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Asunto: EL ESCÉPTICO DIGITAL - Edición 2000 - Número 78 - 07 de Diciembre de 2000
Fecha:Jueves, 7 de Diciembre, 2000  02:25:04 (+0100)
Autor:Pedro Luis Gomez Barrondo <TXINBO @.....es>

=====================================================================

                           EL ESCÉPTICO DIGITAL

       Boletín electrónico de Ciencia, Crítica a la Pseudociencia y
Escepticismo
       © 2000 ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico

    Edición 2000 - Número 78 - 07 de Diciembre de 2000

Boletín de acceso gratuito a través de:
http://www.elistas.net/foro/el_esceptico/alta

=== SUMARIO =========================================================

  - Rastros de Lagos en Marte.

  - El Mundo es un pañuelo.

  - Sudáfrica: Filmado un grupo de seis celacantos.

  - Víctimas de su época.

  - Lagarto, lagarto: Toquemos madera.

  - Los caníbales de Nueva Guinea y la variante de Creutzfeldt-Jakob.

  - ISS: Paneles Solares viento en popa.

  - Acelerador Lep: el final de un gigante.

  - Bebés y Razonamiento infantil.

  - Etxenike exige una financiación estable para la investigación.

=== NOTICIAS =========================================================

El Correo http://www.elcorreodigital.com/

CIENTÍFICOS DE LA NASA HALLAN EN MARTE RASTROS DE GRANDES LAGOS EN LOS
QUE PUDO HABER VIDA
Por: Luis Alfonso Gámez – Bilbao

Las huellas de las masas de agua, detectadas por una cámara de la
‘Global Surveyor’, datarían de hace unos 4.000 millones de años

El planeta rojo pudo estar salpicado de lagos hace entre 4.300 y 3.500
millones de años, según revelan en el número de esta semana de la
revista ‘Science’ dos investigadores de la NASA que han examinado
imágenes captadas por la sonda orbital ‘Mars Global Surveyor’. Michael
Malin y Kenneth Edgett anunciaron en junio el hallazgo, también en
Marte, de evidencias de afloramientos de agua subterránea en forma de
torrente, que podían datar de hace 1.000, 10.000 años o «hasta de ayer».
Ahora, afirman haber encontrado rastros geológicos que probarían la
existencia de grandes masas acuosas en un pasado remoto.

Las formaciones identificadas por Malin y Edgett corresponden a capas
superpuestas de rocas sedimentarias similares a las que se hallan, por
ejemplo, en el fondo de los mares y lagos terrestres. Estas rocas se
forman al compactarse pequeñas partículas, producto de la erosión, que
han sido arrastradas por el viento u otros agentes. Los afloramientos
marcianos se encuentran en las paredes de cráteres y grietas, y en
algunos casos llegan a tener varios kilómetros de espesor.

La búsqueda de vida

Aunque este tipo de depósitos puede también tener su origen en el
viento, el vulcanismo o impactos cósmicos, los investigadores se
inclinan a pensar que en Marte fue el agua la que arrastró los
materiales hasta el fondo de lo que entonces eran lagos. «Algunas de las
imágenes de estos afloramientos -ha dicho Malin- muestran centenares y
centenares de estratos idénticos, lo que es casi imposible sin agua».
Sin embargo, los científicos no han hallado huellas de corrientes
fluviales que desembocaran en esos lagos, extremo que atribuyen a que la
erosión puede haber borrado las evidencias. Y, por si eso no fuera
suficiente, ignoran desde dónde fueron transportados los materiales.

William Schopf, director del Centro para el Estudio de la Evolución y el
Origen de la Vida de UCLA, indicó ayer a ‘The New York Times’ que se
trata de la evidencia más consistente de que Marte fue, en el pasado,
más húmedo, más cálido y potencialmente más apto para la vida. De
confirmarse el descubrimiento -cuyo anuncio estaba previsto para el
jueves, pero se adelantó tras violar ‘The Sunday Times’ el embargo
periodístico-, tendría enormes repercusiones para futuras misiones de
exploración. Si la vida existió en Marte hace 4.000 millones de años -en
la Tierra surgió hace 3.800 millones de años-, los fósiles estarían
embutidos en esas capas de roca sedimentaria, como ocurre en nuestro
planeta, y las formaciones localizadas ahora por la NASA serían las
ideales para que se posaran naves terrestres a la búsqueda de rastros de
vida.

A pesar de ser partidarios de la hipótesis que implica corrientes de
agua, Malin y Edgett apuntan como alternativa la posibilidad de que el
transporte y posterior depósito de materiales se debiera a cambios en la
presión atmosférica marciana. Sea cual sea el origen final de esas
formaciones sedimentarias, lo que revela el estudio es que el planeta
rojo primitivo fue un mundo geológicamente muy activo. «Esto hace a
Marte más complicado y más excitante -indica Edgett-. Estos registros
nos van a contar mucho acerca de cómo era el Marte primigenio, y quizá
también la Tierra primigenia, ya que no tenemos muchas rocas de aquella
época de nuestro propio planeta».

Para más Información:
Página de la Mars Global Surveyor http://mars.jpl.nasa.gov/mgs/
Página de la NASA http://www.nasa.gov/today/index.html
Revista Sciencie http://www.sciencemag.org/

                           ------------------

EL MUNDO ES UN PAÑUELO
Por: Javier Armentia

Globalización, interconexión, redes... términos que comienzan a definir
un mundo habitado por más de 6.000 millones de humanos. ¿Pero estamos
realmente tan cerca unos de otros? En los años 50 el sociólogo Ithiel de
Sola Pool planteó la llamada hipótesis de los seis grados de separación:
entre dos habitantes de este planeta podemos establecer una cadena de
personas que se conozcan, de manera que los podemos ligar. Curiosamente,
esa cadena no tiene más de 6 eslabones. Una especie de parentesco
planetario que no deja de sorprendernos.

¿A cuántas personas conocemos, de manera directa? (Se suele usar la
alegoría de decir que les hayamos dado la mano. Este conjunto, que va
aumentando conforme vivimos, puede incluir fácilmente más de 500
personas. Son nuestros conocidos en primer grado. Cada uno de ellos
conocerá a otros tantos, que serían en cierto modo, conocidos nuestros
en segundo grado. Obviamente, algunos de ellos serán también conocidos
nuestros en primer grado. Podemos ir prolongando la telaraña: conocidos
en tercer grado, en cuarto... A pesar de que somos tantos los habitantes
de la Tierra, lo cierto es que para cuando llegamos al sexto grado de
separación, no nos queda nadie por conocer.

El tipo de red que se establece de esta manera tiene numerosos enlaces
cercanos (gente con la que solemos estar casi día a día: familiares,
vecinos, compañeros de trabajo...) y algunos, menos, enlaces de larga
distancia (aquel amigo que se fue a trabajar a EEUU, un familiar en
Australia, la pareja alemana que hemos conocido este agosto en la
playa...). También hay personas que ejercen de nodos que permiten los
saltos lejanos: por ejemplo, políticos que se mueven en esferas
internacionales. Si uno tiene un conocido de un conocido que le dio la
mano a Aznar, podemos, en cuatro grado, saltar a EEUU a través de
Clinton, o a Cuba con Fidel Castro.

