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Asunto:[hist_uni] Carlos Taibo // Nuestra trifulca libanesa
Fecha:Miercoles, 26 de Julio, 2006  22:01:40 (+0200)
Autor:Juan Blanco <juanblancop @.....com>

El Correo
25 Julio 2006

 
Nuestra trifulca libanesa
CARLOS TAIBO
 
PROFESOR DE CIENCIA POLÍTICA EN LA U. AUTÓNOMA DE MADRID
Y COLABORADOR DE BAKEAZ


Como no podía ser menos, lo que está sucediendo en Gaza y en Líbano ha
acabado por repercutir en nuestros enconados debates políticos. Aunque
mis distancias con respecto al presidente Rodríguez Zapatero y a su
proyecto son muchas, debo decir que no tengo gran cosa que oponer a lo
que ha venido a declarar, los últimos días, en relación con la crisis de
marras. Harina de otro costal es, claro, el hecho de que Rodríguez
Zapatero no está dispuesto, por lo que parece, a ir más lejos y a romper
algún plato. Nadie tiene conocimiento, por ejemplo, de que esté moviendo
sus peones para que la UE examine en serio la cancelación, de una vez
por todas, del sinfín de privilegios comerciales con que obsequia desde
mucho tiempo atrás a Israel.

Siento una creciente inquietud, sin embargo, ante la reacción -me
atreveré a calificarla de unánime- que los hechos que nos ocupan ha
provocado en el seno del Partido Popular. Uno creía -veo ahora que con
enorme ingenuidad- que hay determinadas reglas del juego que son objeto
de respeto por casi todos. Una de ellas es la que señala que la
población civil no puede padecer, ni mucho ni poco, las acciones que
obedecen -supongamos que es así, aun cuando los incentivos para la
sospecha no faltan- al propósito de dar réplica a agresiones como las
verificadas por Hezbolá y Hamás. Y esquivaré ahora, en beneficio del
argumento, la discusión de si se trata de genuinas agresiones o hay que
emplazarlas en un escenario más general en el que Israel no sale
precisamente bien parado.

Aunque las garantías para la población configuran un elemento central en
el caso que nos interesa, y en cualquier otro, no he escuchado que la
violación masiva de los derechos de aquélla inquiete ni mucho ni poco a
los responsables del principal partido de la oposición. Dicho sea entre
paréntesis, quiera Dios que no nos topemos en unos pocos días ante un
escenario de catástrofe humana provocada por los señores de la guerra, y
no por tsunamis, huracanes o terremotos. El Partido Popular no parece
entender, por añadidura, que, conforme a la lógica política que -cabe
suponer- abraza, es infinitamente más grave lo que hace Israel que lo
que puedan hacer Hezbolá o Hamás. Al fin y al cabo el primero dice ser
un Estado de derecho y presume, por añadidura, de tratarse de la única
democracia del Oriente Próximo. Si esto es así -sorteemos también ahora
la discusión correspondiente-, sus obligaciones son estrictas, tanto más
cuanto, en la percepción del propio Partido Popular, estamos hablando
de un aliado.

Pero lo del PP no queda ahí. A diferencia, por cierto, de muchos de sus
socios en la UE, el Partido Popular ha asumido un camino de estricto
seguidismo ideológico con respecto a lo que reza el mensaje que emite
una Casa Blanca cada vez más ultramontana y más instalada en el 'todo
vale'. Ya se sabe que la retahíla de Bush en lo que se refiere a lo que
ocurre en estas horas en Gaza y en Líbano estriba simplemente en afirmar
que Israel tiene derecho a defenderse. ¿Para qué formular alguna
pregunta relativa a la condición de los instrumentos desplegados al
respecto y de las presuntas consecuencias? ¿Para qué interrogarse sobre
la responsabilidad de Israel en el enquistamiento de tantos problemas en
el Oriente Próximo? ¿Alguien cree en serio que tiene mayor fundamento la
especie de que fue Yaser Arafat, en solitario, el que tiró por la borda
los acuerdos de paz suscritos en el decenio de 1990? ¿Puede sostenerse
de verdad que Sharon y Olmert, en cabeza de gobiernos entregados
frenéticamente a la construcción de nuevas colonias y sin pararse en
mientes ante la muerte de varios centenares de niños y adolescentes en
Gaza y la Cisjordania, hicieron lo que estaba de su mano para garantizar
la gestación, en condiciones, de un Estado palestino soberano?

El seguidismo ideológico del Partido Popular ha alcanzado su paroxismo
con las acusaciones de antisemitismo dirigidas, al parecer, hacia todos
aquellos que disienten, y vivamente, de lo que Israel está haciendo.
La historia es vieja y hiede. En los labios, vacilantes, de Eduardo
Zaplana, las acusaciones en cuestión suenan tan poco convincentes que
uno está obligado a concluir que alguien le medio obligó a decir lo que
no creía. En los de Gustavo de Arístegui, más capaz e informado, remiten
sin más a una sórdida y burda manipulación que obliga a sopesar,
seriamente, por qué caminos se está deslizando el Partido Popular cuando
por ellos discurren incluso quienes, de entre sus militantes, mayor
lucidez muestran. Asistí a la manifestación madrileña de la tarde del
jueves 20 y no sé en qué cabeza cabe que en ella pudo registrarse atisbo
alguno de antisemitismo. Aunque, puestos a replicar a la provocación,
entre nosotros no hay mayor manifestación de este último que las
palabras reiteradas del embajador de Israel, quien al parecer quiere
hacernos creer, frente a todas las evidencias, que todos los judíos son
responsables -y todos refrendan- lo que el Ejército israelí hace en
estas horas en Gaza y el Líbano. Pues afortunadamente, y claro,
no es así.

Para que nada falte, el ex presidente Aznar sigue demandando la rápida
incorporación de Israel a la OTAN, como premio, cabe suponer, a su
equilibrada aportación a las causas de la democracia y de la libertad en
el Oriente Próximo. Si preocupante es lo que ocurre en esta atribulada
región, y más aún lo que se avecina, entre nosotros no nos faltan los
motivos de inquietud ante el derrotero de una fuerza política, la
primera de la oposición en Madrid, que ha iniciado un singular descenso
hacia los infiernos. Tengo la certeza de que muchos de sus votantes se
sienten incómodos ante un grado de envilecimiento que recuerda, eso sí,
al que muestra en estas horas el grueso de la sociedad israelí. Y no es
un aspecto menor de ese envilecimiento la sugerencia, que se barrunta
por doquier, de que cantarle las cuarenta a Israel puede poner en un
brete nuestros edificantes intereses comerciales.
 
 
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