrices en la
Educación Infantil, el progreso en lecto-escritura en Primaria, la
correcta ponderación de las Humanidades en Secundaria, la elección de la
modalidad más apropiada en Bachillerato o la superación de los
inextricables créditos de la carrera universitaria. Es un camino
larguísimo (más de 20 años) complicado e incierto, que puede desembocar
con mucha probabilidad en el paro o en un empleo precario y mal pagado.
Regálele un libro, o mejor un CD-ROM interactivo sobre adivinaciones,
sortilegios y demás artes ocultas. Es más barato y seguro. Y para
colocarse sólo hace falta una cosa: morro.

Nuestros más afamados pícaros del Siglo de Oro no son más que unos
papamoscas al lado de estos linces. En una de las impagables emisoras
locales que abarrotan el espacio radioeléctrico me encontré la otra
noche un tipo que le leía el futuro a las señoras (o señoritas) en los
pechos y en las nalgas. Sí, sí en los pechos, decía el bribón (así se
evitaba la concurrencia masculina, supongo). No dejo de imaginarme al
trencilla, pelón, de ojos pequeños pero vivarachos, manoseando con
apetito venéreo y sin guantes a alguna pobre incauta agobiada por un
desengaño amoroso. Y encima cobrando.

De la apócrifa e inmemorial, pero casta, lectura de manos, hemos pasado
a la peligrosa y lúbrica tetomancia o culomancia, que no sé como llamar
a la nueva ciencia inventada por el artista. Peligrosa para el bolsillo
y para la integridad de la cliente pues, hurgando senos y retaguardias,
no sabemos dónde el desahogado vidente-tocante puede parar. Quizá
nuestro hábil agorero leyó sin acento la palabra oráculo cuando se
documentaba.

Los feligreses de estos novísimos zahoríes no son sólo gente cándida y
desesperada. Lo más florido del famoseo patrio concurre entusiasmado a
ellos, contribuyendo así a la difusión de estas patrañas, y haciendo a
su vez célebre al hechicero al que visitan. Ya sabemos el efecto
mimético que el comportamiento de estos personajes ejerce en la
sociedad.

Yo también quiero ser adivino. No es tan difícil, se necesita poca
preparación y, a la hora de ejercer, se ha de ser un poco sinvergüenza y
charlatán, pues es sabido que si se pronostica mucho y con la suficiente
exuberancia y vaguedad, en algo se acaba acertando. Sí, el otro día leí
la demanda desesperada de una empresa seria (¡) para contratar a destajo
quiromantes, tarotistas y echadores de cartas con experiencia..., con
experiencia y con morro.

[Nota] *Gonzalo Martín Esteso es licenciado en Psicología y Profesor de
Geografía e Historia.
El análisis de la actual situación educativa y cultural de nuestra
sociedad ha llevado al autor del presente artículo a descubrir y
criticar la crisis de los valores racionales, que se refleja en un
lucrativo mercado laboral, con un amplio plantel de «caraduras y
sinvergüenzas».

                           ------------------

Revista Quark http://www.imim.es/quark/

CIENCIA, DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y CIENCIA FICCIÓN [Iª Parte]
Por: Miquel Barceló

«Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la
magia», afirma Arthur C. Clarke en la tercera de sus leyes en torno a la
tecnociencia. Para mucha gente, el uso de la más variada tecnología se
reduce a apretar un botón y ver cómo, casi por arte de magia, lo que tan
sólo hace años parecía imposible, ahora se hace realidad. La
incomprensibilidad de estos hechos, se ve reforzada por el hecho que la
ciencia y la tecnología, por sus propias características, permanecen en
un mundo cerrado y acotado, formado por los expertos. No obstante, los
estudios realizados entorno a la percepción social de la ciencia y la
tecnología demuestran que existe un alto grado de confianza social en
torno a la figura del científico. Incluso a pesar que para muchos los
resultados de la ciencia sigan siendo una curiosa especie de magia
incomprendida.

Resulta ya evidente el gran papel que la ciencia y la tecnología, la
«tecnociencia» en suma, desempeña en el mundo actual. Se dice que hoy
están en activo más investigadores y científicos de los que nunca antes
habían existido en toda la historia de la Tierra, y la cruda realidad es
que los descubrimientos de la tecnociencia están transformando nuestro
mundo de forma a un tiempo inexorable y, posiblemente, irreversible.

El shock del futuro

A principios de los años setenta tuvo cierto eco popular y mediático un
libro que nos alertaba sobre «la llegada prematura del futuro». Se trata
de El shock del futuro del ensayista norteamericano Alvin Toffler, quien
reflexionaba sobre la velocidad de cambio en una cultura como la
nuestra, dominada por los efectos de la ciencia y la tecnología, y
sometida a su excepcional capacidad transformadora.
La idea central del libro de Toffler puede exponerse de forma casi
intuitiva y «familiar» con un ejemplo sencillo: hace sólo unos
doscientos o trescientos años, nuestros antepasados nacían y aprendían a
vivir en un mundo que, en grandes líneas, seguía siendo el mismo mundo
donde acabarían sus días. Pocos cambios eran perceptibles en la vida de
un ser humano. Pero a nosotros tal «comodidad» nos está ya vedada: el
futuro se nos echa encima a marchas forzadas, y mucha de la
responsabilidad de esta elevada tasa de cambio reside en las
perspectivas de novedad que ofrece la moderna tecnociencia.

En los albores del nuevo milenio, el ritmo de cambio se ha hecho tan
acelerado que hoy sabemos ya que el mundo en el que aprendemos a vivir y
relacionarnos no será el mismo donde viviremos la mayor parte de
nuestras vidas. El cambio preside nuestra civilización de una forma
obsesiva, como no había afectado antes a nuestros antepasados. Estamos
obligados a convivir con el futuro y los cambios que nos aporte.

