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Convivencias Rigoberto
Mena Cuba
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El artista cubano Rigoberto Mena Santana intervino artísticamente un
reservado entre tres edificios contiguos de la calle Empedrado, en el
mismo corazón de la Habana Vieja. Con el título de “Convivencias” alumbra
el propósito que lo animó a exponer (literalmente “sacar afuera”) sus
obras de gran formato sobre los descarnados muros de la ciudad. Transmutó
en galería de arte un espacio urbano, de uso popular, donde usualmente se
vendía refresco a granel, se practicaba el tiro al blanco en un contenedor
que sobrevivió al cambio y se cultivaba la entropía a base de desidia y
suciedad. Amigo y seguidor de ese puntal del abstraccionismo poético
que fue Julio Girona, Mena deja fluir su obra como un trenzado muy
orgánico entre el expresionismo abstracto, el informalismo y la pintura
matérica. La vastedad y solidez de su obra le deben a un consciente
trabajo de escudriñamiento del entorno con los prismáticos de su
subjetividad. Como profundo observador que es, ha incorporado la fisonomía
del entorno urbano, pero lo ha hecho desde una comprensión emotiva,
interpretando los mensajes inscriptos bajo la epidermis de los muros.
Escucha la historia de la ciudad desde marcas, que a su vez son testimonio
de “otros”, como el viento, el agua, el aire y el propio ser humano, quien
también provee con sus rastros a ese caudal que después se expresa en
gestos: oquedades en los muros que rememoran el grito ahogado de una boca
abierta. Todo esto lo atrapa Mena en sus obras como el más recio
hiperrealista. Y es que ahora en esta muestra nos hace testigos de esa
convivencia reveladora entre el contexto real y sus aproximaciones.
Escogió planchas de metal de grandes formatos y allí las colocó, aprovechó
cada marca, cada huella y en diálogo orgánico con ellas las fue
disponiendo. Hablando y dejando hablar, en un mismo lenguaje, el muro y
sus obras. Pintó, rayó, golpeo, reunió palabras, incorporó objetos y usó
impresiones fotográficas de relojes contadores de electricidad en una
suerte de tromp d´oeil . El asunto de la convivencia va más
allá y gana en matices porque también los vecinos del lugar y los
transeúntes devenidos en visitantes ocasionales conviven con esas obras,
colocadas en las paredes contiguas a sus cuartos, salas de baño, en fin
rincones privados que abrigan la intimidad. Los que habitualmente no
acuden a las galerías u otras instituciones del arte, los que no alimentan
la voluntad de superar la altivez de una puerta, son ahora noblemente
convidados, pues ese espacio elitista, ese mundo extraño e incomprensible
del arte institucionalizado con sus modos de vestir, de pensar y de
hablar, ha sido desmantelado. Aquí todo vuelve a su dimensión cotidiana,
humana. Sucede paralelamente al juego de pelota de los muchachos del
barrio, del reclamo de la vecina porque la música del fondo está demasiado
alta, o del gesto nimio y necesario de colgar la ropa interior para que se
seque al sol. Hanna G.Chomenko
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