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| Los Doors tomaron su nombre del título del libro de Huxley sobre la droga. En
cuanto al poeta visionario William Blake, después de inspirar a Dylan y Ginsberg,
se lo vuelve a encontrar en el próximo disco de Patti Smith... |
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LITERATURA Y ROCK. EL MUNDO ANGLOSAJÓN:
El espíritu rock
Brice
Matthieussent
BRICE MATTHIEUSSENT
Magazine Litteraire
En un famoso ensayo
sobre el estilo barroco, Eugenio d'Ors enuncia una tesis que hizo estremecer de
horror a varios historiadores de arte más convencionales que el fogoso catalán:
en lugar de limitarse a una época determinada y a lugares precisos, "el espíritu
barroco" existiría desde la noche de los tiempos y se manifestaría en ciertos
períodos, en violenta oposición al clasicismo. Así, de acuerdo a d'Ors, existiría
un barroco prehistórico, un barroco alejandrino, un barroco gótico, etcétera.
¿"El espíritu rock" sería también transhistórico, irrigando no sólo a ciertas
obras trascendentes de la literatura anglosajona reciente, en armonía con el
contexto musical rock de su época, sino también a libros mucho más antiguos? De
este modo, cogidos en un bucle temporal a la Philip K. Dick o a la Lewis Carroll,
estas ficciones o estos poemas habrían a su vez sufrido la influencia del rock...
Pienso, entre otras obras, en Tristram Shandy de Laurence Sterne, en las Puertas
de la percepción de Aldous Huxley, o en el resplandeciente Matrimonio del cielo y
el infierno de William Blake. ¿Y, porqué no, en la novela fundadora de la
literatura norteamericana que es Huckleberry Finn de Mark Twain...?
Otro
ejemplo: en su última novela, Mason & Dixon, situada en la América
prerevolucionaria de fines del siglo XVIII, Thomas Pynchon celebra el nacimiento
de la lengua norteamericana - fluida, caprichosa, vigorosa, arrebatada,
imaginativa, espontánea- en resumen, barroca, así como la emergencia de una nueva
música inaudita en la que "los aires populares se convierten en cánticos, y las
canciones para beber en himnos (...). ¿No es acaso el Ritmo mismo de las
Máquinas, el Clamor de los Molinos, el Vaivén de los Océanos, las Rocas que
ruedan?, y bien, si uno desea darle un nombre... - ¡Rock and Roll!, exclama
De-Pugh". Para Pynchon, el rock no nace ni con Chuck Berry, ni con Elvis Presley,
sino hacia 1770 y, al mismo tiempo, nos asegura, que los Estados Unidos, el
ketchup y la pizza inglesa...
No pertenecer a nada...
Se sabe que los Doors
tomaron su nombre del título del libro de Aldous Huxley sobre la droga. En cuanto
al poeta visionario William Blake, después de haber inspirado a Bob Dylan y Allen
Ginsberg, uno lo vuelve a encontrar en el corazón del próximo disco de Patti
Smith... Los argumentos a favor de un "espíritu rock" transhistórico, que irriga
retrospectivamente ciertas obras literarias, son una legión, sobre todo porque
este "espíritu rock" es tan volátil, subjetivo y en ocasiones inasible como...
"el espíritu barroco" que intenta asir Eugenio d'Ors. Sin embargo, Salman Rushdie
nos da una buena definición en una de sus últimas novelas, El suelo bajo sus
pies, ficción "barroca" consagrada a la estrella de rock planetaria Vina Apsara y
al mundo desenfrenado en el que ella se desenvuelve: "...en cada generación hay
algunas almas, llamémoslas afortunadas o malditas, que llegan al mundo semi
desapegadas, sin lazos muy fuertes con una familia o un lugar, una nación, una
raza. (...) Y en las ensoñaciones que permiten nuestras sociedades, en nuestros
mitos, nuestras artes, nuestras canciones, celebramos a aquellos que no
pertenecen a nada, a aquellos que son diferentes, a los fuera-de-la-ley, a los
monstruos. Aquello que nosotros nos prohibimos, pagamos caro por verlo en un
teatro o un cine, o para leerlo entre las tapas secretas de un libro".
