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Asunto:[escritores] Pablo de Rokha, la fragilidad de un duro
Fecha:Sabado, 9 de Febrero, 2002  04:09:58 (+0000)
Autor:Lamano el pasquín <lamanoudp @.......com>

Pablo de Rokha, la fragilidad de un duro

Carlos Ignacio Díaz Loyola -el poeta Pablo de Rokha- se construyó a sí mismo una existencia épica: en su primera infancia fue amamantado por una cabra, en su adultez se granjeó la enemistad de buena parte de la intelectualidad chilena y puso fin a su vida, utilizando un arma que le regaló Siqueiros, cumpliendo un designio que había predefinido muchos años antes.

María Soledad De la Cerda E.



Pablo de Rokha
El general Indalecio Anabalón, suegro de De Rokha.

Winétt en versos
"Soy tuyo entero, encadéname con sollozos y alimenta con besos golosos al animal feroz que elegiste por amo".

"Es lo mismo que el mundo: morena, y lo mismo que el cielo: profunda, como la mar-océano: romántica, y pequeñita como el universoS<caron>".

"Estás sobre mi vida de piedra y hierro ardiente, como la eternidad encima de los muertos, recuerdo que viniste y has existido siempre, mujer, mi mujer mía, conjunto de mujeres".

"Embajadora de las golondrinas, mujer, la idolatrada; se enorgullece 'Dios' de haberte hecho y haberte mirado en los tiempos, haberte mirado en los mundos, haberte mirado en los sueños".

"La Luisita tiene los ojos lo mismo que las aceitunas, además, es pequeña y tranquila, y anda mirando, así, como apartada, así, como extranjera por lo absoluto, con su actitud de abeja tan abeja, yo la quiero a la Luisita, yo la quiero, Winétt de Rokha, la ultramarina, y es difícil ser indispensable, como el alma, yo la quiero".

"Winétt era la esposa-sol, la esposa-guitarra, la esposa-flor enchapando el menester cotidiano de heroicidades y azúcar de camino real, hasta la caída del gran crepúsculo".

Epitafio: "Aquí duerme y crece para siempre la más hermosa flor de los jardines del mundo: Winétt de Rokha".

Visión familiar de Pablo de Rokha:

Indalecio Anabalón y Luisa Sanderson (sus suegros): El coronel enseñándole urbanidad a mi heroísmo, como un elefante que le tirase la barba al mundo, la suegra peluda y metafórica como el patíbulo.

Carmencita (hija fallecida a los siete meses): pobrecita la Carmencita, tan inmensa, sin embargo, nos veremos, carita de nido entre los choclos soberbios, mi hijita, ¡ay!, hermosa como los toros egipcios.

Tomás (su hijo que murió a los dos años): Ahora te come la tierra, más gloriosa que tú, hijo mío, niño mío, Tomás y yo te lloro. Eras muy hombre Tomás.

Carlos: el gran poeta niño, entre todos los Demonios del cielo y del mundo.

Lukó: en la cual estalla, como un siglo, la granada azul de la pintura.

Juana Inés: que encontró la cadena de jacintos divinos, que une panales y guitarras en una y sola luz de melodía.

José: el cual araña las entrañas de Dios con la caricatura.

Pablo: que habrá de forjar estupendos edificios libertarios para que habiten los futuros hombres rojos.

Laura: aterrándome a la orilla de un nido de perdiz edificado en la poesía.

Flor: expresión del sol y el mar en un capullo, en el que resuenen los pasos helados de los antepasados.

La segunda generación, en primera persona
muchos de ellos no llevan legalmente el apellido de rokha, pero mantienen vivas las tradiciones del patriarca. asi lo pudimos ver en una jornada con sus herederos.

Al traspasar el umbral de esta casa típica de clase media acomodada, en el corazón de Providencia, uno se interna en un mundo diferente y mágico. Es la casa-taller de Patricia Tagle De Rokha de De Rokha, nieta y nuera del legendario Pablo, una mujer dulce y acogedora que me invita a entrar al espacioso living, cuyas dimensiones parecen más amplias por el mobiliario escaso, solamente el necesario.

En contraste, los muros de cada rincón de la vivienda están cubiertos de coloridos cuadros, unos del famoso José, su marido y tío que falleció hace algunos años de cáncer, otros pintados por ella y, finalmente, los de Julio, hermano y sobrino que ha repetido en ellos una y otra vez esa mirada lánguida que heredó de su abuela Luisa Anabalón, más conocida como Winétt de Rokha, cuyos largos párpados le daban una belleza especial a su rostro plácido y soñador.