Dentro de las teorías de los sistemas de comunicación, estas redes son
utilizadas para estudiar muchos tipos de problemas. Por ejemplo, ¿cómo
conseguir el número de teléfono de alguien? ¿cómo hacerle llegar un
correo electrónico a otra persona, o visitar su página web? Algunas
redes disponen de sistemas que facilitan este proceso (las guías
telefónicas en el primer caso, los buscadores en Internet). Cuando
pasamos el problema a personas sin embargo, la cosa parece más
complicada: ¿cómo hacerle llegar un mensaje a ese esquimal que está a
“sólo” seis grados de separación de nosotros, pasando siempre por
conocidos mutuos?

Investigaciones recientes, como las realizadas por el experto en
computación de la Universidad de Cornell Jon Kleinberg (publicadas
recientemente en la revista Nature), dan alguna luz: aunque seamos
incapaces de tener el mapa de conexiones completo, la red consigue hacer
esa localización. “Es un fenómeno colectivo. Colectivamente, la red sabe
cómo encontrar a esa persona aunque ninguna persona sepa cómo”. Lo que
funcionan son las llamadas pistas estructurales: cada uno de nosotros se
puede imaginar más o menos a qué amigo ha de llamar para que le oriente,
o le acerque un poco al destino. Teóricamente se puede medir la
eficiencia de la red analizando cómo se distribuyen las conexiones.
Cuanto más uniforme es el entramado, es decir, con personas que más o
menos conocieran al mismo número de personas cercanas y lejanas, más
fácilmente se llegaría a cubrir todo el mundo.

Los modelos de Kleinberg, aplicados a la informática, proporcionan
mecanismos prácticos para optimizar las conexiones dentro de Internet.
Se calcula que actualmente, los grados de separación entre páginas web
son de 16 a 20: el número de clicks que deberíamos dar con nuestro ratón
para saltar desde una página a cualquier otra de la red mundial. El
número es sensiblemente mayor que en el caso humano porque las páginas
no tienen tantas conexiones como conocidos las personas.

Sabemos que en los grupos humanos esto no sucede así. Y que hay factores
socioeconómicos que relegan a muchas personas a círculos más estrechos,
incluso casi completamente cerrados, de interconexiones. Aquí también,
hay un primer y un tercer mundo. Por ejemplo, la hipótesis de De Sola no
funciona con grupos completamente aislados. Se cree que en las selvas
amazónicas existen todavía tribus no encontradas, que al no tener
contacto con el exterior, quedan fuera de esta red de navegación
mundial. Son muy pocos, en cualquier caso, los desconectados, unos
cientos de personas solamente.

La telaraña mundial.

Conceptos que hablan de lo pequeño que es el mundo, sociología o teoría
de la comunicación, también establecen sus redes de araña: los seis
grados de separación dieron lugar a una obra de teatro de John Guare que
terminó en película de Fred Schepisi (1993), protagonizada por Stockard
Channing, Donald Sutherland y Will Smith. Y recientemente se ha puesto
de moda un juego llamado “los seis grados de Kevin Bacon”, donde se
tienen que establecer conexiones entre autores usando el criterio de que
los saltos se hacen a través de actores que han estado juntos en una
película.

Pero la aplicación más inmediata nos lleva a Internet, y al problema de
conectar a las personas que usan la red, teniendo en cuenta la propia
estructura aleatoria de la misma, su forma anárquica de crecimiento y de
establecer nodos. Las tecnologías de portales (lugares donde nos
proporcionan un menú de posibles conexiones) se muestran insuficientes,
porque siempre incorporan el sesgo de lo que le interesa al propietario
del portal. Por otro lado, los buscadores dan demasiada información, y
podemos pasar horas antes de encontrar lo que queremos realmente. Los
internautas suspiran por “algo” que esté entre medias. Quizá robots de
búsqueda que actúen como los humanos: relacionándose.

                           ------------------

FILMADO UN GRUPO DE SEIS CELACANTOS A POCA PROFUNDIDAD EN SUDÁFRICA
Versión en español por: Julio Arrieta (ARP-Traductores)
Noticia enviada por: Luis R. González Manso

El celacanto, el pez que ha existido sin evolucionar desde hace 350
millones de años, ha sido filmado nadando en aguas poco profundas de la
costa nordeste de Sudáfrica.

"Lo miré fijamente durante unos seis segundos y enseguida comprendí que
se trataba de un celacanto", declaró Pieter Venter; pero no se trataba
de un sólo ejemplar, sino que eran seis de estas extraordinarias
criaturas las que fueron avistadas por un grupo de buceadores que
exploraban un arrecife en la bahía de Sodwana.

Es la primera vez que estos fósiles vivientes son observados vivos por
alguien situado fuera de un batiscafo. Se supuso que el celacanto había
desaparecido hacía unos 70 millones de años hasta que uno de ellos fue
encontrado, como pieza de pesca, por un conservador de museo en 1938.
Desde entonces cierto número de ejemplares ha sido encontrado vivo
alrededor de las islas Comoro cerca de Madagascar.

El buceador Pieter Venter afirma haber encontrado el primero de sus
celacantos a una profundidad de 104 metros. El equipo de buceadores que
consiguió filmar al grupo de especimenes perdió a uno de sus componentes
durante el rodaje. Venter declaró: "me di cuenta de que se trataba de un
celacanto. esto significaba que debería haber una colonia de ellos que
había permanecido oculta durante todo este tiempo." Venter volvió al
mismo lugar con un equipo de buceadores para intentar filmar las
criaturas. Pero la misión se vio truncada por la muerte de uno de los
miembros del equipo que no realizó correctamente el proceso de
descompresión al volver a la superficie.

A pesar de la tragedia, se pudo obtener material filmado de los
celacantos que fue presentado a los periodistas el pasado viernes. En la
película se puede observar a varios ejemplares juntos de uno a dos
metros de longitud. Se puede ver como los celacantos se alimentan
removiendo con sus cabezas el lecho del fondo de un cañón submarino. La
película ha sido autentificada por un experto en celacantos y los
especialistas han mostrado su sorpresa por la poca profundidad en la que
se han localizado estos peces, accesibles a los submarinistas. "Este
descubrimiento parece sugerir que los celacantos están más extendidos de
lo que se pensaba en un principio, quizá se encuentren en este tipo de
pronunciados cañones submarinos, en aguas tropicales", ha comentado el
biólogo marino Johann Augustyn.

Las autoridades sudafricanas han expresado su intención de mantener el
lugar del avistamiento en secreto para proteger esta especie; "No
queremos actividad humana que pueda poner en peligro la supervivencia de
esta especie realmente vulnerable", ha declarado Valli Moosa, ministro
sudafricano de asuntos medioambientales y turismo. El área del
descubrimiento se ha convertido en una reserva marina protegida donde la
pesca de fondo ha sido prohibida.

