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Asunto:RE: [historiaviva] Sabino Arana
Fecha:Jueves, 10 de Febrero, 2005  14:35:11 (+0100)
Autor:jesus garcia <jesus @.............com>

Un artículo al hilo de la discusión:

¿Es congruente ser nacionalista de izquierdas?
Mariano Fernández Enguita es catedrático de Sociología en la Universidad de
Salamanca

Publicado en periódico EL PAIS (10 de marzo de 2004)

"A primera vista se diría lo único consecuente. Ante todo, tenemos a los más
plus de ambos mundos: abertzales vascos, republicanos catalanes y bloquistas
gallegos, siempre por delante del nacionalismo moderado y de la izquierda
tradicional. El mismo nacionalismo moderado parecería una izquierda
moderada, como PNV-EA o CiU, un nacionalismo siempre más social que su
contraparte panespañola. Por otra parte, la izquierda tradicional, siempre
dispuesta a marchar con el nacionalismo, sea con reparos, como PSC, PSE y
PSG en sus inestables alianzas regionales, o con el entusiasmo de quien se
apunta a un bombardeo, como IU. A esto cabría añadir una larga tradición
internacional tendente a identificar ambos términos, tomando por izquierda a
meros nacionalismos (como el baasismo, el nasserismo, el peronismo y tantos
otros) o al revés (¿recuerdan cuando el Departamento de Estado
norteamericano llamaba jóvenes nacionalistas al PSOE?). Sin ir tan lejos,
dos fenómenos son evidentes: un nacionalismo radical que ha logrado atraer a
una parte importante del electorado de izquierda y una izquierda que suplica
la bendición o, al menos, el perdón del nacionalismo.

¿Qué es la izquierda? Es, simplemente, la igualdad. Pero Bobbio (Derecha e
izquierda) ya advirtió que hay que especificar, además, entre quién, en qué
y por qué criterio. El qué puede ser de muy distinta naturaleza: integridad
o dignidad personales, derechos civiles, libertades negativas, derechos
políticos, oportunidades sociales, recursos económicos... El criterio
también: per cápita, según las necesidades, según la contribución (sea el
trabajo, la inversión, el esfuerzo, la productividad marginal), dejada al
azar... Y, por supuesto, el quién: los propietarios, los no dependientes,
los varones, los adultos, los ciudadanos, los residentes, los humanos...
Muchas demandas de la izquierda sólo buscaban ampliar o generalizar
derechos, oportunidades o recursos ya al alcance de algunos, mientras que la
derecha trataba de mantener su carácter minoritario, de privilegios.

Lo importante es comprender que si la igualdad puede referirse a objetos,
sujetos y criterios tan distintos, no serán compartidos por todos, ni
siquiera por quienes con mayor convicción se proclamen de izquierda. Dicho
llanamente: es posible, incluso frecuente, situarse a la izquierda en un
ámbito y a la derecha en otro, pues la (auto) ubicación política no es algo
unitario (no estamos hechos de una sola pieza). La historia lo ha mostrado
hasta la saciedad: sindicatos racistas (la mayoría de los gremiales y
profesionales, no hace mucho), partidos de izquierda colonialistas (el
socialismo francés y el laborismo inglés, v.g.) o segregacionistas (el
comunismo surafricano en sus inicios), toda suerte de organizaciones obreras
machistas y xenófobas, sufragistas burguesas, etc. Este dualismo no es fácil
de sobrellevar, pues conlleva cierta disonancia cognitiva, sobre todo en la
medida en que la moral se funde en postulados universalistas. El impulso
igualitario (de izquierda) es expansivo, y mucha gente pugna por dar
coherencia a sus opciones morales y políticas, por lo que quien empieza
oponiéndose a una forma de desigualdad tiende a hacer lo mismo ante otras y,
así, las mismas personas dan vida a organizaciones, actividades y
movilizaciones contra diversas formas de desigualdad; además, de una
enemistad común puede nacer una buena amistad, y distintos movimientos
enfrentados a un orden desigual pueden terminar confluyendo,
entremezclándose y asumiendo recíprocamente sus demandas (así, por ejemplo,
el movimiento obrero ha llegado a rechazar la discriminación genérica o
étnica).

