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Asunto:[fedicaria] Jesús Revaque Garea (1896-1983): un maestro renovado r preocupado por los niños de las "escuelas de balde"
Fecha:Sabado, 17 de Diciembre, 2005  07:44:52 (+0100)
Autor:Alberto Luis Gomez <luisal @......es>

            Queridos compañeros: 
 
  
 
  
 
            Os remitimos un par de líneas sobre una obra en la que se 
destaca la labor agitadora en el campo de la educación hecha por un maestro 
republicano poco conocido hasta ahora en el mundillo fedicariano. 
 
  
 
            Un abrazo 
 
  
 
            A.Luis y J. Romero 
 
  
 
  
 
            ****** 
 
  
 
  
 
             REVAQUE GAREA, J.: Periodismo educativo de un maestro 
republicano (1922-1936). Estudio preliminar de Vicente González Rucandio. 
Santander, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cantabria, 2005, 
209 págs. 
 
  
 
  
 
       Volumen aparecido en la colección Cantabria 4 estaciones en el que se 
pone de relieve la labor periodística desarrollada por Jesús Revaque Garea, 
un maestro republicano nacido en la vallisoletana villa de Serrada en 1896 y 
fallecido en México D. F. en 1983 tras haber sido durante muchísimos años 
director de un centro, el Colegio Madrid, al que asistían los hijos de 
republicanos españoles exiliados. La obra está articulada en dos grandes 
bloques: un estudio preliminar firmado por Vicente González Rucandio -págs. 
11-73- y una selección de medio centenar de artículos agrupados en tres 
bloques temáticos dedicados a la escuela (págs. 77-116), al maestro 
(116-196) y al niño (196-209). 
 
       Leyendo la primera parte nos enteramos de que, con brillantísimas 
calificaciones, J. Revaque obtuvo en 1913 el título de Maestro de Primera 
Enseñanza Superior en la Escuela Normal de Valladolid. Llegó a 
Rascón-Ampuero en 1918 y, tras estar en Santoña, acabó en Santander siendo 
maestro y director de varias escuelas graduadas y del Grupo Escolar Menéndez 
Pelayo. Preocupado también por la formación permanente participó en los años 
veinte de la pasada centuria  en varias actividades promovidas por un 
dinámico inspector, V. Valls; igualmente, si bien ya en época republicana, 
estuvo implicado en tareas desarrolladas por los Centros de Colaboración 
Pedagógica. Pensionado por la J.A.E., viajó a Francia y Bélgica en el verano 
de 1924; tres años más tarde, y con otra financiación, formó parte de un 
grupo de 13 maestros montañeses que, acompañados por dos inspectores, visitó 
centros escolares suizos, belgas y franceses. Al igual que otras personas 
preocupadas por la renovación de la escuela, J. Revaque utilizó sus 
colaboraciones en la prensa entre 1922 y 1936 para exponer todos los viernes 
a dos columnas y en la primera página de El Cantábrico -aquí publicó desde 
1927 388 de sus 466 artículos- sus críticos puntos de vista sobre los 
variados y profundos males que, en distintos ámbitos, aquejaban a nuestra 
enseñanza primaria:  falta de escuelas, formación inicial y permanente de 
los maestros, metodología didáctica, instituciones circum-escolares, 
Misiones Pedagógicas, Asociaciones de Maestros y Sindicatos, etc.  Desde su 
aparición en 1934, y al lado de V. Valls, Rosa Sensat, María Zambrano, ... 
fue redactor de la revista Escuelas de España. Un par de años más tarde, 
como ya se ha apuntado, tuvo que exiliarse. 
 
       Agrupados en torno a los tres temas ya citados, y con una secuencia 
no claramente explicitada por el compilador, en la segunda parte del libro 
se incluye una selección de sus trabajos periodísticos.  
 
