Resumen de la conferencia pronunciada por Juan Antonio Moral, expresidente de
Renault España, en la jornada sobre Ética empresarial en el mundo de la
automoción, códigos de conducta en el sector del automóvil, organizada
conjuntamente por la Fundación Eduardo Barreiros (www.fundacionbarreiros.org) y el Instituto de Ética de la Universidad
Europea de Madrid (CEES).
Madrid, 14 de mayo de 2003.
JUAN ANTONIO MORAL
El afloramiento reciente de escándalos empresariales ha afectado a uno de los
pilares esenciales del capitalismo moderno, la confianza de ahorradores e
inversores. Incluso existe una creciente sensación de que los valores morales y
los principios han entrado en crisis, y de que la sociedad está perdiendo
cohesión.
Aun así, debe subrayarse que la sociedad actual no presenta un déficit ético
respecto a épocas anteriores. Al contrario, se han multiplicado la información y
el interés públicos, y se ha extremado la sensibilidad ante el escándalo.
Vinculada al estado de derecho, la actual corriente de presión social supone la
mejor garantía frente a los abusos.
De las distintas aplicaciones prácticas de la ética empresarial, la industria
del automóvil mantiene desde comienzos del siglo pasado una misma configuración,
y unas estructuras muy centradas en inversores, clientes y trabajadores. De los
distintos tipos de empresas, las automovilísticas cuentan con una cultura
empresarial muy definida, centrada tanto en la tecnología como en las relaciones
laborales y la transparencia frente a inversores y clientes. Suponen un ejemplo
de reflexión sociológica, con estructuras de organización y códigos
deontológicos que a lo largo de los años han servido de ejemplo a esos
sectores.
Encauzar las relaciones laborales. La ética empresarial deriva de las reglas
y valores que definen el comportamiento de los profesionales de una empresa. Su
origen es siempre individual, y se desarrolla en la relación con los demás, tanto
internamente, por las relaciones entre directivos y trabajadores, como hacia el
exterior.
El alcance social del comportamiento nace siempre de los tres grandes motivadores individuales: el altruismo hacia los hijos, la familia y el
grupo; la necesidad de reconocimiento, y el respaldo normativo que representa el
estado de derecho. Históricamente, el motor altruista ha facilitado el desarrollo
de los grupos de trabajo, la más eficaz estructura organizativa y una poderosa
fuente de progreso, productividad y calidad, con hallazgos como los grupos
autónomos de trabajo, los círculos de calidad, los grupos transversales o las task forces.
En cuanto al reconocimiento social que buscamos todos, se trata de un instinto,
y además de un fenómeno cultural, ya que la cultura determina qué tipo de
comportamiento se premia o castiga y de quién se espera la aprobación o
desaprobación. El buen ejemplo de los directivos sigue siendo la clave de este
segundo motor ético, y no hay código ético que permita resistir una alta
dirección poco ejemplarizante.
El estado de derecho, la rule of law clásica, define los contrapesos
jurídicos contra los delitos que puedan generarse en las otras dos motivaciones.
Aun así, su alcance es punitivo: castiga los comportamientos negativos, pero no
premia los buenos. Existe, pues, un territorio intermedio entre altruismo,
reconocimiento social y estado de derecho, un espacio clave explorado por los
códigos éticos y deontológicos, entendidos como guía ampliamente consensuada
sobre lo que debe y no debe hacerse en la empresa.
La ética como management. El propio desarrollo empresarial ha asignado
mayor protagonismo a los códigos éticos, en los que descansa parte de la
competitividad empresarial, de la cultura y el futuro corporativos, hasta
convertir estos códigos en un auténtico sistema de management.
Un buen código ético es aquél que pasa a formar parte de la gestión de la
empresa; que se confecciona de forma participativa, y que prima la integración de
los profesionales. Además, su puesta en marcha debería de estar supervisada por
una Comisión de Ética, integrada a ser posible en el Consejo de Administración,
que realizara las comprobaciones oportunas sobre su eficiencia, incluidas
auditorías internas y externas. Es probable que la situación cambie cuando la
cotización de las acciones se vea premiada o castigada por la existencia o
ausencia de los códigos de buen gobierno. Mientras tanto, los códigos
deontológicos deberían convertirse en el núcleo de una visión pragmática de la
Ética Empresarial, y por la influyente posición de la empresa en la sociedad
actual, despertar un mayor interés por los estudiosos de los fenómenos sociales.