Tecnociencia y magia

El número tres parece incorporar una curiosa atracción en los varios
niveles en que se mueve la ciencia y sus consecuencias. Por poner sólo
algunos ejemplos: tres son las leyes de Newton, tres las leyes de la
robótica de Asimov y tres son también las leyes que en torno a la
tecnociencia y algunas de sus características formulara Arthur C.
Clarke.

La primera de esas tres leyes de Clarke fue expresada a principios de
los años sesenta y se recoge en el libro de ensayos Perfiles del futuro,
publicado en el año 1962: «Cuando un científico famoso pero ya de edad
dice de algo que es posible, es casi seguro que esté en lo cierto.
Cuando dice que es imposible, probablemente se equivoca». Más agresiva
en la metodología que implícitamente sugiere, la segunda ley de Clarke
reza: «La única manera de encontrar los límites de lo posible es ir más
allá de esos límites y adentrarse en lo imposible».

Aunque plenas de sugerencias y dignas de comentario, no es éste el
momento ni el lugar para matizar el alcance de tales formulaciones. Pero
sí nos detendremos en la que, con toda seguridad, es la más famosa de
esas leyes: la conocida como la tercera ley de Clarke. Fue formulada
algo más tarde y ha sido, desde entonces, muchas veces citada y
repetida. Con aplastante seguridad nos dice Clarke que: «Cualquier
tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia».
Es de suponer que, al formular esta tercera ley, Clarke, también autor
de ciencia ficción, tenía en mente cualquier civilización avanzada
extraterrestre o incluso una civilización humana del futuro. Es evidente
que en ese hipotético caso, se trata de civilizaciones que pueden haber
dispuesto de mucho tiempo para desarrollar una nueva tecnología, cuyos
principios y bases teóricas han de quedar por fuerza muy lejanos de lo
que hoy sabemos. Es fácil, entonces, que dicha tecnología pueda ser
vista por un observador como nosotros, de forma que se confunda con la
magia y lo sobrenatural.
Es algo parecido a lo que le sucedería a un hombre inteligente de,
pongamos, la época del Imperio romano si pudiera ver lo que la
tecnología nos permite hacer en la actualidad: volar a grandes
velocidades o alcanzar la Luna, comunicarnos con el otro extremo del
planeta de forma instantánea, curar enfermedades que para su época eran
mortales de necesidad, disponer de armas de altísimo poder destructivo,
y un largo y casi interminable etcétera.

Aunque, después de la inevitable sorpresa inicial, nuestro hipotético
romano pudiera abordar un largo proceso de estudio para llegar a conocer
el porqué de tales portentos, lo cierto es que, en un primer momento, el
pobre antepasado traspasado a nuestro tiempo creería encontrarse ante la
más poderosa de las magias. Falto de la explicación científica y gradual
que el saber acumulado de los últimos dos mil años nos ha ido
proporcionando, seguramente achacaría esos portentos hoy cotidianos a
fuerzas sobrenaturales y del todo incomprensibles. La tecnociencia vista
como magia.
El problema es que esa perplejidad del romano traído hasta hoy
seguramente la comparte con muchos de nuestros contemporáneos. En
realidad, poca gente de nuestro presente conoce los fundamentos
científicos y tecnológicos de una realidad ya omnipresente y claramente
marcada por la tecnociencia. Por eso Stanley Schmidt podía decir hace
unos años, parafraseando a Clarke: «Para muchas de las personas que la
utilizan, nuestra propia tecnología ha venido a resultar indistinguible
de la magia» («Magic», en la revista Analog, en septiembre de 1993).

Y es cierto. Para mucha gente, el uso de la más variada tecnología se
reduce a apretar un botón y ver cómo, casi por arte de magia, lo que
hace años parecía imposible se hace realidad. Por desgracia, la ciencia
y la tecnología, en sus razones y conceptos últimos, resultan para la
gran mayoría tan ignotos e inexplicables como la magia. Se confunden.

Expertos

Demasiadas veces la ciencia y la tecnología, por sus propias
características, quedan restringidas a un mundo cerrado y acotado
formado por los expertos. Unos expertos que, día a día, se especializan
más y más, y mantienen cada vez menos contactos, por ejemplo, con otros
científicos que trabajen en especialidades ligeramente distintas.
La tecnociencia utiliza un lenguaje muy específico. No sólo en lo que
hace referencia a los conceptos subyacentes, sino también en la
matemática en la que se expresan a menudo algunos de los resultados
conseguidos, e incluso los pasos intermedios recorridos en el proceso de
investigación. Un lenguaje, en definitiva, no siempre accesible para
quienes no son especialistas en cada materia tecnocientífica en
concreto.

Por eso resulta fácil que tanta gente, como decía Schimdt, vea como
magia incluso lo que hoy se sabe que responde a leyes conocidas de la
naturaleza. Incluso los expertos que saben de las razones y los porqués
de las novedades surgidas en su campo, pueden llegar a ver como magia
los hechos y posibilidades tecnocientíficos surgidos al amparo de otras
especialidades que les son ajenas. En recientes estudios en busca de
cuál es la percepción social real de la tecnociencia en las sociedades
que la generan y/o utilizan, se encuentran, tal vez de forma
sorprendente, algunas conclusiones comunes. Diversos estudios constatan
en todas partes el alto grado de confianza social de la figura del
científico, incluso a pesar de la escasa comprensión del contenido de
sus trabajos. Así coinciden las encuestas en torno a la percepción
social de la ciencia y la tecnología en países como Estados Unidos de
Norteamérica (Jon D. Miller), Japón (Fujio Niwa), España (Rafael Pardo)
o, incluso, Cataluña (Observatorio de la Comunicación Científica de la
Universidad Pompeu Fabra).
No deja de ser una reacción lógica, ya que al respeto evidente a la
dificultad asociada a la carrera y el trabajo del quehacer científico,
se une la sorpresa, la admiración y, por qué no, la satisfacción ante
los resultados obtenidos por la tecnociencia. Y eso ocurre a pesar de
que, para una gran mayoría, dichos resultados sigan siendo una curiosa
especie de magia incomprendida pero avalada por el saber de esos seres
de imagen tan respetable a los que damos el nombre de científicos.

