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Asunto:[fedicaria] Información bibliográfica. Cultura republicana e imá genes con "aura". Catálogo Exposición Misiones Ped agógicas
Fecha:Martes, 6 de Febrero, 2007  18:50:06 (+0100)
Autor:Alberto Luis Gomez <luisal @......es>

  
 
  
 
  
 
  
 
  
 
            Queridos amigos: 
 
  
 
            Esperamos que los duendecillos del servidor de la SEDHE respeten 
la tipografía original. 
 
            Un saludo. 
 
  
 
A.     Luis 
 
J. Romero 
 
  
 
  
 
Alberto Luis Gómez 
 
Departamento de Educación 
 
Universidad de Cantabria 
 
Edificio Interfacultativo, despacho 335 
 
Avda. de los Castros, s/n 
 
E-39005 Santander 
 
Tfno. 34 42 201169 
 
Fax    34 42 20 11 70 
 
  
 
****************  
 
  
 
OTERO URTAZA, E. (ed.): Las Misiones Pedagógicas 1931-1936. Madrid, Sociedad 
Estatal de Conmemoraciones Culturales/Publicaciones de la Residencia de 
Estudiantes, 2006, 548 págs. 
 
  
 
  
 
  
 
  
 
CULTURA REPUBLICANA E IMÁGENES CON AURA: LA EDUCACIÓN DEL INSTINTO Y LAS 
MISIONES PEDAGÓGICAS (1931-1936) 
 
  
 
  
 
A modo de regalo navideño los miembros de la Sociedad Española de Historia 
de la Educación recibimos el pasado 23 de diciembre un extenso correo 
electrónico en el que, utilizando como pretexto un aniversario -el de la 
primera "misión pedagógica", acaecida en Ayllón (Segovia) entre el 16 y el 
25 de diciembre de 1931-, se nos avisaba de la inauguración en Madrid de una 
exposición al respecto. Aunque, seguramente por modestia, el remitente no 
hablaba del catálogo, dicha publicación existe para fortuna de todas 
aquellas personas que,  por una u otra razón, no podrán desplazarse a la 
capital de España antes del once de marzo de 2007. Gracias a los buenos 
oficios de Charo Escudero, quienes suscriben han podido hacerse con este 
estupendo libro cuya estructura interna -dejando de lado la presentación del 
Comisario y una cronología firmada también por la Vicecomisaria- se articula 
en dos grandes bloques: 14 colaboraciones (cinco de ellas "testimonios" de 
diversa fecha y naturaleza) en "Las Misiones y sus protagonistas", y otras 
18 (once de ellas "testimonios") en "Los servicios de las Misiones 
Pedagógicas" (MP); hay también, como no podía ser menos, cuatro utilísimos 
apéndices. De las nueve contribuciones recientes del primer gran bloque seis 
de ellas se ocupan de diferentes facetas en un proyecto que, pese a su 
antigüedad y como ya es bien sabido, no se inició realmente hasta la 
creación a finales de mayo de 1931 de un Patronato cuya Comisión Central 
debería desarrollar programas en tres grandes campos: el fomento de la 
cultura general, con sugeridores propuestas para usar viejas 
(libro/palabra), nuevas (música/sonido) y novísimas 
(imagen/fotografía/cinematógrafo) herramientas; la orientación pedagógica y 
la educación ciudadana. Todo ello, claro está, encaminado hacia la puesta en 
práctica y el fomento de los viejos principios de la educación progresiva 
-incluido, por supuesto, el uso del entorno o medio- magistralmente 
gacetados por R. Llopis en su famosa Circular de 12 de febrero de 1932 y 
defendidos otra vez con fuerza por la nueva escuela republicana. 
 
