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Asunto:[BOLETIN] Tazria - Metzora
Fecha: 26 de Abril, 2006  19:40:32 (+0200)
Autor:contacto <contacto @...........com>

Judaicasite

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http://www.judaicasite.com/mailinglist/tazria5.htm
 

Perashá de la semana:
Tazria-Metzora
(Tercer Libro de la Torá: Vaikrá/Levítico 12:1 a 15:33)
Judaicasite.com

Rosh Jódesh Iyar: (viernes 28 y sabado 29 de abril)

CONTENIDO DEL BOLETIN:
1- Resumen de las Perashiot (Porciones Semanales)
2- La Enfermedad de Nuestro Siglo

[#] Cómo desuscribirse: ver al final

Horario Encendido de Velas (Viernes 28 de abril, 2006, 30 de nisan, 5766)

Buenos Aires
Jerusalem
Tel Aviv
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New York
Los Angeles
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Seattle
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Amsterdam
Sao Paulo
Santiago, Chile
Caracas
Mexico
Madrid

18.04*
18.37
19.01
19.01
19.31
19.16
19.33
19.59
19.41
20.43
17.25
17.47
18.22
19.40
20.49

* corresponde a 10 minutos antes de la puesta del sol

1- RESUMEN DE LA PERASHIOT

Tazría:
Comienza la perashá ordenando que toda vez que una mujer dé a luz, ofrezca un Korbán (Ofrenda) tras el nacimiento. Los hijos varones deberán ser circuncidados en el octavo día de vida. La Torá introduce el fenómeno de tzaraat, comúnmente traducido como "lepra" aunque no es la acepción correcta, pues se trata de una enfermedad de origen puramente espiritual, que ataca a la persona, a sus ropas y a su casa, a fin de provocar una reflexión tendiente a la enmienda de sus faltas espirituales, en particular el hablar Lashón Hará (comentario negativo sobre el prójimo). Para determinar si una mancha en particular constituye o no tzaraat, se debe consultar al Kohén (sacerdote), quien en caso afirmativo, aísla al afectado durante una semana. Si al cabo de ese plazo la enfermedad no experimenta variación, se prolonga su confinamiento durante una semana, luego de la cual el kohén decide la situación del afectado. Existen distintas formas de tzaraat que son descriptas en esta perashá. La persona a quien se le confirma que sufre de tzaraat, debe desgarrar su ropa no cortarse el pelo y alertar a la gente sobre el hecho de que padece de esa impureza ritual, no pudiendo mantener un contacto normal con las demás personas. Finalmente es descrito en detalle el fenómeno de tzaraat en las ropas.

Metzorá:
En esta sección la Torá describe el procedimiento a seguir por un metzorá (afectado por tzara'at), una vez curado y concluido su período de aislamiento. Este proceso dura una semana e incluye korbanot (ofrendas) e inmersiones en la mikve (piscina ritual), tras lo cual el Kohen deberá declararlo "puro". Cuando el metzorá es de escasos recursos, puede sustituir las ofrendas caras por otras más económicas. Previo a la confirmación por parte del Kohen de que una casa tiene tzara'at, los objetos de la casa son retirados para evitar que ellos también sean declarados ritualmente impuros. La afección de tzara'at se elimina demoliendo y reconstruyendo esa sección de la casa. Si vuelve a aparecer, la construcción entera debe ser demolida. La Torá detalla las secreciones corporales que hacen a una persona ritualmente impura, impidiéndole tocar objetos sagrados, y describe cómo el afectado recupera su estado de pureza ritual

 
 

2- LA ENFERMEDAD DE NUESTRO SIGLO


Estas dos secciones de la Torá, que este año se leen simultáneamente, tratan sobre un mismo tema: el Metzorá, el individuo afectado por una enfermedad que, generalmente, asemejamos a la lepra, pero que, según nuestros Sabios, tiene un origen psicosomático: está ligado a un mal comportamiento moral, en especial la maledicencia, el lenguaje negativo acerca de alguien. Esta concepción está confirmada por una lectura diferente del término Metzorá, que puede ser considerado como una contracción del hebreo "motzí ra", el que deja salir el mal o que habla mal de los demás. Para hablar mal de otro, primero debe haber pensado esas palabras despectivas en su interior. Existe, pues, en el espíritu del malediciente, un lugar propicio para la palabra desdeñosa.

La destrucción de los Templos (el Primero y el Segundo) y el exilio, fueron provocados por el deterioro del orden social y la degradación de las relaciones entre diferentes grupos del pueblo. El profeta Zacarías declaró que se debía aplicar, antes que nada, el versículo: "Emet veshalom ehabu", "amen la verdad y la paz (armonía)", lo cual explicó en estos términos: "No pensar nunca mal del semejante" (Zejariá/Zacarías 7:7), pues tales pensamientos serían aun más graves que el propósito de hablar mal. Esta idea desarrollada por el profeta no hace del hablar correctamente una innovación. Se trata en realidad de acordarse de ciertas directivas contenidas en la Torá: "Con justicia juzgarás a tu prójimo". En otros términos, se debe inclinar la balanza del lado de los méritos y no del lado de las faltas. Cuando la conducta del otro puede dar lugar a una doble interpretación, tenemos el deber de elegir la explicación más favorable. Se debe habituar uno a ser optimista y a ver el buen lado de las cosas y de los demás. Se debe aprender a no basarse en las excepciones para establecer las reglas generales, sobre todo cuando se trata de un ser humano.

Aquel que no piensa mal de su prójimo y juzga en forma positiva el comportamiento del otro, no denigrará a sus hermanos. Cuando el corazón de un hombre está nutrido de resentimiento, esto terminará por explotar en las relaciones interpersonales traduciéndose en expresiones ofensivas.

