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Asunto:[fedicaria] De métodos morunos y pedagoías salvadoras: el profeso r en la novela española entre 1875 y 1939
Fecha:Domingo, 10 de Diciembre, 2006  11:11:34 (+0100)
Autor:Alberto Luis Gomez <luisal @......es>

  
 
  
 
  
 
            Un saludo cordial, para todos. 
 
  
 
            Alberto 
 
  
 
  
 
  
 
**************** 
 
EZPELETA AGUILAR, F. (2006). El profesor en la literatura. Pedagogía y 
educación en la narrativa española (1875-1939). Madrid: Biblioteca Nueva, 
223 pp. (ISBN 84-9742-562-6) 
 
  
 
  
 
El pasado nueve de noviembre Antonio Viñao nos remitió un correo electrónico 
a los miembros de la Sociedad Española de Historia de la Educación en el que 
se resumía brevemente el contenido de una publicación donde se hacía un 
detallado análisis del tratamiento que se había dado al docente en más de un 
centenar de novelas y una treintena de cuentos editados en España entre 1875 
y 1939, indicándonos la utilidad de este tipo de aportaciones para conocer 
la "intrahistoria o la etnohistoria de las instituciones educativas y de la 
enseñanza". Esta llamada de atención no era baladí, pues la realizaba ahora 
alguien que, hace ya un cierto tiempo y tras haber manejado fuentes 
similares -autobiografías, memorias y diarios de distinta autoría-, 
resaltaba su interés tanto para el estudio de los procesos de 
profesionalización docente como para el de la "génesis y evolución de las 
disciplinas y currículum escolares". 
 
Al estar interesados por estos asuntos nos hicimos con un ejemplar 
comprobando que la obra se estructura en cinco grandes capítulos y se remata 
con un resumen de las ideas más relevantes; hay también una bibliografía 
ordenada en dos grandes bloques: primaria -listado de novelas y cuentos- y 
secundaria. En la introducción, además de situar la "novela pedagógica" en 
el contexto de una tradición que, al menos, se remonta al Erziehungsroman 
dieciochesco, se apunta el objeto de la investigación -obras en las que los 
proyectos educativos tienen gran peso, pivotando sobre un personaje que 
actúa a modo de portavoz y defensor de los mismos­-; el marco temporal del 
análisis y una breve descripción del contenido con el que se encontrará el 
lector a lo largo del libro. Finalmente, y ello no deja de tener su 
relevancia para comprender el tipo de mirada con la que se ha leído el 
material trabajado, se indica al lector que el libro es una reelaboración de 
una tesis doctoral dirigida por Leonardo Romero y -suponemos- presentada en 
la Facultad de Filología de la Universidad de Zaragoza hace escaso tiempo: 
el 27 de junio de 2005. 
 
  
 
En el primero de los capítulos se analiza el tratamiento dado a la figura 
del maestro, usando a modo de rejilla temática siete epígrafes con títulos 
muy significativos: "Apóstol y mártir", "Víctima política", "Pasas más 
hambre ...", "Pedantería, ignorancia y locura", "Siembra coscorrones y 
recogerás sabios", "La nueva pedagogía" y "La maestra de escuela". De la 
lectura de estas páginas se desprenden varias cosas: la influencia de la 
prensa profesional en la caracterización de ciertos personajes -como, por 
ejemplo, los galdosianos de El amigo Manso (1882) y El doctor Centeno 
(1883)-; el impacto en algunas narraciones de determinados momentos de gran 
tensión política -el caso "Ferrer Guardia"-; las pésimas condiciones de vida 
ejemplificadas en don Alquiborontifosio de las Quintanas Rubias 
-protagonista de El caballero encantado, obra que Benito Pérez Galdós 
publicó en 1909-, un profesor tan agotado que, en lugar de enseñar algo a 
sus alumnos, "les entretenía para que adormecieran el hambre, o salía con 
ellos al atrio de la iglesia para jugar al chito" (pp. 31-32). Dejando de 
lado el tema de la ignorancia -bien reflejado en otra novela galdosiana a 
través de un maestro al que se le había olvidado casi todo, puesto que 
solamente recordaba "algunas cosas de Geografía, por ejemplo, cuántas son 
las partes del mundo y cómo se llaman" (p. 35)-,  en muchas de las obras 
trabajadas, como en La Barraca (1898) de Vicente Blasco Ibáñez, se critica 
humorísticamente la arcaica manera con la que se trataba de enseñar en unas 
aulas donde imperaba "el método moruno: canto y repetición hasta meter las 
cosas con un continuo martilleo en las duras cabezas" (p. 45). Ante tal 
situación no extraña la aparición de voces discrepantes que propusieran 
múltiples remedios. Como es sabido -y aquí se indica remitiéndonos al 
Congreso Nacional Pedagógico de 1882- desde la Institución Libre de 
Enseñanza se hicieron abundantes reflexiones y ciertas apuestas prácticas 
orientadas a partir de los supuestos de una enseñanza progresiva que, además 
de integral, debería preparar para la vida. En esta tarea, y junto a los 
maestros, la mujer -sobre todo en los primeros niveles- debía desempeñar un 
papel fundamental. Y, justamente por ello, al calor de las nuevas ideas 
expresadas también en ese importante evento que acabamos de mencionar, la 
maestra se convertirá poco a poco en la protagonista de algunas de las 
novelas que aquí se estudian. 
 