Puesto que no deseamos extendernos demasiado, y dado que, al menos en cierto 
modo, siete de las nueve aportaciones básicas del primer bloque -firmadas 
respectivamente por E. Otero, V. Bozal, J. García-Velasco, H. Fernández, E. 
Otero, J. Ruiz Berrio y J. I. Cruz- tienen una orientación fundamentalmente 
sintético-descriptiva sobre asuntos más conocidos, creemos pertinente llamar 
la atención de nuestros lectores sobre uno de los aspectos más originales de 
un modelo misionero que, como bien apunta María García Alonso, estaba 
alejado de todo utilitarismo y pretendía, usando sobre todo la imagen 
fotográfica y cinematográfica, despertar los sentimientos (también podría 
hablarse del deseo) de un pueblo en una doble y complementaria dirección: 
como personas (hombres/mujeres) y como ciudadanos de la nación española 
reflejada en la Constitución republicana. Este uso del cine y de la imagen 
-o "nueva visión", en una línea muy diferente a la soviética con su peculiar 
cinetrén- puede comprobarse también en la interesante colaboración firmada 
por Jordana Mendelson. Pues, gracias entre otras cosas a las posibilidades 
abiertas en este campo por las aplicaciones tecnológicas de nuevos 
conocimientos científicos, las fotografías dejaron de usarse adjetivadamente 
al servicio de un texto escrito y se emplearon publicitariamente para, como 
muy bien expuso hace muchos años H. M. Enzensberger, manipular 
industrialmente las conciencias. 
 
Tras lo que acabamos de indicar, nuestros lectores podrán entender que de 
las siete contribuciones incluidas en el segundo bloque apuntemos solamente 
algunas de las ideas incluidas en dos. Justamente en las que, firmadas por 
G. Saenz de Buruaga y A. Puyal, se analiza uno de los servicios más 
importantes de las MP: el cine. Aunque es cierto que la figura de J. Val del 
Omar va siendo cada vez más conocida por el gran público -todos recordamos 
todavía con agrado el catálogo de la exposición que pudo verse en Murcia y 
en Madrid en la primavera/verano de 2003- no lo es menos que ahora captamos 
con mayor claridad la originalidad y el compromiso de un misionero que, al 
menos en la España de aquella época, defendía y llevaba a la práctica ideas 
escandalosas en lo relacionado con el uso del cine en el contexto de un 
ideario regeneracionista entendido de un modo peculiar. Y es que, como bien 
lo resalta G. Saenz de Buruaga, nos encontramos ante un joven teórico que 
señalaba la crisis del cine como espectáculo y se presentaba en 1932 ante 
los maestros de la Institución Libre de Enseñanza como una persona 
desencantada de antiguas propuestas y firme defensor de la potencialidad 
liberadora de unos artilugios técnicos que, al responder "a un principio de 
automatismo, a un principio de economía en nuestro aparato psíquico", 
habrían logrado comunicarse antiintelectualmente -es decir, sin pasar por la 
conciencia del sujeto- con el instinto: "una máquina viene a sustituir al 
libro y al maestro [...], libertadora por excelencia" (p. 382). 
 
Aunque de pasada, hemos indicado ya la inclusión en este libro de dieciséis 
textos de naturaleza especial que están ubicados al final de cada uno de los 
apartados de los dos grandes bloques. La época en la que fueron publicados, 
los temas y los autores seleccionados permiten una lectura que amplifica las 
ideas incluidas en las contribuciones básicas. En unos casos, como el del 
artículo Los dinamiteros de la cultura, publicado el año 1935 en un diario 
tan relevante como El Sol, se pone de relieve la gigantesca diferencia 
existente entre las actitudes con respecto a la cultura de la CEDA a partir 
de noviembre de 1933 y una izquierda monárquica representada por ministros 
como Romanones,  Santiago Alba y A. Gimeno que "crearon y sostuvieron la 
Junta para Ampliación de Estudios y sus hijuelas, gracias a lo cual España 
dejó de ser un corral en materia de cultura superior y es hoy un decoroso 
huerto" (p. 211). En otros, como el carteo entre Pablo de Andrés Cobo y A. 
Casona, además de intercambiarse información sobre las cuitas de antiguos 
misioneros (¡qué congoja la de Modesto Medina!), se resalta la relativa 
preocupación por el campo de las burguesías francesa e inglesa y "el lastre 
del ruralismo bárbaro y astroso" (p. 293) del agro español. No faltan 
tampoco datos sobre las desventuras de María Moliner en su tarea inspectora 
de las bibliotecas valencianas dependientes de las MP: directores sin 
interés, maestros atolondrados o secretarios municipales, como el de 
Benisano, que lamentaba no haber podido quemar la mitad de los libros 
donados con tanta ilusión y esfuerzo. Dejando de lado recuerdos sobre el 
asombro de los lugareños al ver por primera vez películas mudas o el impacto 
de audiciones musicales como la que narra P. A. Cobos en Navarrevisca, 
haciendo énfasis en cómo se pasaba de una escucha fría de Beethoven en una 
gramola a otra que "ya no les deja indiferentes" (p. 431), nos encontramos 
con apuntes que, como los rememorados por Ramón Gaya en 1991, resaltan el 
distinto tipo de implicación de los misioneros en sus labores y las 
dificultades cotidianas que planteaba la vida en unos pueblos tan míseros a 
gente "poco práctica", como L. Cernuda -de cuya apostura dandy se da 
testimonio fotográfico-, empeñada en viajar, al menos en parte, para quebrar 
la rutina cotidiana "porque pertenecía a las oficinas del Patronato y allí 
se ahogaba un poco" (p. 375)."  
 