De los cuadros de Patricia hay uno del que es imposible despegar la vista; es una novia joven, casi una niña, muy hermosa, que tiene mucho de ella en sus rasgos faciales y en el pelo ensortijado. No quise averiguarlo, preferí quedar convencida de que era un autorretrato de ella a sus 17 años, cuando perdidamente enamorada se casó, a pesar de la resistencia de la familia, con su tío José de Rokha, 20 años mayor y con dos matrimonios a cuestas.

A las 10.30 de la mañana, acompañadas de una humeante taza de café, nos disponíamos a rescatar los recuerdos del abuelo Pablo, cuando en forma casi imperceptible se fueron integrando uno a uno varios otros miembros del clan De Rokha.

El primero fue Emiliano, el único hijo de Patricia y Pepe, que nació en México y que recibió su nombre en honor al patriota azteca Emiliano Zapata. Su extraordinario parecido físico a su abuelo-bisabuelo Pablo cuando joven se debe, sin duda, a la amalgama de genes familiares que corren por su sangre.

Luego ingresó Juan Pablo, hijastro y primo de Patricia, un hombre que se sabe muy atractivo y que a pesar de tener 48 años ni siquiera representa 35. Dice que por el momento no hace nada, ya que está esperando salir de la adolescencia para definir su futuro.

Claro que es una broma, porque es el más conectado al mundo real, el más metódico y ordenado de la familia y el único que cuando trabaja lo hace en tareas convencionales.

Finalmente llegó Julio, hermano-sobrino de la dueña de casa, el que pinta su propia mirada en los cuadros. Creo que fue quien, con toda seriedad, le dio a Patricia los remedios homeopáticos que le proporciona diariamente un veterinario amigo de la familia, para prevenir todo tipo de males.

Aunque no estaba físicamente presente, se integró a la plática Juana Inés, la madre-cuñada de Patricia, que heredó el seudónimo que usó su madre Winétt cuando se iniciaba en las letras. A ella recurrían todos telefónicamente cuando se trataba de precisar alguna fecha. Lo cierto es que como manejan un concepto distinto del tiempo, nunca consiguieron el dato preciso, pero siempre volvían con una nueva historia.

Son lúdicos y divertidos, por eso cuesta asociarlos a la trágica generación familiar que les precedió, en la que se cuentan varios suicidas. Eso se confirma al escuchar el entusiasmo de Emiliano, un promisorio estudiante de cinematografía, que parece observar el mundo tras un lente que está permanentemente descubriendo argumentos dignos de ser llevados a la pantalla.

El tiempo había transcurrido rápido y era la hora de partir. Nunca supe en qué momento Patricia había desaparecido para internarse en la cocina. Cuando quise despedirme, la negativa fue unánime: "Nunca se va una visita de la casa de un De Rokha sin antes comer".

A la hora de la sobremesa irrumpió de pronto "El maestro" -forma en que con reverencia llaman a Pablo de Rokha. Su vozarrón se hizo sentir en una grabación de dos de sus poemas. Su magnífico timbre retumbaba en los cuadros y lo abarcaba todo. Comprendí entonces por qué en esa casa no había espacio para más muebles. Por la mejilla de Patricia rodó una lágrima y la mirada intensa de Emiliano fue más parecida aún a la de su abuelo.

La titánica tarea que asumió Lukó, la mayor de sus hijas mujeres, para rescatar del olvido la obra de su padre y continuar al mismo tiempo con su oficio de pintora no se puede solventar con la modesta pensión de gracia, otorgada por el gobierno en 1990.

Seguramente, es también esta falta de medios económicos la razón que impide hasta hoy que los hijos y nietos del poeta sean capaces de cambiar legalmente sus apellidos Díaz Anabalón por De Rokha, que con orgullo es el que más los identifica.

Las raíces, sin embargo, no se han perdido, y junto a ellos nos hemos remontado al Chile de fines del siglo XIX que vio nacer al patriarca de este extenso clan.

Licantén

"Ahora yo me acuerdo de Licantén, orillas del Mataquito, me acuerdo de la casa aquella, como de polvo, con duraznos, con membrillos, con naranjos, con un farolS<caron>".