El celacanto ha sido apodado como "el viejo cuatro-patas" a causa de sus
cuatro aletas volteadas. Se trata del último tipo de una antigua línea
de peces que muchos científicos creen el origen de los primeros
vertebrados terrestres de cuatro patas. Hasta este hallazgo los
celacantos sólo habían sido observados vivos desde sumergibles a grandes
profundidades en las islas Comoro, al norte de Madagascar. La otra única
población de celacantos conocida ha sido localizada al otro extremo del
océano Indico, en la remota isla de Manado Tua. Los ejemplares
indonesios constituyen una subespecie distinta que fue localizada en
1997 cuando un científico americano encontró un ejemplar en un mercado.

                           ------------------

Suplemento Futuro de Página 12 http://www.pagina12.com.ar/

VÍCTIMAS DE SU ÉPOCA
Por: Pablo Capanna

Muchas veces, los científicos tienen delante de sus ojos evidencias que
podrían dar lugar a nuevas teorías, o a increíbles descubrimientos, y
son incapaces de verlos porque el clima científico y cultural en que
están envueltos se los impide. O porque, de aceptar los nuevos datos,
deberían echar por la borda teorías muy firmes y establecidas, y
entonces prefieren considerarlos anomalías, errores de observación,
atribuirlos a una confusión o directamente ocultarlos. Hace treinta y
cinco años, el filósofo de la ciencia Thomas Kuhn, en La estructura de
las revoluciones científicas, un libro que hizo época, utilizó el
término “paradigma” para denominar al conjunto de teorías científicas
consensuadas que enmarcan, en épocas normales, los rumbos de la
investigación científica, lo que es y lo que no puede ser. A causa de
este clima científico, muchas veces se descartaron teorías correctas
simplemente porque no encajaban con él. En esta nota se evocan algunos
episodios de la ciencia que no fue..

El gran Linneo, aquel que nos dio a los humanos el apellido sapiens e
impuso la nomenclatura binaria, la primera clasificación científica de
animales y plantas, fue también el paladín del fijismo.
Linneo daba por supuesto que la forma que tenían las especies era fija y
no había variado desde que Dios las creara. En la naturaleza no existía
otro cambio que el relevo de las generaciones, y todos los caballos eran
idénticos al primer caballo. Tengamos en cuenta que en el siglo XVIII la
biología recién se estaba fundando -en parte, por obra del propio
Linneo- y que los pocos fósiles que se conocían eran descartados como
anomalías o “caprichos de la naturaleza”.

Sin embargo, hubo una vez en que Linneo se encontró frente a una
mutación, la prueba palpable de un cambio que había ocurrido
prácticamente ante sus ojos, y la dejó pasar. En uno de sus viajes de
herborista por Laponia y Dalecarlia, descubrió un ejemplar de una
sencilla hierba silvestre (peloria) que presentaba caracteres
sensiblemente diferentes de aquellos que definían a su especie. El
espécimen de peloria que cayó en sus manos crecía en la montaña, a gran
altura, donde según hoy sabemos la radiación cósmica no filtrada por la
atmósfera suele provocar mutaciones con más facilidad que al nivel del
mar.

Linneo disecó el espécimen, y apuntó cuidadosamente sus peculiaridades
en sus cuadernos. Pero la perplejidad que le produjo encontrarse con una
especie que había cambiado -algo que se contradecía con su paradigma- lo
paralizó. El descubrimiento fue archivado, porque aceptarlo hubiese
significado poner en duda tanto los supuestos de la botánica como los
propios prejuicios del botánico. Recién a comienzos del siglo XX Hugo de
Vries comenzó a hablar de mutaciones, pero para entonces el paradigma
evolutivo se había impuesto, y las mutaciones no eran incompatibles con
la selección natural.

El paradigma protector

La ciencia es “el escepticismo organizado”, escribió Robert K. Merton,
tratando más de establecer un imperativo ético que de describir el
comportamiento real de los investigadores. De hecho, la publicidad de
métodos y resultados, el juicio de los pares y la posibilidad de que la
tesis pueda ser eventualmente refutada por cualquiera, están para
ofrecernos garantías de objetividad, de la misma manera que el
equilibrio de poderes capaces de controlarse recíprocamente es garantía
de orden político.

Pero los que hacen ciencia son hombres. Como tales, tienen sus actitudes
y prejuicios, y además suelen estar sometidos a esos esquemas mentales
que el filósofo de la ciencia Thomas S. Kuhn llamó paradigmas. Es tal la
fuerza del paradigma vigente en cada época que los científicos
 “normales” (la enorme mayoría) suelen reivindicarse como escépticos
frente a cualquier creencia, pero sienten el mayor de los respetos por
el paradigma. Según Kuhn, es común que se propongan reforzarlo, antes
que ponerlo en duda, para no arriesgar su respetabilidad.

Mientras un paradigma despliega su fecundidad, permite producir
conocimientos válidos y aplicables, pero cuando comienzan a manifestarse
sus limitaciones puede llegar a convertirse en dogma hasta para el más
escéptico. Para agravar las cosas, diremos que muchos científicos se
sienten atraídos por un paradigma determinado cuando éste satisface sus
creencias personales, que suelen ser extracientíficas: filosóficas,
ideológicas o religiosas.

Datos subversivos

¿Qué ocurre cuando tropiezan con hechos rebeldes, aquellos que marcan
los límites del paradigma?
Kepler trabajó inútilmente para salvar los cálculos de su maestro Tycho,
pero se encontró con una “maldita” diferencia de ocho minutos de arco
entre la órbita de Marte tal como se calculaba y la curva real que
revelaba la observación. A nadie le gusta tirar por la borda años de
trabajo, reconociendo que está siguiendo una pista errónea, pero Kepler
tuvo la valentía intelectual de rendirse ante los “hechos irreductibles
y obstinados”. Esta actitud ética del conocimiento contribuyó a darle
prestigio a la ciencia moderna.

Pero no todos son Kepler. El científico más honesto puede sucumbir ante
una ilusión, percibiendo lo que debería haber allí en lugar de lo que
hay, o bien adecuando los hechos a la teoría de manera forzada. Del
mismo modo, los economistas oficialistas y opositores suelen leer
distintas tendencias en las mismas estadísticas, para no hablar de la
lectura de las encuestas que hacen los políticos...
En nuestro caso, el científico puede registrar la discordancia entre la
teoría y la experiencia sin llegar a ver que eso le plantea un problema.
También puede llegar a ocultarla para evitarse problemas con la
comunidad científica, no siempre dispuesta a aceptar refutaciones
sensacionales.
A este fenómeno, que lleva a negar lo que no se quiere ver, los
epistemólogos le han puesto el nombre de disonancia cognitiva.
Esta disonancia no es sólo subjetiva: el cotejo de la información podría
disiparla. Más compleja es la disonancia que puede sufrir la comunidad
científica cuando llega a sentir más respeto por las autoridades que por
los hechos. El audaz “revolucionario” puede ser desacreditado
públicamente hasta desembocar en casos dramáticos como el de Kemmerer
quien, por favorecer al lamarckismo (frente al darwinismo), fue
ridiculizado y empujado al suicidio.

Por último, puede darse una disonancia entre el trabajo científico y las
ideas filosóficas dominantes en su tiempo, como en el caso de Galileo o
el de los genetistas soviéticos bajo la dictadura lamarckiana cuando el
pseudobiólogo Lysenko era ministro de Stalin. Aquí, las consecuencias
pueden alcanzar dimensión histórica: el caso Galileo empujó la
revolución científica lejos del Mediterráneo, y la sangrienta
persecución a los genetistas fue una de las causas del retraso
tecnológico de la URSS.