El ocaso del progreso

No deja de ser lógico que el siglo anterior y gran parte del que ahora
se acerca a su final, hayan visto la mayor exaltación de la idea de
progreso.

Antes del enciclopedismo, nacido en la Francia de la segunda mitad del
siglo xviii, el ser humano (no atacado todavía por el síndrome del shock
del futuro toffleriano) no parece que aceptara la idea de un posible
progreso constante hacia unos ideales de perfección. En realidad, lejana
todavía la idea de una posible «perfectibilidad terrena», lo más
habitual era refugiarse en la tradicional idea de una «perfectibilidad
religiosa» cifrada en la perspectiva de una vida mejor en otro mundo, al
que sólo era dado acceder tras la muerte.

Sería posiblemente Condorcet quien, al amparo de las ideas racionalistas
de los enciclopedistas, identificara la posibilidad real de un progreso
terrenal centrado esencialmente en el progreso científico-técnico. Y
tras sus huellas parece haberse movido el sentimiento general de los dos
últimos siglos: la creencia en que la humanidad puede progresar y, lo
más importante, que el motor material de ese progreso ha sido para
muchos la ciencia moderna y sus variadísimas aplicaciones tecnológicas.

Pero esa idea tal vez tan reconfortante parece encontrarse ya en el
camino hacia su ocaso definitivo. La tecnociencia ya no es
exclusivamente una seguridad de mejora proyectada hacia el futuro.
Comporta peligros y no son en absoluto banales.
El primer aldabonazo lo dio posiblemente el gas mostaza en la Primera
Guerra Mundial. Los miedos se confirmaron con la bomba atómica que puso
trágico fin a la Segunda Guerra Mundial, y continuaron su ascenso
inexorable con el descubrimiento de los atentados tecnológicos contra la
ecología, el miedo a las posibilidades implícitas en los «cerebros
electrónicos» y/o las inteligencias artificiales y, mucho más
recientemente, las perspectivas abiertas por la ingeniería genética y la
biología molecular.

Tras décadas de confiar en la tecnociencia, la segunda mitad de siglo xx
nos ha enseñado a desconfiar de algunos de sus resultados y de las
proyecciones de futuro que imaginamos en otros. Pero, tal como dicen las
encuestas antes citadas, todavía seguimos confiando en los científicos.
¿Hasta cuándo?

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COMO COMPRAR UNA PARCELA EN LA LUNA POR TAN SÓLO 16 DÓLARES
Por: Pedro Luis Gomez Barrondo

Lunar Embassy, a tan diplomático nombre responde el web que permite, a
cualquier persona particular, adquirir una parcelita en la Luna o en
cualquier otro planeta conocido como Marte, Júpiter o Venus. Lunar
Embassy es una empresa que, creada por un avispado hombre de negocios,
viene funcionando legalmente desde 1980.

El creador de tan original idea se basó, para la fundación de su empresa
de registro de la propiedad planetaria y para su legalización, en un
tratado internacional de 1967, por el que ningún Estado puede apropiarse
de una propiedad en el espacio.

La empresa de Dennis Hope –así se llama el avispado hombre de negocios-
permite la adquisición de parcelas y propiedades en la Luna y en
diversos planetas de nuestra galaxia.
Con el fin de establecer la legalidad de su actividad, todas las
transacciones se basan en el tratado internacional conocido como “Outer
Space Treaty”, de 1967, que impide a los Estados  -pero no a las
personas individuales- apropiarse de cuerpos estelares.

Lunar Embassy nació como empresa en 1980, y se autodenomina –aunque la
realidad diste de ser tal- como "la única empresa del mundo en tener la
potestad legal de vender propiedades en la Luna y otros planetas”. Tal
es su seguridad en la legalidad del negocio que hasta la fecha Mrs. Hope
ya ha vendido parcelas selenitas a unas 300.000 personas.

Pero el bueno de Dennis ha pensado en extender su próspero negocio y
para ello nada mejor que utilizar la Red. Con tal fin ha creado un
website desde el que cualquier persona pueda realizar cómodamente la
compra de partes de un planeta o satélite.

El web de Lunar Embassy se divide en distintos apartados, dependiendo de
si lo que quiere el cliente es adquirir una propiedad en la Luna, Marte,
Júpiter, Venus o incluso en el hermosísimo satélite joviano Io, cuyo
nombre sirve de recuerdo de la bella hija de Zeus.

Los responsables de esta empresa afirman que cualquier persona
medianamente solvente puede, por la modesta cifra de 16 dólares,
adquirir una de estas propiedades extraterráqueas y, con el fin de
animarnos a pertenecer al selecto club de propietarios, en el web se nos
señala que hay ya muchas celebridades, e incluso hasta dos presidentes
de los EE.UU., que ya han hecho su adquisición. Por esos miserables 16
dólares –aunque al paso que se revaloriza la moneda norteamericana es
probable que el precio se vuelva prohibitivo-, cualquiera puede tener
por ejemplo una parcela en la Luna, únicamente rellenado un sencillo
formulario "on-line".

Pero no vayan a pensar ustedes que las perspectivas se quedan ahí. En la
actualidad, existe ya el conocido como “Proyecto de Ciudad Lunar”. La
empresa ha ido reservando unos espacios más amplios para crear futuras
ciudades lunares. En estos casos, el precio se dispara hasta los 4.500
dólares; aunque, bien pensado, por tan sólo esas insignificantes 900.000
Ptas. ¿quien no está dispuesto a darse el gustazo de crear su propia
ciudad lunar? ¿Se imaginan, por un momento, la proliferación, a la que
esto puede dar lugar, en nuestro satélite de Metrópolis con el nombre de
“Gomez City” o de “García Village”? ¿Se atreverá finalmente el errático
JJ. Benítez a establecer una aldea troyana, por ejemplo, en el Mar de la
Tranquilidad?