En los primeros catorce -La escuela- J. Revaque, en la línea de Luis Bello, 
clama en la página 80 contra la escandalosa falta de escuelas en una 
provincia y ciudad con altas cifras de analfabetismo (pero muy por debajo de 
las de otras zonas españolas); hay también reflexiones de interés sobre el 
laicismo (pág. 82), la escuela y la paz (pág. 99), el uso que hacía el 
fascismo italiano de la escuela a través de los batallones infantiles (pág. 
101), la  influencia del medio en la escuela y la necesidad de que, 
siguiendo las ideas de un pedagogo al que admiraba profundamente, O. 
Decroly, se llevasen las clases a la naturaleza/entorno/medio en el que se 
ubicaba la escuela (págs. 104-105). Además, y esto es muy relevante, J. 
Revaque defendió en varios trabajos la necesidad de fomentar Oficinas de 
Orientación Profesional -véase lo que se dice sobre el Instituto madrileño 
en la página 111- en las que, sin olvidar la opinión de los padres, se 
ayudase a los alumnos a elegir su futura profesión siguiendo no solamente 
criterios económicos o vocacionales sino, también, las pautas suministradas 
por la fisiología y la psicología; orientación que, entre otros, estaba 
desarrollando J. Mallart Cutó con la publicación desde 1925 de obras -La 
educación activa, La escuela del trabajo, La escuela productiva, etc.- a las 
que no se les ha prestado todavía la atención que merecen. 
 
En el bloque principal, dedicado a asuntos básicos desde la perspectiva de 
un agente de cambio tan importante como el maestro, J. Revaque abordó temas 
relacionados con la consideración social del enseñante en una escuela 
educadora y no simplemente instructora; con la formación permanente del 
docente -mencionándose en la página 119 la meritoria tarea que se hacía en 
los Centros de Colaboración Pedagógica: Santoña, Gama, San Vicente de la 
Barquera y Torrelavega-; con la necesidad de tener presente experiencias 
extranjeras -belgas, especialmente- en las que, en el contexto orientaciones 
educativas progresivas, se otorgaba un enorme peso a actividades escolares 
realizadas en el marco de instituciones circum y postescolares (págs. 121, 
162); con la conveniencia, de cara a una educación para la paz y la 
comprensión internacional, de fomentar relaciones epistolares entre niños de 
diversos países -véase en la página 154 sus comentarios sobre intercambios 
hispano-suizos, suizo-japoneses, etc.-; con el gran papel que podían 
desempeñar dentro de la escuela los modernos medios de comunicación -radio, 
prensa y cinematógrafo, sobre todo en escuelas rurales como la de Molledo en 
la que se desarrollaban experiencias muy interesantes, págs. 160-161-; con 
las ventajas de realizar excursiones escolares en la línea defendida por la 
Institución Libre de Enseñanza para, entre otras cosas, vitalizar la escuela 
tal y como se apunta usando el ejemplo de un viaje hecho en 1934 por niños 
torrelaveguenses que visitaron varias provincias limítrofes; con las 
Misiones pedagógicas y su papel difusor cultural en áreas tan deprimidas 
como la de Valderredible a las que se llegaba "... conduciendo unos burros 
cargados con cajas extrañas, que llevan "electricidad en conserva", unos 
libros y unos gramófonos ..." gracias a los cuales, se decía en la página 
178,  los aldeanos podían deleitarse oyendo variada música popular española 
y hasta "... obras maestras como "Tannhäuser", ...", si bien hay que tener 
presente que, en algunas ocasiones -el ejemplo es de San Martín de 
Castañeda, pág. 180-, la Misión debía comenzar con labores más elementales 
barriendo "... los techos, suelos y paredes de la escuela, regándolos con 
zotal ..." ; finalmente, y por su gran trascendencia, se han incluido aquí 
varias colaboraciones -entre 1925 y 1936- dedicadas a plantear a la opinión 
pública y al gremio la función social y relevancia  de las Asociaciones y 
Sindicatos de Maestros. 
 
