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El
Anillo
Por JPMarichal, editor del Proyecto SoyMormon.com
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Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo
fuerzas
para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que
soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer
para que me valoren más?
El
maestro sin mirarlo, le dijo:
-Cuanto
lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi
propio problema. Quizás después...- y haciendo una pausa agregó-
si quisieras ayudarme tú a mi, yo podría resolver este problema
con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
-E...encantado,
maestro- titubeó el joven, pero sintió que otra vez era
desvalorizado,
y sus necesidades postergadas.
-Bien,
asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo
pequeño
y dándoselo al muchacho, agregó- toma el caballo que esta allá
afuera
y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo
que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor
suma
posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa
con esa moneda lo más rapido que puedas.
El
joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó empezó a ofrecer el
anillo a
los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el
joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven
mencionaba
la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y
sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de
explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla
a cambio de un anillo. En afán de ayudar,alguien le ofreció una
moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía
instrucciones
de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
Después
de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado
-más
de cien personas- y abatido por su fracaso, montó su caballo y
regresó.
Cuanto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro.
Podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para
liberarlo
de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda. Entró
en la habitación.
-Maestro-
dijo- lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizás
pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que
yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
-¡Qué
importante lo que dijiste, joven amigo! - contestó sonriente el
maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo.
Vuelve
a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile
que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él.
Pero no importa lo que ofrezca,no se lo vendas. Vuelve aquí con
mi anillo.
El
joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del
candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
-Dile
al maestro, muchacho, que si lo quiere vender YA, no puedo darle
más que 58 monedas de oro por su anillo.
-58
MONEDAS!!!, exclamó el joven.
-Sí,
replicó el joyero- yo sé que con tiempo podríamos obtener por él
cerca de 70 monedas, pero no sé...si la venta es urgente..
El
joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo
sucedido.
-Siéntate-
dijo el maestro después de escucharlo- Tú eres como este anillo:
una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte
verdaderamente
un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera
descubra
tu verdadero valor?
Y
diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño.
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