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Para ser
premio Nobel es conveniente no confundir el copyright -el
reconocimiento público y general de la propiedad intelectual o artística
sobre una determinada obra o producto- con el derecho a ser reconocido
por los pares -la valoración positiva de los iguales, la estimación
del círculo restringido de los conocedores, la consideración del limitado
y selecto grupo de los especialistas en la materia tratada-. El primer
derecho genera, sobre todo, dinero y visibilidad pública; el
segundo derecho engendra prestigio intelectual, honores académicos
y capital simbólico, es decir, el reconocimiento de singularidad que los
pares conceden. Para ser premio Nobel parece evidente, por tanto, que
conviene cultivar más la celosa sanción de los semejantes que la distante
confirmación administrativa, y ese asentimiento de los iguales se
consigue, sobre todo, gracias a una curiosa mezcla de desinterés -la
insumisión de la lógica del descubrimiento científico a demandas externas
o ajenas a la propia lógica del descubrimiento- e interés -por la
propagación del contenido de lo descubierto o lo investigado entre el
restrictivo grupo de los expertos y los especialistas-.
Según Bourdieu
(que alguien edite ya, por favor, Science de la science et
réflexivité), la existencia misma del campo científico depende de tres
aspectos íntimamente ligados: la limitación del derecho de entrada
asociada a la elevación y especialización de los conocimientos requeridos,
a la disposición de un capital científico específico que sólo se adquiere
mediante el conocimiento de la propia tradición científica; la
transformación de cualquier aspiración o impulso, de la libido
dominandi, en libido scientifica, en la ambición y el empeño
por avanzar en el conocimiento científico de la realidad dirimiendo las
diferencias mediante la razón y el sometimiento al juicio de los pares; y,
por último, la profunda convicción llevada a la práctica de que sólo el
desinterés -afirmando la independencia radical de la investigación
científica respecto a intereses heterónimos y ajenos al campo y abogando
por la difusión y uso igualitario del conocimiento y los productos de la
ciencia- puede a la larga engendrar interés (forma de acumulación del
capital simbólico bien conocida en antropología).
Pues bien: si uno
pretendiera ser premio Nobel de algo y tuviera Internet a mano y pudiera
prescindir, en consecuencia, de la intermediación de los editores para
hacer circular las ideas y los descubrimientos científicos cumpliendo, con
ello, el mandato implícito propio del campo científico, no habría lugar a
dudas sobre el procedimiento a seguir. Al fin y al cabo, Internet devuelve
el mango de la sartén -como nos recuerda la carta abierta de la Public
Library of Science- a los que la habían dejado de tener porque las
complicaciones de la puesta en página y, sobre todo, de la difusión,
requerían de profesionales especializados que se hicieran cargo de ello.
Cuando las herramientas de edición y las propiedades del soporte permiten
que uno controle tanto la generación de los contenidos como su difusión,
no parece que la edición, tal como la entendíamos hasta ahora mismo, tenga
un futuro muy alentador por delante. Tanto es así que las editoriales
tradicionales que vivían (aún lo intentan) de la edición científica, a
falta de mejores ideas y ante la evidencia de que la alianza de la
libido scientifica y la edición electrónica es imparable, se
dedican a la aplicación indiscriminada de políticas abusivas y
restrictivas -cómpreme usted toda una base de datos y cuidado que le
controlo el número de accesos y las veces que intenta copiar un artículo y
enviárselo a alguien interesado-, a ver si cuela. Algo así como intentar
empaquetar o embotellar el aire e intentar venderlo a quienes lo respiran
libremente advirtiendo, además, que el compartir una botella de aire
comprimido es delito que contraviene el breatheright.
¿Qué es lo que
impide a los científicos y a sus comunidades caer en la cuenta, sin
embargo, de esta obviedad? La pregunta no es gratuita y desmontar ciertas
inercias y apegos a formas de consumo y difusión requiere de iniciativas
poderosas y globales que alteren la percepción de las cosas: la ya
mencionada Public Library of Science es una iniciativa de
científicos para científicos que pretende, sobre todo, crear conciencia de
la propia autonomía e independencia, que apela, por tanto, a los
principios fundamentales y constitutivos del campo científico. La
Budapest Open Access Initiative, por su parte, propone el acceso
universal y sin restricciones al contenido de las publicaciones
científicas y la creación, también, de archivos de prepublicaciones o
trabajos en curso sujetos a críticas y revisiones, todo ello financiado y
auspiciado por mecenas que en este caso pretenden que la globalización
contribuya a la generalización del acceso al conocimiento -loable si
contribuye a la expansión del campo científico y a reforzar sus leyes
intrínsecas y no se le pasa por la cabeza pedir algo a cambio.
