Empresa y responsabilidad social
Amando De Miguel
La Razón, domingo 22 de junio de 2003
La Revista del Instituto de Estudios Económicos acaba de presentar en la Bolsa
de Madrid dos números monográficos sobre «la empresa española en el siglo XXI».
El espacio de una columnilla no permite referirse a las docenas de sesudas
intervenciones contenidas en los volúmenes mencionados. Daré solo algunas pistas
para incitar a los empresarios (y a los que estudian para tales) a que se hagan
con esa literatura. Resumiré mis reflexiones a la vista de los sesudos trabajos
(principalmente de economistas) contenidos en la publicación citada.
Me compete más el primer volumen sobre «la responsabilidad social de la
empresa». No se logra entender el tejido empresarial de hoy si no se amplía la
función primera de la empresa, que es la de generar beneficios. Es decir, la
empresa debe satisfacer primordialmente a sus propietarios, directivos y
trabajadores. Ahora bien, supuesto ese fin primero, la empresa debe satisfacer
también a la clientela. No es asunto fácil, entre otras razones porque la
clientela puede ser fluida y hasta tornadiza. Me gustaría saber cuántas empresas
sanas (con beneficios) conocen el perfil de sus clientes. El buen empresario
tiene ese conocimiento de forma intuitiva, pero en el mundo al que vamos,
complejo y competitivo, no valen solo las intuiciones.
Cada vez es más amplio el abanico de conductas de las empresas que se pueden
entender como parte de un interés altruista. No es solo la clientela quien debe
sentirse satisfecha sino la sociedad misma donde se asienta la empresa en
cuestión. Que conste que el altruismo bien llevado al final también ayuda a
obtener beneficios y a que el Fisco recaude impuestos.
Cuando hablo de altruismo no se piense solo en donaciones que hace una empresa
a las personas necesitadas, a los artistas, a los entes públicos del territorio
donde se asienta el negocio en cuestión. El altruismo principal de una empresa
moderna es su contribución al aumento del conocimiento en todos los órdenes. Por
ahí se puede desvelar el secreto de la famosa «mano invisible» de Adam Smith. El
conocimiento se acumula en el trabajo de los empleados y directivos, en la
calidad de los productos, en la satisfacción de la clientela.
No se ha parado mientes en una de las funciones más positivas y misteriosas de
las empresas: su capacidad para despertar el apetito de trabajo. Ese factor tan
misterioso es la clave de por qué unas sociedades se desarrollan más que otras,
en unas épocas más que en otras. Naturalmente, al final se trata de opciones
individuales, pero las instituciones pueden hacer mucho por despertar (o
adormecer) el apetito de trabajo. Por ejemplo, el clima de relaciones familiares,
la escuela, y de modo definitivo la empresa. La combinación de un Estado
providente con una empresa polarizada hacia el beneficio puede dar lugar a una
población inapetente para el trabajo. Es la combinación que caracteriza hoy a
Alemania, sumida en una temible crisis económica. Lo malo es que esa situación
puede arrastrar a toda Europa. Quién lo iba a decir, cuando los alemanes fueron
un día el modelo de la ética del trabajo.