  
 
Las ideas relevantes referidas al profesor de Instituto se articulan en 
torno a siete apartados: "Prestigio profesional", "Profesores 
institucionistas", "Otros tipos profesorales", "Los escolares: vestidos y 
juegos", Las oposiciones", "El instituto por dentro" y "Los exámenes".  
 
Echando un simple vistazo a la estructura de los edificios o a los sueldos 
percibidos por los enseñantes de estos centros nos damos cuenta enseguida de 
su gran prestigio. Algo que, al menos de indirectamente, parece reflejarse 
igualmente en la escasez de fuentes con tono crítico similar al de las 
manejadas en el capítulo anterior. De todos modos, en el ya citado El amigo 
Manso o en La ley del embudo (1907) de Pascual Queral puede comprobarse la 
defensa de algunos de los principios clásicos de la escuela nueva: la 
educación integral, el método intuitivo, etc.  
 
En el contexto de preocupaciones higienistas bien resumidas por P. L. Moreno 
en un largo artículo que acaba de publicarse en Paedagogica Historica, se 
resaltaba también la utilidad de la gimnasia, una materia que luchaba por 
encontrar un hueco en el currículum escolar usando como principal argumento 
la positiva correlación que existía entre la práctica ordenada de ejercicios 
y -en el caso de Manso- la buena salud y el estar en forma (p. 67). En esta 
misma línea, el protagonista de la novela de P. Queral, poseía no solamente 
altas cualidades morales sino que, en buena parte gracias a que "no 
desdeñaba los ejercicios corporales", era de "varonil hermosura" (p. 69).  
 
Junto a esta clase de profesores, el manejo de Silencio, un trabajo editado 
en 1918 por Wenceslao Fernández Flórez, y de memorias y recuerdos firmadas 
por Unamuno y Baroja, permite la aparición de otros docentes a los que se 
les presenta de modo divertido en sus clases de Aritmética, Física o 
Historia. En este último caso, se señalaban ciertas manías del catedrático 
respecto a cómo había de hacerse los gráficos: "con los colores azul, verde 
y rojo; ¡Ay del que los lleve de negro o de amarillo!".  Junto a esta 
preocupación -digamos- estética por la presentación de los trabajos, había 
otro asunto fundamental que deberían tener muy presente los que deseasen 
aprobar esta materia, a saber, que "lo principal en la Historia son las 
fechas y las dinastías. ¡Ojo con el año en que cualquier Rey nació, subió al 
trono, dio una gran batalla y murió" (p. 73). En Pío Baroja las impresiones 
iban en otra dirección ya que, refiriéndose a los años comprendidos entre 
1881 y 1886, indicaba cómo el profesor de Geografía, Historia de España e 
Historia Universal insultaba a sus alumnos llamándoles "pigres, gorriones 
mojados, (y) calientabancos" (p. 75). 
 