Los cuatro cuidados apéndices ofrecen al lector información sobre lo 
siguiente: relación alfabética de MP, pudiéndose comprobar en ocasiones 
(como en la MP que llegó a Valderredible en la primavera de 1934) la 
influencia de antiguos inspectores provinciales que dirigían el 
desplazamiento; listado todavía abierto de participantes y colaboradores en 
las MP; relación de obras y documentos expuestos en la exposición e índice 
onomástico. 
 
  
 
Quienes hayan leído las líneas anteriores habrán adivinado que no hemos 
visitado la exposición sobre las MP todavía abierta al público en Madrid. 
Por fortuna, el documental emitido el pasado 28 de febrero por TV-2 nos 
permitió, siquiera parcialmente, cubrir esa laguna al contemplar imágenes 
extraordinarias sobre todos los servicios ofrecidos por las MP ­-en el 
contexto de una filosofía reparadora apuntada por M. B. Cossío en un 
documento de 1934 en el que se refería al Museo- con el fin de llevar "a los 
pueblos campesinos, para el goce y enseñanza de que tanto disfrutan ya los 
cortesanos, unas modestas copias, al menos, de las mejores pinturas que como 
magnífico tesoro guarda la nación en sus museos" (p. 369). O, dicho por L. 
Cernuda en sus Soledades de España (1934), hacer accesible "a los naturales, 
embargados por un trabajo sin tregua, un poco de ese ocio tan necesario 
siempre al espíritu" (p. 370). Lógicamente, los encargados de esta tarea 
fueron el medio millar de participantes en las MP cuya memoria y labor ha 
tratado de ser rescatada con esta exposición.  
 
La lectura del catálogo pone de relieve varias cosas: primero que no fueron 
pocos; segundo que en esta tarea estuvieron juntas muchas personas que son 
continuadoras del movimiento renovador de la escuela española iniciado ya en 
la época de la Restauración. Y tercero que una cosa es estar juntos y otra 
bien distinta estar revueltos. Algo que se mostró crudamente tras la 
sublevación militar: algunos de los anteriores adalides del progresivismo 
educativo apostataron (Juan Onieva Santa María...) o reafirmaron su 
compromiso con antiguos ideales, mientras otros misioneros pagaban con su 
vida (Rafael Álvarez García...), se veían forzados a huir al extranjero 
(María Luisa Navarro...) o reducidos al exilio interior. Entre estos últimos 
podemos citar el ejemplo de un gran colaborador de las MP, el competentísimo 
inspector Modesto Medina Bravo, sin duda un personaje reseñable no sólo por 
las variadas facetas señaladas en este catálogo -excursionista/geógrafo, 
fotógrafo aficionado, responsable del primer cursillo para maestros 
coordinado por el Patronato en San Martín de Valdeiglesias entre los días 16 
y 23 de diciembre de 1932 (véase el listado de los otros once en uno de los 
apéndices finales, p. 516)-, sino también por organizar en 1923 un cursillo 
pedagógico en Ponferrada en el que se discutieron las bases de unos 
Cuestionarios escolares mínimos publicados por la Inspección leonesa en 
1927: en ellos, y de una manera paradigmática, se maridan perfectamente 
algunos de los mandamientos didácticos de la escuela nueva con los supuestos 
básicos de la educación liberal en todo lo relacionado con la selección y la 
organización de los contenidos a impartir en una escuela que deseaba dejar 
de ser elemental, en aras de extender una cultura básica a toda la población 
española. 
 