La célebre obra Jafetz Jaim está precisamente consagrada a las leyes que prohíben la maledicencia. En su introducción, el autor, Rabi Israel Meir Hacohen, de Radin, más conocido por el nombre Jafetz Jaim, como su obra, evoca las terribles catástrofes causadas por el Lashón Hará en el curso de la historia judía. Desde la venta de Iosef por sus hermanos hasta la destrucción del Segundo Templo provocado por la inquina gratuita entre hermanos. De modo que asemeja el odio gratuito a la maledicencia. Ésta última toma una nueva dimensión, más grave, más preocupante aún, cuando recordamos la definición que nuestros Sabios han dado del ser humano: según Rabi Iehuda HaLeví, el hombre es, antes que nada, un ser que habla, "adam hamedaber" (Kúzari I, 35).

La palabra es la propiedad distintiva del hombre. Evidentemente, el hombre piensa; pero lo que lo caracteriza es la palabra y, sobre todo, la buena palabra, la palabra constructiva. Por el contrario, si la palabra es utilizada para un mal juicio, se debe comprender que no se trata de una falta marginal de la personalidad sino más bien de un problema central y vital. El hombre es un ser parlante y si no habla como corresponde, su status de hombre se encuentra disminuido. La "palabra mala" revela entonces exteriormente una profunda dislocación de la personalidad.

Esto nos trae hacia el Metzorá. Si la personalidad del hombre es disminuida por la maledicencia, no es de sorprender que la enfermedad que se manifiesta, se revele de manera psicosomática: los muros de su casa se pudren, la piel del culpable se corta, lo mismo que su vestimenta. Para estar seguro de que su mal ejemplo no tendrá influencia sobre el resto de la comunidad, se lo coloca al margen de la sociedad y en total exclusión hasta que su lesión cicatrice y el Kohen (Sacerdote), verdadero sanador del alma, le haya dado el tratamiento adecuado.

En este contexto, es particularmente importante subrayar que la prohibición de difamar no se aplica solamente a las relaciones entre individuos sino que se extiende también a los informes y comentarios entre los diferentes grupos de nuestra colectividad nacional. Es más indispensable que nunca desarrollar hoy en día la enseñanza del Jafetz Jaim respecto a la maledicencia en el conjunto de la comunidad. Esto contribuirá a rechazar toda corriente que preconice la violencia entre las personas, incluso si se tratare de una violencia verbal, y a sanear las relaciones entre grupos, partidos políticos o corrientes de pensamiento diferentes.

¿Por qué insistir en tal punto? Simplemente porque son numerosas las personas que, en su vida privada, son extremadamente delicadas y atentas; se preocupan por no pronunciar la menor declaración fuera de lugar y de mostrarse siempre corteses. Por el contrario, cuando se trata de relaciones entre partidos, entre religiosos y laicos, etc., estas mismas personas se permiten a veces las mayores licencias de lenguaje, afirmando que el fin justifica los medios. Aun las buenas intenciones no excusan en absoluto las faltas de lenguaje y las malas expresiones.

El Salmo 34 lo señala enfáticamente: "¿Quién es el hombre que desea la vida (He'jafetz jaim)? Aquel que guarda su lengua del mal".

Además, la gravedad de la difamación es también proporcional al número de personas que la escuchen. La importancia del auditorio tiene una suerte de efecto multiplicador. Esto se aplica particularmente a los políticos quienes, para justificarse o justificar su programa, se creen obligados a criticar a sus adversarios en público. Maimónides da una dimensión adicional a la trasgresión del comentario negativo. Él habla de "Baalé Lashón Hará", los "expertos" en maledicencia (Hiljot De'ot cap. 7). Tales "expertos" no cometen su falta por accidente sino que hacen de ella su principal actividad y se entregan a hablar mal de los demás en forma tan sistemática que esta práctica termina por transformarse en una dimensión de su comportamiento. Guardando las distancias, este término es lingüísticamente comparable al de "Baal Teshubá", el maestro de la teshubá (retorno al buen camino), quien no se contenta con un progreso limitado sino que progresa en forma continua y permanente hacia el conocimiento de Di's y del bien.

En el mundo moderno, los medios de comunicación se han transformado en el principal vector de este "lashón hará". Informan con complacencia las expresiones insultantes que se intercambian regularmente ciertas personalidades. Los oyentes toman de esta forma una parte de responsabilidad en la falta cometida, pero aquel que reproduce las palabras prohibidas y las lleva a conocimiento de millones de personas, llega al paroxismo del horror.

Para defenderse, los medios han tomado la costumbre de flamear la bandera de la "libertad de expresión y el derecho del público a saber". Esto sería, según ellos, una de las prerrogativas de la democracia. Resta saber qué es lo que aporta esta maledicencia global a la democracia. Se le preguntó a cierto periodista por qué sus crónicas estaban tan llenas de difamaciones y maledicencia. "Es porque nuestros lectores aman leer este género de informaciones. Si mi público prefiriera leer Maimónides, yo no tendría ningún problema en llenar con sus obras las páginas de mi diario". De modo que quien lee "lashón hará" también él es culpable.

¿Cómo enfrentar esta maledicencia omnipresente? Respetando uno de los sabios principios de Hilel: "No hagas a tu semejante aquello que no querrías que te hicieran a ti". Está en nosotros comportarnos en forma tal de tener éxito y evitar numerosos errores que provocan nuestro descenso espiritual.
(Basado en Rab Aviner)

 

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SHABAT SHALOM
Hasta la proxima semana !!
Judaicasite
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