En fuentes como las manejadas en este libro no podían estar ausentes dos 
temas: el de los exámenes y el de las oposiciones. Respecto a lo primero, 
usándose las Memorias del bachiller Aiscrim, una importante novela publicada 
en 1924 por Celso García, se critica el que la enseñanza deje de lado la 
vida y se oriente totalmente hacia un tipo de pruebas con preguntas absurdas 
que son presentadas de manera jocosa. Los chalaneos y las recomendaciones 
son el pan nuestro de cada día, si bien, a modo de islote en un gigantesco 
océano, no deja de reflejarse la presencia de hombres honestos que, como 
Marcos del Hierro, el catedrático de Historia Natural, se oponían 
radicalmente a esta clase de componendas al no deber nada a unos camaradas 
agrupados en dos Secciones -Ciencias y Letras- con intereses específicos 
pero que, siempre, unían sus fuerzas para cerrar el paso en lo referido al 
reconocimiento de méritos y remuneraciones "a los profesores del área 
práctica" (p. 84).  Los universitarios (1898) de José Esteban García Fraguas 
sirve a F. Ezpeleta para abordar el relevante tema de unas oposiciones que 
jamás alcanzaban las metas previstas por los legisladores pues -de un modo 
muy parecido a lo que acontece ahora en muchas áreas de conocimiento- el 
éxito en las mismas no dependía tanto del saber como de la suerte y, sobre 
todo, de las influencias que uno tuviese. Los opositores se clasifican en 
tres grupos: las personas que, como Don Liborio Gutiérrez, se habían hecho a 
sí mismas; los eternos aspirantes que, como es el caso de Don Aniceto, "ya 
había firmado dieciocho oposiciones en once años"; y los amantes de la 
ciencia pura como Don Sinforoso de la Gándara y Tururé, también definido 
como "ratón de biblioteca" (p. 81). 
 
  
 
Para el tercer capítulo se escogen obras donde la actividad de enseñar se 
desarrolla en centros privados de titularidad eclesiástica.  Las ideas 
fundamentales del material seleccionado se hilvanan en torno a seis puntos: 
"Las órdenes religiosas: falsificaciones pedagógicas"; "El profesor amigo"; 
"Primeras impresiones: amigos, confidencias, penas, sexo"; "Los ejercicios 
espirituales"; "La actividad académica: aula, estudios y exámenes" y 
"Actividades extraescolares. Reparto de premios y visitas". 
 
Aunque no deja de haber autores que, como Rafael Pérez y Pérez -en una 
novela publicada en 1934- defiendan los métodos pedagógicos usados por los 
miembros de una orden que son vistos como "caballeros del ideal" (p. 98), lo 
cierto es que, en general, este tipo de espacios educativos se pintan muy 
negativamente; y, al revés que lo acontecido en otras ocasiones, los 
profesores son tratados de una manera global.  Los jesuitas y su "Ratio 
Studiorum" se llevan las mayores críticas. Algo mejor paradas salen otras 
congregaciones: los Paules en Barrabás, una novela que José Zahonero publicó 
en 1890; las Escuelas Pías, retratadas de modo ambiguo por Azorín en Las 
confesiones de un pequeño filósofo (1904); o en el internado que los 
agustinos tenían en El Escorial cuya vida interna recreó M. Azaña en El 
jardín de los frailes (1927). 
 
Es sabido que Dios aprieta pero no ahoga y, por ello, junto a los 
repartidores de cachetes de los que se nos habla en Barrabás, en muchas 
obras aparece retratado el profesor amigo, es decir, una especie de 
confidente cuyos consejos aliviaban las penas de sus alumnos: el padre 
Atienza en AMGD (1910) de R. Pérez de Ayala, el padre Carlos en  Las 
confesiones de Azorín, el padre Magalhaes de R. Sánchez Mazas en sus 
Pequeñas memorias de Tarín (1915) o el "sedante" padre Valdés descrito por 
M. Azaña como una persona que, entre otras cosas, "tenía más experiencia de 
corazón que sus cofrades" (p. 101). 
 