Don José Ignacio Díaz Alvarado y Laura Loyola de Toledo tenían 21 y 14 años, respectivamente, cuando nació, el 17 de octubre de 1894, en Licantén, Carlos Ignacio, su primer hijo, quien debió ser amamantado por una cabra, pues su madre-niña no tuvo suficiente leche para alimentarlo.

Para esa fecha, la holgura económica que alguna vez tuvo la familia Díaz había menguado. En otra época, en su casa se había fundado el pueblito de Licantén, antes que se la llevara el río. Pero cualquier presupuesto se hacía poco para alimentar y educar a los 23 hijos que tuvieron. Por eso, el dueño de casa comenzó a trabajar, primero, como jefe de resguardo en las aduanas cordilleranas, y más tarde, como administrador de un fundo llamado Pocoa.

La verdad es que "Don Ignacio", como su hijo Pablo le llamó siempre, nunca fue un hombre apegado a los bienes materiales y sencillamente fue cediendo sus legítimos derechos a los familiares más cercanos. Valoraba, eso sí, la amistad, y según cuenta Julio Tagle, uno de los yernos de De Rokha, un viaje desde Licantén a Curicó le podía tomar fácilmente dos meses, no tan solo porque los caminos en aquel entonces estaban en pésimas condiciones, sino también porque el buen Don Ignacio tenía demasiados amigos, a los que pasaba siempre a saludar, oportunidad que aprovechaba, por supuesto, para comer los tradicionales guisos criollos de la zona, acompañados del buen vino de los mostos talquinos. Después de todo, hay que considerar que él era un típico hombre de campo, cuya personalidad quedó reflejada años más tarde cuando su mujer enfermó gravemente y se negó a que fuera atendida por los médicos, arguyendo con su sabiduría rural que a su mujer no la había visto nunca otro hombre y que antes que eso ocurriera él prefería verla muerta.

Sobre esta etapa de su vida, años más tarde De Rokha señaló: "Me crié entre arrieros, contrabandistas, cuatreros y policías. Mi literatura refleja esa formación".

En 1901, el pequeño Carlos Ignacio empezó sus estudios en la Escuela Pública Nº 3 de Talca y en 1906 ingresó al Seminario Conciliar de San Pelayo de la misma ciudad, donde permaneció hasta 1911, siendo ese año expulsado del sexto humanidades por hereje. Esa experiencia lo marcó dolorosamente y es probable que haya inspirado uno de sus versos: "El seminario de las polillas / catres de chinches / meados de perros y muertosS<caron>".

Un provinciano en la capital

Ese mismo año, Pablo viajó a Santiago y se instaló en una pensión de la calle Gálvez, para concluir su año escolar y posteriormente se matriculó en la Universidad de Chile para seguir Derecho e Ingeniería, pero dejó sus estudios de lado cuando conoce a un grupo de escritores jóvenes de la época y se integra a la bohemia de entonces. De nada valieron los consejos epistolares del progenitor: "Estudia hijo, estudia, las cosechas van malitas, a la bodega vieja se le cayó el cielo y a la Chepita un dienteS<caron> Tu padre, Ignacio".

El joven provinciano ya había conocido a varios escritores, entre ellos, Jorge Hübner Bezanilla, Daniel de la Vega, Angel Cruchaga Santa María, Juan Guzmán Cruchaga y Vicente Huidobro y, ya atrapado por la literatura, comienza a escribir para los periódicos La Razón y La Mañana y publica sus primeros poemas en la revista Juventud, de la Federación de Estudiantes, firmando como "Job Díaz". Descubre la filosofía de Nietzsche y la poesía de Walt Whitman. Vuelve a Talca en 1914 y allí recibe de regalo un libro de poemas titulado Lo que me dijo el silencio, cuya autora era Luisa Anabalón Sanderson, más tarde conocida como Winétt de Rokha, su esposa.

El galán se presentó señalando que era poeta y a mucha honra, lo que tampoco le granjeó las simpatías de doña Luisa Sanderson, una altiva descendiente del escocés Domingo Sanderson, de quien agradecía más el apellido que el hábito de lector obsesivo que heredó a su pequeña nieta Luisa.

Luego de declinar batirse a duelo con su futuro suegro, que sin duda sabía bastante más que él del uso de las armas, el 25 de octubre de 1916, el pretendiente desdeñado, que tenía sólo 22 años, raptó a la joven y bella Luisa Anabalón Sanderson para de inmediato casarse con ella.

