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Asunto:[escritores] LITERATURA Y ROCK
Fecha:Lunes, 28 de Enero, 2002  17:26:06 (+0000)
Autor:Lamano el pasquín <lamanoudp @.......com>

Influencias
Los Doors tomaron su nombre del título del libro de Huxley sobre la droga. En cuanto al poeta visionario William Blake, después de inspirar a Dylan y Ginsberg, se lo vuelve a encontrar en el próximo disco de Patti Smith...

LITERATURA Y ROCK. EL MUNDO ANGLOSAJÓN:
El espíritu rock

Brice Matthieussent

BRICE MATTHIEUSSENT

Magazine Litteraire

En un famoso ensayo sobre el estilo barroco, Eugenio d'Ors enuncia una tesis que hizo estremecer de horror a varios historiadores de arte más convencionales que el fogoso catalán: en lugar de limitarse a una época determinada y a lugares precisos, "el espíritu barroco" existiría desde la noche de los tiempos y se manifestaría en ciertos períodos, en violenta oposición al clasicismo. Así, de acuerdo a d'Ors, existiría un barroco prehistórico, un barroco alejandrino, un barroco gótico, etcétera. ¿"El espíritu rock" sería también transhistórico, irrigando no sólo a ciertas obras trascendentes de la literatura anglosajona reciente, en armonía con el contexto musical rock de su época, sino también a libros mucho más antiguos? De este modo, cogidos en un bucle temporal a la Philip K. Dick o a la Lewis Carroll, estas ficciones o estos poemas habrían a su vez sufrido la influencia del rock... Pienso, entre otras obras, en Tristram Shandy de Laurence Sterne, en las Puertas de la percepción de Aldous Huxley, o en el resplandeciente Matrimonio del cielo y el infierno de William Blake. ¿Y, porqué no, en la novela fundadora de la literatura norteamericana que es Huckleberry Finn de Mark Twain...?

Otro ejemplo: en su última novela, Mason & Dixon, situada en la América prerevolucionaria de fines del siglo XVIII, Thomas Pynchon celebra el nacimiento de la lengua norteamericana - fluida, caprichosa, vigorosa, arrebatada, imaginativa, espontánea- en resumen, barroca, así como la emergencia de una nueva música inaudita en la que "los aires populares se convierten en cánticos, y las canciones para beber en himnos (...). ¿No es acaso el Ritmo mismo de las Máquinas, el Clamor de los Molinos, el Vaivén de los Océanos, las Rocas que ruedan?, y bien, si uno desea darle un nombre... - ¡Rock and Roll!, exclama De-Pugh". Para Pynchon, el rock no nace ni con Chuck Berry, ni con Elvis Presley, sino hacia 1770 y, al mismo tiempo, nos asegura, que los Estados Unidos, el ketchup y la pizza inglesa...

No pertenecer a nada...

Se sabe que los Doors tomaron su nombre del título del libro de Aldous Huxley sobre la droga. En cuanto al poeta visionario William Blake, después de haber inspirado a Bob Dylan y Allen Ginsberg, uno lo vuelve a encontrar en el corazón del próximo disco de Patti Smith... Los argumentos a favor de un "espíritu rock" transhistórico, que irriga retrospectivamente ciertas obras literarias, son una legión, sobre todo porque este "espíritu rock" es tan volátil, subjetivo y en ocasiones inasible como... "el espíritu barroco" que intenta asir Eugenio d'Ors. Sin embargo, Salman Rushdie nos da una buena definición en una de sus últimas novelas, El suelo bajo sus pies, ficción "barroca" consagrada a la estrella de rock planetaria Vina Apsara y al mundo desenfrenado en el que ella se desenvuelve: "...en cada generación hay algunas almas, llamémoslas afortunadas o malditas, que llegan al mundo semi desapegadas, sin lazos muy fuertes con una familia o un lugar, una nación, una raza. (...) Y en las ensoñaciones que permiten nuestras sociedades, en nuestros mitos, nuestras artes, nuestras canciones, celebramos a aquellos que no pertenecen a nada, a aquellos que son diferentes, a los fuera-de-la-ley, a los monstruos. Aquello que nosotros nos prohibimos, pagamos caro por verlo en un teatro o un cine, o para leerlo entre las tapas secretas de un libro".