En esta clase de novelas encuentra el lector otras informaciones 
significativas sobre rituales de primera inmersión en espacios que, como 
puede verse en la descripción del comedor que hace Alejando Sawa en su 
Criadero de curas (1890), se usan no solamente para saciar el hambre sino 
también para alimentar el alma oyendo lecturas provechosas presentadas como 
catalizadores digestivos.  Idea que, con total rotundidad, se expuso en AMGD 
al decírsenos en su descripción del refectorio que la comida material 
servida en este ámbito no serviría para nada en el caso de que no fuese 
complementada por un lector que derrama desde el púlpito "sazonado y 
provechoso alimento para los espíritus" (p. 106). Además no dejan de tener 
su relevancia apuntes sobre algunas materias devaluadas que se encuentran en 
obras de diferentes autores -Psicología, Lógica y Nociones elementales de 
Ontología, Gimnasia, impartida por un profesor, el Señor Hugo, que tenía el 
"pecho de un herculismo profesional", o la de Música, cuyo titular don 
Roger, "profesor de solfeo y bajo solista", llevaba ya -según apuntaba 
Gabriel Miró en El obispo leproso (1926)- nueve años en la ciudad ­ pero 
"todos creían haberle visto desde que nacieron y con las mismas prendas, 
como si las trajese desde el principio y para siempre" (p. 117-118). En el 
trabajo de Azaña encontramos ejemplos de profesores que abandonaban la clase 
para preparar sus sermones. Y Benjamín Jarnés nos recuerda en El convidado 
de papel (1928) como un "sesudo profesor de historia", el doctor Ropón, se 
identificaba totalmente con la época que explicaba a sus alumnos: "durante 
la época arriana le consume el fuego de Nicea, y durante la época de Lutero, 
la llama aséptica de la Santa Inquisición" (119). 
 
  
 
        Al tratamiento dado a la enseñanza universitaria se dedica el 
capítulo cuarto, usándose para ello media docena de epígrafes: "Tahúres, 
tunos, donjuanes y prostibularios", "Profesores viejos: fosilización de las 
enseñanzas", "El profesor auxiliar", "Krausismo e Institución Libre de 
Enseñanza", "La mujer en la Universidad" y "El ritual académico". 
 
        Dejando de lado el contenido de obras que, al menos parcialmente 
como algunas de las firmadas por el Marqués de Figueroa o por Gerardo 
Roquer, entroncan con una vieja tradición de discursos costumbristas sobre 
la vida universitaria, F. Ezpeleta ha sintetizado el contenido de variados 
trabajos en los que se pone de relieve el carácter caduco de las enseñanzas 
transmitidas por el profesor viejo: el Onarro de Química en la primera 
novela de E. Pardo Bazán; el Don Servando de la narración de Alejandro Pérez 
Lugín, quien tras pasar lista el primer día concedía fiesta a sus alumnos no 
sin haberles recomendado antes -diciéndoselo seguramente al revés para que 
le entendiesen bien- que no se aprendiesen de carrerilla el manual del curso 
pues entre un alumno que se quedase callado el día del examen y otro que 
recitase perfectamente el contenido del libro daba "sobresaliente a aquél y 
suspendo a éste" (p. 134).  En otros relatos, como El secreto de Barba Azul 
(1923) de W. Fernández Flórez, se apuntaba el apego al escalafón y la falta 
de sustancia del contenido impartido a lo largo de un curso en el que había 
mucho asueto y pocos días de clase. Miguel de Unamuno, en su De la enseñanza 
universitaria en España (1899), clamaba contra unas clases del todo 
rutinarias; y, en Los universitarios (1898), José Esteban García Fraguas 
resaltaba la terrible ignorancia de una universidad en la que, personajes 
como Guedeja, el decano de Derecho, seguían fabricando y difundiendo "ideas 
muertas, frases huecas, principios anacrónicos, extravagancias infinitas". 
Todo ello se hacía en una "escuela cárcel ... donde se despreciaban las 
razones para argüir con las palabras de una lengua que no era la materna" 
(p. 138). 
 
        Como es sabido, una parte fundamental de las críticas a esta 
situación partieron de personas vinculadas de una u otra manera a la 
Institución Libre de Enseñanza. Sus ideas aparecieron reflejadas a través de 
los personajes incluidos en varias obras que aquí se comentan. En primer 
lugar, de un modo sistemático y escasamente novelesco, en la reflexión 
general sobre el sistema educativo y diversas disciplinas -Religión, 
Derecho, Ética, Política y Sociología- hecha por Gumersindo de Azcárate en 
su Minuta de un testamento, obra a la que, en el contexto de una amplia 
biografía, acaba de prestar detallada atención Gonzalo Capellán. La síntesis 
del pensamiento krausista aparece al hilo de la trama escrita por Joaquín 
Costa en Justo de Valdediós -bosquejado entre 1874 y 1883-; en esta misma 
línea no dejan de tener interés las reflexiones galdosianas no exentas de 
crítica incluidas en El amigo Manso y, sobre todo, el humor con el que 
Clarín, en su cuento Zurita (1883), presenta burlonamente las ideas 
expuestas por el catedrático que impartía un curso de doctorado a Aquiles 
Zurita, un apocado provinciano que llegó a la capital española buscando 
modernidad y quedó atrapado por el krausismo. Las ideas de la Institución 
Libre de Enseñanza y su puesta en práctica aparecieron también en Un 
camarada más (1921), una obra escrita por Manuel Rivas Cherif y en la que, 
usando como ejemplo al "maestro don Rubén, abstraído en la pura 
contemplación de su propia obra", se siembran ciertas dudas sobre la 
eficacia real de tanto discurso sobre la mejora de la enseñanza. 
Evidentemente, no podían faltar las pullas contra la gran cantidad de 
profesores irresponsables representados aquí por Don Estupendo, un 
catedrático universitario que tras su primera lección decía -bajando el tono 
de su voz y con gran cinismo- a uno de sus alumnos, el hijo del conde de 
Valdenebro, que no se preocupase por asistir a algo que no le reportaba 
ventaja alguna: "puedes hacer lo que te venga en gana. Harto hacéis con 
venir a orear la Universidad" (p. 152). 
 