Desde un
punto de vista histórico más restringido que el de Eugenio d'Ors, es decir, en
una estricta cronología iniciada en los años sesenta, las relaciones - o mejor
dicho, la facilitación, la hibridación recíproca - entre esta música de la
negación, de la "no-pertenencia" y la literatura anglosajona comienzan con el
nuevo periodismo americano de Hunter Thompson, Tom Wolfe y Michael Herr. En 1963,
Wolfe publica un artículo muy "barroco" con un título poco ortodoxo: There Goes
(Varoom! Varoom!) That Kandy-Kolored (Thphhhhh!) Tangerine Flake Streamline Baby
(Rahghhh!) Around the Bend (Brummmmmmmmmm mm)... Siguen los textos más célebres
de Wolfe sobre el mítico productor Phil Spector, el Radical Chic y la nostalgia
del barro, reagrupados en El izquierdismo de Park Avenue, y luego el largo y
jadeante documento-ficción que es The Electric Kool-Aid Acid Test, relación
distante de la trayectoria errática del bus de Ken Kesey y de los Merry
Pranksters que, bajo la influencia del ácido, llegan a San Francisco y los
Grateful Dead, con Neal Cassady al volante, el Dean Moriarty de En el camino. No
sólo el tema es rock, sino que la escritura de Wolfe alcanza impresionantes
puntos de velocidad y se salva de patinazos suicidas, empapándose con la oralidad
y la energía atronadoras de los mejores grupos de rock de la época. Lástima que
Tom Wolfe haya caído luego en un exitismo dandy y la insipidez críptico-realista
de La hoguera de las vanidades.
Hunter Thompson, por su lado, comienza con
pérdidas y estrépito (de costillas quebradas) por un artículo sobre los Hell's
Angels en el que ya se encuentran las estrategias del "periodismo a la Gonzo":
multiplicidad de puntos de vista, implicación máxima del periodista narrador en
las situaciones descritas, monólogos interiores, digresiones y flash-back, en
breve, todas las técnicas de la novela moderna al servicio de un periodismo
inédito y penetrante. Sin olvidar el ojo, la lengua y la pluma del chisme malvado
para analizar un fenómeno tan mayoritariamente americano y straight como la
campaña presidencial de 1972. Éxito indudable, como Las Vegas Parano del mismo
"doctor" Thompson, como quiere que lo llamen, sin duda una de las
novelas-reportaje rock más eléctricas de la época (1971 en los Estados Unidos,
1977 en Francia).
Michael Herr es hombre de un solo libro y algunos textos. El
libro, Dispatches, reúne los despachos enviados por el corresponsal de Esquire en
1967 en plena guerra de Vietnam: sobre las radio grabadoras de los GI, Jimi
Hendrix interpreta el mismo himno americano distorsionado que en Woodstock o en
Apocalypse Now, en el que colaborará Michael Herr. Treinta años antes, James
Agee, novelista, poeta y futuro escenógrafo de La reina africana y sobre todo de
La noche del cazador, pasó algunas semanas en el sur de los Estados Unidos en
compañía del fotógrafo Walker Evans e inventó anticipadamente un "nuevo
periodismo" lírico, místico, comunista y turbulento, subjetivo y meticulosamente
preciso, para describir la existencia miserable de algunas familias de parceleros
arruinados por la Depresión: Ahora alabemos a los grandes hombres es uno de los
grandes textos 'rock' ignorados de la literatura norteamericana.
¿Y Bukowski?
¿Es rock o no?
Allí están, a modo de introducción, algunos "padres
fundamentales" de nuestra feligresía literaria. Sin embargo, olvido a un último
padrino, una importante hada buena inclinada sobre la cuna del niño (Rock my
baby, rock me...), un ángel maléfico y casi omnipresente, William S. Burroughs.
Porque le dio el título de uno de sus libros de la trilogía del "cut-up" a un
grupo de rock experimental, Soft Machine; porque cantó con la música de Laurie
Anderson en Mister Heartbreak; porque David Bowie conversó largamente con él;
porque en los conciertos "Uncle Bill" jamás encontraba que la música estaba
demasiado fuerte; porque en 1993 Tom Waits, Bob Wilson y Bill Burroughs
confeccionaron una ópera espléndida, The Black Rider, y finalmente, porque
Burroughs sigue siendo, como Genet (el Jean Genie de Bowie), la figura ejemplar
de un escritor que, a través del fantasma, nos invita al festín, pero un festín
desnudo de la realidad a partir de un punto de vista doblemente minoritario:
aquel de un "junkie" homosexual en una América hipernormativa.
