El buen gobierno
Miguel Ángel Jiménez
Llevamos bastante tiempo con el permanente debate del buen gobierno de las
empresas. Debate que arreció aun más, después de los graves escándalos destapados
en empresas punteras de EEUU. Primero fue el código Olivencia, y ahora la
comisión Aldama, para fijar las pautas de conducta en los consejos de
administración de las compañías.
En cierto modo se ha pretendido hacer una traslación de las normas
anglosajonas a nuestro sistema. A primera vista parece un enorme dislate.
Personalmente creo que hubiera sido mucho más fácil estudiar modelos de
gestión de dirección que tienen una eficacia probada. Y no fuera de nuestras
fronteras, sino en este mismo país. El Corte Ingles es un modelo en este sentido.
Nunca se ha escuchado ni visto el más mínimo atisbo de irregularidad en el
gigante de los almacenes. Su equipo directivo es de una discreción absoluta y sus
niveles salariales no son ni por asomo los de otras grandes sociedades. El grupo
Mapfre también sirve de ejemplo. Nuestra principal aseguradora hace ya muchos
años que creó la figura del defensor del cliente, su cúpula directiva jamás hace
declaraciones grandilocuentes y ni siquiera cuando se adjudica el grupo Musini
echa las campanas al vuelo y continúan su silencioso trabajo. De cómo hay que
gobernar un banco, el Banco Popular podría dictar un master, no solo para los
bancos españoles sino para los de todo el mundo.
Rafael Termes ha escrito un brillante articulo en la revista de Caja Ávila
-otro modelo de buen gobierno- en el que indica que la buena gestión depende más
de la ética de los directivos, que de cualquier normativa que se quiera
implantar. El viejo sabio, banquero y profesor, se horroriza de los intentos de
trasladar a nuestro ordenamiento el modelo anglosajón y pregunta qué es eso de
los consejeros independientes. ¿Los mismos que estaban en Enron cuando estalló el
escándalo?
La Razón, martes, 15 de julio de 2003