Desde un punto de vista histórico más restringido que el de Eugenio d'Ors, es decir, en una estricta cronología iniciada en los años sesenta, las relaciones - o mejor dicho, la facilitación, la hibridación recíproca - entre esta música de la negación, de la "no-pertenencia" y la literatura anglosajona comienzan con el nuevo periodismo americano de Hunter Thompson, Tom Wolfe y Michael Herr. En 1963, Wolfe publica un artículo muy "barroco" con un título poco ortodoxo: There Goes (Varoom! Varoom!) That Kandy-Kolored (Thphhhhh!) Tangerine Flake Streamline Baby (Rahghhh!) Around the Bend (Brummmmmmmmmm mm)... Siguen los textos más célebres de Wolfe sobre el mítico productor Phil Spector, el Radical Chic y la nostalgia del barro, reagrupados en El izquierdismo de Park Avenue, y luego el largo y jadeante documento-ficción que es The Electric Kool-Aid Acid Test, relación distante de la trayectoria errática del bus de Ken Kesey y de los Merry Pranksters que, bajo la influencia del ácido, llegan a San Francisco y los Grateful Dead, con Neal Cassady al volante, el Dean Moriarty de En el camino. No sólo el tema es rock, sino que la escritura de Wolfe alcanza impresionantes puntos de velocidad y se salva de patinazos suicidas, empapándose con la oralidad y la energía atronadoras de los mejores grupos de rock de la época. Lástima que Tom Wolfe haya caído luego en un exitismo dandy y la insipidez críptico-realista de La hoguera de las vanidades.

Hunter Thompson, por su lado, comienza con pérdidas y estrépito (de costillas quebradas) por un artículo sobre los Hell's Angels en el que ya se encuentran las estrategias del "periodismo a la Gonzo": multiplicidad de puntos de vista, implicación máxima del periodista narrador en las situaciones descritas, monólogos interiores, digresiones y flash-back, en breve, todas las técnicas de la novela moderna al servicio de un periodismo inédito y penetrante. Sin olvidar el ojo, la lengua y la pluma del chisme malvado para analizar un fenómeno tan mayoritariamente americano y straight como la campaña presidencial de 1972. Éxito indudable, como Las Vegas Parano del mismo "doctor" Thompson, como quiere que lo llamen, sin duda una de las novelas-reportaje rock más eléctricas de la época (1971 en los Estados Unidos, 1977 en Francia).

Michael Herr es hombre de un solo libro y algunos textos. El libro, Dispatches, reúne los despachos enviados por el corresponsal de Esquire en 1967 en plena guerra de Vietnam: sobre las radio grabadoras de los GI, Jimi Hendrix interpreta el mismo himno americano distorsionado que en Woodstock o en Apocalypse Now, en el que colaborará Michael Herr. Treinta años antes, James Agee, novelista, poeta y futuro escenógrafo de La reina africana y sobre todo de La noche del cazador, pasó algunas semanas en el sur de los Estados Unidos en compañía del fotógrafo Walker Evans e inventó anticipadamente un "nuevo periodismo" lírico, místico, comunista y turbulento, subjetivo y meticulosamente preciso, para describir la existencia miserable de algunas familias de parceleros arruinados por la Depresión: Ahora alabemos a los grandes hombres es uno de los grandes textos 'rock' ignorados de la literatura norteamericana.

¿Y Bukowski? ¿Es rock o no?

Allí están, a modo de introducción, algunos "padres fundamentales" de nuestra feligresía literaria. Sin embargo, olvido a un último padrino, una importante hada buena inclinada sobre la cuna del niño (Rock my baby, rock me...), un ángel maléfico y casi omnipresente, William S. Burroughs. Porque le dio el título de uno de sus libros de la trilogía del "cut-up" a un grupo de rock experimental, Soft Machine; porque cantó con la música de Laurie Anderson en Mister Heartbreak; porque David Bowie conversó largamente con él; porque en los conciertos "Uncle Bill" jamás encontraba que la música estaba demasiado fuerte; porque en 1993 Tom Waits, Bob Wilson y Bill Burroughs confeccionaron una ópera espléndida, The Black Rider, y finalmente, porque Burroughs sigue siendo, como Genet (el Jean Genie de Bowie), la figura ejemplar de un escritor que, a través del fantasma, nos invita al festín, pero un festín desnudo de la realidad a partir de un punto de vista doblemente minoritario: aquel de un "junkie" homosexual en una América hipernormativa.