Vida familiar

Tal como don Indalecio lo había previsto, la vida de su hija al lado del joven poeta no fue fácil desde el punto de vista económico, pero Luisita, como Pablo la llamaba, se sintió a su lado una mujer plena, realizada y feliz. Usando el seudónimo de "Juana Inés de la Cruz" publicaba ocasionalmente sus versos en la revista Zig-Zag.

Si bien Pablo de Rokha era un hombre difícil, demasiado estricto consigo mismo y los demás, que heredó de su "madre de leche" -la cabra que lo amamantó- la energía para trepar una y otra vez nuestra larga geografía y la fuerza de sus cachos para embestir con el poder de su pluma al que osara agredirlo, ante Winétt era sólo un humilde poeta enamorado.

Por lo mismo, sin importar las dificultades financieras, en su casa siempre hubo una o dos empleadas para que la ayudaran a hacer los trabajos domésticos o cuidaran de los niños. Su amor era exclusivo y excluyente y deseaba que ella estuviese siempre junto a él o, lo que era casi lo mismo, haciendo poesía. El pintor José Romo, que más tarde se casó con una de las hermanas Anabalón, supo de la furia de sus celos cuando en una oportunidad se permitió alabar la belleza de Winétt ante el poeta. Sin mediar palabra, De Rokha lo sacó de la casa de campo en Concepción, donde estaban viviendo por esa época, y lo arrojó a las aguas del río Bío Bío.

La vida de gitanos que llevaba la familia, por los frecuentes cambios de vivienda e incluso de ciudad -Santiago, San Felipe, Concepción, Valparaíso-, así como las largas ausencias del padre, que viajaba continuamente llevando para la venta enormes paquetes de libros y pinturas debidamente lacrados, hizo que la infancia de los niños De Rokha fuese bastante peculiar.

Cuando Pablo viajaba, el ambiente hogareño se relajaba, ya que Winétt era una madre extremadamente consentidora: a los niños les permitía comer sus alimentos preferidos, incluso a deshora, y se violaban también los rígidos horarios establecidos para acostarse y levantarse. Winétt se volvía cómplice de los menores y no era raro que fuese sorprendida en esta conducta por su marido, que en ocasiones se devolvía inesperadamente a buscar algo. Una de sus nietas la recuerda hoy como una niña pillada en falta, caminando nerviosa a abrirle la puerta, recitando: "Al hombrecito algo se le quedó, cocorocó, cocorocóS<caron> ya voy, ya voy".

Cada vez que Pablo regresaba de sus viajes, parecía que la casa se sacudía por efecto de un ciclón. Volvía siempre cargado de pequeños regalos para cada uno, los que había ido recolectando a lo largo del periplo: pan amasado, tortillas de rescoldo, sustancias de Chillán o tortas curicanas. De inmediato asumía el control e imponía nuevamente un estricto orden para todos. Su permanente temor de que un niño se enfermase, luego del precoz fallecimiento de dos de ellos, determinó que si uno presentaba el primer síntoma de un resfrío se iba a la cama y, por precaución, lo seguían los otros cuatro. De igual forma, le preocupaba que su alimentación fuese nutritiva y por ello, cuando supo que las lentejas tenían un alto contenido de hierro, los obligó a comerlas por largos e ininterrumpidos períodos, que cesaron sólo cuando se enteró que el cochayuyo prevenía el bocio.

Pero no sólo le inquietaban los cuerpos de sus pequeños, también su espíritu, y por eso los guiaba en sus lecturas y los hacía comprometerse a fondo en las disciplinas en que mostraban aptitudes. Por eso no es extraño que todos tuviesen sensibilidad de artista.

Con los hijos varones era particularmente severo, pudiendo llegar incluso a ser violento. Esa rudeza, que las sociedades actuales ya no toleran, no era más que el fiel reflejo de una época que tuvo como lema el dicho de que "la letra con sangre entra". El año 1992, su hijo José, aunque dijo sentir una gran admiración por su padre, reconoció haberle guardado rencor por los golpes que les propinó en la infancia.

