Director de Le Monde diplomatique, París.
Pasan las semanas y sigue en Francia la increíble fascinación mediática
por el presidente Nicolas Sarkozy. Una admiración fuera de lo normal,
reverenciosa, estática, obsequiosa, obscena. En este país de revoluciones,
alborotos e insurgencias, que se dispone a celebrar el cuarenta aniversario del
amotinamiento de Mayo del 68, semejante servilismo resulta inaudito y
nauseabundo. No hay precedente.
En el ámbito internacional, sólo podría compararse con la atmósfera de
domesticación bochornosa que conoció Italia en los años de Sua Emittenza
Berlusconi (dueño de gran parte de las comunicaciones de masas) o con la epoca
de vil rendición periodística, en Estados Unidos, posterior a los atentados del
11 de septiembre de 2001.
Lo singular del caso francés es que ni Sarkozy es dueño de los medios (sus
amigos sí lo son), ni el país ha padecido la agresión del terrorismo. De ahí que
las derechas europeas contemplen su pasmoso éxito con envidia y se pregunten
cuáles son sus recetas ideológicas para triunfar.
Sarkozy fue elegido presidente el pasado 6 de mayo, frente a la candidata
socialista Ségolène Royal. El innegable talento político demostrado en el curso
de la campaña, esa mezcla de voluntarismo, autoridad, personalización,
provocación, nacionalismo y liberalismo, conjugado con un arte oratorio
brillante y un astuto manejo de las comunicaciones, le permitieron, gracias
también al apoyo masivo de los poderes mediático y económico, imponerse con
manifiesta nitidez.
Sarkozy sabe que los grandes medios de comunicación constituyen hoy el
principal aparato ideológico del sistema. Y no ignora que la nueva jerarquía de
poderes instaurada por la globalización coloca en la cumbre, como poder
principal, al poder financiero seguido del poder mediático, mercenario del
anterior. Este dúo domina el poder político. Un poder que, en nuestras
democracias de opinión, sólo se conquista con el consentimiento cómplice de los
dos primeros.
Sarkozy obtuvo su victoria con una tasa de participación muy elevada (83,97%)
y contradiciendo la ley que se viene verificando en casi toda Europa segun la
cual una mayoría política que termina un mandato es derrotada en la siguiente
elección. Temiendo esa fatalidad, Sarkozy prometió una ruptura con la línea de
su predecesor gaullista Jacques Chirac. Pero las primeras medidas
sociales y económicas propuestas (supresión del mapa escolar, modificación del
contrato de trabajo y del derecho de huelga, reducción de impuestos para los muy
ricos, disminución de las tasas de sucesión, reducción de la protección social,
retraso de la edad de la jubilación) dan un significado muy reaccionario a esa
pretendida ruptura.
Lo que más ha asombrado ha sido la desenvoltura intelectual con la que
Sarkozy ha establecido la nueva frontera que separa ahora la derecha de la
izquierda. Algunos analistas se preguntaban si esa línea se había movido bajo el
ímpetu de la globalización neoliberal. Sarkozy zanjó la discusión. Y mediante la
composición de su gobierno, demostró que el perímetro de la derecha incluye
ahora buena parte del Partido Socialista, en todo caso su ala
social-liberal.
Eso explica que haya obtenido la adhesión a su programa neoliberal de
importantes responsables de izquierdas. En el nuevo gabinete, varios miembros
(Bernard Kouchner, Eric Besson, Jean-Pierre Jouyet, Martin Hirsch, Fadela Amara)
vienen de la izquierda. También ha fichado a personalidades socialistas de
primer plano (Jack Lang, Hubert Védrine, Jacques Attali, Michel Rocard) para que
elaboren informes a su conveniencia. Sin hablar de los antiguos intelectuales
mitterrandistas (André Glucksmann, Pascal Bruckner, Georges-Marc
Bénamou), convertidos ahora en lameculos del poder.
Todo ello no hace sino reflejar la derechización de la sociedad francesa. Una
derechización paradójica, dado que el sufrimiento social no ha dejado de
aumentar, y que las luchas persisten en un mundo laboral muy golpeado por la
precarización y la tercerización, las deslocalizaciones y el desempleo.
Por eso, el sarkozismo constituye una suerte de populismo francés que
aspira a reunir en su seno a todas las derechas, de los gaullistas a los
social-liberales, seduciéndolas mediante una ilusión de movimiento y de apertura
calificados de modernos o de progresistas, y cuya principal fuente de
inspiración ideológica es el modelo (hoy por los suelos) republicano
neoconservador de Estados Unidos.
El fracaso de la izquierda ha sido sobre todo una derrota intelectual. El
hecho de no haber producido, por inmovilismo y por pereza, una renovada teoría
política para construir un país más justo, cuando todas las estructuras de la
sociedad fueron transformadas en los últimos quince años, terminó por resultar
suicida.
La izquierda parece haber perdido la batalla de las ideas. Porque su
experiencia gubernamental la llevó a bloquear salarios, cerrar fábricas,
eliminar empleos, liquidar las cuencas industriales y privatizar parte del
sector público.
En toda Europa, las izquierdas padecen una atracción fatal por medidas que
son genéticamente de derechas: desmantelar los regímenes de protección social,
denunciar la sociedad del Bienestar, acusar a gran parte de los pobres de no ser
mas que una clase parásita que impide a los demás de avanzar mas rápido.
Pensando y actuando así, las izquierdas le hacen la cama a las derechas, pues
aceptan una misión histórica contraria a su esencia: adaptar las sociedades a la
globalización, modernizarla a expensas de los asalariados. Ése es el origen de
su actual debilidad intelectual. Una situación de la que sólo saldrá recuperando
las cuestiones fundamentales. Y poniéndose a refundar.
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