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Asunto:[fedicaria] PALABRAS DE GABO (ayer en Cartagena)
Fecha:Martes, 27 de Marzo, 2007  07:43:04 (+0200)
Autor:Alberto Luis Gomez <luisal @......es>

Alberto 
 
 
******** 
-----Mensaje original----- 
De: Historia de la Educacion [mailto:SEDHE@...] En nombre de 
Luis Alfonso Alarcón Meneses 
Enviado el: martes, 27 de marzo de 2007 3:09 
Para: SEDHE@... 
Asunto: [SEDHE] PALABRAS DE GABO 
 
TESTIMONIO  
 
 
Habla Gabo: “No sé a qué horas sucedió todo”  
 
 
El siguiente es el relato de Gabriel García Márquez en el acto realizado en 
la mañana de este lunes en Cartagena con motivo del lanzamiento de la nueva 
edición de Cien Años de Soledad.  
 
 
Fecha: 03/26/2007 -  
 
"Ni en el más delirante de mis sueños, en los días en que escribía Cien Años 
de Soledad, llegué a imaginar que podría asistir a este acto para sustentar 
la edición de un millón de ejemplares. Pensar que un millón de personas 
pudieran leer algo escrito en la soledad de mi cuarto, con 28 letras del 
alfabeto y dos dedos como todo arsenal, parecería a todas luces una locura.  
 
Hoy las academias de la lengua lo hacen con un gesto hacia una novela que ha 
pasado ante los ojos de cincuenta veces un millón de lectores, y hacia un 
artesano, insomne como yo, que no sale de su sorpresa por todo lo que le ha 
sucedido.  
 
Pero no se trata ni puede tratarse de un reconocimiento a un escritor. Este 
milagro es la demostración irrefutable de que hay una cantidad enorme de 
personas dispuestas a leer historias en lengua castellana, y por lo tanto un 
millón de ejemplares de Cien Años de Soledad no son un millón de homenajes 
al escritor que hoy recibe, sonrojado, el primer libro de este tiraje 
descomunal. Es la demostración de que hay millones de lectores de textos en 
lengua castellana esperando, hambrientos, de este alimento.  
 
No sé a qué horas sucedió todo. Sólo sé que desde que tenía 17 años y hasta 
la mañana de hoy, no he hecho cosa distinta que levantarme temprano todos 
los días, sentarme frente a un teclado, para llenar una página en blanco o 
una pantalla vacía del computador, con la única misión de escribir una 
historia aún no contada por nadie, que le haga más feliz la vida a un lector 
inexistente.  
 
En mi rutina de escribir, nada he cambiado desde entonces. Nunca he visto 
nada distinto que mis dos dedos índices golpeando, una a una y a un buen 
ritmo, las 28 letras del alfabeto inmodificado que he tenido ante mis ojos 
durante estos setenta y pico de años.  
 
Hoy me tocó levantar la cabeza para asistir a este homenaje, que agradezco, 
y no puedo hacer otra cosa que detenerme a pensar qué es lo que me ha 
sucedido. Lo que veo es que el lector inexistente de mi página en blanco, es 
hoy una descomunal muchedumbre, hambrienta de lectura, de textos en lengua 
castellana.  
 
Los lectores de Cien Años de Soledad son hoy una comunidad que si viviera en 
un mismo pedazo de tierra, sería uno de los veinte países más poblados del 
mundo.  
 
No se trata de una afirmación jactanciosa. Al contrario, quiero apenas 
mostrar que ahí está una gigantesca cantidad de personas que han demostrado 
con su hábito de lectura que tienen un alma abierta para ser llenada con 
mensajes en castellano.  
 
El desafío es para todos los escritores, todos los poetas, narradores y 
educadores de nuestra lengua, para alimentar esa sed y multiplicar esta 
muchedumbre, verdadera razón de ser de nuestro oficio y, por supuesto, de 
nosotros mismos.  
 
A mis 38 años y ya con cuatro libros publicados desde mis 20 años, me senté 
ante la máquina de escribir y empecé: "Muchos años después, frente al 
pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar 
aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo".  
 
No tenía la menor idea del significado ni del origen de esa frase ni hacia 
dónde debía conducirme. Lo que hoy sé es que no dejé de escribir ni un solo 
día durante 18 meses, hasta que terminé el libro.  
 
