| Asunto: | [generourban] COLOMBIA: La ciudad de las mujeres | | Fecha: | Jueves, 23 de Marzo, 2006 10:30:26 (+0100) | | Autor: | Anne le Maignan <anne @.........net>
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---------------------------- Mensaje Original ----------------------------
Asunto: COLOMBIA: La ciudad de las mujeres
De: "Marie-Christine Lacoste" <lacoste_AT_univ-tlse2.fr>
Fecha: Wed, 22 de Marzo de 2006, 14:42
Para:
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Semana.com
COLOMBIA
La ciudad de las mujeres
Un grupo de víctimas de la guerra decidió construir con sus propias manos
sus hogares, cerca de Cartagena, donde sueñan un futuro de paz con sus
hijos.
Sentadas en círculo, varias mujeres conversan mientras en el fondo se
escucha la algarabía de unos 50 niños. Afuera el viento arrastra el polvo
que amarilla aún más las colinas y los arbustos secos. Es mediodía y hay
un sol abrasador. Pero, a pesar de la aridez de la geografía, en el
recinto impera un optimismo conmovedor. Las madres y sus hijos están en el
centro multifuncional, el área social de 'La ciudad de las mujeres', un
proyecto de vivienda que se construye en El Talón, un lugar del municipio
de Turbaco a 11 kilómetros de Cartagena.
Ellas están en la pausa del almuerzo colectivo. Desde aquí divisan el
conjunto de 98 casas que se levantan en seis manzanas allá abajo. Cada
vivienda tiene 78 metros cuadrados. Unas son de color vinotinto y otras
verdes. Aunque son modestas, su diseño es acogedor: cada una cuenta con
dos habitaciones, sala, cocina, baño y patio de ropas. Sus propietarias
han dejado en ellas la vida misma.
El pasado de cada una es una pintura del horror de la violencia en
Colombia. Unas son víctimas de los paramilitares, otras, de la guerrilla,
y otras, de las fuerzas de seguridad del Estado. Las lágrimas son
inevitables cuando alguna de ellas narra su historia. Las otras la abrazan
porque nadie como ellas entiende semejante dolor.
Por ejemplo, la doble viudez de Maritza Marimón Arrieta, 43 años y madre
de tres hijos. Ella nació, creció y se enamoró por vez primera en El Bagre
(Antioquia). Su hombre se llamaba Gustavo Durango, quien trabajaba en una
mina de oro mientras ella cuidaba a los tres hijos. En junio de 1996
llegaron los paramilitares y lo asesinaron sin saber por qué. Luego ella
se enteró de la razón: él tenía un primo lejano que se había ido para la
guerrilla. Maritza no soportó seguir viendo, día tras día, la imagen de su
esposo ensangrentado y tirado en la carretera, frente a su casita, y huyó.
Caminó hasta la costa caribe. Pasó el tiempo y conoció a Leonardo Flores
Castañeda. Fue su segundo amor. Hace dos años irrumpió en su morada un
grupo de hombres armados y encapuchados. Por más que ella les suplicó que
no lo hicieran, violaron a su hija y fusilaron a
Leonardo. Entonces comenzó su peregrinaje por Cartagena, donde conoció la
Liga de Mujeres Desplazadas, fundada por la abogada Patricia Guerrero.
Trabó amistad con ella, recibió abrigo y escuchó de sus propios labios su
sueño de entonces: construir una ciudadela para las mujeres víctimas de la
guerra. "Será un lugar lleno de dignidad", le
prometió.
Las lágrimas de Maritza se disipan y vuelve a sonreír. Junto a ella está
Ana María Zamora, de 56 años y madre de cuatro hijos. Llegó desplazada
desde San Eduardo, en límites de Boyacá y Casanare. Está radiante porque
una de esas casas le pertenece. Recuerda que cuando Patricia Guerrero
llegó hace tres años aquí a buscar el terreno, creía que todo sería una
quimera.
Pero la abogada venía de estudiar en la Universidad de Columbia y llegaba
con una vitalidad arrasadora. Su estancia en Estados Unidos le sirvió para
cristalizar varios contactos con figuras del Partido Demócrata que le
sirvieron de puente para conseguir las primeras donaciones. Con la cuota
inicial se movió por otros países hasta tener el 52 por ciento de lo que
creía costaría cada vivienda. Luego postuló el proyecto para que sus
integrantes recibieran subsidios familiares de vivienda de interés social
con el gobierno, mediante el cual obtuvieron otro 46 por
ciento.
