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El Correo
25 Julio 2006
Nuestra trifulca libanesa
CARLOS TAIBO
PROFESOR DE CIENCIA POLÍTICA EN LA U. AUTÓNOMA DE MADRID
Y COLABORADOR DE BAKEAZ
Como no podía ser menos, lo que está sucediendo en Gaza y en Líbano ha
acabado por repercutir en nuestros enconados debates políticos. Aunque
mis distancias con respecto al presidente Rodríguez Zapatero y a su
proyecto son muchas, debo decir que no tengo gran cosa que oponer a lo
que ha venido a declarar, los últimos días, en relación con la crisis de
marras. Harina de otro costal es, claro, el hecho de que Rodríguez
Zapatero no está dispuesto, por lo que parece, a ir más lejos y a romper
algún plato. Nadie tiene conocimiento, por ejemplo, de que esté moviendo
sus peones para que la UE examine en serio la cancelación, de una vez
por todas, del sinfín de privilegios comerciales con que obsequia desde
mucho tiempo atrás a Israel.
Siento una creciente inquietud, sin
embargo, ante la reacción -me atreveré a calificarla de unánime- que los
hechos que nos ocupan ha provocado en el seno del Partido Popular. Uno creía
-veo ahora que con enorme ingenuidad- que hay determinadas reglas del juego
que son objeto de respeto por casi todos. Una de ellas es la que señala que
la población civil no puede padecer, ni mucho ni poco, las acciones que
obedecen -supongamos que es así, aun cuando los incentivos para la
sospecha no faltan- al propósito de dar réplica a agresiones como las
verificadas por Hezbolá y Hamás. Y esquivaré ahora, en beneficio del
argumento, la discusión de si se trata de genuinas agresiones o hay que
emplazarlas en un escenario más general en el que Israel no sale
precisamente bien parado.
Aunque las garantías para la población
configuran un elemento central en el caso que nos interesa, y en cualquier
otro, no he escuchado que la violación masiva de los derechos de aquélla
inquiete ni mucho ni poco a los responsables del principal partido de la
oposición. Dicho sea entre paréntesis, quiera Dios que no nos topemos en
unos pocos días ante un escenario de catástrofe humana provocada por los
señores de la guerra, y no por tsunamis, huracanes o terremotos. El Partido
Popular no parece entender, por añadidura, que, conforme a la lógica
política que -cabe suponer- abraza, es infinitamente más grave lo que hace
Israel que lo que puedan hacer Hezbolá o Hamás. Al fin y al cabo el primero
dice ser un Estado de derecho y presume, por añadidura, de tratarse de la
única democracia del Oriente Próximo. Si esto es así -sorteemos también
ahora la discusión correspondiente-, sus obligaciones son estrictas, tanto
más cuanto, en la percepción del propio Partido Popular, estamos hablando
de un aliado.
Pero lo del PP no queda ahí. A diferencia, por cierto,
de muchos de sus socios en la UE, el Partido Popular ha asumido un camino de
estricto seguidismo ideológico con respecto a lo que reza el mensaje que
emite una Casa Blanca cada vez más ultramontana y más instalada en el 'todo
vale'. Ya se sabe que la retahíla de Bush en lo que se refiere a lo que
ocurre en estas horas en Gaza y en Líbano estriba simplemente en afirmar
que Israel tiene derecho a defenderse. ¿Para qué formular alguna
pregunta relativa a la condición de los instrumentos desplegados al
respecto y de las presuntas consecuencias? ¿Para qué interrogarse sobre
la responsabilidad de Israel en el enquistamiento de tantos problemas en
el Oriente Próximo? ¿Alguien cree en serio que tiene mayor fundamento la
especie de que fue Yaser Arafat, en solitario, el que tiró por la borda
los acuerdos de paz suscritos en el decenio de 1990? ¿Puede sostenerse
de verdad que Sharon y Olmert, en cabeza de gobiernos entregados
frenéticamente a la construcción de nuevas colonias y sin pararse en
mientes ante la muerte de varios centenares de niños y adolescentes en
Gaza y la Cisjordania, hicieron lo que estaba de su mano para garantizar
la gestación, en condiciones, de un Estado palestino soberano?
El
seguidismo ideológico del Partido Popular ha alcanzado su paroxismo con las
acusaciones de antisemitismo dirigidas, al parecer, hacia todos aquellos que
disienten, y vivamente, de lo que Israel está haciendo.
La historia es vieja y hiede. En los labios, vacilantes, de Eduardo
Zaplana, las acusaciones en cuestión suenan tan poco convincentes que
uno está obligado a concluir que alguien le medio obligó a decir lo que
no creía. En los de Gustavo de Arístegui, más capaz e informado, remiten
sin más a una sórdida y burda manipulación que obliga a sopesar,
seriamente, por qué caminos se está deslizando el Partido Popular cuando
por ellos discurren incluso quienes, de entre sus militantes, mayor
lucidez muestran. Asistí a la manifestación madrileña de la tarde del
jueves 20 y no sé en qué cabeza cabe que en ella pudo registrarse atisbo
alguno de antisemitismo. Aunque, puestos a replicar a la provocación,
entre nosotros no hay mayor manifestación de este último que las
palabras reiteradas del embajador de Israel, quien al parecer quiere
hacernos creer, frente a todas las evidencias, que todos los judíos son
responsables -y todos refrendan- lo que el Ejército israelí hace en
estas horas en Gaza y el Líbano. Pues afortunadamente, y claro,
no es así.
Para que nada falte, el ex presidente Aznar sigue
demandando la rápida incorporación de Israel a la OTAN, como premio, cabe
suponer, a su equilibrada aportación a las causas de la democracia y de la
libertad en el Oriente Próximo. Si preocupante es lo que ocurre en esta
atribulada región, y más aún lo que se avecina, entre nosotros no nos faltan
los motivos de inquietud ante el derrotero de una fuerza política, la
primera de la oposición en Madrid, que ha iniciado un singular descenso
hacia los infiernos. Tengo la certeza de que muchos de sus votantes se
sienten incómodos ante un grado de envilecimiento que recuerda, eso sí,
al que muestra en estas horas el grueso de la sociedad israelí. Y no es
un aspecto menor de ese envilecimiento la sugerencia, que se barrunta
por doquier, de que cantarle las cuarenta a Israel puede poner en un
brete nuestros edificantes intereses comerciales.
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