Bastará recordar tres casos que hubieran podido cambiar la historia, de
no ser por la disonancia cognitiva. La fuerza del prejuicio hizo que se
ocultaran hechos que ponían en riesgo al paradigma imperante (Walcott),
que por motivos ideológicos se pasaran por alto nuevos planteos teóricos
que hubieran permitido ahorrar siglos (Filopón) o impidió valorar
intuiciones que aparecían como demasiado avanzadas en su tiempo
(Boscovich).

Walcott

En 1909, un paleontólogo norteamericano llamado Charles Doolittle
Walcott exploraba la Columbia Británica buscando especímenes. Estaba muy
interesado en los yacimientos del Cámbrico. En Canadá, el antiguo fondo
de un mar tropical de hace 560 millones de años había quedado enterrado
hasta el momento en que la última edad glacial viniera a ponerlo al
descubierto. Se trataba de rocas esquistosas donde un fino sedimento
había preservado delicadas impresiones tridimensionales de los
organismos fosilizados y sus órganos internos.

Hasta ese momento, la flora y fauna del Cámbrico que se conocían estaban
limitadas a bacterias, algas y protozoos: nada más complejo que aquello
que luego se llamaría “fauna de Ediacara”. De acuerdo con la ortodoxia
darwiniana, la vida había evolucionado en forma continua y progresiva,
yendo de lo simple a lo complejo, y había contado con millones de años
para desarrollar órganos cada vez más adecuados. Hasta los años setenta,
se creía que habían sido necesarios por lo menos cien millones de años
para que los phyla conocidos hubieran evolucionado a partir de la fauna
cámbrica.

Lo que descubrió Walcott fue una enorme variedad de especies que habían
coexistido, ya a comienzos del Cámbrico, en lo que hoy era el Paso de
Burgess. Allí había rotíferos, esponjas, anélidos, artrópodos y hasta
peces primitivos: prácticamente todos los phyla que hoy conocemos
estaban representados. Órganos de gran complejidad, como ojos,
extremidades articuladas, estructuras intestinales, notocordios,
branquias, estaban presentes aunque para el paradigma continuista eso
era algo imposible.

La evolución, como se dijo después, no aparecía ya como un “árbol” que
iba lentamente ramificándose en especies cada vez más complejas sino
como un “arbusto” donde todas las ramas parecían nacer a partir de esa
explosión de vida ocurrida hace 530 millones de años: el “Big Bang
biológico”. Había que revisar toda la teoría de la evolución, o por lo
menos abandonar el dogma darwiniano del continuismo. Walcott no era un
desconocido. Era nada menos que el director del Instituto Smithsoniano,
y fue amigo de tres presidentes de los Estados Unidos. Recolectó más de
60.000 especímenes, pero apenas dio a conocer algo de ellos en una
oscura publicación, terminando por archivar toda la colección en los
cajones del museo.

Los fósiles permanecieron allí nada menos que ochenta años, hasta que un
graduado que estaba preparando su tesis comenzó a sacarlos del olvido.
Stephen Jay Gould y Niles Eldredge fueron los primeros que encararon la
evidencia, proponiendo la teoría del “equilibrio puntuado”, que hoy
cuenta con gran aceptación. La evidencia obligaba a explicar la
evolución como un proceso discontinuo, en cierta medida “cuántico”,
donde pequeñas poblaciones desarrollaban innovaciones biológicas que
luego se difundían en forma explosiva. El continuismo había sido
superado. Otra teoría, la de la “biblioteca latente” intentó explicar
estos saltos mediante la combinatoria del ADN, que puede incubar cambios
durante períodos muy largos en el seno de las células, hasta producir su
eclosión cuando las circunstancias son favorables.

Lo que todavía sigue siendo un misterio es la actitud de Walcott. Gould
la atribuye, con cierta ligereza, a sus creencias religiosas, cuando en
realidad el dogma que lo inhibía era el continuismo darwiniano.

Walcott vio las evidencias físicas, pero se sintió inhibido de
interpretarlas. Prefirió ocultarlo todo, quizás para no poner en peligro
su prestigio académico, o bien el prejuicio le impidió sacar las
consecuencias necesarias de una masa tan enorme de evidencias. La suya
fue una las mayores disonancias cognitivas del siglo.

Juan Filopón

Mil años antes de Galileo, un erudito del siglo VI llamado Juan Filopón
emprendió un debate sobre la física de Aristóteles. Su adversario era el
neoplatónico Simplicio, quien además de Aristóteles también defendía la
astrología y creía que los planetas eran guiados en sus órbitas por
espíritus inteligentes. Siendo pagano, Simplicio había sufrido el exilio
después de que el emperador Justiniano cerrara la Academia platónica, y
su encono hacia el cristiano Filopón (de quien se dijo que era “un
hombre pendenciero”) tenía raíces religiosas. Pero por una paradoja de
la historia, mil años después otro “Simplicio” iba a ser el interlocutor
imaginario de Galileo en sus Diálogos, y con el tiempo se vería que
Filopón tenía razón.

En su libro Sobre la eternidad del cosmos, del cual sólo se han
conservado las citas que con gran honestidad reproducía Simplicio,
Filopón aparece como una suerte de copernicano con mil años de adelanto.

Desde su monoteísmo, Filopón rechazaba la oposición entre el cielo, con
sus movimientos circulares, y la Tierra, donde los movimientos eran
rectilíneos. Anticipándose a Newton, pensaba que había una sola física,
válida tanto para la Tierra como para los cielos. Pensaba que los
cuerpos celestes no estaban hechos de una “quinta esencia”: les atribuía
una “naturaleza ígnea”. Negaba la existencia del éter. Sostenía que la
luz de las estrellas es la misma que puede encontrarse en muchas
fosforescencias terrestres, y que la luz del sol no es blanca sino
amarilla.

Polemizando con el obispo Teodoro, afirmaba que los planetas no son
movidos por ángeles sino por el “impulso” que Dios les había impreso.
Esta hipótesis, retomada por Buridán, sería un paso hacia la dinámica
moderna. Para Filopón, tampoco existían los movimientos “naturales” del
agua o del aire. Escribió que los cuerpos pesados no caían más rápido
que los livianos, y seguramente no lo harían en el vacío. Aparentemente,
había estado arrojando piedras desde alguna torre mucho más antigua que
la de Pisa. Filopón era moderno y cristiano a la vez. Si la cultura
eclesiástica lo hubiese aceptado, siglos más tarde Santo Tomás no
hubiera tenido que optar por Aristóteles y nunca se hubiera producido el
caso Galileo, observa el historiador S. Sambursky.

Pero la ideología -o la teología, que entonces cumplía esa función- vino
a entrometerse. Filopón era monofisita: simpatizaba con una herejía
combatida por las autoridades eclesiásticas, lo cual volvía
 “sospechosos” hasta sus argumentos físicos. Estábamos en el siglo VI,
el Imperio Romano de Occidente acababa de caer y hasta en el mundo
bizantino la cultura decaía a ojos vistas. Los tiempos no eran demasiado
aptos para la ciencia, y Filopón debió esperar hasta el siglo XX para
que los historiadores lo redescubrieran.