        Dado el ámbito temporal usado en este libro no extraña nada que 
algunas novelas reflejasen las ambiciones de mujeres españolas que, al hilo 
del discurso de la modernidad, reivindicaron salir del clásico rol 
determinado por la biología según se decía en un discurso hecho 
mayoritariamente por hombres. Entre otras cosas que no podemos abordar aquí, 
y como condición necesaria, eso significaba luchar por su derecho a cursar 
toda clase de estudios: primero en la segunda enseñanza, como hizo 
valientemente en Huelva durante el curso 1870-1871 Antonia Arrobas Pérez. Y 
después en los universitarios, nivel en el que, según mostró C. Flecha hace 
ya tiempo, había en 1881 nueve alumas -algunas de ellas excelentes como 
Matilde Padrós y Manuela Solís- en diversas Facultades. Ya apuntamos hace 
unas páginas que el Congreso de 1882 dio un gran empujón a las ideas que 
defendían muchas mujeres, aunque no hay que olvidar que otras con gran 
influencia -como Carmen Rojo, directora de la Escuela Normal Central de 
Maestras- defendieron puntos de vista muy conservadores. De todos modos, la 
lenta penetración de las ideas de los institucionistas en diversos 
ministerios originó la publicación entre 1888 y 1910 de normativas que 
mejoraron las oportunidades de la mujer para acceder el desempeño de 
determinadas profesiones, muchas de ellas en el ámbito de lo público. La 
lucha por alcanzar la igualdad en diversos ámbitos originó multitud de 
polémicas, conflictos y situaciones embarazosas que no podían quedar al 
margen de la novela. En una de ellas, El amor catedrático (1910) -escrita 
por María Lejárraga pero firmada por Gregorio Martínez Sierra, un marido que 
la usaba como negra que escribía todo lo que luego se representaba y 
publicaba como si fuese suyo, sin que ella, y por razones complejas, 
ofreciese clara resistencia a pesar de conocer sus relaciones extramaritales 
con la joven actriz Catalina Bárcena; véase, entre otros, el capítulo 
undécimo de la reciente biografía de la Normalista riojana escrita por 
Antonina Rodrigo-,  aparece Don Raimundo, un clásico catedrático de 
Cristalografía del que se enamorará Teresa, sorprendido por la existencia de 
alumnas como Beatriz, "rubia, con lentes, un poco contrahecha y muy flaca", 
que, además, era terriblemente aplicada, muy preguntona y a la que, pese a 
ello, aprobó simplemente "para lograr la delicia de no volverla a ver" (p. 
140). En la obra citada de M. Rivas Cherif el narrador se fija en el atuendo 
de la protagonista, una muchacha moderna -"con una falda de sastre azul 
marino y levita, dejando ver la camisa de hombre, con puños, cuello blando y 
corbata, calzada con recias botas, y bajo el brazo el libro de texto"- que 
acabará sus estudios universitarios, ejercerá la profesión de abogada y, 
rindiendo tributo a un discurso biologicista sobre la mujer ya puesto en 
solfa por Emilia Pardo Bazán en 1882, se casará con un antiguo compañero de 
aula representante de la España arcaica. En esta misma línea, Fernando Mora 
nos presenta en El amor pone cátedra (1924) a Ana María (Anarí) una joven 
profesora consciente de las insuficiencias del funcionamiento de las 
Escuelas Normales y del abismo existente entre la teoría y la práctica 
cotidiana en las aulas donde ella impartía clases de Historia. 
 
