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Asunto:[hebreos_noticias] La independencia de recuperar el espíritu de las fuentes
Fecha:Miercoles, 7 de Mayo, 2003  18:35:42 (+0200)
Autor:Noticias de Israel <noticias_israel @...com>


http://www.wzo.org.il/es/recursos/view.asp?id=1385




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La independencia de recuperar el espíritu de las fuentes
Departamento de Hagshama - Organizacion Sionista Mundial
 
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Sobre este artículo:

Fecha de publicación: 7-May-2003

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La independencia de recuperar el espíritu de las fuentes

Reflexiones sobre Iom Haatzmaut

Por: Sergio   Rotbart

¿Estamos hoy, en el aniversario número 55 del Estado de Israel, ante una grieta insalvable entre el poder estatal erigido como fin en sí mismo y el contenido emancipador del sionismo sobre el que ese poder se originó?

Cincuenta y cinco años después de la hora cero, es indiscutible aceptar que la existencia del Estado de Israel, como entidad soberana y consolidada, representa el cumplimiento del objetivo principal del movimiento nacional judío. Por otro lado, hablar de los objetivos del estado judío independiente es, sin lugar a dudas, una tarea menos consensuada e incluso poco usual. Cuando la cuestión es afrontada, muchas veces da la impresión de que, ante la abundancia de polémicas y contradicciones, la conclusión derivada es que el Estado de Israel carece de metas claras. Es más, hasta resulta más lógico pensar que el propio estado se ha convertido en un objetivo en sí mismo.

 

Cuando el pasaje de medio a fin tiene lugar y se profundiza, la distancia entre los logros y las aspiraciones originarias se agranda. La pregunta es si esta tensión, inevitable en la dinámica de cualquier movimiento político que pasa a ocupar espacios de poder, puede conducir a una grieta insalvable en el caso del sionismo y su supuesta encarnación por el Israel contemporáneo. Cuando el poder estatal pasa a ser un valor superior y una meta sacralizada, se ha traspasado el límite que ya no lo une, sino que lo separa del contenido revolucionario y emancipador que caracterizó al movimiento sionista original. ¿Estamos hoy, en el aniversario número 55 del Estado de Israel, ante esa situación? ¿O acaso ya hemos traspasado el umbral, y la revolución nacional judía se ha transformado hace tiempo en un Leviatán que, luego de haberse rebelado contra sus progenitores, se traga a su progenie?

 

Para el sionismo histórico, de acuerdo a las posiciones dominantes de casi todas sus corrientes y de casi todos sus líderes, el estado fue siempre un medio para concretar una vida judía independiente como todas las nacionalidades. El marco estatal-territorial fue considerado, desde la perspectiva de un liberal como Herzl a la de un marxista como Dov Ber Borojov, la mejor solución para el sufrimiento de los judíos de la diáspora. La solución estatal pondría fin a una larga historia de destrucción, exilio, persecuciones y humillaciones, en la que el exterminio de la mayoría de los judíos de Europa a manos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial se erige como el ejemplo más extremo del destino trágico de la vida judía carente de soberanía.

 

Un poder estatal férreo

 

La creación del Estado de Israel que le sucedió a esa tragedia no tuvo lugar, sin embargo, en condiciones locales signadas por la ausencia de conflictos y enfrentamientos. Si bien la dura y cruenta Guerra de la Independencia fue un atolladero en gran medida provocado por el ataque en varios frentes de los vecinos árabes, el obstinado esfuerzo de cuidar y ampliar el éxito militar y territorial conseguido en 1948 condujo a la cristalización de un poder estatal férreo e intransigente. Esta tendencia se vio reflejada principalmente en el trato del joven estado hacia la minoría árabe palestina, cuya población fue víctima durante la guerra de casos de matanza y expulsión masivas. El gobierno liderado entonces por David Ben-Gurión hizo caso omiso a las voces que defendían una reparación del daño provocado ( las de los miembros del Mapam, el partido socialista que, con 19 mandatos en la Knesset-Parlamento, era el segundo en importancia luego del oficialista Mapai), y rechazó toda iniciativa de permitir el retorno de los palestinos convertidos en refugiados en los combates de 1948.

 

Otro ejemplo de cómo no siempre, en nombre de la seguridad y la tranquilidad, el accionar del joven ejército israelí ha sido meramente defensivo aun en los primeros años del estado, es la matanza perpetrada en la aldea de Qibya en 1953, en el marco de las llamadas "acciones de represalia". Esta acción se llevó a cabo como parte de la declarada lucha contra árabes que cruzaban la frontera con Egipto y Jordania para "infiltrarse" en el territorio israelí con el objetivo de realizar actos de sabotaje y terrorismo. En los hechos, en el ataque a la aldea Qibya murieron alrededor de 60 civiles palestinos y fueron voladas 45 viviendas. El comandante de la unidad de élite responsable de la matanza era entonces un joven oficial que comenzaba a ganarse la confianza de sus superiores y cuyo nombre hoy es más conocido: Ariel Sharón.