Los marchantes de cualquiera de las dos opciones recibirán, por su
parte, todos los documentos legales pertinentes a su transacción. Así,
por ejemplo, les será entregada una copia de la Carta de Derechos de la
Luna, un mapa de la parcelita adquirida y una copia de la declaración de
propiedad, que podrá utilizarse, tanto en la Tierra como en el espacio
galáctico, como justificante o un documento legal que garantice su
posesión. Igualmente, el grupo de Dennis Hope, ofrece un periodo de
garantía de 30 días para que, caso de no estar satisfecho con la compra
realizada, pueda Ud. efectuar la oportuna devolución sin ningún coste
añadido.

Para más información:
The Outer Space Treaty http://www.iasl.mcgill.ca/space/outerspace.html

Para comprar su parcelita:
http://www.lunarembassy.com/lunar/index2.shtml
http://www.moonshop.com/
http://www.marsshop.com/
http://www.venusshop.com/
http://www.ioshop.com/
http://www.moonshop.com/ms/City_E.html

                           ------------------

El País http://www.elpais.es/

EXPERTOS BRITÁNICOS CONCLUYEN QUE LOS HUMANOS SÓLO TIENEN EL DOBLE DE
GENES QUE UN GUSANO
Por: Xavier Pujol Gebellí – Barcelona

La publicación del genoma se retrasa hasta el año que viene

El número de genes contenido en el ADN humano, uno de los mayores retos
pendientes tras el anuncio en junio pasado de la secuencia completa del
genoma, es muy inferior al previsto. De acuerdo con las estimaciones de
investigadores del prestigioso Sanger Centre británico, que están
avanzando en la identificación de los genes entre los datos crudos de la
secuencia para su publicación en 2001, los humanos están gobernados por
la expresión de tan sólo 35.000 o 40.000 genes, cantidad muy inferior a
la que siempre se había previsto, y que sólo es el doble de los genes
que tiene un gusano.

Desde los inicios del proyecto Genoma Humano, el número de genes en
nuestra especie siempre se había situado entre 80.000 y 100.000, aunque
en los últimos meses algunos cálculos habían reducido esta cifra y otros
la habían aumentado. Como consecuencia de las nuevas estimaciones,
hechas ya sobre la base de la secuencia completa del genoma humano hecha
pública en junio pasado, se reduce la diferencia entre los genomas de
distintas especies animales al tiempo que se da mayor protagonismo al
papel desempeñado por las diferencias entre individuos de una misma
especie.
En opinión de Ian Dunham, coordinador del grupo de investigación de
Genética Humana en el Sanger Centre, el número de genes que se había
considerado hasta la fecha ha sido "sobreestimado". Dunham, que
participa estos días en el simposio La Larga aventura del genoma,
organizado por el Museo de la Ciencia de la Fundación La Caixa, reparte
el error de cálculo entre la falta de información que existía antes de
la publicación del primer borrador del genoma y un cierto egocentrismo
cultural. "Siempre habíamos querido tener más genes que cualquier otro
ser vivo", dice. "Y efectivamente los tenemos, pero no muchísimos más".
A lo sumo, poco más del doble que la popular mosca Drosophila o el más
minúsculo de los gusanos.

Reparto heterogéneo

Otra parte del error, considera Dunham, se explica por el modo en que
fueron hechas las estimaciones. Éstas se basaron en el análisis de
determinadas regiones de ADN pensando que la larga cadena que contiene
el código genético tenía una distribución más o menos homogénea. El uso
de distintos métodos de análisis, sin embargo, llevó a resultados muy
dispares. De ahí que el número estimado se situara entre 80.000 y
100.000 genes para las versiones consideradas más sólidas, pero se
redujera a poco más de 30.000 en algunos cálculos, mientras que en
otros, ahora definitivamente descartados, se elevaba la cifra hasta
140.000.

Pero el análisis del genoma humano no deja espacios para la duda. En los
últimos meses, relata el investigador británico, "se ha mejorado la
calidad" del borrador y se han empezado a rellenar los aproximadamente
15.000 agujeros que entonces quedaron pendientes en el proyecto público.
En paralelo, se han hecho nuevas estimaciones a partir del número de
genes que existen en los cromosomas. En el cromosoma 22, cuya
secuenciación fue coordinada por el propio Dunham, apenas se ha añadido
un 10% a los 545 genes descritos en diciembre del pasado año. Lo mismo
parece ocurrir en otros cromosomas. En todos ellos, el número de genes
"no aumenta de forma significativa", afirma.

Asimismo, los investigadores están comprobando cómo algunas secuencias
que parecían distintas e inicialmente se atribuían a dos o más genes
corresponden, en realidad, a uno sólo. Finalmente, la comparación con
otras especies animales, en especial con el pez tetralodón, mediante el
uso de complejos algoritmos informáticos, está llevando a las mismas
conclusiones. "Todos los análisis", sostiene Dunham, "coinciden en cerca
de 40.000 genes".

La reducción a menos de la mitad del número de genes tiene más de una
lectura. Para Dunham y otros expertos, tiene un significado biológico
"más bien escaso". En su opinión, el número de genes en una especie
animal "no es relevante". Sí lo es, en cambio, su expresión o, lo que es
lo mismo, dónde se activa cada gen para fabricar una proteína.

Al mismo tiempo, los snips, como se denomina en la jerga genética a las
alteraciones en una sola letra del ADN, adquieren ahora mayor
protagonismo.
Los snips son diferencias mínimas en el ADN de cada persona que se
localizan en determinadas regiones de los cromosomas y de las cuales
dependen muy a menudo las diferencias individuales y entre grupos de
población. Por decirlo de algún modo, las múltiples variaciones de una
letra en cada región explican por qué dos hermanos son diferentes o por
qué los habitantes del norte de Europa son distintos de los del sur.
Pero también permite explicar por qué una vacuna actúa de forma eficaz
en mujeres centroeuropeas y es inútil en mujeres asiáticas. Por otro
lado, y aunque la existencia de un snip no equivalga a la aparición de
una enfermedad o deformación genética, sí ayuda a entender cómo se
manifiesta.