  
 
        El capítulo quinto, dedicado al pedagogo particular, está 
subdividido en cuatro epígrafes: "La "pareja pedagógica"", "El pedagogo 
total o maestro filósofo", "Las enseñanzas del amor" y "Las enseñanzas del 
artista: la literatura". 
 
        En el primer epígrafe se señalan los antecedentes europeos de un 
subgénero novelístico en el que tiene una gran relevancia el personaje del 
pedagogo o del profesor. Tras exponer los antecedentes del Telémaco (1699) 
de Fenelón y de la "novela pedagógica germana", F. Ezpeleta, siguiendo a R. 
Granderoute, comenta los rasgos estructurales de este género señalando cómo 
la finalidad didáctica de esta  clase de novelas  exige como criterio 
hermenéutico para entenderlas que se tenga presente la transposición de la 
pareja de personajes mentor-discípulo o "pareja pedagógica" a la de 
escritor-lector.  Los antecedentes de trabajos españoles con ingredientes 
educativos se remontan a Gracián. El auge del krausismo quedó reflejado en 
la Minuta de Gumersindo de Azcárate, pero en la novela europea -con la 
importante excepción germana- aparecerán cada vez con mayor frecuencia 
actores cuyo discurso pondrá de relieve la enorme brecha existente entre las 
grandes propuestas filosófico-educativas y lo que acontece realmente en el 
aula. O, dicho de otra manera, la inutilidad de lo enseñado para organizar 
de modo exitoso el ámbito de la vida cotidiana en el aspecto profesional y 
afectivo-vital. 
 
        Este proceso se refleja con claridad en la diferente caracterización 
de los personajes, puesto que de los "prenietzscheanos" -llenos de fe 
regeneracionista como León Roch, Justo de Valdediós,  Gonzalo Espartaco y 
hasta Máximo Manso- se pasará a otros -creados por Azorín, etc.- que, bajo 
la influencia de pensadores como F. Nietzsche o A. Schopenhauer, 
exteriorizan ya fuertes dudas con respecto a la capacidad de la educación 
para cambiar el mundo y otorgan diferente papel al individuo a la hora de 
contribuir a esta misión. En su Amor y pedagogía (1902) Unamuno criticaba el 
carácter vacío de las grandes propuestas arremetiendo, como puede verse en 
el texto de la nota veintisiete, contra el fondo escolástico de propuestas 
-como las krausistas- empeñadas a toda costa en "clasificar, aunque luego 
esa clasificación no sirva para maldita de Dios la cosa. ¡Clasificar por 
clasificar! No han salido de la Escolástica" (p. 177). 
 
        Como habrán podido comprobar nuestros lectores, en muchas de estas 
novelas uno de los motores más importantes de la pedagogía es el amor, si 
bien en ocasiones las cosas no se desarrollan tal y como se había pensado. 
Esto puede comprobarse siguiendo las peripecias del personaje de una de las 
obras de A. Ganivet -Los trabajos del infatigable creador Pío Cid (1898)- 
que intentaba gobernar a "amazonas" usando como método el clásico diálogo 
socrático a pesar de que una de ellas, Consuelo, es la típica mujer (de 
buena familia) moderna que disfrutaba cabalgando y, sobre todo cuando estaba 
en París, montando "todos los días en bicicleta". Sin condenar totalmente 
estas nuevas actividades recreativas, su mentor llamaba la atención sobre 
cómo su práctica exagerada podía "aturdir nuestro espíritu y privarle de su 
facultad más elevada: la contemplación" (p. 185).  De las insuficiencias de 
la ciencia  para planificar las relaciones interpersonales se enteró bien 
Mauricio, el protagonista de El secreto de Barba Azul que intentó engendrar 
siguiendo métodos eugenésicos y,  siguiendo al pie de la letra sus pautas, 
puso el despertador a la hora exacta sin fijarse en que, como así fue, lo 
intempestivo del momento exigido lo fastidiaría todo. Con sentido del humor, 
la firma Martínez Sierra -es decir, María Lejárraga y su marido Gregorio- 
señalaban en el Amor catedrático cómo, algunas veces al menos, el amor 
atonta;  ya que, a pesar de ser una alumna muy buena, Teresa estaba tan 
colgadita por su catedrático que cuando tuvo que examinarse ante el 
correspondiente Tribunal se quedó en blanco suspendiendo la asignatura. Esta 
clase de relaciones las abordó también Benjamín Jarnés en El profesor inútil 
(1926) relatando los esfuerzos del docente por ayudar a Carlota, una 
adolescente que le gustaba mucho y a la que, a pesar de ello, solamente 
quería ver "como geometría" (p. 189). 
 