¿Y Bukowski? ¿Es rock o no? Las opiniones están divididas sobre el "dirty old man", sobre todo porque el propio autor de Tales of ordinary madness confiesa que adora a... Wagner, Brahms, Beethoven y sobre todo, a Mahler. Lo que no impide que su pequeña música rechinante de doscientas palabras, su santísima trinidad cerveza-beso-máquina de escribir, su mirada tierna y cínica, sus pánicos de alcohólico agorafóbico, todo eso lo vincula, tal vez a pesar suyo, a un cierto rock "trash", "bluesy", "hard", aguerrido y burlón (Red Shoes de Tom Waits).

Otro importante novelista norteamericano, cuya obra está desde el comienzo bajo la influencia "rock", Thomas Pynchon, fue aclamado por Laurie Anderson, quien le dedicó una de las canciones de Mister Heartbreak. Ya se sabe que la documentación de Pynchon es siempre monstruosamente exacta en todos los ámbitos que aborda, desde la fabricación de los cohetes V2 a los elementos de trigonometría y el uso del geómetra, pasando por la biografía de Benjamin Franklin o la del coronel George Washington; conoce asimismo al dedillo y cita con gusto a grupos de rock confidenciales o de culto como "Little Charlie and the Nightcats", cuya canción TV Crazy figura en Vineland, junto a una versión "postdisco" de La Marsellesa o de una evocación de la fundación de la República Popular del Rock and Roll en California durante los "sixties". Por otro lado, Vineland es la novela pynchoniana de la nostalgia de los años sesenta y de la banda-sonido de esa década, desde In-A-Gadda-Da-Vida hasta Purple Haze de Jimi Hendrix. También se sabe que a Pynchon le encanta poner en boca de sus personajes extravagancias, versos malos, canciones del ejército, poemas con "swing" o antiguas cantinelas pasadas de moda: desde su primer libro, V, hasta Mason & Dixon, sin olvidar las apariciones episódicas del grupo de los Paranoids en La subasta del lote 49, el escritor, multiplica las referencias explícitas, más o menos confidenciales, al rock; mejor dicho, toda su escritura está impregnada de un indeleble "espíritu rock": no sólo los diálogos ondulantes, cargantes o subrayados de los personajes o sus onomatopeyas más o menos delirantes, sino sobre todo la esencia misma del texto, el fraseo, la velocidad, los cambios de ritmo, las digresiones semejantes a improvisaciones musicales, el virtuosismo, la flexibilidad, los "rushes" y "riffs" de la lengua, la increíble sensibilidad a los timbres de voz e instrumentos de la prosa, la energía, los "tempos" variados, las tonalidades melancólicas, sarcásticas o burlonas a la Zappa, como si la escritura de Pynchon explorara todo un espectro musical que caracteriza más a uno o a varios grupos de rock que a una orquesta de música de cámara...

Cierta "clase de placer"

Dentro del mismo orden de ideas, de la impregnación de la escritura por el rock, la prosa de Denis Johnson oscila entre la energía de un Neil Young eléctrico, las baladas arrebatadas o perversamente calmadas de Nick Cave y la canción culto de Lou Reed, Heroin. Su magnífica antología de cuentos cortos, Jesus' Son, extrae su título de esta canción y tiene toda su violencia autodestructiva. Fue Johnson, por otro lado, quien eligió la banda de sonido del film adaptado de su libro; uno lo ve ahí en el hospital con un cuchillo en el ojo... Déjà mort, subtitulada novela gótica californiana, mezcla en una estupefaciente serie de carambolas temporales música New Age, oleadas de psicodelismo remanente, la pulsación dura del heavy metal (término, dicho sea de paso, inventado por W.S. Burroughs...) en un texto frenético, angustiado, macabro y virtuoso.