El estudio de los snips, considera Dunham, será por tanto determinante
para entender el origen y el alcance de una enfermedad. Junto con una
mejor comprensión del mecanismo de acción de los genes, podría llevar de
forma clara a determinar cómo y cuando emerge una enfermedad, qué
influencia tienen los factores ambientales y cómo afecta a un individuo
un grupo determinado una alteración genética.

Inundaciones y encierros

En junio pasado, cuando la compañía estadounidense PE Celera Genomics y
el Consorcio Público para el Proyecto Genoma Humano anunciaron sendos
borradores de la secuencia completa del código genético humano,
aseguraron que en septiembre los datos serían publicados en revistas
científicas internacionales. Septiembre pasó, y también octubre. Y los
datos todavía no se han hecho públicos. Mientras, la expectación crece y
se han disparado los rumores.

El Consorcio Público, integrado fundamentalmente por centros británicos
y estadounidenses, entre ellos el Sanger Centre, atribuye el retraso a
una "mejora de la calidad" de la secuencia y prevé su publicación para
"enero o febrero". Aspectos técnicos en las anotaciones (la traducción
del conjunto de letras o pares de bases químicas en un gen), además de
las inundaciones padecidas en las últimas semanas en las islas
británicas, explicarían el retraso. Las lluvias afectaron al propio
Sanger Centre, donde los investigadores vieron cómo el agua alcanzaba
casi un metro de altura en la sala de secuenciadores. Afortunadamente,
explica Ian Dunham, en uno de ellos, "pudo salvarse" el arsenal
biológico acumulado.

Por otra parte, en Celera parecen dispuestos a romper de nuevo la
baraja. Según los rumores que circulan, los investigadores contratados
por la empresa están encerrados a cal y canto sin posibilidad apenas de
comunicarse con el exterior. Entre ellos está el bioinformático español
Roderic Guigó, quien hace ya unos meses proporcionó a Celera una
aplicación informática que permitió convertir las bases de datos del
genoma de la popular mosca del vinagre en un mapa asequible para los
científicos. Al parecer, Celera está interesada en utilizar el mismo
programa para elaborar el mapa del genoma humano.

En cualquier caso, en Celera también andan con retraso. En los
mentideros científicos se especula que sus programas "o acaban de dar
con los genes", lo cual confirmaría la estimación a la baja efectuada
desde el Consorcio Público o, lo que es lo mismo, que hay muchos menos
genes que los previstos. Ello habría abierto las puertas, según las
mismas fuentes, al uso de nuevos programas informáticos dedicados a
predecir genes, uno de ellos desarrollado por Guigó y basado en
algoritmos que simulan el mecanismo empleado por las células en el
reconocimiento de genes. Aunque su eficacia es menor -Guigó la cifraba
en poco más del 30% el verano pasado- es uno de los programas más
rápidos de la bioinformática.

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LA EVOLUCIÓN NO SE BASA EN EL AUMENTO DEL NÚMERO DE GENES
Por: Javier Sanpedro - Madrid

La naturaleza se ha mostrado extraordinariamente rácana a la hora de
dotar al ser humano de genes, es decir, de las instrucciones que
necesita para nacer, desarrollarse como una persona (y no como una rata
o un gusano) y funcionar cada día. 40.000 genes es una cifra inesperada,
cicatera, ridícula. Un gusano que apenas se ve a simple vista, el
Caenorhabditis elegans, tiene 19.100 genes. ¿Cómo se puede construir
desde cero un cerebro humano, con sus 100.000 millones de neuronas, con
sólo el doble de genes que un gusano que tiene 302 neuronas en total?

Los esquemas conceptuales que los biólogos venían manejando sobre la
evolución a gran escala deben ser revisados. El aumento de complejidad
patente en la escala animal no se ve acompañado de un incremento
correspondiente en el número de genes. El gusano elegans tiene 19.100
genes. La mosca Drosophila, mucho más compleja que el gusano, tiene
menos genes: sólo 14.200. Y nuestra especie, menos de 40.000. Es
absolutamente obvio que el incremento en complejidad ocurrido durante la
evolución animal no ha venido provocado por un aumento bruto de
información genética.

Genes comunes

En diciembre de 1998, cuando los científicos terminaron la secuencia
(deletreado de las unidades del ADN) del gusano -el primer proyecto
genoma de un animal-, se dieron cuenta de que el 36% de sus genes tenían
un equivalente en la especie humana. Por entonces, el genoma humano no
había sido completado, y la estimación actual es algo superior:
Caenorhabditis elegans comparte más o menos la mitad de sus genes con
nuestra especie. Es decir, casi 10.000 de los 40.000 genes humanos son
similares en el gusano y en el humano (y seguramente en todos los demás
animales que existen o han existido sobre la Tierra).

¿Guardarán los otros 30.000 genes humanos el secreto profundo de nuestra
peculiaridad como especie? Probablemente no, al menos no en ningún
sentido interesante. Para empezar, 30.000 genes son en realidad poca
cosa (digamos que representan, en contenido informativo, poco más que un
gusano y medio). Además, es probable que la mayoría de ellos cumplan
funciones de escaso interés teórico: funciones redundantes, refuerzos de
seguridad, detalles estructurales que no muerden el fondo de la
cuestión. En realidad, los genes más interesantes para el desarrollo se
cuentan, muy probablemente, entre los que compartimos con las moscas y
los gusanos.

Uno de los biólogos más inteligentes de la historia, el británico Sidney
Brenner, señaló en marzo: "La evolución no procede aumentando el
inventario de genes, sino modulando su activación".