Parecerá mentira, pero uno de mis problemas más apremiantes era el papel 
para la máquina de escribir. Tenía la mala educación de creer que los 
errores de mecanografía, de lenguaje o de gramática, eran en realidad 
errores de creación, y cada vez que los detectaba rompía la hoja y la tiraba 
al canasto de la basura para empezar de nuevo.  
 
Con el ritmo que había adquirido en un año de práctica, calculé que me 
costaría unos seis meses de mañanas diarias para terminar.  
 
Esperanza Araiza, la inolvidable Pera, era una mecanógrafa de poetas y 
cineastas que había pasado en limpio grandes obras de escritores mexicanos, 
entre ellos "La región más transparente", de Carlos Fuentes; "Pedro Páramo", 
de Juan Rulfo, y varios guiones originales de don Luis Buñuel.  
 
Cuando le propuse que me sacara en limpio la versión final, la novela era un 
borrador acribillado de remiendos, primero en tinta negra y después en tinta 
roja, para evitar confusiones. Pero eso no era nada para una mujer 
acostumbrada a todo en una jaula de locos.  
 
Pocos años después, Pera me confesó que cuando llevaba a su casa la última 
versión corregida por mí, resbaló al bajarse del autobús, con un aguacero 
diluvial, y las cuartillas quedaron flotando en el cenegal de la calle. Las 
recogió, empapadas y casi ilegibles, con la ayuda de otros pasajeros, y las 
secó en su casa, hoja por hoja, con una plancha de ropa.  
 
Lo que podía ser motivo de otro libro mejor, sería cómo sobrevivimos 
Mercedes y yo, con nuestros dos hijos, durante ese tiempo en que no gané 
ningún centavo por ninguna parte. Ni siquiera sé cómo hizo Mercedes durante 
esos meses para que no faltara ni un día la comida en la casa.  
 
Habíamos resistido a la tentación de los préstamos con interés, hasta que 
nos amarramos el corazón y emprendimos nuestras primeras incursiones al 
Monte de Piedad.  
 
Después de los alivios efímeros con ciertas cosas menudas, hubo que apelar a 
las joyas que Mercedes había recibido de sus familiares a través de los 
años. El experto las examinó con un rigor de cirujano, pasó y revisó con su 
ojo mágico los diamantes de los aretes, las esmeraldas del collar, los 
rubíes de las sortijas, y al final nos los devolvió con una larga verónica 
de novillero: "Todo esto es puro vidrio".  
 
En los momentos de dificultades mayores, Mercedes hizo sus cuentas astrales 
y le dijo a su paciente casero, sin el mínimo temblor en la voz: "Podemos 
pagarle todo junto dentro de seis meses".  
 
"Perdone señora -le contestó el propietario-, ¿se da cuenta de que entonces 
será una suma enorme?".  
 
"Me doy cuenta -dijo Mercedes, impasible-, pero entonces lo tendremos todo 
resuelto, esté tranquilo".  
 
Al buen licenciado, que era un alto funcionario del Estado y uno de los 
hombres más elegantes y pacientes que habíamos conocido, tampoco le tembló 
la voz para contestar: "Muy bien, señora, con su palabra me basta". Y sacó 
sus cuentas mortales: "La espero el 7 de setiembre (sic)".  
 
Por fin, a principios de agosto de 1966, Mercedes y yo fuimos a la oficina 
de correos de la ciudad de México, para enviar a Buenos Aires la versión 
terminada de Cien Años de Soledad, un paquete de 590 cuartillas escritas a 
máquina, a doble espacio y en papel ordinario y dirigidas a Francisco 
Porrúa, director literario de la editorial Suramericana.  
 
El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos 
mentales y dijo: "Son 82 pesos".  
 
Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que le quedaban en la 
cartera, y se enfrentó a la realidad: "Sólo tenemos 53".  
 
Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a 
Buenos Aires, sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para 
mandar el resto. Sólo después caímos en la cuenta de que no habíamos mandado 
la primera sino la última parte. Pero antes de que consiguiéramos el dinero 
para mandarla, ya Paco Porrúa, nuestro hombre en la editorial Suramericana, 
ansioso de leer la primera mitad del libro, nos anticipó dinero para que 
pudiéramos enviarla. Fue así como volvimos a nacer en nuestra vida de hoy.  
 
Muchas gracias". 
 
 
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