       La media docena de artículos dedicados al niño acusan recibo de la 
Declaración de Ginebra de 1924. Como es notorio, sus cinco principios 
básicos para la protección y bienestar de la infancia constituyeron la 
primera declaración de los derechos del niño en el plano internacional, 
iniciando un proceso que continuaría la ONU en 1959 y, más adelante, en 1989 
con la conocida Convención, que introdujo como novedad la consideración del 
menor no meramente como objeto de protección sino también como sujeto 
copartícipe de la vida social. Justamente por ello, y haciendo hincapié en 
que esos derechos debían ser "... algo más que reconocimiento de los mismos" 
(pág. 202), J. Revaque resaltaba en un artículo de 1928 la gran labor 
desarrollada por la Inspección médico-escolar en lo relacionado con la 
mejora de la salud tan deteriorada que tenían muchos de los alumnos que 
asistían de modo muy irregular a las escuelas de balde (págs. 198-199). En 
un contexto de crisis económica y de falta de trabajo, el absentismo escolar 
alcanzaba elevadas cotas en unos hogares en los que se vivían situaciones de 
penuria. De ahí que agradeciese el nuevo impulso dado por el ayuntamiento de 
Santander en 1933 a las colonias de vacaciones, ya que no solamente mejoraba 
la del Hipódromo junto al mar en la Magdalena sino que, además y mediante 
convenios de intercambio con Ávila, Segovia y Soria, ampliaba  su oferta con 
colonias de altura. Un año antes, se decía en otra colaboración 
periodística, el mismo ayuntamiento había concedido diez mil pesetas para 
cantinas escolares "...sin un matiz de caridad a la vieja usanza ..." con 
las que se ayudaba realmente a los niños pues "brindar menús intelectuales a 
los que se sentían mortificados por el hambre, no era, ciertamente, la mejor 
manera de hacer agradable la vida escolar" (págs. 206-207). Paralelamente, 
los Amigos del Niño de Santander volvían a ofertar el "Desayuno escolar" y 
en zonas occidentales como las de San Román de la Llanilla y la Albericia se 
trabajaba bien en este mismo sentido. 
 
  
 
       Con la edición de este trabajo el Servicio de Publicaciones de la 
Universidad de Cantabria refuerza un campo de estudio escasamente 
representado en su catálogo, a pesar de que -también en esta colección 
menor- todos recordamos la presentación firmada por M. Suárez Cortina en 
1998 de unos Escritos sobre ciencia y sociedad de E. D. Madrazo (1884-1964), 
un médico regeneracionista que deseaba construir la sociedad sobre dos 
pilares básicos: la ciencia para la  mejora de la raza a la búsqueda de una 
sociedad eugénica y una educación/escuela -única, graduada, coeducadora, 
obligatoria, cíclica y estatal - entendida como fábrica de conciencias. 
 
Alejado de ese radicalismo positivista y darwinista, el entendimiento de la 
escuela por parte de J. Revaque tiene puntos en común con los del gran 
benefactor montañés a quien conoce y cita.  Junto con otros muchos maestros 
y maestras, y en un contexto en el que desde la administración se pretendía 
reformar a fondo el sistema educativo, nuestro autor es un maestro renovador 
fuertemente influido por ideas regeneracionistas que seguía fielmente los 
postulados de las orientaciones progresivas para cambiar la sociedad usando 
como palanca a la educación; tarea  a la que, en el momento que nos ocupa, 
contribuyó poderosamente una Inspección -los interesados por este asunto 
pueden consultar un librito de Virgilio Pérez y Hernández sobre Los centros 
de colaboración Pedagógica publicado en 1934 y en el que, tomando ejemplos 
de la provincia santanderina, se comentan los efectos positivos de estas 
instituciones en el campo de la formación permanente del profesorado- que, 
ya desde finales de 1907, pero sobre todo a partir de su reorganización en 
diciembre de 1932, desempeñará un importantísimo papel como agente de 
concreción curricular. 
 