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UN NUEVO MISTERIO SOBRE LONDRES
Por: Dr. Zenón Sanz

El pasado día 25 de Octubre, los teletipos de la agencia Reuters nos
informaban de que, en la antaño neblinosa ciudad del Támesis, había
hecho aparición un nuevo criptobicho; un lozano y gamberro animalito
cuya especial dedicación por patear canes ha causado honda sorpresa y,
todo sea dicho de paso, un gran malestar entre las bienpensantes
ancianitas londinenses, acostumbradas hasta la fecha a pasear a sus
falderos compañeros con absoluta tranquilidad por sus ya no tan
apacibles calles.

Londres, la de la tétrica Torre rodeada de smog, antaño asolada por la
sangrienta leyenda de Jack el Destripador y afectada por las andanzas de
Jumping Jack Flash y la presencia de otras tantas misteriosas entidades,
que se nutren de la oscuridad para soliviantar las ciudadanas
conciencias, tiene al parecer un nuevo y peligroso residente.

Según las declaraciones de una respetable ciudadana londinense, un
canguro atacó rabiosamente  a su perro, en un suburbio de la ciudad;
dándose acto seguido, probablemente ante el chaparrón de bolsazos
propinados por la citada señora, a una precipitada huída

Las autoridades de parques de Lewisham informaron del hecho de que hasta
la fecha habían recibido otros informes sobre las apariciones del
misterioso animal así como diversas denuncias de sus salvajes
actuaciones. La policía ha sido informada y ha iniciado su
búsqueda –informaron a Reuters-.

Hasta el momento solamente se han encontrado huellas de un ser que bien
pudiera ser el marsupial delincuente y canicida, si bien dicho aspecto
aún no ha sido confirmado con absoluta certeza por Scotland-Yard.

¿Estaremos, queridos lectores, ante un nuevo caso de aparición
criptozoológica, digno de ser reseñado en los archivos misteriales de
Akasiko.com?  ¿Se habrá reencarnado en forma de canguro londinense el
espíritu asesino del orangután de Borneo que, de la mano de Edgar Allan
Poe, asoló con sus crímenes la Calle Morgue de París? ¿Intentará por
todos los medios nuevamente la PETA ponerse de parte del criptobicho
marsupial y salvarle de que lo encierren en la Torre de Londinium?
¿Redactaran otra furibunda declaración, tal y como ya hicieran con el
ministro de Medio Ambiente de Noruega para que impidiese los planes de
captura del monstruo de Seljord Lake, exigiendo que se anulen
inmediatamente las órdenes de búsqueda y captura emitidas y que se
respeten sus saltarines deambuleos?

Yo no se a ustedes, pero lo que es a mí son estas noticias las que
sencillamente me alegran el día.

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ASTRONOMÍA: EN BUSCA DE VIDA EN OTROS PLANETAS
Por: Alan Penny

El famoso meteorito marciano encontrado en la Antártida, ¿realmente
contiene fósiles microscópicos como sugieren algunos científicos? En
estos momentos se está trabajando duro en un intento por responder a
esta pregunta. Por un lado, se busca la evidencia que asegure que las
condiciones marcianas fueron, en algún momento, aceptables para la vida;
por el otro, signos de actividad biológica en las relaciones de
abundancias de isótopos de carbono y otros elementos presentes en la
roca. También se quiere responder a otras preguntas acerca de la vida en
el universo, como puede ser la búsqueda de evidencia de vida en planetas
tipo terrestre orbitando alrededor de estrellas cercanas gracias a
novedosos diseños de telescopios espaciales.

Y es que la ciencia de la búsqueda de signos de vida
extraterrestre –exobiología- está de moda. Como muchas otras nuevas
disciplinas, es una amalgama de ciencias que antes estaban separadas.
Los avances realizados recientemente en campos tan dispares como la
biología, la química, la paleontología, la geología, la física de la
atmósfera, la meteorología, la exploración espacial y la astronomía han
revolucionado esta materia.

Hace un tiempo se decía que la exobiología, o astrobiología, era una
ciencia sin objeto de investigación, pues no hay prueba alguna que
demuestre la existencia de tal tipo de vida. Pero las investigaciones
realizadas en pos de entender cómo empezó la vida, qué limitaciones le
impone el ambiente y cuán extendida se encuentra por el universo parece
que la hacen candidata a convertirse en una de las grandes ciencias del
siglo XXI.

Es fácil ver por qué. A nivel filosófico, el descubrimiento de formas de
vida alienígenas significaría que deberíamos reevaluar nuestra propia
posición en el universo. Si no encontramos signos de vida a nuestro
alrededor, entonces deberemos enfrentarnos a un destino en soledad.
Cualquiera que sea el resultado, serán tan significativo como hace 500
años, cuando Copérnico se dio cuenta que la Tierra no estaba en el
centro del universo.

A un nivel más práctico, la exobiología nos proporcionará un mayor
entendimiento de la vida en la Tierra y de las interconexiones entre los
organismos vivos y la biosfera (evidentemente, el descubrimiento de vida
extraterrestre aportaría nuevas ideas sobre la naturaleza de la vida).

Primeros pasos

Las primeras investigaciones científicas en exobiología datan de los
experimentos del químico norteamericano Harold Urey en la década de los
50. Sintetizó aminoácidos a partir de los gases (amoniaco, metano,
hidrógeno y agua) que entonces se pensaba habían formado parte de la
atmósfera primitiva. Otro pionero fue James Lovelock con su hipótesis
Gaia y la búsqueda de evidencias de actividad biológica en meteoritos.
La búsqueda de vida en la superficie de Marte por las misiones de la
NASA Viking a principios de los 70 fue la empresa astrobiológica más
ambiciosa, pero cuando no encontró signos de vida no ambiguos, pareció
haber perdido su momento.