Pero el poeta siempre creyó estar haciendo lo correcto, lo que queda a la vista al leer en uno de sus poemas el retrato que hace de la vida hogareña: "sueña la pequeña Winétt, acurrucada en su finura triste y herida, ríen los niños y las brasas alabando la alegría del fuego, y todos nos sentimos millonarios de felicidad, poderosos de felicidad, contentos de la buena pobreza y la buena tristeza que nos torna humildes y emancipados".

"El Estofado"

La situación financiera del matrimonio Díaz-Anabalón nunca fue boyante y dependieron siempre del resultado de las gestiones del dueño de casa para vender primero sus libros y luego éstos más las pinturas de sus hijos y su mujer.

Quien sufrió literalmente en carne propia esta falta de recursos fue "El Estofado", nombre premonitorio con el que los niños bautizaron al único pollo que quedaba en la casa a fines de 1920, cuando la situación económica en el país y en el mundo estuvo particularmente complicada.

Cada mañana, Pablo de Rokha salía a vender el producto artístico de la familia, con lo que aseguraba el dinero para los gastos del día. El sistema establecido en aquellos días consistía en que si el jefe de hogar no llamaba antes de almuerzo para avisar que había tenido éxito en su gestión comercial, habría que sacrificar al pollo para dar de comer a la familia. Los niños vivían pendientes del teléfono, porque estaban muy encariñados con su mascota, y durante un buen tiempo nunca dejó de sonar. Hasta que un día, cuando la situación se había vuelto angustiante, Luisita debió tomar la triste decisión de convertir a "El Estofado" en estofado. Apenados, aunque hambrientos, los pequeños almorzaron aquella tarde en silencio.

Amigos y enemigos

En épocas de menor estrechez financiera, la casa del poeta era un sitio de peregrinaje sabatino. Hasta allá llegaban intelectuales, amigos y también personajes que se auto invitaban, todos con el afán de participar en interesantes conversaciones, pero también de saciar la sed y el hambre con grandes cantidades de vino y sabrosas comidas caseras.

El rito comenzaba con el pedido de las carnes a Higinio, cuyo negocio quedaba justo en frente, por lo que De Rokha no precisaba salir de su casa, sino que se asomaba a la puerta y con su potente voz le dictaba al carnicero los cortes que requería. Luego llamaba a la botillería más cercana y pedía una sola botella, para agasajar a sus contertulios, ya que él no pretendía tomar. Sin embargo, su doctrina era que para evitar que su actitud se considerara como un desprecio, optaba por acompañarlos con una copita. Cuando la primera botella estaba vacía era preciso llamar nuevamente al establecimiento para que enviara al muchacho que repartía el vino en su triciclo. La rutina se repetía una y otra vez, hasta completar veinte o veinticinco viajes. El anfitrión, obviamente, se iba a la cama muy descompuesto.

Por la mañana lucía cansado y necesitaba componer el cuerpo. Para ello se preparaba tres panes excesivamente tostados, limpiaba tres ajíes cacho de cabra, unas cebollas que trozaba en cuatro, mezcladas con varias cabezas de ajo, aceite de oliva, sal y mucho limón. Todo eso lo ingería acompañado de dos cervezas, mientras literalmente rugía al tragar la fuerte pócima.

Si se trataba de celebrar fuera de casa, el poeta gozaba yendo al Mercado Central, para disfrutar junto a sus amigos de un buen plato de mariscos. En una de esas ocasiones lo acompañó un joven poeta, que confesó abominar de los productos del mar, y que por lo tanto pediría un berlín y una Bilz. De Rokha, incrédulo y horrorizado ante lo que consideró una herejía, le respondió que "ningún carajo se come ante mí esa porquería; por favor pida lo que quiera, pero póngase a comer contra el muro para que yo no lo vea".

Las numerosas historias que se divulgaban de estos dionisíacos ágapes ayudaron a construirle una imagen de vividor, dado a las comilonas y las borracheras y envuelto en una cierta vulgaridad. Pero lo cierto es que a pesar de sus arranques de fin de semana, en lo cotidiano era un hombre pulcro y refinado. Lustraba personalmente sus zapatos las veces que fuera necesario para que siempre se vieran relucientes. Además, sin importar en qué mesa se encontrase, limpiaba con su servilleta varias veces los cubiertos antes de utilizarlos y tal como él mismo señalara había nimiedades que no soportaba: "odio las utilitarias labores erradas, cotidianas y prosaicas, y amo la ociosidad de lo bello, cantar, cantar, cantarS<caron> he ahí lo único que sabes, Pablo de Rokha". Pero no era lo único que sabía hacer. El mismo construía sus muebles. Las mesas debían ser sólidas y con patas gruesas para afirmarse en ellas con comodidad.