Existen, claro,
resistencias de otra índole que tampoco son menores, pero en absoluto
irreducibles: ciertos sectores conservadores dentro de ciertas
especialidades científicas pueden percibir esta apertura como un riesgo
para la posición de poder que ocupan, porque no debemos olvidar que en la
ciencia se lucha por imponer el reconocimiento de una determinada forma de
conocimiento, aunque eso se haga, inevitablemente, sublimando la libido
dominandi en libido sciendi siguiendo los preceptos del campo
científico. De esa forma, los comités científicos y de redacción de
determinadas y prestigiosas revistas científicas pueden pensar con razón
que la facilidad y fluidez de la difusión de los contenidos altera el
equilibrio preestablecido, pero poner puertas al campo nunca ha sido un
buen negocio. Además, nadie ha dicho que en una revista científica cuyo
soporte sea digital y se distribuya a través de Internet no se vaya a
necesitar un comité prestigioso versado en la materia de que se trate.
Otra cosa será de qué manera discriminar y atribuir valor al aluvión de
publicaciones que puedan surgir.
Hay, también,
cómo no, un apego al papel, a lo que su materialidad tiene de garante de
la estabilidad y calidad de lo editado (que alguien llame la atención, por
favor, sobre La vida social de la información, editado sin pena ni
gloria en España). El papel del papel no es sólo el de absorber la tinta
sino, más bien, el de proporcionar consistencia, valor y realidad a los
contenidos, porque así lo han querido algunas sociedades, y esa tradición
de siglos no se olvida así como así -en algunos casos, no conviene ni que
se olvide-. En todo caso, la naturaleza misma de la información científica
-en rápida y constante transformación, fugaz en buena medida- y de las
comunidades científicas que la tratan y manipulan -construyen sobre el
rescoldo de lo que se conoce-, hacen del papel algo enteramente
prescindible.
¿Y qué le queda
por hacer entonces a la editoriales comerciales? No es cuestión de ocultar
datos en beneficio de una tesis que pretenda verificarse a toda costa:
Reed Elsevier, según publica la revista Forbes Global en su número
de 11 de noviembre de 2002, alcanzó una facturación mediante la venta de
revistas y artículos científicos a través de la red de 1,5 billones de
dólares. La propia magnitud de la cifra nos habla, claro, de la dimensión
del negocio, de la extensión del debate y de la sensación de despojo de
los científicos militantes. Kluwer Online, la división digital de Kluwer
Academic Publishers, anuncia en su último boletín de noticias que el Dr.
Kart Wüthrich, editor jefe de la revista Journal of Biomolecular
NMR publicada y distribuida exclusivamente a través de Kluwer Online,
ha obtenido el Premio Nobel de Química del año 2002, de manera que es
cierto que los caminos del Nobel son innumerables y que no siempre es el
más recto el que conduce a la misma recompensa.
La tangible e
innegable realidad anterior no debe ocultar, sin embargo, la pregunta que
sigue flotando en el aire: ¿durante cuánto tiempo seguirán las cosas así
cuando Internet ofrece una posibilidad de reapropiación incontestable?
Pues bien, tanto la Budapest Open Access Initiative como la
Public Library of Science abogan por una especie de periodo de
transición en el que se busquen fórmulas de viabilidad económica para las
empresas editoriales comerciales que vayan a perder el cuasi monopolio del
que gozaban, pero todo eso suena, más bien, a la música de fondo de unos
grandes almacenes que nos va distrayendo mientras vamos a lo nuestro: ni
el valor añadido que potencialmente pudieran sumar las editoriales
comerciales a los productos científicos es algo que ya no puedan hacer las
propias comunidades científicas (comparen, si no, las interesantes
iniciativas que proponen Safari Books y Science Direct de
Reed Elsevier, con la que propone la Public Library y lo que ya
funciona en páginas públicas como las del Online Journal Publishing
Service del American Institute of Physics y la Nacional Academy Press
basada en la búsqueda de contenidos concretos en multitud de
publicaciones), ni prestar seis meses los contenidos a las editoriales
para que los comercialicen y distribuyan con la condición de que a su
vencimiento los hagan accesibles parece que sea otra cosa que una cuestión
de tiempo (hoy seis meses, mañana dos y al otro ninguno).
Cuando la
libido se exalta y encuentra, además, el medio a través del que
alcanzar el objeto de su deseo, lo mejor que uno puede hacer, como ya
demostrara Almodóvar, es someterse a sus leyes.
Copyright © 2003 Joaquín Rodríguez Se permite la
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