¿Y Bukowski? ¿Es
rock o no? Las opiniones están divididas sobre el "dirty old man", sobre todo
porque el propio autor de Tales of ordinary madness confiesa que adora a...
Wagner, Brahms, Beethoven y sobre todo, a Mahler. Lo que no impide que su pequeña
música rechinante de doscientas palabras, su santísima trinidad
cerveza-beso-máquina de escribir, su mirada tierna y cínica, sus pánicos de
alcohólico agorafóbico, todo eso lo vincula, tal vez a pesar suyo, a un cierto
rock "trash", "bluesy", "hard", aguerrido y burlón (Red Shoes de Tom
Waits).
Otro importante novelista norteamericano, cuya obra está desde el
comienzo bajo la influencia "rock", Thomas Pynchon, fue aclamado por Laurie
Anderson, quien le dedicó una de las canciones de Mister Heartbreak. Ya se sabe
que la documentación de Pynchon es siempre monstruosamente exacta en todos los
ámbitos que aborda, desde la fabricación de los cohetes V2 a los elementos de
trigonometría y el uso del geómetra, pasando por la biografía de Benjamin
Franklin o la del coronel George Washington; conoce asimismo al dedillo y cita
con gusto a grupos de rock confidenciales o de culto como "Little Charlie and the
Nightcats", cuya canción TV Crazy figura en Vineland, junto a una versión
"postdisco" de La Marsellesa o de una evocación de la fundación de la República
Popular del Rock and Roll en California durante los "sixties". Por otro lado,
Vineland es la novela pynchoniana de la nostalgia de los años sesenta y de la
banda-sonido de esa década, desde In-A-Gadda-Da-Vida hasta Purple Haze de Jimi
Hendrix. También se sabe que a Pynchon le encanta poner en boca de sus personajes
extravagancias, versos malos, canciones del ejército, poemas con "swing" o
antiguas cantinelas pasadas de moda: desde su primer libro, V, hasta Mason &
Dixon, sin olvidar las apariciones episódicas del grupo de los Paranoids en La
subasta del lote 49, el escritor, multiplica las referencias explícitas, más o
menos confidenciales, al rock; mejor dicho, toda su escritura está impregnada de
un indeleble "espíritu rock": no sólo los diálogos ondulantes, cargantes o
subrayados de los personajes o sus onomatopeyas más o menos delirantes, sino
sobre todo la esencia misma del texto, el fraseo, la velocidad, los cambios de
ritmo, las digresiones semejantes a improvisaciones musicales, el virtuosismo, la
flexibilidad, los "rushes" y "riffs" de la lengua, la increíble sensibilidad a
los timbres de voz e instrumentos de la prosa, la energía, los "tempos" variados,
las tonalidades melancólicas, sarcásticas o burlonas a la Zappa, como si la
escritura de Pynchon explorara todo un espectro musical que caracteriza más a uno
o a varios grupos de rock que a una orquesta de música de cámara...
Cierta
"clase de placer"
Dentro del mismo orden de ideas, de la impregnación de la
escritura por el rock, la prosa de Denis Johnson oscila entre la energía de un
Neil Young eléctrico, las baladas arrebatadas o perversamente calmadas de Nick
Cave y la canción culto de Lou Reed, Heroin. Su magnífica antología de cuentos
cortos, Jesus' Son, extrae su título de esta canción y tiene toda su violencia
autodestructiva. Fue Johnson, por otro lado, quien eligió la banda de sonido del
film adaptado de su libro; uno lo ve ahí en el hospital con un cuchillo en el
ojo... Déjà mort, subtitulada novela gótica californiana, mezcla en una
estupefaciente serie de carambolas temporales música New Age, oleadas de
psicodelismo remanente, la pulsación dura del heavy metal (término, dicho sea de
paso, inventado por W.S. Burroughs...) en un texto frenético, angustiado, macabro
y virtuoso.
Hay otras estrategias de escritura, otras inyecciones de rock en la
ficción de los novelistas bautizados los Young Brats de Nueva York, Bret Easton
Ellis y Jay McInerney. Las malas lenguas dicen que la fecha de vencimiento que
debería figurar en sus libros está peligrosamente cerca de su fecha de compra...