Boscovich

Según el historiador Lancelot L. Whyte, el jesuita croata Rogelio José
Boscovich (1711-1787) se adelantó por lo menos doscientos años a la
ciencia de su tiempo. Aun admitiendo que su tesis pueda ser un tanto
exagerada, Boscovich fue un personaje múltiple: matemático, físico,
astrónomo, ingeniero civil, arqueólogo y poeta. En la Luna, hay una
falla (rima) que lleva su nombre. También fue uno de los primeros en
conjeturar la existencia de planetas que giraban en torno de otras
estrellas.

Boscovich fue, junto con Kant, uno de los que más hicieron para difundir
la obra de Newton en el continente europeo. Siendo asesor científico del
Papa Benedicto XIV, puso en marcha la rehabilitación de Galileo, que
recién culminaría dos siglos más tarde. Fue miembro de la Royal Society,
mantuvo correspondencia con el Dr. Johnson y Voltaire y se interesó por
los trabajos de Franklin con la electricidad. Influyó sobre Gauss,
Bernoulli, Davy, Faraday y Lord Kelvin (quien en 1905 escribió que le
debía todo a Boscovich), pero también dirigió obras de drenaje en las
ciénagas Pontinas para combatir el paludismo, hizo reparar la cúpula de
San Pedro y dirigió el observatorio de Brera.

Su Philosophia Naturalis Theoria de 1758, cuya más reciente edición
(1966) fue encarada por el MIT, apuntaba a lo que hoy se denomina una
“teoría unificada” que diera cuenta no sólo de la física y la química
sino aun de la biología y las ciencias de la conducta.
Para su concepción dinámica de la materia, los objetos últimos de la
física no podían ser corpusculares: era preciso que tuvieran estructura
de campo. Entendía que la materia, el espacio y el tiempo no eran
divisibles al infinito. Los concebía compuestos por “puntos” (puncta),
centros de fuerza que interactuaban por atracción y repulsión. La suya
era la línea de pensamiento que llevaría a la teoría atómica moderna, a
la relatividad y la física cuántica. Pero Boscovich era un hombre de la
periferia europea, demasiado vinculado con la Iglesia para ser aceptado,
y tuvo que enfrentarse con los enciclopedistas: en especial con Diderot,
quien consideraba que la matemática era una ciencia agotada.

La audacia de plantear la posibilidad de una teoría unificada cuando aún
faltaban todos los desarrollos de la física del siglo XX nos recuerda a
Leonardo pensando en el helicóptero cuando todavía no existía nada
parecido a un motor que lo impulsara. Boscovich no influyó en la ciencia
del siglo que termina, sino que anticipó sus grandes intuiciones en
doscientos años. Hacia 1900, ya no se hablaba de él, salvo entre los
historiadores. Cuando se reeditaron sus obras en 1958, el New Scientist
lo llamó “un hombre del siglo XX exiliado en el XVIII”. Su
extemporaneidad lo condenó a ser rescatado por la historia apenas como
un “precursor”.

Ciencia marginadora

Para mantener la mente abierta, hay que tener en cuenta que estas cosas
ocurren, ocurrieron y seguirán ocurriendo, aunque pueda resultar
tranquilizador atribuírselas a épocas superadas. Lo mismo decíamos de la
explotación y el racismo.

Hoy mismo pueden estar ocurriendo, quizás con algunas tecnologías
alternativas que podrían cambiar nuestras vidas y son descartadas por no
ajustarse al paradigma tecnológico y productivo al cual están
acostumbrados los poderes económicos.

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El Correo http://www.elcorreodigital.com/

LAGARTO, LAGARTO: TOQUEMOS MADERA
Por: José María Romera – Bilbao

La estupidez humana ha fabricado un repertorio inagotable de pequeñas
manías, a las que muchas personas se aferran para enfrentarse a lo
incierto de la existencia

No hacer nada importante un día que caiga en martes y 13, evitar pasar
debajo de una escalera, colocar herraduras en las puertas, derramar la
sal en la mesa, buscar tréboles de cuatro hojas... Son costumbres
insignificantes que responden a supersticiones muy arraigadas y que para
muchas personas se convierten en presagio de los peores infortunios o
garantía de éxitos seguros. La estupidez humana ha fabricado un
repertorio inagotable de pequeñas manías a las que no son pocos los que
se aferran para enfrentarse a lo incierto de la existencia, depositando
en ellas la explicación de los acontecimientos. En ocasiones se trata de
supercherías universales -como el maleficio del número 13-, en otras son
propias de un grupo o gremio -el color amarillo entre la gente del
teatro, la montera caída al revés entre los toreros- y otras veces
quedan para uso individual o reducido, como ocurre con algunos fetiches
particulares supuestamente portadores de buena suerte pero que sólo
surten efecto en su propietario.

Imponer los propios designios sobre los vaivenes del azar ha sido una
constante humana en todas las culturas y épocas. En esta lucha entre
voluntad y fatalidad, la ciencia nos ha ido dando armas útiles para
prevenir enfermedades o forjar proyectos exitosos, pero pese a ello
seguimos afrontando un sinnúmero de contingencias que escapan a nuestro
control. Hay quienes buscan explicaciones absurdas y remedios
irracionales como defensa psicológica ante la abrumadora
impredecibilidad del mundo. Restos de mitos y creencias perdidas o
herencia de remotas costumbres rituales, las supersticiones comunes
ponen un toque de divertido primitivismo en la realidad que nos rodea e
incluso quedan adheridas a tradiciones folclóricas identitarias de un
pueblo o una cultura.

Delirio maniático

Pero el individuo supersticioso puede llegar a convertirse en un manojo
de aprensiones delirantes que lo alejan de la realidad. Confundiendo las
relaciones entre causa y efecto, atribuye sus reveses a acontecimientos
tan peregrinos como encontrar a su paso un gato negro o al hecho de no
haberse santiguado al salir de casa. Y, en consecuencia, busca sus
salvoconductos en otras acciones no menos ridículas como ponerse
calcetines disparejos, tocar un trozo de madera o llevar encima un
determinado amuleto. Este determinismo de andar por casa crea una tupida
red de prácticas entre esotéricas y grotescas que moverían a risa si no
condujeran al delirio maniático, como sucede no pocas veces, ni
comprometieran a los otros en el juego de rarezas impuesto por el
espantadizo de turno.

Es cierto que la raíz de la superchería está en la ignorancia. Hay una
comprobada correspondencia inversa entre el nivel cultural y el
pensamiento mágico, pero sorprende a menudo encontrar personas
instruidas que, en determinadas parcelas de su cotidianidad, siguen
algún precepto supersticioso. De manera consciente o inconsciente, todos
llevamos impreso algo de ese atavismo precientífico que tan pronto nos
implica en el ritual de las doce uvas en el paso de año como nos deja un
leve estremecimiento al ver que la sal se nos ha derramado en la mesa.
En la medida que estas u otras actitudes sean pasajeras y queden en
anécdotas o, por el contrario, provoquen malestar o pánico, deduciremos
hasta qué punto podemos considerarnos supersticiosos.