Pero lo esencial es que, no habiendo una sola divisoria social sino varias,
se puede ser igualitario ante unas y no ante otras, de izquierda en esto y
de derecha en aquello. De hecho, mucho autoproclamado izquierdista no sufre
sino incongruencia de status, es decir, un profundo malestar basado en la
creencia de que se valora lo que no se debe (y en lo que él vale poco) y no
se valora lo que se debe (y en lo que él vale mucho). G. Lenski (Poder y
privilegio) fue quien mejor comprendió que no sólo importa cuál sea el grado
de desigualdad en tal o cual dimensión (entre hombres y mujeres, entre
empleadores y empleados, entre adultos y jóvenes...), sino también, y más,
cuál sea el peso relativo de cada una de las dimensiones de la desigualdad
(el sexo, la clase, la edad, la etnia, el territorio, la religión, la
afiliación política y un largo etcétera). Aunque la búsqueda de la
coherencia moral y la experiencia de la opresión conjunta puedan empujar a
ser de izquierda (o de derecha) en general, el impulso inmediato, sin
embargo, es bien otro: alinearse a la izquierda en aquello en que sufrimos
desventajas y a la derecha en aquello en que disfrutamos privilegios. De ahí
las vilipendiadas pero tercas figuras del obrero machista, la feminista
burguesa, la basura blanca, la canalla patriótica y otras incoherentes
coherencias; inconexas desde la perspectiva de una moral universalista, pero
redondas desde la perspectiva de los intereses particulares. Ahí es donde se
incluyen el nacionalismo de izquierdas y la izquierda nacionalista.

Por otra parte, ¿qué es el nacionalismo? La idea común es que éste busca
dividir alguna gran entidad imperial, colonial o de otro tipo, siempre
contra natura, para que en la nueva nación coincidan por fin el perímetro
del poder y el sustrato de la cultura. Aunque esto pueda tener algo de
verdad, la esencia del nacionalismo revolucionario fue exactamente la
contraria: crear un espacio común, con libertad de movimiento y residencia,
una lengua codificada, unas leyes para todos, un poder político unitario, un
sistema uniforme de pesas y medidas, una cultura homogénea, una ciudadanía
única..., estos sí, contra natura, por encima de los particularismos
locales, gremiales, étnicos, religiosos y otros que eran los que realmente
contaban en la vida real y cotidiana de las personas (y no su lejana
adscripción a tal o cual armazón imperial). El nacionalismo, en otras
palabras, fue un movimiento unificador. Bien es cierto que, en sociedades
todavía dispersas y ya mestizas, unificó unos rasgos a costa de otros, pero
en todo caso unificó. El actual nacionalismo tardío, el secesionismo frente
a unas naciones constituidas ya hace siglos como Estados (o viceversa, tanto
da), busca justamente lo opuesto. Ya no se trata de disolver toda la caterva
de derechos locales, privilegios gremiales, estigmas étnicos, etc., en una
ciudadanía común, sino de romper ésta con la promesa de nuevos privilegios
distintivos.

De ahí precisamente su cara izquierdosa. No se arrastraría a mucha gente por
la vía separatista con la simple promesa de cambiar de amo. El nacionalismo
se viste de izquierda porque está en conflicto, incluso en guerra. Cuando se
hacen sonar los tambores para la batalla, hay que proclamar la hermandad
universal en las propias filas. Puede ser incluso sincero, pues la tensión
del conflicto genera una fuerte solidaridad interna en cada bando. No es
casual que las grandes oleadas igualitarias hayan seguido siempre a las
grandes guerras (los derechos políticos a la Primera; los sociales, a la
Segunda). La vanguardia nacionalista puede, además, vivir su propia cruzada
como una auténtica revolución de izquierdas, pues ellos no sólo van a tomar
el palacio de invierno, sino que se lo van a repartir con su magnífica
colección de cargos, despachos, sueldos, dietas y otras gabelas: un inmenso
botín, como ya apuntó E. Gellner (Naciones y nacionalismo), aunque sólo por
una vez, y para los más avispados. En contraste, donde no hay veleidades
secesionistas, el localismo es más bien conservador (U. Alavesa, U.
Valenciana, P. Aragonés Regionalista, P. Andalucista, Coalición Canaria...)
o es asumido por los partidos nacionales (PP en Galicia, PSOE en Andalucía),
y el nacionalismo de izquierda no pasa de ser una nota folclórica: Chunta,
Andecha, BNV-EV, MPAIAC o ICAN...

