Los beneficios de la inversión responsable
El interés de los inversores por la responsabilidad social
puede traer ventajas extra para la empresa, más coordinación y mejores
ideas
Esther Trujillo / (2003)
Seguramente su empresa ha padecido últimamente el virus de la inversión
socialmente responsable. Suele presentarse en forma de cuestionario, formulario,
interrogatorio telefónico o similar. Suele venir acompañado, además, de un
temible plazo de entrega y, en ocasiones, de sutiles advertencias en caso de
incumplimiento u omisión de respuesta.
Es difícil calcular cuál es el precio del no cumplimiento de las expectativas
de los inversores socialmente responsables (ISR), pero es evidente que tienen un
peso creciente y que desatender sus demandas supone un coste.
Aquí, como en botica, hay de todo. Algunos inversores piden información
general sobre las diferentes políticas de responsabilidad social y ética: es el
caso de Storebrand Investments, o de Varma-Sampo.
En ocasiones, sin embargo, buscan más el detalle, como el Carbon Disclosure
Project, iniciativa promovida por un conjunto de inversores preocupados por el
efecto invernadero. Otros, como Deminor, se centran en gobierno corporativo.
Especialmente exhaustivos son los cuestionarios que evalúan a las empresas
para decidir su inclusión en los llamados índices de sostenibilidad (SAM para Dow
Jones Sustainability Index, y EIRIS para FTSE4Good). A la hora de emitir un
veredicto, los hay más amables en sus conclusiones. Pero, en general, lo cierto
es que las empresas tienen razones suficientes para aplaudir la existencia de la
ISR, los índices de sostenibilidad, fondos éticos y demás.
La primera razón es el movimiento que, a su vez, se genera en las propias
compañías. Atender esta creciente demanda de información es todo un ejercicio de
trabajo en equipo, cultura corporativa y sabiduría organizacional, porque afectan
a todos los aspectos de la gestión.
Los requerimientos suelen estar agrupados en torno a ética empresarial,
gobierno corporativo, y responsabilidad corporativa en toda su extensión:
relaciones laborales, seguridad y salud en el trabajo, sistemas de gestión
medioambiental (emisiones, vertidos, residuos, reciclado, contaminación...),
impacto de la actividad empresarial en la sociedad, y acción social y cultural de
la compañía.
De lo que se desprende que las áreas de la empresa implicadas son muchas y muy
diversas. Ahí está, precisamente, la ventaja: en las grandes y grandísimas
empresas es a veces complicado llegar a saber quién hace qué.
Trabajo en equipo
Algunos departamentos tienen parcelas tan específicas de gestión que apenas se
relacionan con otras áreas. En las estructuras empresariales es un bien preciado
conocer a alguien que domine ciertos temas.
De forma que, bienvenido sea el trabajo en equipo, la red de colaboración
interna, el hacer algo por el bien de la compañía sin más, el contribuir a
mejorar la reputación de la empresa ante los ISR, el ejercicio de coordinación y
corporativismo.
La segunda razón se deduce de la anterior: la inversión socialmente
responsable ha conseguido en muchas empresas que la parte dura y la parte blanda
de la gestión entren en contacto.
Nunca hablaron un mismo lenguaje, y sin embargo, este tema, que sin duda tiene
origen y destino financieros, pasa por todos los activos intangibles de la
compañía. ¿Cuánto gastó su empresa en formación en el último ejercicio? ¿Cuánta
energía consume su compañía? ¿Tiene una declaración de valores en su web?
Son sólo algunos de los indicadores que debieran conducir a la coordinación de
financieros, auditores, controllers, y presupuestarios, con comunicadores,
marketinianos, juristas, relaciones públicas, etc. En fin, que esto es de todos,
y todos tienen datos importantes que aportar.
La tercera y última razón, y quizá más importante, son los efectos secundarios
de este virus. Nunca se está del todo inmunizado, nunca hay que bajar la guardia.
Pero reconozcamos que la inversión socialmente responsable está consiguiendo, en
cierta medida, mayor grado de sensibilidad y ética en las empresas.
Que el que no tenga un código ético, lo haga. Que el que no recicla, empiece a
reciclar. Que el que no tiene garantías de seguridad laboral se lo piense dos
veces. O que el que nunca colaboró con una ONG se plantee hacerlo.
Porque lo cierto es que estos señores, a veces (aunque no siempre) despiertan
conciencias y aportan buenas e interesantes ideas. Algún día, en un futuro
probablemente no muy lejano, lo que hoy son meras recomendaciones será
imprescindible para la empresa, y sobre todo para su reputación. Así que ya sabe:
agradezca las pistas que le están dando. Dé las gracias a la inversión
socialmente responsable.
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