Tal vez llevar encima una pata de conejo trae buena suerte, pero por si
acaso no se lo pregunten al conejo. Si un espejo roto nos anuncia una
desgracia, tal vez no sea otra que el gasto de reponerlo. Cruzarse en la
calle con una pareja de monjas da mal agüero, en efecto, pero eso se
debe a que nos pueden pedir limosna y limpiarnos los bolsillos. Cuando
alguien nos observa con mirada aviesa, no es que nos esté echando el mal
de ojo, pero sí cabe la posibilidad de que pase a las manos. Y tampoco
conviene pasar por debajo de una escalera, claro es, pero por la
sencilla razón de que nos puede caer encima el bote de pintura o la
llave inglesa del operario que está encima.

Un hilo de fantasía

La inclinación supersticiosa no tiene sus raíces forzosamente en la
credulidad. Son proclives a ella algunos seres perfeccionistas y amigos
de la rutina que se sienten inseguros si no repiten diariamente los
mismos gestos. La mente se ocupa del resto, y crea asociaciones erróneas
entre desorden y desgracia, del mismo modo que el miedo a la novedad
suele provocar la huida de situaciones infrecuentes que, también de
manera incontrolada, relacionamos con el riesgo o el presagio de mala
fortuna. De ahí a consultar los horóscopos o visitar a quiromantes va un
abismo. Y es que en el fondo todos necesitamos un hilo de fantasía que
nos vincule a lo inexplicable, alimente nuestras buenas esperanzas o nos
aplaque los temores ante el porvenir. Dado que no podemos gobernar el
azar, participamos en su juego con dados inservibles que nos crean la
ilusión de poder dominarlo.

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La Razón http://www.larazon.es/

LOS CANÍBALES DE NUEVA GUINEA AYUDAN A PREVER LAS MUERTES POR LA
VARIANTE DE CREUTZFELDT-JAKOB
Por: Pablo Francescutti – Madrid

Los papúas han sido las primeras víctimas humanas de la encefalopatía
espongiforme
¿Qué tienen en común los antropófagos enfermos de Kuru y los británicos
víctimas por la variante del Creutzfeldt-Jakob? Que todos han ingerido
carne portadora de priones infecciosos; en un caso de procedencia
humana; en el otro, de origen vacuno. La coincidencia ha hecho de la
etnia caníbal un valioso objeto de estudio. Por esa razón, un equipo de
Gran Bretaña se desplazó a Nueva Guinea con el fin de averiguar si
existen factores genéticos capaces de proteger de la encefalopatía
espongiforme. La conclusión no es halagüeña: ningún gen garantiza
inmunidad contra la letal enfermedad.

La tribu Fore de las tierras altas de Papúa Nueva Guinea, presenta una
altísima incidencia de casos de Kuru, enfermedad neurológica letal
caracterizada por la incapacidad para andar, hablar e incluso comer (en
la lengua nativa, Kuru significa «temblor»). Por su causa han fallecido
unos 2.500 individuos en los últimos cien años. La extraña epidemia,
restringida a una población perdida en las selvas de Oceanía, ha vuelto
a cobrar actualidad gracias al mal de las «vacas locas».

La prueba de su celebridad acaba de darla el equipo de expertos
británicos que visitó a la tribu con el fin de determinar la existencia
de factores genéticos protectores contra la variante de la enfermedad de
Creutzfeldt-Jakob (vCJ), la expresión humana del mal de las «vacas
locas». Semejante idea deriva del hecho de que todas las víctimas
comparten un mismo rasgo genético.

El interés por los tribeños Fore estriba en que el Kuru es un tipo de
encefalopatía espongiforme concentrada en una población pequeña desde
hace un siglo, lo cual les da un valor añadido para los británicos,
deseosos de conocer el impacto de la vCJ mal en el largo plazo. En Gran
Bretaña, la antigüedad de la epidemia no pasa de 15 años; por tanto, se
desconoce su impacto final al término de un proceso de incubación que
puede durar hasta treinta años.

Comedores de cerebro

La hipótesis más extendida acerca del origen del Kuru apunta al
canibalismo de los Fore. Al parecer, las mujeres y niños acostumbraban
comerse el cerebro de los parientes fallecidos, en señal de respeto.
Suponiendo que esos órganos padecieran encefalopatía espongiforme, el
canibalismo sería la vía de trasmisión de la enfermedad, lo cual
explicaría la inmunidad de los varones adultos al Kuru.

En Nueva Guinea, el canibalismo fue prohibido por las autoridades
australianas en 1957, entonces a cargo del territorio. Desde entonces,
los casos de Kuru han descendido.

Atraídos por el historial epidemiológico de los Fore, los expertos
dirigidos por John Collinge, del Hospital St Mary de Londres, analizaron
el ADN de once ancianos enfermos de Kuru, con el propósito de probarla
hipótesis sobre los genes protectores.
La investigación respondía a un designio sanitario: conocer si la
mayoría de la población británica es inmune a la infección, y, por lo
consiguiente, el número de víctimas por vCJ será relativamente reducido.

El veredicto no es halagüeño: los papúas analizados poseían la
combinación genética juzgada protectora, dijo Collinge en el Festival de
Medicina Millenium, en Londres. En una palabra: ningún factor genético
inmuniza contra la enfermedad. Si las conclusiones se confirman, las
víctimas mortales por vCJ podrían pasar el límite de 100.000 posibles
afectados manejado hasta ahora.

Todas las víctimas comparten el mismo rasgo genético

La expedición científica a Nueva Guinea fue concebido alrededor de un
dato sumamente llamativo: la presencia de un mismo rasgo genético en las
88 víctimas conocidas de vCJ. Se trata de copias idénticas del gen que
codifica la proteína PrPc, la versión normal del prión infeccioso
responsable de la encefalopatía espongiforme bovina y la vCJ. En
contadas ocasiones, esta duplicación surte un efecto pernicioso sobre la
citada proteína, desencadenando el proceso infeccioso. Apenas un 37 por
ciento de los humanos presenta ese rasgo genético. Tal circunstancia
hizo especular a los investigadores con una posible proclividad
congénita a la enfermedad. De confirmarse la hipótesis, resultaría que
el 63 por ciento de los humanos disfrutan de inmunidad natural contra la
vCJ, una idea reconfortante en medio de la angustiante incertidumbre
científica. Pero los datos producidos por el estudio dirigido en Papúa
por Collinge han derrumbado esa posibilidad. Subsiste, sin embargo, una
hipótesis menor, y es que las personas portadoras de los genes
considerados erróneamente protectores tarden mucho más en desarrollar la
enfermedad. La avanzada edad de los indígenas Fore analizados abona esa
suposición.

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El País http://www.elpais.es/

LA NASA LOGRA DESPLEGAR EL SEGUNDO PANEL SOLAR DE LA ESTACIÓN ESPACIAL

Los astronautas inician otro paseo espacial

La NASA logró en la madrugada de ayer desplegar el segundo de los
paneles solares instalados el pasado domingo por dos astronautas del
transbordador Endeavour en la Estación Espacial Internacional. El
despliegue automático se hizo muy lentamente, para evitar los problemas
surgidos el domingo en el primer panel, que no quedó perfectamente
desplegado. En la tarde de ayer los mismos astronautas iniciaron su
segundo paseo espacial para conectar los paneles.