No sé si fue Lenin, sin duda el gran estratega de la izquierda
revolucionaria, o más bien Stalin, su teórico delegado para la cuestión
nacional, quien quiso distinguir el nacionalismo de los opresores del de los
oprimidos, para rechazar el primero y apoyar el segundo (sólo mientras
resultó útil, claro). Suena bien, pero es ya historia. Si una comunidad
territorial es sometida a una reducción de sus derechos en contraste con los
del grupo dominante, la separación es una vía hacia la igualdad, aunque no
la única, y el nacionalismo puede ser efectivamente un movimiento de
izquierdas. Pero el separatismo vasco o catalán, como el de la Padania
industrial o la Escocia petrolera, es un movimiento antiigualitario, el
intento de apropiarse de manera definitiva y exclusiva de un conjunto de
recursos que la suerte inesperada o la historia compartida han concentrado
en su territorio. Eso por no hablar de sus insultantes pretensiones de
superioridad racial o histórica.

En nuestros días y en nuestro entorno, el nacionalismo podrá adoptar todos
los colores de la izquierda en todos los ámbitos imaginables, pero, en lo
que le es propio y distintivo, es un puro movimiento de derechas, de ruptura
de la igualdad, de división de la ciudadanía, de defensa o búsqueda de
privilegios para unos (generalmente unos pocos) a costa de otros
(generalmente los más). Que los Otegui o los Carod se apunten a todas las
causas de izquierda menos a una, la defensa del espacio y la igualdad
ciudadana ya conquistados, es de una tremenda inconsistencia moral, pero de
una gran sagacidad táctica, tanto para sí mismos como para toda esa cohorte
de intelectuales, profesionales y funcionarios que les siguen dispuestos a
conquistar el aparato del Estado.

La pregunta que queda es por qué llegan a prestarles oídos quienes, llegado
el caso, no participarían ni mucho ni poco de esa gran piñata. "¡El
proletariado no tiene patria!", gritaba convencida la izquierda
decimonónica. En el siglo XX aprendimos que, en realidad, es lo único que
tiene; que no hay otra contrapartida a la pérdida de la propiedad de los
medios de producción, primero, y de la seguridad del puesto de trabajo,
después, que los derechos sociales: asistencia sanitaria, subsidios de
desempleo, pensiones, educación y otras prestaciones entre universalistas y
contributivas; y que, sin propiedad, no hay otra independencia que la que
otorgan los derechos civiles y políticos. Paradójicamente, el proceso
autonómico ha dejado en manos de los mesogobiernos las partidas del
bienestar (welfare) y, en las del gobierno central, más bien las del
malhacer (warfare). Por si no bastara, cuando el torbellino de la economía
informacional y global sacude la tierra bajo los pies de sectores
crecientes, la derecha neoliberal que nos gobierna anuncia la retirada del
Estado y ofrece como solución final que cada uno se busque la vida. La idea
misma de ciudadanía, que durante la transición y el periodo socialista se
fue llenando lentamente de contenido (de derechos civiles, políticos y
sociales), aunque en verdad necesitaba ya una profunda reformulación
(nutrirse también de responsabilidad individual y compromiso compartido),
amenaza ahora con verse vaciada del mismo. El desistimiento de la derecha
neoliberal es el que abre paso al oportunismo pseudoizquierdista del
nacionalismo."