Dada la importancia de la imagen en la tarea modernizadora de las MP, es del 
todo coherente el gran peso que se le ha concedido en este catálogo. Esta 
opción no solamente es legítima si se tiene en cuenta la gran cantidad de 
fotografías -más de nueve mil, según nos indica en su colaboración Gonzalo 
Sáenz de Buruaga- y el elevado número de documentales filmados en 16 mm. por 
José Val del Omar: cuarenta, la mayoría de ellos lamentablemente perdidos. 
Junto a ello esta clase de documentos son relevantes por otras dos razones: 
su papel en el proceso creador de una (nueva) audiencia cinematográfica y, 
sobre todo -asunto muy bien captado por J. Mendelson- el que la estrategia 
usada en la misiones impedía que sus fotografías perdiesen totalmente el 
aura benjaminiana. Pues en ellas, tal y como puede comprobarse en el 
catálogo -échese un vistazo a la joven lectora de Carrascosa de la Sierra, 
p. 305; también a la atención con la que miraban las películas lugareños con 
pésima salud dental, pp. 404/405- y vimos en el documental ya citado, 
"persiste una representación de la experiencia única de leer en voz alta, 
escuchar y mirar incluso aunque esas experiencias tengan su origen en una 
reproducción" (p. 167). Justamente por ello, y al igual que lo acontecido en 
una extraordinaria historia de vida de tres familias de arrendatarios 
(blancos) del algodón en Alabama escrita a partir de un trabajo de campo 
realizado por James Agee y Walter Evans en 1936 -Elogiemos ahora a hombres 
famosos, publicada por primera vez al otro lado del océano en 1941- tanto 
las todavía impactantes fotografías españolas como las estremecedoras 
imágenes norteamericanas no son, nos decían los dos autores que acabamos de 
citar, "ilustrativas. Ellas y el texto son iguales entre sí, mutuamente 
independientes y colaboradores totales" (p. 12).   
 
En el libro recién mentado se plantea en diversas ocasiones una pregunta que 
no deja de tener su interés: ¿qué sentido tenían las MP que visitaban unos 
pueblos en los que toda la vida de los campesinos estaba dedicada a la dura 
lucha por sobrevivir en la línea de lo señalado por John Berger al final de 
su Puerca tierra? Aunque ya hemos señalado que estos asuntos no preocupaban 
a unos misioneros que captaban perfectamente esta miseria y sufrían por 
ello, tal y como se ha mostrado en los recuerdos recuperados en el 
documental televisivo, en algunas ocasiones -como en Sanabria- el nivel de 
pobreza con el que se toparon fue tan grande que motivó una acción 
extraordinaria con fuerte acento social.  Pese a ello, si se tiene en cuenta 
que en la España de aquella época no solamente faltaban tantas escuelas como 
las que había (unas 28.000) sino también que existía un enorme y 
discriminador absentismo escolar -y de ello es un buen ejemplo la historia 
de Generosa, la lugareña de Bonansa entrevistada en TV-2 que fue a servir 
cuando tenía nueve años-, no extraña nada que desde otros sectores sociales 
se pusiera en cuestión la eficacia de propuestas hechas por personas de 
procedencia social relativamente acomodada que no colocaban en primer plano 
actuaciones encaminadas a la mejora de las condiciones de vida de la 
población rural (sobre la inutilidad práctica de las MP, véase la 
colaboración de Mª García Alonso, p. 200 y ss.). Además, la orientación 
liberal del currículum provocaba un tremendo desfase entre la esencialista 
cultura escolar consolidada en el enciclopédico Plan de Estudios de 1901 y 
la cultura campesina tal y como puede verse en las respuestas dadas a los 
entrevistadores por personas que, como Mariano en Coca (Segovia), debieron 
encontrar una escasísima conexión entre lo que se les mostraba -en este caso 
varios cuadros: "... el del rey, V, IV, VI, VII ..."; otro "de niños .." y 
otro "... de unas uvas"- y su quehacer cotidiano en un mundo en el que sus 
experiencias estaban totalmente vinculadas a la solución de problemas 
urgentes y muy concretos. Teniendo en cuenta todo ello no extraña en 
absoluto que -y así lo señalaba claramente Cristóbal Simancas en el 
documental- las MP y hasta la contemplación de la imagen corporal de los 
propios misioneros -de procedencia urbana no proletaria, trajeados, con 
corbata ...- fuese para los lugareños un auténtico espectáculo. Y, a la 
inversa, que los visitantes quedasen del todo anonadados ante la inocencia 
con la que el pueblo exhibía una impresionante miseria, plasmada -¿con tan 
mala conciencia como la de J. Agee cuando, escrutando la casa de los Gudger, 
se convertía "en testigo de asuntos que ningún ser humano puede ver?, p. 
130- en imágenes que impactaron profundamente a quienes las tomaron y valen 
todavía hoy más que mil palabras para entender un modo de vida. 
 