Además de conectar los gigantescos paneles al resto del sistema
eléctrico de la estación, los astronautas Joe Tanner y Carlos Noriega
vigilarán el estado de los cables que, al soltarse durante el rápido
despliegue del primer panel (17 minutos frente a dos horas en el
segundo), evitaron que éste alcanzase la rigidez prevista para su
funcionamiento correcto. También deben instalar una antena de radio en
la base de la torre sobre la que están los paneles solares.

Los directores de la misión no han decidido aún si ambos astronautas van
a tratar de restablecer la tirantez de los cables defectuosos, durante
el paseo espacial previsto para el próximo jueves. En ese caso,
seguramente Noriega tendría que sujetar a Tanner por los pies para que
éste pudiera alcanzar una barra tensionadora conectada a los cables.
"Será emocionante intentarlo", dijo ayer Tanner. Este experto bromeó
también con el hecho de que la NASA esté transmitiendo en directo las
imágenes que, por primera vez en un paseo espacial, recogen las cámaras
de un tamaño similar al de una barra de labios que llevan los
astronautas en sus cascos. Son cámaras parecidas a las usadas en las
carreras de coches de fórmula uno. "Lo malo del casco-cámara es que no
puedes disimular nada. No estoy seguro de que me guste que miren por
encima de mi hombro millones de personas mientras estamos trabajando".

Nueva insignia

El comandante del Endeavour, Brent Jett, controló el despliegue del
segundo panel. Su compañero Mario Runco, en la consola de comunicaciones
del centro de control en Houston, le tomó el pelo después: "Te has
ganado la orden de los paneles solares, y te daremos tu nueva insignia
cuando vuelvas".

El paseo espacial del domingo pasado resultó dificultoso para los dos
astronautas, Tanner y Noriega, que incluso tuvieron que girar a mano una
de las piezas de la gran torre. "Cuando las cosas van mal y se pueden
arreglar, te produce satisfacción ver que tu entrenamiento fue bueno, y
que estabas preparado para hacer tu misión", declaró Tanner durante una
serie de entrevistas para radio y televisión realizadas durante la noche
del lunes.

Los cinco astronautas del transbordador y los tres de la estación
espacial, que todavía no se han visto, están preparando una fiesta de
bienvenida para el próximo viernes, cuando hayan terminado los tres
paseos espaciales programados y puedan abrir la escotilla de
comunicación entre el transbordador y la estación.

Regalos

Los tripulantes de ésta, los dos cosmonautas rusos Serguei Krikaliev y
Yuri Gidgenko, y el estadounidense Bill Shepherd, recibirán regalos de
sus visitantes. Shepherd ya ha manifestado su entusiasmo por un paquete
de café que le han llevado, junto con ordenadores portátiles nuevos. La
estación gira alrededor de la Tierra a una altura de 376 kilómetros. El
sábado el transbordador desatracará de la estación y volverá a la Tierra
dos días más tarde.

Ambos paneles, que una vez desplegados miden 73 metros de punta a punta,
están produciendo ya electricidad. Al reflejar la luz solar las grandes
superficies color dorado y azul convierten a la estación en el tercer
objeto más brillante del cielo, pero en España no podrá verse hasta el
próximo domingo, alrededor de las 19.00 horas.

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El País http://www.elpais.es/

ACELERADOR LEP: EL FINAL DE UN GIGANTE
Por: Francisco Ynduráin, José Bernabéu y Enrique Fernández

La mayor máquina científica permitió grandes descubrimientos en física
de partículas

En el verano de 1989, el acelerador LEP (iniciales de Large
Electron-Positron collider o gran colisionador de electrones y
positrones), del Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN),
detectaba las primeras colisiones de electrones y positrones. Ahora, 11
años más tarde, acaba de terminar su distinguida carrera; las
autoridades del CERN han decidido cerrarlo, a pesar de las indicaciones
muy recientes de señales de la partícula de Higgs (ver Asoma en el CERN
la partícula más buscada y El origen de la masa), la única que falta
para completar el modelo estándar de interacciones. Este cierre es algo
que muchos científicos sentimos profundamente. Y es que el ser humano
tiene su mente construida de tal manera que es capaz de sentir afecto (o
repulsión) no sólo por otros seres humanos, o animados, sino también por
objetos materiales e incluso por algo aparentemente tan frío como un
aparato científico.

Los aceleradores de partículas son, sin duda, los instrumentos más
gigantescos y precisos construidos por el hombre. LEP, situado a caballo
entre Francia y Suiza, cerca de Ginebra, tanto en su versión original
como en la última, conocida como LEP200 (por llegar su energía a algo
más de 200.000 millones de electronvoltios) ha gozado y goza del cariño
de los físicos de partículas, teóricos y experimentales.

Legado impresionante

Por ello, nos parece apropiado dedicarle unas líneas; y no sólo por su
legado científico, ciertamente impresionante, sino porque este
acelerador significó algo muy especial en la ciencia, en particular en
la europea. En efecto, desde su construcción, LEP se constituyó en el
más grande acelerador del mundo; y es muy poco probable que sus 27
kilómetros de circunferencia sean superados en un futuro próximo.

Pero además, desde un punto de vista técnico, es un instrumento que no
tiene parangón. Por LEP circulan -más bien, circulaban- partículas,
electrones y positrones, en direcciones opuestas. Van agrupados en
pequeños paquetes de tamaño micrométrico, donde cada uno de ellos
contiene del orden de un billón de electrones o positrones.
Estos paquetes (pensemos en gotas de un líquido) se cruzan en cuatro
puntos 45.000 veces por segundo, y eventualmente un electrón de uno de
ellos choca frontalmente con un positrón del contrario, produciéndose
una interacción (como una pequeñísima explosión) cuyos fragmentos se
registran en un detector que rodea al punto de choque.

No es fácil darse cuenta de las maravillas de ingeniería que todo esto
requiere. Para que los paquetes se crucen en el lugar preciso, las
partículas que los forman tienen que ser guiadas por campos magnéticos
de manera que se mantengan dando vueltas durante varias horas en órbitas
muy precisas. Y todo esto, moviéndose a una velocidad que dista menos de
diez billonésimas de la de la luz, con lo que llegan a recorrer
distancias equivalentes a hacer varias veces el viaje de ida y vuelta a
Plutón.

Todo lo relacionado con LEP está rodeado de similares alardes técnicos.
Un ejemplo ilustrativo: para saber la energía que llevan las partículas
es necesario conocer con precisión la longitud exacta de su recorrido
(la circunferencia de LEP). Ocurre que el suelo sobre el que descansa el
acelerador, como cualquier otra parte de la corteza terrestre, se
deforma un poco periódicamente debido al efecto marea (atracción de la
Luna y el Sol). Este efecto es pequeñísimo, de una fracción de un
milímetro en 27 kilómetros, pero no es despreciable para la precisión
requerida por LEP, por lo que tiene que ser tenido en cuenta.