El personaje más relevante -visto con ojos contemporáneos- que frecuentó su círculo en una etapa inicial fue Pablo Neruda, que desembarcó un día del año 1922 frente a su mesa de trabajo. "Venía de Temuco
-contó el mismo De Rokha cuando ya los poetas se habían distanciado-, traía un librito, en originales: Crepusculario. Yo había publicado, por esos momentos, Los Gemidos y había recibido el escarnio y el dicterio de todos los tontos de la República. Pablo Neruda formuló la apología de Los Gemidos en la revista Claridad. Yo le presenté a Pedro Prado y allá, en la Torre de los Diez, en Barrancas, Pablo Neruda obtuvo del ingenuo escritor de Alsino los párrafos a que alude Edwards Bello en su salutación ditirámbica. Con el aplauso de Alone, apareció Crepusculario. Más tarde publicó Neruda aquellos Veinte poemas de amor y una canción desesperada, es decir, la biblia típica de la mediocridad versificada".

Se cree que el origen de la comentada odiosidad entre ambos tuvo su origen cuando la familia de Pablo de Rokha rechazó las intenciones de Neruda de casarse con una de las hermanas Díaz Loyola. En todo caso, no fue Neruda su único enemigo literario. También mantuvo encendidos duelos verbales con Vicente Huidobro, con el poeta Gerardo Seguel y con el crítico literario Alone, por nombrar algunos. De la misma forma que los atacó, recibió sus constantes embates o su deliberada indiferencia en relación con sus publicaciones. Por ello no es fácil rastrear las huellas de De Rokha en la prensa de su época.

Es que no se puede negar que era un trasgresor. Solamente él se atrevió a publicar, en 1936, una segunda edición de su libro Jesucristo, mostrando en la carátula un Jesús rojo con figura de líder ácrata, precisamente cuando los demás poetas escribían versos empalagosamente románticos, ornados con primor de rubicundos y rollizos ángeles dorados. La temática conflictiva, la cubierta innovadora y desafiante, el papel couché de grueso volumen era demasiado para una sociedad aún bastante pacata. Pero prefirió aceptar la crítica, sin tener en cuenta la advertencia de Claudio Arteaga, que en la revista Hoy del 20 de mayo de ese año le previno: "Escribir sobre el Hijo del Hombre tiene su precio".

Pero el poeta al menos tuvo un incondicional, cuyos comentarios alcanzó a degustar en vida: el periodista Juan de Luigi, que firmaba sus columnas literarias en el diario La Hora con el seudónimo de "The Ripper". El domingo 6 de febrero de 1944, criticando el trabajo titulado "Escritura de Raimundo Contreras", que había permanecido quince años impreso, pero sin ser distribuido, se refirió al autor, Pablo de Rokha, del siguiente modo: "Actualmente es, sin duda, el más formidable poeta de masas, el más formidable cantor revolucionario con que cuenta no sólo la lengua castellana sino el mundo".

Sumido en el dolor

En su relación con Winétt hubo un capítulo oscuro, que tuvo una inusitada y copiosa cobertura en la prensa de la época: su lío amoroso con la mujer de un jerarca comunista que visitaba el país.

Su arrepentimiento y su vergüenza por haber herido al ser que más amaba lo llevaron a sumirse en un túnel, del que sólo pudo emerger gracias a la ayuda de la propia Winétt, que logró perdonarlo.

Por eso, cuando ella falleció de cáncer el 7 de agosto de 1951, nadie fue capaz de consolarlo. Su poesía se transformó en un desgarrador grito de dolor, al que se vinieron a sumar otras tristezas, como la trágica muerte de Carlos, el mayor de sus hijos, en 1962, víctima de una ingestión involuntaria de una sobredosis de medicamentos, y luego, el 21 de mayo de 1968, el suicidio de Pablo, cuando él se encontraba hospitalizado convaleciendo de una operación a la próstata.

El poeta, que se sentía orgulloso de su fortaleza física, vio óomo sus energías decaían y no se sentía cómodo en la casa de sus hijos y nietos, que querían albergarlo hasta que se recuperara.