-----Mensaje original-----
De: Yeyo Balbás [mailto:yeyobalbas@...]
Enviado el: miércoles, 09 de febrero de 2005 23:21
Para: historiaviva@...
Asunto: Re: [historiaviva] Sabino Arana



>Hasta ahora me he despachado a gusto con los que intentaban legitimarse

sobre una base de historia medieval y tardorromana para dar entidad

poli­tica a unas fronteras (la identidad del pueblo yo no la niego,
aunque

una cosa es apreciar la cultura propia y otra es creerla superior)
 Creo que en lo que han contado Alberto y Sergio sobre su experiencia
personal acerca de esa divergencia de “visión” entre vascos nacionalistas y
no-nacionalistas subyace un hecho fundamental que hay que tener presente
para poder comprender el histórico “problema vasco”. Algo que difícilmente
puede darse cuenta la gente que no ha tenido un contacto directo con el
tema. Y es que no se trata de dos posturas políticas situadas en los
extremos de una línea que, para poder conciliar una solución a su “problema”
, se han de encontrar en un punto intermedio. El auténtico “problema vasco”
es que las dos posturas se encuentran en dos líneas distintas que no
convergen. O, dicho de otro modo, estamos hablando de gente que vive
(convive) en dos realidades distintas.


La percepción de la realidad es algo relativo en el ser humano y nadie se
encuentra en posesión de la verdad absoluta, pero siempre hay posturas que
se ajustan en mayor o menor medida a lo que realmente sucede objetivamente.
Y, en este caso, no tengo la menor duda de quienes se encuentran en cierta
armonía con la realidad y quienes sufren una patología paranoide, viviendo
en un mundo narcisista que nada tiene que ver con el real.

Centrándonos en el tema histórico, que es lo relevante en este foro, se
puede decir el movimiento fuerista primero y mas tarde el nacionalismo han
creado una “historia alternativa” ajena a los círculos científicos, aunque
haya podido influenciarles en cierta medida. Por ejemplo, para poder
“entender” el artículo de Arana que cité en el anterior mensaje es necesario
bucear en la historiografía y literatura fuerista generada desde el siglo
XVI hasta el XIX.



Flabio Josefo, escritor judío del siglo I d.C., en su obra “Antigüedades
Judaicas” enumera a los descendientes de Jafet. Hijo de éste y, por tanto,
nieto de Noé sería Tubal, quien mas tarde fundaría el pueblo de los tobelos
o íberos. Josefo se refería a los íberos que habitaban en Armenia, pero en
España no faltaron quienes, ya desde el siglo XVI, quisieron traerse a este
patriarca a nuestra península, para “ennoblecer nuestro linaje”. Por
entonces, estaba bastante claro el origen “antiguo” del vascuence, anterior
a las lenguas de tipo latino, por lo que se consideraba que era la lengua
que se hablaba en la península antes de la llegada de Roma. A esta corriente
se le denominó vascoiberismo. Por supuesto, la idea tuvo gran aceptación e
Vizcaya y Guipúzcoa, puesto que les convertía en descendientes directos de
Noé y legitimaría la hidalgura y limpieza de sangre vascongada que
justificaba el sistema foral.



Por otro lado, se da otra corriente histórica. La crónica Albeldense,
escrita en Oviedo en el siglo IX es la última que cita a la antigua
Cantabria, al decir que el rey Alfonso I, hijo de Pedro, Duque de Cantabria,
reinó tras la muerte accidental de Favila, pues había desposado a Ermesinda,
hija de Pelayo. Este matrimonio trajo consigo la unificación de ambos
núcleos de resistencia norteña y a partir de entonces surgió el Reino de
Asturias. Por ello, el nombre de Cantabria desaparece para ser sustituidos
por otros, como la Montaña.