Pura maldad, ciertamente, lo que no impide que este rencor defina a la perfección
la relación con la música de los personajes de American Psycho (Ellis) o de
Bright Lights, Big City, (McInerney): es Kleenex desechable que hay que botar
apenas se usa, un accesorio de moda tan indispensable como luego obsoleto, ajado,
desvalorizado, out, como el traje Armani o los zapatos Sidonie Larizzi, la camisa
Agnès B., el último Rolex, o por el lado desechable humano, Jeff, Jack, Mary o
Suzy... De este modo, sus ficciones ilustran perfectamente el destino de cierto
rock, su asimilación a una pura mercadería efímera sujeta a una duración de vida
mínima, un turn-over frenético, tres pasitos y luego se va, se vuelve inaudible,
uno tiene que deshacerse rápidamente de los cadáveres de la fiesta del día
anterior si no quiere volverse out a su vez... En resumen, el rock como signo
fundamental de integración social, de pertenencia a una casta privilegiada,
símbolo esencial de una cierta "clase de placer", de acuerdo al término del
sociólogo, Thorstein Veblen.
Gran Bretaña
Del lado de Gran Bretaña, habría que
hablar de la última novela de Alan Warner (The Sopranos) que narra, de modo
picaresco, las aventuras y desventuras de un grupo de cantantes escocesas
tentadas por el rock, las Bright Lights y la Big City; de las exageraciones
destructivas de Irvine Welsh (Trainspotting); de la fabulosa paleta rock
transcultural de Salman Rushdie. Pero, más que a cualquiera, la "no pertenencia"
sinónima del espíritu rock caracteriza a Hanif Kureishi, novelista de origen
anglo-paquistaní, editor del Book of Pop que se publicará en Inglaterra, y cuya
última novela, Gabriel's Gift, incluye un doble transparente de su amigo, David
Bowie. Todos sus libros, desde Black Album (alusión transparente a Prince) hasta
Intimidad pasando por El Buda de los suburbios, muestran a individuos rupturistas
de reglas, para quienes la "no pertenencia" repentinamente se erige en
estandarte: ruptura con el fundamentalismo religioso de los amigos musulmanes,
ruptura con el fascismo oculto o declarado de la sociedad inglesa, ruptura con
toda forma de normalización para asumir su deseo energúmeno y las pulsaciones del
escenario rock londinense; ruptura con la esposa, los hijos, el aburguesamiento
insidioso, para compartir día a día la existencia caótica de un joven traveller
(Intimidad). Todos esos Non Serviam (Joyce ya en Retrato del artista...) son
desarraigos dolorosos a cualquier pertenencia y hacen de Kureishi la figura
emblemática del escritor rock luchador, de prosa ágil y versátil, el traidor
lúcido a todas las causas enquistadas en una lengua (o una música) de
madera.
Otra novela inglesa objetivamente rock, High Fidelity, de Nick Hornby
fue adaptada al cine por Stephen Frears, el realizador de My Beautiful Laundrette
(a partir de un tema de Kureishi). Menos irritante y agresivo que el
anglo-paquistaní, Hornby seduce por la ternura, la melancolía, la atmósfera de
medias tintas, el género balada a la Bruce Springsteen: los suburbios londinenses
no son ciertamente Nebraska, pero el eterno gris y la desilusión sin mejoría
visible son iguales, la impresión punzante de pasar al lado de la vida, de
caminar al lado de sus pompas, lejos de todo mito "glamour". Ciertamente, está el
sentido del humor inglés, la autoburla en ocasiones cruel o jubilosa, el "Hornby
touch" que da en el blanco en las micro-notas intimistas, los diálogos con
"swing"; pero lo mejor de High Fidelity y las desventuras tragicómicas de su
propietario de tienda de discos en la debacle sentimental-financiera, son los
capítulos breves y secos que suenan como un single, un clip, un sketch magro,
neto y sin adornos, cortante y sin complacencias, vitaminizado y sin notas
desafinadas.
Greil Marcus tenía razón en Lipstick Traces de acercar al 'punk'
Johnny Rotten, al dadaísta Richard Huelsenbeck y al situacionista Guy Debord.
Asimismo, las conexiones, correspondencias, influencias y contaminaciones
recíprocas entre el rock y la literatura anglosajona saltan a la vista, excepto
para los ciegos. Si "el espíritu rock" es la "no pertenencia", la desafiliación,
la negación, entonces los escritores rock son miles.