La vida en el extremo

Recientemente este interés ha revivido como resultado de algunos
excitantes descubrimientos sobre la evolución y la versatilidad de la
biología terrestre. Primero, el descubrimiento de bacterias fósiles en
rocas antiguas, indicando que la vida apareció en la Tierra hace 4.000
millones de años; sólo unos pocos cientos de millones de años después de
la formación del planeta. Lo que significa que, al parecer, la vida se
desarrolló más rápida y fácilmente de lo que se creía. En segundo lugar,
durante la pasada década los biólogos han descubierto organismos que
pueden subsistir en condiciones extremas, en las que no se esperaba
encontrar organismos vivos. Por ejemplo, hay una ecología completa de
plantas y animales viviendo en las zonas de agua muy caliente (110ºC) en
el suelo oceánico. Es más, recientes trabajos sobre genética indican que
el antepasado común a todas las formas de vida sobre el planeta
probablemente fue un extremófilo.

También se ha encontrado vida en rocas de los yermos helados de la
Antártida, a profundidades de varios kilómetros bajo la corteza -en el
manto terrestre-, dentro de reactores nucleares e incluso sobreviviendo
tres años en nuestra Luna sin atmósfera (como descubrieron los
astronautas del Apolo 12 tras recuperar los trozos de una vieja sonda
lunar). Es más. Para arrojar más luz sobre la supervivencia de
organismos vivos en el vacío del espacio se están diseñando diferentes
experimentos para realizarlos en la Estación Espacial Internacional.

Marte y más allá

Impulsados por estos descubrimientos, hemos vuelto a mirar más allá de
la Tierra, buscando las condiciones ambientales capaces de permitir la
vida. En este sentido, el lugar donde hemos encontrado posibles trazas
de la existencia de vida ha sido en el meteorito marciano. Esta
inquietante enigma, combinado con las observaciones obtenidas por las
sondas confirmando que el agua circuló por la superficie del planeta
rojo, ha causado una gran excitación. Como resultado, la NASA ha
iniciado un ambicioso programa, a cumplirse la próxima década, en el que
prevé el lanzamiento de dos sondas cada dos años hacia Marte (en los
momentos en que se encuentra más próximo a la Tierra) para traer rocas y
ver si contienen alguna evidencia de vida, ya sea actual o pasada. Por
su parte, la Agencia Espacial Europea (ESA) ha aprobado la construcción
del Beagle 2 para estudiar la exobiología marciana dentro de la misión
Mars Express, que se lanzará en el 2003.

Otro cuerpo del Sistema Solar que podría albergar vida es Europa, una de
las lunas de Júpiter. Europa está cubierta de hielo, bajo el cual podría
encontrarse un océano líquido. Si es así, entonces a largo plazo podría
enviarse una sonda que perforase los varios kilómetros de grosor del
hielo y buscar cualquier traza de vida en ese océano.

Por supuesto, los astrónomos también planean buscar vida más allá del
Sistema Solar. Desde 1995 sabemos que existen planetas orbitando
alrededor de otras estrellas y ahora disponemos de una técnica
practicable de buscar vida en esos planetas. Tanto la NASA como la ESA
tienen ambiciosos planes para lanzar, en los años posteriores al 2010,
un telescopio espacial gigante con un novedoso diseño (la misión Darwin)
con el que buscar planetas del tipo terrestre. También estudiará sus
atmósferas analizando su espectro y buscará si tienen una banda de
ozono. El ozono podría ser un signo de actividad biológica en un
planeta, puesto que aparece a partir de grandes cantidades oxígeno libre
que únicamente es generado por procesos vivos.

El origen de la vida en la Tierra

Nadie sabe realmente cómo comenzó la vida. Incluso el origen de los
ladrillos básicos de la vida es incierto. ¿Hubo una lluvia de compuestos
orgánicos del espacio –quizá de los cometas- o se formaron aquí? ¿Cómo
se ensamblaron esas moléculas para formar entidades biológicas como ADN,
proteínas? ¿Y éstas en células? Biólogos experimentales, genetistas y
paleontólogos intentan responder a estas y otras preguntas. Sin embargo,
buscar y estudiar condiciones potencialmente favorables para la vida en
planetas y lunas del Sistema Solar y fuera de él podrían darnos pistas
de cómo surgió la vida en la Tierra.

La misión ESA/NASA a Saturno, Cassini-Huygens, lanzada en 1997, dejará
caer la sonda Huygens sobre su luna Titán. Investigará la atmósfera de
esta luna, que se piensa es similar a la de la Tierra primitiva, y cuya
química puede ser relevante a la hora de estudiar los procesos
atmosféricos involucrados en nuestros problemas ambientales.
Curiosamente, los estudios en exobiología nos ayudarán a cuidar nuestro
frágil hogar.

[Nota] *Alan Penny  es astrónomo en el CLRC del Rutherford Appleton
Laboratory de Oxfordshire en Inglaterra y pertenece al Comité de
Exobiología del Reino Unido.

                           ------------------

EL CÁNCER DE TESTÍCULOS AFECTA EN MAYOR GRADO A LOS HOMBRES GRANDES Y
DELGADOS
EFE

El riesgo de padecer cáncer de testículos es mayor en los hombres
grandes y delgados que en los hombres pequeños y gordos, según una
investigación realizada entre 500.000 noruegos.

"Hemos constatado que cuanto más grande es un hombre, el riesgo de
padecer cáncer de testículos aumenta", explicó el profesor de
epidemiología Olof Akre, del Hospital univesitario Karolinska de
Estocolmo.

"El riesgo se produce en los hombres con grandes tallas probablemente
por la influencia de las hormonas, sobre todo en las hormonas de
crecimiento y también en las hormonas sexuales", indicó Akre. "Este
proceso comienza en una etapa precoz en la formación del individuo,
incluso podría ser en el estadio prenatal", añadió.


