Una semana más, puntual a la cita, muchÃsimas gracias Ana Isabel.
Quiero aprovechar para ver si alguno tine la dirección de El Semanal a la que se puede escribir a El Jefe para felicitarle por este artÃculo.
No soy muy dado a estas cosas, de hecho, mientras haya otros que la cuiden, yo paso de la lengua española a abiendas de que está en buenas manos (excepto en la sana labor que deberÃamos practicar más de escribir lo mejor que uno sepa y pueda). Pero como la cosa anda chunga, pues me gustarÃa felicitarle por ello, porque ya es que la tonterÃa ha llegado a unos estremos que hasta se agradecen cosas como ésta.
Un abrazo y un saludo, capitanes, grumetes y polizones.
Paco
--- El mar, 24/6/08, Ana Isabel <alucinetotal@hotmail.com> escribió:
De: Ana Isabel <alucinetotal@hotmail.com> Asunto: [listareverte] ~ Miembras y carne de miembrillo ~ Para: "FOROFOS" <listareverte@elistas.net> Fecha: martes, 24 junio, 2008 10:28
A la ministra española de Igualdad y Fraternidad, Bibiana AÃdo, que pasará a los anales de la estupidez nacional por lo del miembro, la miembra y la carne de miembrillo, le han dado en las últimas semanas las suyas y las del pulpo, asà que no quiero ensañarme. PodrÃa, puesto a resumir en dos palabras, llamarla tonta o analfabeta. Supongo que, ateniéndonos a su estólida contumacia cuando fue llamada al orden por gente respetable y docta, a esa ministra podrÃan irle como un guante ambos epÃtetos. Pero no lo creo. Quiero decir que no tengo la impresión de que Bibiana AÃdo sea tonta ni analfabeta. Por lo menos, no del todo. O lo justo. Lo que pasa es que está muy mal acostumbrada.
Bibiana AÃdo, que es de Cádiz, procede de esa nueva casta polÃtica de feministas crecida en AndalucÃa a la sombra del régimen chavista; que asÃ, dándoles cuartelillo, las tiene entretenidas y goteando agua de limón. Esas pavas,
que han convertido una militancia respetable y necesaria en turbio modo de vida y medro, no tienen otra forma de justificar subvenciones y mandanga que rizar el rizo con piruetas cada vez más osadas, como en el circo. La lengua española, que en este paÃs miserable ha resultado ser arma polÃtica útil en otros ámbitos, les viene chachi. Por eso están embarcadas en una carrera de despropósitos, empeñándose, cuatro iletradas como son, en que cuatrocientos millones de hispanohablantes modifiquen, a su gusto, un idioma donde cada palabra es fruto de una afinada depuración práctica que suele ser de siglos, para adaptarlo por la cara a sus necesidades coyunturales. A su negocio.
Lo que pasa es que, en el cenagal de la polÃtica española, cualquier cosa viene de perlas a quienes buscan votos de minorÃas que, sumadas, son rentables. Sale baratÃsimo. Sólo hay que destinar unas migajas de presupuesto y darle hilo a la cometa. Asà andan las
Bibianas de crecidas, campando a su aire en una especie de matonismo ultrafeminista de género y génera donde, cualquiera que no trague, recibe el sambenito de machista. Y asà andamos todos, unos por cálculo interesado y otros por miedo al qué dirán. Los doctos se callan con frecuencia, y los ignorantes aplauden. Incluso hay quienes, después de cada nueva sandez, discuten el asunto en tertulias y columnas periodÃsticas, considerando con gravedad si procede decir piernas cuando se trata de extremidades en una mujer, y piernos cuando se trata de un hombre. Por ejemplo.
En todo esto, por supuesto, la Real Academia Española y las veintiuna academias hermanas de América y Filipinas son enemigo a batir. Según las feminatas ultras, las normas de uso que las academias fijan en el Diccionario son barreras sexistas que impiden la igualdad. Lo plantean como si una academia pudiera imponer tal o cual uso de una palabra, cuando lo que hace es
recoger lo que la gente, equivocada o no, justa o no, machista o no, utiliza en su habla diaria. «La Academia va siempre por detrás», apuntan como señalando un defecto, sin comprender que la misión de los académicos es precisamente ésa: ir por detrás y no por delante, orientando sobre la norma de uso, y no imponiéndola. Voces cultas, y no sólo de académicos –Alfonso Guerra se unió a ellas hace poco–, han explicado de sobra que las innovaciones no corresponden a la RAE, sino a la sociedad de la que ésta es simple notario. En España la Academia no inventa palabras, ni les cambia el sentido. Observa, registra y cuenta a la sociedad cómo esa misma sociedad habla. Y cada cambio, pequeño o grande, termina siendo inventariado con minuciosidad notarial, dentro de lo posible, cuando lleva suficiente tiempo en uso y hay autoridades solventes que lo avalan y fijan en textos respetables y adecuados. De ahà a hacerse eco, por decreto, de cuanta
ocurrencia salga por la boca de cualquier tonta de la pepitilla, media un abismo.
Asà que tengo la obligación de advertir a mis primas que no se hagan ilusiones: con la Real Academia Española lo tienen crudo. Ahà no hay demagogia ni chantaje polÃtico que valga. Ni Franco lo consiguió en cuarenta años –y mira que ése mandaba–, ni las niñas capricho del buen rollito fashion lo van a conseguir ahora. En la RAE somos asà de chulos. Y lo somos porque, desde su fundación hace trescientos años, esa institución es independiente del poder ejecutivo, del legislativo y del judicial. Su trabajo no depende de leyes, normas, jueguecitos o modas, sino de la realidad viva de una lengua extraordinaria, hermosa y potente que se autorregula a sà misma, desde hace muchos siglos, con ejemplar sabidurÃa. De forma colegiada o particular, a través de sus miembros –que no miembras–, siempre habrá en esa Docta Casa una voz que, con diplomacia o
sin ella, recuerde que, en el Diccionario, la palabra idiotez se define como «hecho o dicho propio del idiota».
El Semanal 29 de junio de 2008
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