De esos días data la anécdota con su nieto Julio Tagle Díaz, a cuyo departamento en Las Condes se trasladó a vivir. Al poco tiempo, De Rokha se mostró preocupado por la falta de aire en su habitación, pero temía que de abrirse las ventanas quedaría expuesto a las corrientes de aire. Entonces pensó que la solución era hacer con un taladro unos agujeros en la puerta de su dormitorio y que el ideal sería que tuviesen forma de cruz, tarea a la que Julio se abocó para complacerlo.

Es el mismo Julio el que hoy recuerda con cariño las primeras veces en que le mostró sus pinturas al abuelo.



-¿Este va a ser tu trabajo o es solamente un hobby?, lo escrutó. Y al ver una sombra de duda en su rostro, volvió a la carga: "Si esta va a ser tu profesión carajo, debes asumirla como una tarea heroica".

Sintiéndose algo más recuperado, De Rokha insistió en volver a su hogar. Quería estar solo, su ánimo decaía y aunque su hija Lukó insistía en permanecer a su lado, solamente le permitía acompañarlo al médico. Ella fue la última que escuchó su voz, cuando el 10 de septiembre de 1968 la llamó para coordinar la hora en que lo pasaría a buscar para asistir a un control. Es probable que eso haya sido una excusa del poeta, que sabía de la inminencia de su muerte, para despedirse. En octubre cumpliría 74 años.

Seguramente, recordó en esos momentos a "Juan el carpintero", cuyo epitafio había escrito cuando era muy joven. Juan "vivió setenta y tres años sobre la tierra, pobremente, vio grandes a sus nietos menores y amó, amó, amó su oficio con la honorabilidad del hombre decente, odió a la capitalista imbécil y al peón canalla, vil o utilitario; juzgaba a los demás según el espíritu". Por eso cogió el arma que le había regalado su amigo David Alfaro Siqueiros -como premio al valor demostrado al reeditar a caballo la travesía de Pancho Villa en México-, se encerró en su escritorio y se disparó, pocas horas antes de que se iniciara una ceremonia en que la calle Valladolid, donde vivía, se rebautizara con su nombre, un homenaje que hasta ahora sigue sin concretarse.

El Clan

"Soy el patriarca De Rokha, fundador de tribu y conductor, tetrarca de clan pirata, varón de ley de la clase obreraS<caron>" (De: "El huaso de Licantén arrea su infinito contra el huracán de los orígenes").

El mítico clan que conformó el singular matrimonio De Rokha continúa vigente, aunque algunos de sus integrantes ya han fallecido.

Carlos, el hijo mayor, murió en 1962. Era un poeta de gran talento que había sido premiado en concursos literarios. Su permanente inestabilidad mental lo mantuvo recluido por largos períodos en el hospital siquiátrico, donde el singular paciente, que poseía una inteligencia superior, dictó eruditas charlas a los médicos y escribió un guión cinematográfico en el tronco de un árbol, en el que actuaron bajo su dirección todos los pacientes del recinto.

Lukó continúa pintando y recopilando la obra de sus padres, luego de la muerte de su marido, el poeta Mahfud Massis.

José también falleció hace pocos años, sin embargo, sus pinturas y su poesía continúan vigentes. Suyo es el poema titulado "No", que se publicó en México el año 1974, llamando a los chilenos a formar una coalición opositora al régimen militar, que usara esa simple palabra como su lema : "y propongo el No como consigna, como voz primaria actual natural y descubro su bellezaS<caron>".

Juana Inés también es escritora, aunque siempre se ha negado a publicar su trabajo y prefiere mantener un bajo perfil.

Pablo, también poeta, se suicidó al igual que su padre.

Laurita vive en Venezuela y allí publicó dos libros, Casimiro cauteloso y Vida de perros. Su habilidad manual, además, le ha permitido ser una cotizada titiritera, que ha inmortalizado en forma de muñecos a los más laureados escritores del siglo XX. Finalmente, Flor fue una connotada cantante lírica que desde hace años vive en Ecuador.

De los hermanos de Pablo de Rokha, fueron dos de las mujeres las que también optaron por poner voluntariamente fin a sus vidas. La primera fue Nacha, casada con un poeta, que siempre se sintió infeliz. Por eso, un día se arrojó a las aguas del canal que pasaba por el barrio Bellavista, donde vivían. Igual determinación tomó Carmen en 1987, pero lanzándose al vacío, desde un edificio en la comuna de Las Condes.



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