La primera preocupación de J. Revaque fue exigir al Estado que garantizase 
la presencia de una escuela pública para todos y, de manera especial, para 
los muchos niños y niñas que no encontraban plaza o la obtenían en algún 
grupo que, como el de la calle Numancia (pág. 78), era un auténtico "almacén 
de piedra". Justamente porque el niño era ya entendido como objeto de 
derecho y constructor de sus propios aprendizajes, este tipo de centros 
tenía que reunir varios requisitos en dos grandes campos: uno externo o 
material -emplazamiento, arquitectura y amueblamiento de los edificios 
escolares siguiendo pautas higiénicas- y otro interno relacionado con 
orientaciones progresivas -discursivas y prácticas- defendidas por autores 
que formaban parte del amplio y variopinto movimiento conocido como escuela 
activa -especialmente O. Decroly, ese "... santo laico ..." y verdadera joya 
de la Pedagogía contemporánea (págs. 145 y 163); respecto al Congreso de 
Educación Nueva celebrado en Niza en julio de 1932 y a la simpatía que 
nuestro maestro sentía por la obra de John Dewey, véase lo que se dice a 
partir de la página 125- cuyas semillas, de creer lo que se decía en un 
artículo de 1932, habían prendido ya en la Normal santanderina aprovechando 
las charlas que impartía en la capital montañesa una discípula del estudioso 
belga: la señorita Julia Degand. 
 
Metodológicamente, debido a la importancia concedida al niño como sujeto 
activo en la construcción de sus aprendizajes interactuando constantemente 
con el entorno circundante,  J. Revaque organizaba los contenidos de la 
enseñanza en torno a variados centros de interés despertando el entusiasmo 
de sus alumnos -en este caso de la Escuela Graduada del Este en Puerto 
Chico- y del inspector Víctor de la Serna.  Todas estas innovaciones se 
hacían, claro está, desde una perspectiva esencialista tanto en lo que se 
refiere a la concepción del sujeto discente como al entendimiento del 
conocimiento escolar a impartir -del todo enciclopédico- y de un currículum 
entendido como hecho en la línea ya apuntada por J. Romero y A. Luis en el 
XII Coloquio Nacional de Historia de la Educación, Etnohistoria de la 
escuela que la SEDHE celebró en Burgos en el mes de junio de 2003. 
 
Resumiendo: cambio y continuidad en la obra de un maestro inquieto que, 
lejos de conformarse con la lamentable -y casi natural- situación de la 
escuela primaria española reclamaba que el Estado atendiese dignamente las 
necesidades de todos los niños proponiendo una especie de pedagogía para las 
escuelas de balde. Los interesados por la escuela y el currículum sabemos 
que, afortunadamente, J. Revaque no era el único que usaba la prensa para 
despertar en la sociedad la necesidad de desarrollar una Pedagogía para 
Gente de Galeón, puesto que ya en 1928 lo decía muy vivamente L. Bello en un 
artículo incluido en una extraordinaria reedición de sus viajes por las 
escuelas andaluzas. Y es que, tanto para el viajante de escuelas como para 
J. Revaque, las cosas, por muy mal que estuviesen, podían -y debían- 
cambiarse; ya que una cosa eran los atunes y sus costumbres y otra, y muy 
distinta, la organización social que se daban los seres humanos. Aunque 
solamente fuese para recordarnos este asunto tan relevante, y a pesar de que 
echamos en falta un listado completo de todos los artículos publicados por 
J. Revaque, la lectura de este libro compilado por Vicente González Rucandio 
ya merecería la pena. 
 
  
 
Alberto Luis Gómez 
 
Departamento de Educación 
 
Universidad de Cantabria 
 
Edificio Interfacultativo, despacho 335 
 
Avda. de los Castros, s/n 
 
E-39005 Santander 
 
Tfno. 34 42 201169 
 
Fax    34 42 20 11 70 
 
  
 
 
 
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