  
 
            Aunque existen otros trabajos que se han ocupado del tema 
abordado por F. Ezpeleta en este libro, lo cierto es que no conocíamos hasta 
el momento un análisis tan exhaustivo del tipo de fuentes que maneja.  
 
Lógicamente, y a pesar de lo que se desprende del título de una obra donde 
la narrativa española aparece en una posición subordinada con respecto a la 
pedagogía, el interés del autor por el tratamiento dado al profesor y a la 
escuela en la novela española escrita entre 1875 y 1939 se pone claramente 
de relieve cuando se echa un vistazo a la bibliografía secundaria usada para 
elaborar el marco teórico que ha guiado la investigación. Con respecto a los 
procedentes del ámbito de la historia de la literatura, los trabajos 
histórico-educativo e histórico-curriculares están escasamente 
representados. Y, salvo escasísimas excepciones ­como la referencia a un par 
de comunicaciones enviadas a congresos celebrados en el año 2005, solamente 
se mencionan al hilo de determinados asuntos las clásicas monografías de V. 
Cacho, D. Gómez Molleda, L. Batanaz, R. Mª Capel,  C. Flecha, etc. Es verdad 
que se ha incluido algún título más reciente, como La educación en la España 
contemporánea, un libro publicado por A. Escolano en el año 2002, pero su 
uso sirve solamente para hilvanar de un modo linealmente evolutivo el 
clásico discurso sobre el secular atraso de la sociedad española en general 
y, por supuesto, de su sistema educativo tanto en su dimensión estructural 
como pedagógico-didáctica. 
 
Tras echar una mirada a la situación existente en ciertos países europeos, 
cierto sector minoritario de la sociedad española -muy bien representado en 
las voces de los personajes principales de las novelas analizadas- defendió 
con ahínco la creación de una escuela moderna cuyo currículum se construiría 
a partir del canon disciplinar propuesto por los defensores de un 
entendimiento liberal de la educación. Es verdad que las alternativas de los 
diversos autores tenían aspectos que las diferenciaban entre sí, como puede 
verse por ejemplo en las críticas que hizo Unamuno a los discursos 
excesivamente pedagogistas de los miembros de la Institución Libre de 
Enseñanza, resumidas en cuatro puntos en la nota treinta del capítulo 
quinto. Pero no lo es menos que ninguno de ellos -ni tampoco otros 
estudiosos como Clarín, etc-, puso en cuestión la orientación de un 
currículum entendido como hecho y articulado en torno a unas materias cuyo 
aprendizaje, teórico-libresco y desconectado de una acción que podría darle 
sentido ciudadano, haría que el alumno se apropiase de una cultura entendida 
de un modo esencialista. 
 
Desde el punto de vista formal echamos en falta en este libro dos cosas. Por 
un lado, y dada la clientela que lo adquiere y la colección que lo acoge, 
cuesta entender la ausencia de un índice onomástico para facilitar la 
lectura. Junto a ello, y debido al número de obras que se manejan y al 
tratamiento de las mismas en varios capítulos, debería haberse indicado 
siempre en el texto -tras el título- la fecha original de la novela usada. 
Puesto que esta información tampoco se encuentra detrás del nombre en la 
bibliografía final, el lector acaba algo mareado tratando de recordar el año 
de aparición de una obra que, si bien es cierto que en muchos casos ya le 
suena, puesto que apareció en un capítulo anterior, no lo es menos que, 
atento a otros asuntos, perdió su pista y ha de retomarla con las molestias 
que ello conlleva. Es del todo evidente que estas cuestiones secundarias no 
empañan el interés de un texto bien escrito y cuya lectura es recomendable 
para personas con intereses muy diversos. 
 
  
 
Alberto Luis Gómez 
 
Departamento de Educación 
 
Universidad de Cantabria 
 
Edificio Interfacultativo, despacho 335 
 
Avda. de los Castros, s/n 
 
E-39005 Santander 
 
Tfno. 34 42 201169 
 
Fax    34 42 20 11 70 
 
  
 
 
 
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