Para cuando se escribió la crónica Silense en el siglo XII los conceptos
étnicos como “cantabros y vascones” ya estaban en desuso, al ser éstos
últimos absorbidos por el reino navarro, sin embargo, el cronista, que había
leído a los clásicos latinos, era muy aficionado a realizar equivalencias
(muchas veces erróneas) entre las regiones de la antigüedad y los reinos de
su época. Por ello, al reino de Navarra lo denomina Cantabria, al igual que,
por ejemplo, identificó a Numancia (Garray, Soria) con Salamanca. Este error
se reprodujo por imitación en crónicas posteriores, como la Tudense o la
Crónica General de España e hizo que existiera un equívoco. De este error
surge el vascocantabrismo, una corriente muy extendida a partir del siglo
XVI en Vizcaya y Guipúzcoa a causa de la “legendaria y heroica” imagen que
se desprende de los guerreros cántabros a través de las fuentes romanas.
Esta creencia fue reforzada por dos falsificaciones: la “Crónica de Vizcaya”
(s. XV) y “el Canto de
 Lelo” (s. XVI).



Del “Canto” se deduce que Lelo era un jefe cántabro (es decir, vasco) que
combatió a los romanos y cuya mujer, llamada Tota, fue seducida por un tal
Zara mientras su marido se encontraba en la guerra. Al ser descubiertos en
el adulterio, asesinaron a Lelo, por lo que el senado del país decidió
condenarles al destierro. Por otro lado, en la “Crónica” se relata cómo los
romanos, incapaces de vencer a los indígenas en las Guerras Cántabras,
acuerdan con ellos resolver la disputa en dos combates: el primero
enfrentaría a 300 vascongados con 300 romanos en Exerril (Guipúzcoa) y el
“partido de vuelta” se disputó en Roma, combatiendo 100 vascongados contra
100 legionarios. Por supuesto, los euskaldunas vencieron en ambas ocasiones
y los dos pueblos firmaron un acuerdo de paz y mutuo apoyo.



Ni que decir tiene que estos relatos vulneran completamente lo que citan las
fuentes clásicas sobre las Guerras Cántabras y que los cántabros reales
fueron vencidos; pero esto es lo que se mantuvo durante casi trescientos
años. El erudito montañés Jerónimo de Zurita publicó una obra en 1689
refutandolo todo, lo que generó un intercambio de publicaciones entre
vascongados y montañeses, hasta que finalmente el burgalés Enrique Flórez
publicó en 1768 “La Cantabria”, dejando muy claras las cosas.



No obstante, aunque parezca increíble hoy en día, el Canto de Lelo y el
combate “a ida y vuelta” entre romanos y euskaldunas fue un argumento al uso
para defender el vascocantabrismo y de la mano de estas ideas llegó el
Lauburu. Tertuliano y Minucio Félix (s. IV) citan un estandarte militar
romano denominado Cántabrum. Se supone que el uso de esta insignia fue
tomada de las tropas de auxiliares cántabros que prestaban servicio a Roma.
Posteriormente, supuestamente el Codex Theodosianus nos habla de los
cantabrarii, una especie de colegio encargado de portar el Lábarum, un
famoso estandarte imperial romano. Este estandarte nos es descrito por
Eusebio como una bandera cruciforme, compuesta por un asta y una cruceta
sobre la que colgaba una tela de color púrpura ricamente enjoyada. De esto
los vascocantabristas dedujeron erróneamente que el Lábarum era un símbolo
cruciforme de origen cántabro (vasco), se le dio la falsa etimología de
Lauburu. (“lau” en euskera significa "cuatro" y buru
 "cabeza”) y se inventaron un símbolo con estas características.



Mas tarde, a lo largo del siglo XIX, coincidiendo con el auge del movimiento
fuerista y el romanticismo que sacudía toda Europa, en el País Vasco surgió
un movimiento literario llamado “Ingenuo Romanticismo Vascongado”.
Influenciado por la llegada a España de los ciclos mitológicos celtas y las
sagas nórdicas, intentaron otorgar a su tierra un pasado glorioso,
inventando mitos que estuvieran a la altura de éstos. Sin embargo, el
aspecto nórdico de muchos de los protagonistas (rubios y con los ojos
azules) y las continuas referencias sospechosas, como el llamar “bardos” a
los bertzolaris y que éstos cantaran acompañados de arpa, dejan a las claras
por donde iban los tiros.