Hay otras estrategias de escritura, otras inyecciones de rock en la ficción de los novelistas bautizados los Young Brats de Nueva York, Bret Easton Ellis y Jay McInerney. Las malas lenguas dicen que la fecha de vencimiento que debería figurar en sus libros está peligrosamente cerca de su fecha de compra... Pura maldad, ciertamente, lo que no impide que este rencor defina a la perfección la relación con la música de los personajes de American Psycho (Ellis) o de Bright Lights, Big City, (McInerney): es Kleenex desechable que hay que botar apenas se usa, un accesorio de moda tan indispensable como luego obsoleto, ajado, desvalorizado, out, como el traje Armani o los zapatos Sidonie Larizzi, la camisa Agnès B., el último Rolex, o por el lado desechable humano, Jeff, Jack, Mary o Suzy... De este modo, sus ficciones ilustran perfectamente el destino de cierto rock, su asimilación a una pura mercadería efímera sujeta a una duración de vida mínima, un turn-over frenético, tres pasitos y luego se va, se vuelve inaudible, uno tiene que deshacerse rápidamente de los cadáveres de la fiesta del día anterior si no quiere volverse out a su vez... En resumen, el rock como signo fundamental de integración social, de pertenencia a una casta privilegiada, símbolo esencial de una cierta "clase de placer", de acuerdo al término del sociólogo, Thorstein Veblen.

Gran Bretaña

Del lado de Gran Bretaña, habría que hablar de la última novela de Alan Warner (The Sopranos) que narra, de modo picaresco, las aventuras y desventuras de un grupo de cantantes escocesas tentadas por el rock, las Bright Lights y la Big City; de las exageraciones destructivas de Irvine Welsh (Trainspotting); de la fabulosa paleta rock transcultural de Salman Rushdie. Pero, más que a cualquiera, la "no pertenencia" sinónima del espíritu rock caracteriza a Hanif Kureishi, novelista de origen anglo-paquistaní, editor del Book of Pop que se publicará en Inglaterra, y cuya última novela, Gabriel's Gift, incluye un doble transparente de su amigo, David Bowie. Todos sus libros, desde Black Album (alusión transparente a Prince) hasta Intimidad pasando por El Buda de los suburbios, muestran a individuos rupturistas de reglas, para quienes la "no pertenencia" repentinamente se erige en estandarte: ruptura con el fundamentalismo religioso de los amigos musulmanes, ruptura con el fascismo oculto o declarado de la sociedad inglesa, ruptura con toda forma de normalización para asumir su deseo energúmeno y las pulsaciones del escenario rock londinense; ruptura con la esposa, los hijos, el aburguesamiento insidioso, para compartir día a día la existencia caótica de un joven traveller (Intimidad). Todos esos Non Serviam (Joyce ya en Retrato del artista...) son desarraigos dolorosos a cualquier pertenencia y hacen de Kureishi la figura emblemática del escritor rock luchador, de prosa ágil y versátil, el traidor lúcido a todas las causas enquistadas en una lengua (o una música) de madera.

Otra novela inglesa objetivamente rock, High Fidelity, de Nick Hornby fue adaptada al cine por Stephen Frears, el realizador de My Beautiful Laundrette (a partir de un tema de Kureishi). Menos irritante y agresivo que el anglo-paquistaní, Hornby seduce por la ternura, la melancolía, la atmósfera de medias tintas, el género balada a la Bruce Springsteen: los suburbios londinenses no son ciertamente Nebraska, pero el eterno gris y la desilusión sin mejoría visible son iguales, la impresión punzante de pasar al lado de la vida, de caminar al lado de sus pompas, lejos de todo mito "glamour". Ciertamente, está el sentido del humor inglés, la autoburla en ocasiones cruel o jubilosa, el "Hornby touch" que da en el blanco en las micro-notas intimistas, los diálogos con "swing"; pero lo mejor de High Fidelity y las desventuras tragicómicas de su propietario de tienda de discos en la debacle sentimental-financiera, son los capítulos breves y secos que suenan como un single, un clip, un sketch magro, neto y sin adornos, cortante y sin complacencias, vitaminizado y sin notas desafinadas.

Greil Marcus tenía razón en Lipstick Traces de acercar al 'punk' Johnny Rotten, al dadaísta Richard Huelsenbeck y al situacionista Guy Debord. Asimismo, las conexiones, correspondencias, influencias y contaminaciones recíprocas entre el rock y la literatura anglosajona saltan a la vista, excepto para los ciegos. Si "el espíritu rock" es la "no pertenencia", la desafiliación, la negación, entonces los escritores rock son miles.



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