Pese a la necesidad de no dejar del todo de lado lo que acabamos de exponer, 
a nuestro juicio ha de colocarse algo fundamental en el haber de las MP: ese 
abrir de ojos al que se refiere el escultor del documental, la creación del 
entusiasmo y la ilusión por aprender. Y es que, muchas veces, el contexto 
era realmente hostil: la misionera Carmen Muñoz cuenta en TV-2 cómo les 
preguntaban por la hora del cine los mismos alumnos que, incitados por sus 
profesores, trataban de reventar los actos acusándoles de comunistas; y 
Carmen Caamaño recuerda las consecuencias negativas de la política de la 
CEDA dictando disposiciones que, de hecho, originaban la vuelta a la rancia 
y vieja España de siempre. Es decir, al control del rumbo político por la 
Iglesia y el Ejército.  
 
Como ya se ha señalado, las MP actuaron como una correa de transmisión 
mediante la cual se pretendía llevar a pueblos abandonados el tesoro de la 
cultura nacional: libros, imágenes y una música que, entre otras cosas, 
ayudaba a mejorar la comunicación entre los misioneros y los  lugareños. A 
partir de cuatro discos de pizarra grabados en 1934 los organizadores han 
tenido el acierto de incluir en el catálogo un disco compacto con siete 
canciones cantadas por el Coro del Servicio de Música dirigido por Eduardo 
Martínez Torner. Gracias a ello los redactores de estas líneas han podido 
imaginarse cómo vivirían esta experiencia emisores (miembros del Coro) y 
receptores (pueblo) que oirían -no sin cierto asombro en el gramófono de 
maleta  y encantados en vivo- "... Quien tiene amor no dormirá ..." (Al 
monte voy por rama, León); "... No es la sirenita, madre, que esa tiene otro 
cantar, ..." (Romance del conde Olinos). O, y con esto acabamos, un Romance 
del conde Sol muy hermoso cuya letra nos recuerda "... que los amores 
primeros ... son muy malos de olvidar". Algo muy parecido podría decirse 
para el conjunto de la experiencia de las Misiones Pedagógicas recordadas 
ahora en una exposición que, globalmente, muy bien podría entenderse como 
otro elogio a hombres y mujeres (misioneros y lugareños) realmente famosos 
-en el sentido de "reconocidos" en su dignidad, como los humildes campesinos 
de James Agee- a pesar de no ser "conocidos" todavía por mucha gente, joven 
y hasta talluda, con muchos años de escuela y enseñanzas históricas a sus 
espaldas." 
 
  
 
  
 
  
 
  
 
 
 
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