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Más
allá de la Pena de Muerte
por
Juan Pablo Marichal, editor del Ezine SUD
Hace
un par de días, Timothy
McVeigh, quien se confesó culpable del atentado terrorista
que en 1995 segó 168 vidas, terminó la suya al cumplir
su condena y ser ejecutado por inyección letal. Mientras
caminaba por los pasillos del metro observé entonces, visible
desde varios metros, un titular de periódico que a grandes
letras decía, de forma incriminatoria: "YA ESTÁ
EN EL INFIERNO".
Caminando
Jesús hacía Jerusalén, pidió posada
entre los samaritanos, pero fue rechazado por ellos, ya que estos
lo identificaron como judío, y no había buenas migas
entre ambos pueblos. Jacobo y Juan entonces, indignados por lo que
consideraron una ofensa, le dijeron: "Señor, ¿quiéres
que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías,
y los consuma?". La respuesta de Jesús definió
en una sola pieza su evangelio: "Entonces, volviéndose
él, los reprendió, diciendo: Vosotros no sabéis
de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no
ha venido para perder las almas de los hombres, sino para
salvarlas.
Y se fueron a otra aldea" (Lc. 9:51-56).
Al
ver la contención con que algunos pretenden predicar el evangelio,
me maravillo de la siguiente coincidencia: sin duda la escritura
más conocida y citada de todo el cristianismo es Juan 3:16:
"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado
a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él
cree, no se pierda, mas tenga vida eterna". Pero se hubieran
evitado todas las discusiones, y las guerras y los siglos marcados
de intolerancia que empañan la historia del cristianismo
si sólo se siguiera con la vista hasta el versículo
siguiente, en Juan 3:17: "Porque no envió Dios a su
Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea
salvo por él".
La
misericordia no roba a la justicia. McVeigh lamentó lo sucedido
a sus víctimas, pero no se arrepintió de lo hecho
aún a las puertas de la muerte. No pretendo aquí justificar
esa actitud, y sin duda él tendrá la recompensa o
el castigo que merece. Pero habría que tomar también
en cuenta que él fue entrenado precisamente para endurecer
su corazón y realizar este tipo de actos durante la guerra,
y Dios hará seguramente responsable por ello a quien tenga
que serlo.
Entre
la venganza y la justicia median los mejores o peores
sentimientos,
lo luminoso o lo vil entre nosotros, e igualmente hay una
diferencia
muy notable entre el morbo y la curiosidad, y entre lo sincero y
lo grotesco. En
nuestro corazón, o verbalmente, ¿debemos pronunciar
en el lugar de Dios el juicio que sólo a Dios le corresponde?
¿Seremos mayores que Dios?. "Porque no envió
Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el
mundo sea salvo por él". ¡Ojalá
que alguien pudiera hacer la obra por McVeigh!
Volvamos
nuestro corazón hacia los vivos, los familiares de las víctimas
y los familiares del propio McVeigh. McVeigh ya ha muerto
físicamente
y aún subsisten quienes mueren por dentro clamando venganza.
Con nuestro corazón vivo y sano, conservándolo sensible,
incluyamos en nuestras oraciones a aquellos que piensan que la
misericordia
ha escapado del mundo. Nosotros tenemos esa luz. Dios nos ha dado
esa luz.
"Otra
vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo;
el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá
la luz de la vida" (Jn. 8:12).
En
tanto que procuramos ponernos en armonía con esa luz, recordemos
las grandes y preciosas promesas que él nos ha hecho. "¿O
no sabéis que los santos han de juzgar al mundo?" (1
Cor. 6:2)
"Y
sabed que vosotros seréis los jueces de este pueblo, según
el juicio que yo os daré, el cual será justo. Por
lo tanto, ¿qué clase de hombres habéis de ser?
En verdad os digo, aun como yo soy?" (3 Nefi 27:27).
"Y
cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron
allí, y a los malhechores, para ser muertos. Y Jesús
decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.
Y repartieron entre sí sus vestidos, hechando suertes"
(Lc. 23:33).
"Por
tanto, os digo que debéis perdonaros los unos a los otros;
pues el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado
ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado.
"Yo,
el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar,
mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres"
(DyC 64:9-10)
"Y
a menos que tengáis caridad, de ningún modo seréis
salvos en el reino de Dios..." (Moroni 10:21).
"Id,
pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no
sacrificio"
(Mt. 9:10-13).
"Bienaventurados
los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia"
(Mt. 5:7).
Mientras
deploramos el estado de este mundo, en el cual tantos mueren, no
permitamos que muera también nuestro corazón.