Esta precisión de la ingeniería es respondida por una precisión
comparable en las medidas de magnitudes físicas realizadas. Es cierto
que, a primera vista, esta máquina no ha hecho ningún descubrimiento
sensacional. Todo lo que en LEP se ha medido era más o menos lo
esperado. Pese a ello, su legado científico es simplemente
impresionante. Año tras año, en este acelerador se han ido haciendo
medidas con precisión antes considerada inalcanzable. Y estas medidas
han servido para conseguir que tanto la teoría de interacciones fuertes
(subnucleares) como, sobre todo, las unificadas de interacciones
electromagnéticas y débiles, lo que se conoce como el modelo estándar de
la física de partículas, se hayan convertido en algo que puede, sin
duda, considerarse como el marco conceptual más completo y elaborado de
la historia de la física.

Entre las medidas de precisión hechas en LEP están algunas de las
determinaciones más exactas de la intensidad de las interacciones
fuertes, la medida más precisa de la masa y propiedades de la partícula
Z y, en competición con el colisionador de protones y antiprotones de
Fermilab, cerca de Chicago (EE UU), las medidas de masas y propiedades
de las partículas W, así como el triple vértice de interacción ZWW,
predicho teóricamente en 1961 por Sheldon Glashow y sólo observable con
LEP200 (las partículas W y Z son las responsables de la interacción
débil, en particular de las desintegraciones radiactivas). También el
conjunto de medidas con gran exactitud de propiedades de otras
partículas (leptones, quarks c y b) realizadas en LEP constituirán por
sí solas un legado científico de primera magnitud.

Pero sin duda las más impactantes de las medidas realizadas con LEP son
las de precisión en interacciones electromagnéticas y débiles a gran
energía (de 90.000 a 210.000 millones de electronvoltios), con unos
errores inferiores al uno por mil. La precisión de estas medidas es tal
que, invocando argumentos de consistencia interna del modelo estándar,
fue posible inferir la existencia y la masa del quark más pesado, el
quark top, antes de que éste fuese descubierto directamente, con las
propiedades predichas, en el colisionador de Fermilab. Todavía hoy,
cinco años después de este descubrimiento, las propiedades del quark top
deducidas indirectamente de las medidas de LEP compiten en precisión con
las hechas sobre el propio quark en Fermilab.

Algo similar ocurre con la medida directa de la masa del bosón W,
realizada en Fermilab y en el propio LEP, y su inferencia indirecta a
partir de otras medidas de precisión de este último.
Finalmente, e independientemente de las señales observadas últimamente
acerca de la existencia de la partícula de Higgs, y que han prolongado
la vida de LEP, la evidencia más creíble de su existencia es la
indirecta, debida a medidas de precisión de otros procesos, en LEP. El
que todas estas relaciones nada triviales de consistencia del modelo
estándar se cumplan es algo que no sabíamos antes de que este acelerador
echase a andar.

Lista de éxitos

Tal vez esta lista de éxitos explique el cariño que los científicos han
sentido hacia LEP; como españoles y europeos tenemos otras razones,
además de las científicas, para que LEP no pueda ser considerado un
instrumento como otros. En efecto, LEP fue el primer acelerador europeo
que estaba claramente por delante de lo que se hacía en EE UU.
El acelerador con objetivos similares que allí funcionó, el SLC de
Stanford (California), fue el que, a pesar de algunos éxitos notables,
hizo de pariente pobre en esta competición científica. Y podemos también
destacar que, por primera vez en la historia de la física subatómica
(que comenzó con el siglo XX) España ha contribuido al avance científico
de una manera real, en condiciones de igualdad con el resto de los
países europeos.

Alrededor de LEP se han formado en España más de cincuenta jóvenes
investigadores, quienes han nacido científicamente sin el complejo de
pensar que ser español, o no serlo, tenga ninguna relevancia en conexión
con hacer ciencia. Finalmente, LEP también abre muchos interrogantes, el
más espectacular de los cuales es la posible existencia de la partícula
de Higgs, de la que LEP nos ha dejado tan cerca.

Después de tantos años de datos, podría parecer razonable un pequeño
reposo. Pero los físicos, como todos los humanos, no siempre se
caracterizan por ser razonables. Antes de que LEP terminase de
funcionar, algunos ya perdían el sueño por el siguiente proyecto: el LHC
(Large Hadronic Collider), que ocupará el mismo túnel y en donde tal vez
algunos de los interrogantes abiertos por LEP dejarían de serlo.

[Nota]* José Bernabéu, Enrique Fernández y Francisco Ynduráin son
catedráticos de Física de la Universidad de Valencia, la Universidad
Autónoma de Barcelona y la Universidad Autónoma de Madrid,
respectivamente.

Para más información:
Asoma en el CERN la partícula más buscada
http://www.elpais.es/p/d/suplemen/futuro/11fut15e.htm
El Origen de la Masa
http://www.elpais.es/p/d/suplemen/futuro/11fut15d.htm

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RAZONAMIENTO INFANTIL
Por: Redacción El escéptico Digital

Según publicó recientemente  la revista Science, un grupo de expertos
del Instituto Birbeck de Psicología, de la Universidad de Londres, Gran
Bretaña, parece demostrarse que los bebés de ocho meses son capaces de
percibir los objetos del ambiente de la misma forma en que lo hacen los
adultos.

Los investigadores mostraron a bebés de seis a ocho meses diversas
formaciones de figuras pequeñas del conocido juego Pacman. Anteriormente
habían realizado la misma experiencia con adultos, obteniendo que, entre
éstos, el mirar esas figuras provocaba un notable aumento de la
actividad cerebral. Idénticos patrones fueron observados en los bebés de
ocho meses al realizar el experimento. Por debajo de seis meses no se
detectaron cambios.

Para más información:
Birbeck College of Psychology http://www.psyc.bbk.ac.uk/

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El Correo http://www.elcorreodigital.com/

ETXENIKE EXIGE UNA FINANCIACIÓN ESTABLE PARA LA INVESTIGACIÓN

El científico y catedrático de Física de la Universidad del País Vasco
Pedro Miguel Etxenike reclamó estabilidad financiera para asegurar el
progreso de los proyectos de investigación que se desarrollan en España.
«La inestabilidad en el sistema de financiación convierte en imposible
el logro de una masa crítica de científicos, el atraer de forma
responsable a jóvenes valores o emprender proyectos difíciles de larga
duración», subrayó.

Etxenike realizó estas declaraciones tras ser investido honoris causa
por la Universidad de Valladolid. En su discurso de agradecimiento, el
que fuera premio Príncipe de Asturias de Investigación pidió apoyo a las
instituciones y a las empresas privadas para que los científicos puedan
desarrollarse profesionalmente. «No se puede defender sólo la ciencia
por los dólares que produce», agregó.

Aventura intelectual

A su juicio, la investigación es «una aventura intelectual, una parte
esencial de la cultura moderna». Etxenike abogó por reconocer la labor
de los científicos por sus aportaciones, y no por su pertenencia «a un
determinado grupo o entorno», y destacó el papel de los jóvenes, cada
vez «más decisivos» en una economía basada en la ciencia, la tecnología
y la innovación.
La investidura de Etxenike se aprobó el pasado 28 de julio a propuesta
de la Facultad de Ciencias en reconocimiento a sus aportaciones
científicas.





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