====RINCÓN DEL LECTOR =================================================

Con motivo del artículo publicado en “EL ESCÉPTICO DIGITAL” Nº 66, del
pasado 8 de Noviembre de 2000, por el catedrático D. Alonso Rodríguez
Navarro, bajo el título ”INVESTIGACIÓN Y ENDOGAMIA”, uno de nuestros
lectores, EL Dr. Erik Stengler Larrea, nos ha remitido el siguiente
texto crítico que, por su innegable interés,  tenemos el gusto de
publicar.

SOBRE LA VERDADERA INVESTIGACIÓN Y LA ENDOGAMIA
Por: Erik Stengler Larrea

Estimados amigos escépticos,

Dado que es un tema en el que he sido siempre bastante beligerante, no
puedo menos que escribiros para manifestar mi profundo desacuerdo con
todos y cada uno de los párrafos del artículo de Alonso Rodríguez
Navarro sobre "Investigación y Endogamia"

En la introducción se habla de confundir causas y efectos. Aparte de que
esta afirmación no la veo desarrollada en el artículo, lo más
preocupante es que el autor incurre en una confusión aun mayor, al
mezclar no causas y efectos, sino peras y manzanas. Y es que para
justificar de algún modo la actitud que hay tras la endogamia aduce como
argumento que "la formación y selección del profesorado ha sido
excelente" (¿qué tendrá que ver?), y como datos aporta la producción
científica de los mismos en términos de artículos publicados.

Pues bien, yo afirmo precisamente que la formación y selección del
profesorado es no mala, sino pésima. Medir la formación y calidad del
profesorado en función de los artículos publicados es como medir la
calidad de la policía de tráfico por el número de multas. ¿Es que a los
profesores de universidad les pagan sólo por investigar? ¿No indica el
propio nombre del puesto que su objetivo es también enseñar?  ¿Dónde
está la calidad docente como indicador de que "la formación y selección
del profesorado ha sido excelente"?

Si la aportáramos veríamos, efectivamente, que es pésima, precisamente
debido a la actitud que muestra como tantos otros el autor del artículo
de valorar sólo la investigación (y ésta sólo en función de artículos
publicados, lo cual es otra falacia añadida, dado que hay estudios que
demuestran que mientras en España el número de artículos es parecido al
de otros países, la calidad de los mismos deja mucho que desear).

Pero vayamos más lejos. Incluso aceptando el planteamiento inicial del
autor, no veo por ningún lado la relación de la dificultad de competir
internacionalmente con la necesidad de frenar "la movilidad posterior [a
los primeros años de la carrera de un aspirante a profesor]", máxime
cuando justo unas líneas más arriba se alaba tal movilidad en el
currículum de un aspirante. Y además, en otros países con los que tanto
nos gusta compararnos, la calidad investigadora no se ve resentida por
esta movilidad, que la tienen tanto o más que aquí.

Siguiente párrafo: "Nadie conoce las dificultades de investigar en la
universidad española mejor que los propios actores. Por ello, cuando se
juzga una plaza, si el candidato y el departamento son productivos, el
más elemental análisis de prioridades exige apoyar al departamento que
la convoca".
Por un lado no veo la relación causal que implica el "por ello". Por
otro, si la productividad de un departamento y de un candidato depende
de que estén "juntitos", pobre departamento y pobre candidato. ¿Se puede
decir que es un "científico" alguien que no sabe producir ciencia fuera
de su "corrito"? ¿Se puede decir que es un buen departamento el que teme
acoger investigadores de fuera?

Para más inri, en el último párrafo leemos que para corregir la falta de
calidad y competitividad, lo cual está según el autor detrás de la
endogamia,  hay que "enviar becarios al extranjero e importar
científicos". Que me diga el autor ¿cómo se hace eso cuando,
precisamente debido a la endogamia, los becarios temen salir al
extranjero porque conocen las dificultades que encontrarán para volver
compitiendo con quien ha estado "calentando el asiento", y los
científicos a "importar" se encuentran con más de lo mismo? Esto no es
más que un argumento circular, ya que por lo visto, para solucionar la
endogamia hay que aportar una solución que sólo se puede dar sin
endogamia.

El propio autor dice que nadie conoce mejor las dificultades que los
propios actores, los profesores de universidad y, que yo sepa, al
pretender minimizar la participación del propio departamento en la
selección de candidatos nadie ha dicho que el tribunal lo vayan a
constituir personas que no son universitarios. No se si es
inconstitucional, pero lo que es inmoral es prolongar la situación
actual. Y en mi escala de valores, la inmoralidad es más grave que la
inconstitucionalidad.

Finalmente, una apreciación personal: pienso que la calidad de la
universidad española, y a través de ella, la motivación de los
estudiantes a acometer estudios de ciencias, se mejorará no a través del
victimismo permanente de los investigadores, siempre midiéndose con
otros y con los de otros países, sino a través de una mejora de la
calidad docente (sin olvidar la investigación). Para ello es necesario
un cambio de actitud por parte del profesor universitario español, que
empiece a valorar en su justa medida la docencia y la educación y sea
consciente de que cobra su salario por enseñar e investigar, y no por
investigar y escaquearse de la docencia. Ya que nos gusta tanto mirar a
otros países, véase la tradición la calidad británica y estadounidense
en educación, la cual, que yo sepa no ha ido en detrimento de su
investigación.

Dice el autor que hay que proponer cómo eliminar de las selecciones para
profesor de universidad a quienes nunca debieron ser nombrados tales.
Dudo que en su mente estuviera que como criterio se incluyera lo que yo
pondría como "conditio sine que non": asumir que el puesto de profesor
universitario difiere del de investigador puro (como los del CSIC) en
que el 50% de su dedicación sea a la docencia, por lo que, en
consecuencia, su numero de publicaciones tendrá que ser necesariamente
menor que el de otros científicos en puestos no docentes. A ver cuántos
de los catedráticos y profesores actuales habrían pasado un criterio
así...

Un saludo

[Nota] *Erik Stengler Larrea es Doctor en Astrofísica en la Universidad
de Donosita-San Sebastián.



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