Logró además que le aprobaran el proyecto, cuyo costo inicial fue de 1.000
millones de pesos. Empeñó su palabra de que cada mujer con su propio
trabajo se haría cargo del 2 por ciento restante. Y así fue. Buscaron, por
ejemplo, una firma constructora que les comprara los ladrillos que ellas
harían con sus propias manos. De esta manera,
montaron una fábrica artesanal: un ladrillo para sus casas y otro para la
venta. Como el dinero no daba, las mujeres se ofrecieron a adecuar el
terreno donde levantaron las cuadras, luego a cavar los cimientos de cada
casa, a hacer la mezcla y, finalmente, a pintarlas con colores llenos de
vida y de esperanza.
La obra avanzaba pero a principios del año pasado, dos hechos las
atormentaban: la falta de agua y el acoso de los grupos armados. Entonces
crearon un grupo de vigilancia para cuidar los materiales y lanzar alertas
en caso de que alguna de ellas fuera agredida. En esas estaba Julio Miguel
Pérez cuando unos delincuentes entraron a la ciudadela en construcción y
lo mataron a machete. La intimidación siguió con un tenebroso mensaje: en
varias ocasiones fueron arrojados cadáveres a los terrenos adyacentes a
los proyectos productivos de las mujeres.
Pero la esposa de Julio, Simona Velásquez Ortiz, de 46 años y madre de
seis hijos, se cansó de huir y prometió quedarse para siempre. Al fin y al
cabo, cuando huyó con su esposo y sus hijos de San Andrés de Sotavento
(Córdoba), se fijó un destino en este lugar, y la muerte de su hombre no
iba a cambiar su determinación. Su voluntad de seguir hacia adelante fue
seguida por las otras mujeres. Indígenas, negras, mestizas se tomaron de
la mano en una sola piel y prometieron no irse jamás. Ante la firme
actitud de resistencia, las amenazas disminuyeron. "En algunas noches
llegan aquí y golpean con sus machetes las casas. Yo los escuchó pero de
aquí no me muevo", dice Ana María Zamora, quien ahora se encarga de la
vigilancia.
El agua era la otra incertidumbre que les hacía saltar el corazón. "Una
casa sin agua no es una casa", repetía preocupada Patricia Guerrero. Sin
embargo, hace una semana abrieron las llaves y, por fin, llegó el líquido
vital. "Fue uno de los días más felices de mi vida", recuerda Aura Esther
Ordogoita, de 57 años y madre de siete hijos. Ella ha tenido pocos
momentos de felicidad y, en cambio, sus días aciagos han sido muchos. Ella
nació y vivió en El Salado (Bolívar) y es una de las sobrevivientes de la
masacre perpetrada por un grupo
paramilitar al mando de Salvatore Mancuso. Ese día descuartizaron y
violaron a medio centenar de personas en una orgía de sangre en la que los
asesinos tocaron vallenatos y bebieron aguardiente como si se tratara de
un fandango. "Mi mamá Manuela Mena se murió ese día. No la tocaron, pero
se murió de tristeza", recuerda.
En este momento la villa se encuentra en su fase final. Muchas de ellas ya
tienen las llaves. Se trata de un proyecto heroico. Por eso la Liga fue
finalista del Premio Nacional de Paz, que se suma al Premio
Procomún-Eternit Luis Carlos Galán, de Derechos Humanos, y a uno más,
otorgado por Sofasa-Renault.
"Estamos orgullosas por lo que hemos hecho", dice Marlenys Hurtado
Córdoba, madre de tres hijos y coordinadora nacional de la Liga de
Mujeres. "Por el cuerpo de nosotras pasa toda la guerra y ahora miramos
adelante con dignidad, en contra de la violencia y para vivir en un lugar
donde por fin encontremos la paz".
Y es que este proyecto no termina con habitar la casa. Ellas se
organizaron y trajeron al Sena para que las formara en procesos
productivos para tener una alternativa económica que les permita educar a
sus hijos. "Vamos a fortalecer nuestro proyecto de economía
solidaria", explican.
Cada historia de estas mujeres provoca lágrimas en esta pausa del
mediodía. Pero la algarabía de sus hijos, que juegan en los salones
acondicionados por ellas mismas, hace olvidar muy pronto la melancolía.
Estas mujeres de hierro tienen que volver al trabajo, a hacer ladrillos, a
hacer comida para vender y a estudiar. Sopla el viento pero abajo se ven
nítidos los bellos frentes de cada una de sus casas, pobres pero dignas,
con sus ventanas por donde sólo se mira el futuro.
Semana.com ©2000.
Todos los derechos reservados.
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Fuente: Marie-Christine LACOSTE, CNRS, Information Scientifique
Coordinadora de "RUMBOS"
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