| Asunto: | [hist_uni] Argenpress // Am. Latina. Nacionalizar la oligarquía | | Fecha: | Miercoles, 29 de Agosto, 2007 18:42:58 (+0200) | | Autor: | Juan Blanco <juanblancop @.....com>
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28 agosto 2007
| América Latina
Nacionalizar la oligarquía
Por: Jorge Gómez Barata (especial para
ARGENPRESS.info)
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El separatismo, la maniobra reaccionaria de
mayor calado en Venezuela y Bolivia, evidencia
que la oligarquía es capaz de vender su alma al diablo para conservar sus
privilegios. Renunciar al país, a la patria y la Nación para conservar
enclaves petroleros, prueba la mezquindad de las fuerzas sociales que
durante más de cien años han gobernado en América Latina.
Las naciones
surgieron de milenarios procesos mediante los cuales las comunidades que
compartían un territorio, desarrollaron intereses comunes y afinidades
culturales que, ligadas a las relaciones de producción, dieron lugar a
identidades asistidas por multitud de valores espirituales y materiales,
aglutinantes de las estructuras sociales.
Al abortar los procesos
endógenos, la conquista empujó la historia iberoamericana por un atajo, abortó
la sucesión de formaciones sociales, creando anomalías como la casta criolla,
usurpadora del lugar y las funciones que en otros entornos desempeñó la
burguesía nacional, obstaculizó el desarrollo del capitalismo y reemplazó el
Estado-Nación por satrapias oligárquicas.
La oligarquía no es una clase
o estamento social, sino un Frankenstein, que se sostiene y se reproduce, no por
relaciones sociales, sino por mecanismos de selección artificial que incluyen
matrimonios de conveniencia, prácticas nepotistas, cohecho y corrupción. Más que
un resultado de la evolución, la oligarquía es fruto de genes que anulan los
elementos progresistas, contribuyendo a la preservación de las relaciones de
producción sostenedoras de un sistema político arcaico.
Se trata de
criaturas anacrónicas que para sobrevivir necesitan preservar su hábitat
original, constituido por estructuras económicas y relaciones de producción
preindustriales, como el latifundio, el monocultivo, el esquema agroexportador,
las concesiones mineras, las exenciones de impuesto, los privilegios aduaneros y
las políticas laborales y de seguridad social decimonónicas.
Lo esencial
del entorno donde viven esos especimenes endémicos es un sistema político
asentado en un trípode de fuerzas, constituido por
los terratenientes, las
cúpulas militares comprometidas con el status quo y
el clero reaccionario, todas ellas
dependientes al capital extranjero y asociadas al imperio, cuya tolerancia es
vital para la conservación de la especie.
Tal vez algunas castas
oligárquicas latinoamericanas, presentes allí donde los procesos políticos
tienden a las reformas, la modernización y en algunos casos a la revolución,
quisieran pescar en río revuelto, tratando de enmascarar las verdaderas
intenciones de su separatismo en procesos como los asociados a la desintegración
de la Unión Soviética y la debacle socialista en Europa Oriental.
No
existen en Iberoamérica situaciones homologables a aquellas realidades. Aquí y
ahora, el separatismo carece de justificación histórica, no está ligado a
fenómenos étnicos o culturales ni a aspiraciones o demandas populares, no
significa un acto de liberación y, como programa político, no representa ventaja
alguna para las regiones involucradas. Los países y las naciones son mucho más
que pozos de petróleo con banderas.
Ojalá en sus afanes de separarse de
los actuales países para anexarse al imperio, la oligarquía no cree la paradoja
que haga preciso aplicar la receta gringa a la que acudió Abrahan Lincoln,
cuando en 1861 once estados sureños quisieron separarse de la Unión. Una guerra
de cuatro años, un millón de muertos y la ruina del sur fue la zaga de tan
desastroso episodio.
Mientras las fuerzas políticas más avanzadas de
Europa y América Latina, promueven la unidad y la integración, la oligarquía
autóctona hace del separatismo su última trinchera.
Habría que ver, si
con lo imaginación que lo caracteriza, para no suprimir la oligarquía, Chávez
encuentra el modo de nacionalizarla.
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