 

Justificadamente o no, la dinámica de los sucesos no posibilitaba un "desembriagamiento" del férreo camino del estatismo oficial o "mamlajtiút", en el lenguaje que se usaba para caracterizar la larga época signada por el liderazgo de Ben-Gurión. Los sucesores de "El Viejo", como se lo apodaba, tampoco lograron contrarrestar esa espiral de intransigencia in crescendo. El espectacular triunfo de la Guerra de los Seis Días (nuevamente, pese a la dimensión defensiva que la precipitó) se convirtió en una carga existencial inimaginable en los días de la victoria embriagadora de 1967. Pero, una vez constituida la expansión territorial en un hecho consumado –y a la conquista de Cisjordania y Gaza se le agregó la dominación sobre una población palestina carente de libertad y derechos-, no faltaron las voces de alerta ante los peligros terribles contenidos en esta situación colonial.

 

Lamentablemente, esas voces resultaron ser las de profetas malditos. Desde entonces, la consolidación del Estado de Israel fue erosionando cada vez más su vínculo con el sionismo histórico, con sus elementos de renovación y emancipación. En su lugar, creció el nacionalismo agresivo y mesiánico (¿el "nuevo sionismo"?). Hasta el día de hoy, y hoy más que nunca, los israelíes somos prisioneros de una locura institucional que el régimen de ocupación le impone a nuestra agenda colectiva e individual. Cuando la vida cotidiana está eclipsada, en menor o mayor medida, por el miedo, la violencia y el odio, ¿cuál es el lugar que la aspiración sionista original, la normalización, ocupa en su supuesta materialización actual: el poder de un estado que aún sustenta a un régimen colonialista?

 

Desandar el camino de la anormalidad

 

En los últimos años hubo intentos de desembriagamiento, de quitarle lastre a la pesada carga de la expansión del poder estatal-territorial. El primero fue en 1979, con el acuerdo de paz con Egipto garantizado mediante el retiro israelí del Sinaí. Pese a su importancia, fue un paso parcial que escatimó el principal foco del conflicto, el problema palestino. Ese paso adelante de Menajem Beguin se vio absolutamente empañado por la invasión al Líbano, la guerra librada por Israel más controvertida en el "frente interno" y una de las más trágicas de su historia (por la cantidad de muertos, por su extensa duración como "guerra de desgaste" -1982 a 2000-, y por sus nefastas consecuencias estratégicas: la constitución de un "nuevo orden" sin la OLP, pero a la vez tierra fértil para el crecimiento del fundamentalismo islamista). 

 

Sólo una década más tarde hubo otro intento de lucidez, cuando Itzjak Rabin abrió el camino del diálogo y la conciliación con la dirigencia palestina. Los históricos acuerdos de 1993 consignaron un proceso inédito, deseado fervientemente por muchos y a la vez temido por otros como la peor pesadilla que podría acaecer sobre el pueblo de Israel. Esta "primavera pacifista", sin embargo, duró poco tiempo. El asesinato de Rabin marcó el comienzo de un período de retroceso acumulativo, alimentado tanto por el terrorismo palestino como por el rechazo israelí a continuar el desmantelamiento del régimen de ocupación iniciado tras el primer Acuerdo de Oslo.

 

Hoy Israel está empantanada en otra "guerra de alternativa" que, en nombre de la lucha contra el terrorismo palestino, fortalece e intensifica la ocupación, un excelente caldo de cultivo para jóvenes palestinos dispuestos a autoinmolarse y ha estallar en pedazos en el seno de la población civil israelí.

 

Quizá en estas circunstancias trágicas deberíamos preguntarnos si no ha llegado el momento de un cambio de concepción básico y radical. Quizás la verdadera independencia, aquí y ahora, radica en liberarnos de la embriaguez de la fuerza y el poder, de la transformación del estado en un valor sagrado, de la consolidadación de la defensa propia mediante la negación de los derechos de los demás. Un estado soberano, con una fuerza militar capaz de defender a sus ciudadanos en los marcos de fronteras seguras, esos medios fueron imperiosos en 1948.

 

Cincuenta y cinco años después, cuando ese estado está considerablemente consolidado, pero aún no tiene fronteras definitivas ni seguras, cabe preguntarse si la seguridad y el bienestar de sus ciudadanos no se conseguirán a través de la partición territorial (como en 1947) que posibilite la inversión de recursos materiales y humanos en el desarrollo de una sociedad civil democrática, que promueva la conciencia moral y la percepción crítica de sus ciudadanos, así como la tolerancia hacia los otros. Al fin y al cabo, no olvidemos que para el sionismo histórico el estado y el poder nunca fueron fines en sí mismos, sino medios para conseguir un objetivo central: la normalización de la vida judía.

 

La prosecución de la normalidad exige hoy, en más de un sentido, desandar un camino, lo cual no significa ir marcha atrás. Para seguir andando, pero recuperando el espíritu del sionismo histórico, es necesario desandar el camino del poder mantenido y ejercido para resguardar la integridad territorial. La senda de la normalización no puede construirse sino mediante una ruptura, la ruptura con el estado de cosas que preserva y perpetúa la anormalidad. La continuidad no puede desembocar en el puerto seguro de la normalidad. A él se llegará construyendo una nueva hoja de ruta, contraria a los vientos del presente pero inspirada en el espíritu de la tradición histórica. Mientras tanto, contamos con la independencia de seguir navegando en la tormenta, sin subirnos a la cresta de ninguna ola.


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