En 1843 un escritor vascofrancés llamado Joseph Agustín Chaho escribe
“Aitor, la legenda cántabra”. Furioso antisemita, decide otorgar al pueblo
vasco un “padre fundador” distinto a Túbal y traduce literalmente la
expresión aitoren semeak, usada en los fueros para referirse a los vasco y
que significaba “hidalgos”, como “hijos de Aitor”. Esta expresión procede en
realidad de aita onen semeak (“hijos de buenos padres”), pero salta a la
vista que las etimologías no eran el punto fuerte de toda esta gente.

Chaho era iluminista y pensaba que la “religión original” surgió en la India
y que los indos e iránios fueron adoradores del sol. No obstante, la llegada
de los “barbaros de septentrión” había hecho que sólo los vascos rindieran
culto a la deidad suprema, cuyo símbolo era el Lauburu. Los vascos estaban,
por tanto, bajo un ángel tutelar llamado Ariel y eran una casta de
 “videntes”, capaces de intuir genéticamente la verdad.



Chaho utiliza el fragmento del poema “Púnica” del poeta romano Silio Itálico
(s. II d.C.), en el que se narra un fantástico combate protagonizado por un
caudillo cántabro llamado Laro, para desarrollar su particular historia.
Después de la Segunda Guerra Púnica los “cantabros” celebran una fiesta de
plenilunio bajo un roble en Gherekiz (Guipúzcoa). El “bardo” Laro entonces
decide a contar la historia de Aitor. Una vez concluido el diluvio
universal, este patriarca crearía al pueblo vasco en Asia y cruzando el
norte de Africa (dejando un rastro en su toponimia), inventando a su paso la
clepsidra y la numeración romana, finalmente llegan a Iberia. Tras
entregarles la tierra prometida, les advierte que algún día deberán
refugiarse en sus montañas para recuperar su libertad.



Bueno, con todo este rollo creo que queda claro de donde le vino la
“inspiración” a Arana para escribir su bodrio folletinesco. El hecho de que
en los albores del siglo XX “eruditos” como él dieran crédito a fábulas
semejantes, teniendo además como contemporáneos a gente de la talla de
Menéndez Pidal y cía., podría considerarse algo anecdótico, pintoresco o
irrelevante. Sin embargo resulta bastante trascendente que buena parte de lo
citado aun forme parte de la mitología abertzale: Aitor, el Lauburu, la
deidad solar suprema vasca (asociada ahora con Mari), su feroz resistencia
ante el opresor, etc. Incluso novelas recientes como “La Voz de Lug” de Toti
Martinez de Lezea siguen por los fueros (nunca mejor dicho) del
vascocantabrismo. Y cuando lees en internet artículos
“científico-lingüísticos” que aun consideran “paleoeuskéricos” a los
antiguos cántabros, no puedo dejar de preguntarme si la gente que ha escrito
eso se ha leído lo publicado sobre el tema en los últimos 200 años o si
 es que todavía vive en el siglo XVII.



Y lo considero trascendente porque en la mayoría de los casos, como Alberto
señala, esta manipulación histórica no es fruto de una ingenua ignorancia,
sino que está instrumentalizada con el fin de justificar determinadas
posturas políticas. El intento de crear una “cultura e identidad propia” no
me parece del todo mal: el Lauburu, por ejemplo, ya es un “símbolo vasco”,
pues se encuentra omnipresente en esa tierra y es usado por nacionalistas y
no nacionalistas. Lo que me parece despreciable es el crear “hechos
diferenciales” ficticios y artificiales para tratar de imponerlos al resto
de una ciudadanía vasca, tachando de traidor (o txacurra) al que no quiera
adoptarlos.

Y también me parece despreciable el inventarse opresiones, afrentas y
humillaciones pretéritas que nunca ocurrieron con en objeto de alentar las
rencillas entre los pueblos y destruir su convivencia. O que la supuesta
recuperación de “territorios históricos” sirva de excusa para construir
mezquinos imperios étnicos.



Un saludo,



Yeyo


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