¿Y
qué hay acerca de la pena de muerte?
Para
sorpresa de muchos, la Biblia justifica, para algunos casos
severos,
la pena de muerte. Se trata de una ley decretada antes de Moisés,
dada por Dios desde los tiempos de Adán (v. Génesis
9:6). Es por ello que Caín temió en un principio que
cualquiera que le encontrase le quitara la vida. Abundan los casos
en las Escrituras en que esta ley fue comentada (2 Ne. 9:35; 1
Juan
5:16) y practicada (Alma 1:15; 3 Nefi 4:27-28; Génesis 38:7-10;
Levítico 10:2; Josué 7:24-25), pero siempre por la
autoridad civil y no por la eclesiástica (a menos que estuviesen
fusionadas en una sola persona, lo cual procuraba evitarse). No
obstante, la ley de Jesucristo redujo significativamente las
instancias
de la ley de Moisés que la aplicaban, como puede observarse
en el episodio de Cristo y la adúltera y en los cambios hechos
a la ley en el Sermón del Monte. En estos casos, la pena
de muerte pasó del terreno físico a su aplicación
en el plano espiritual (Hebreos 10:28-31).
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Jesús
pagó vicariamente el castigo que nos correspondía
a nosotros.
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Es
importante entender también lo siguiente: al someterse Cristo
a la crucifixión, más allá del castigo prescrito
por la autoridad romana, estaba sometiéndose también
a una clase de pena capital en lugar de nosotros, estaba pagando
"el justo por los injustos". Es decir, que la aplicación
más severa de la ley de Dios hubiese demandado ese castigo
a nosotros en lugar de a él. Es a través de este su
sacrificio vicario que podemos nosotros obtener el perdón.
En
tiempos modernos, el Señor ha dispuesto, en pasajes tales
como la sección 134 de Doctrina y Convenios, que la controversia
sobre asuntos jurídicos tales como la pena de muerte se deje
al territorio civil (es decir, el Estado) y restringe a la Iglesia
del poder para tocar la vida, libertad o propiedades de los
individuos.
En el caso de la comisión de delitos, la Iglesia debe recurrir
a la autoridad civil y brindar todo el apoyo que se precise para
el cumplimiento de la ley correspondiente. Véanse especialmente
los versículos 4, 8 y 10 de la sección 134 de Doctrina
y Convenios.
Para
una relación completa y sumamente documentada de la pena
de muerte a través de las escrituras y de por qué
el amor y no la venganza debe de ser su regulador principal, véase
el tomo I de "Doctrina de Salvación", de Joseph
Fielding Smith, págs. 127 a 131.
Entrevista
con el élder Jeffrey R. Holland
(Continúa
la entrevista que la hna. LauraMaery
Gold sostuvo con el élder Jeffrey R. Holland, del Quórum
de los Doce Apóstoles, acerca de las ventajas y desventajas
del uso de Internet para los Santos de los Ultimos Días)
Hna.
Gold: Generalmente, cómo ven los Santos de los Ultimos
Días la tecnología - como una ventaja para la obra
misional o como una herramienta para el mal?
Elder
Holland: Es como la mayoría de las cosas en el mundo.
Primero que todo, hay un don maravilloso en esto. Dios está
bendiciendo a la gente en una manera consistente con el espíritu
de la restauración del evangelio. Amo el pasaje del Profeta
Joel que Moroni citó a José Smith, en el cual el dice
que Dios vertiría Su espíritu sobre toda la tierra,
sobre toda la gente.
Creo
que tenemos que saber que el maravilloso mundo en que vivimos es
mejorado grandemente por toda clase de tecnología, y de ciencia
y maravillas. Estas son bendiciones de Dios.
Pero,
como con casi todo en la vida, puede haber una aplicación
negativa de estas bendiciones. Los automóviles son una bendición
maravillosa, pero tu puedes hacer mucho daño con ellos. Y
eso es cierto con la tecnología electrónica. Hay ciertamente
un montón de cosas impropias en la Internet, verdadera basura.
Quisiéramos que nuestros miembros se guardaran de ello, tal
como quisiéramos que se guardaran del material inapropiado
dondequiera - en la televisión, en las películas o
en cualquier otro medio. El uso de Internet requiere juicio,
madurez
y la respuesta fiel de los Santos de los Ultimos Días, exactamente
como se requiere de nosotros en cualquier otro aspecto de nuestras
vidas.
(Entrevista
al élder Jeffrey R. Holland en "Mormones
en Internet", por LauraMaery
Gold, página 28)
Continuará
en el próximo ejemplar
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