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Asunto:[mediosmedios] A mí me gusta que baile Marieta
Fecha:Sabado, 1 de Junio, 2002  10:03:05 (-0500)
Autor:Roberto Rodríguez Baños <roberrb1 @...........mx>

José Steinsleger

A mí me gusta que baile Marieta

Nacido en el oriente de Cuba, el son devino en ritmo universal a causa, precisamente, de ser nacional. Es por esto que millones de personas no quieren perderse los conciertos del Buena Vista Social Club, y es por esto que al sonar la trompeta de Guajiro Mirabal la fiesta empieza, y en el Salón 21 se instaló la dicha del mundo:

"Esa banda tan gigante

la tenía Beny Moré

Decían que había desaparecido

y aquí usted lo ve...

¡Qué bueno que baila usted!"

¿Por qué renació la energía del Buena Vista si los doctos la habían enviado al desván de los sentimientos antiguos?

Desde algún lugar Antonin Artaud dijo: "No me parece que lo más urgente sea tanto salir en defensa de una cultura que no ha liberado a un solo hombre de la preocupación de tener que comer, como extraer de eso que llaman cultura ideas cuya fuerza sea idéntica a la del hambre".

De Oriente, tierra en la que no casualmente brotaron las gestas libertarias de Cuba, viene el son. Y al cruzarse con los acordes del pentagrama "carabalí" (negros provenientes de Nigeria y el Delta del Níger) los Ibrahim Ferrer fueron posibles y auténticamente modernos:
 

"Yo soy carabalí

negro de nación

Sin la libertad

no pue' viví".

El oficio de los cantantes serios consiste en expresar los movimientos líricos del alma en un ritmo reglado por una tradición que viene de la colectividad.

Así podemos entender que si en son de bolero cantamos "confieso que estoy muriendo/que no es vida sino muerte/ la vida que estoy viviendo", no sólo recreamos el alma de Santa Teresa sino las coplas populares del siglo XVI junto a Calderón, González Berceo y Lope de Vega, de donde también viene el son.

En 1992, Eddie Palmieri le criticaba a los músicos cubanos estar demasiado fijados en la "salsa" de Nueva York y Miami y olvidados de los boleros, de las guarachas y del propio son. Con la revolución ocurría algo similar: demasiado perdidos en los supuestos de la dependencia de la conciencia en el fenómeno de la durabilidad de algunos valores culturales.

Bien. Con el renacer del son Cuba volvió a nutrirse de su savia rencontrándole sentido y proyección a la vida. Pues la cultura sólo puede ser "simulacro" y cosa de entendidos en sociedades donde parecen haberse perdido para siempre el valor de las cosas.

Los veteranos del Buena Vista Social Club han llegado para sacudir y romper la deprimente situación de una juventud perdida y avejentada antes de vivir, proyectándola con entusiasmo a lo que todos necesitamos con urgencia: un modelo de vida que nos permita expresar los sentimientos, no importa si tristes o alegres, ya cada quien verá.

A los 76 años Ibrahim Ferrer sólo piensa en "esa cosa que me hiciste, mami/ me gustó. Me gustó" y Omara Portuondo no quiere que las flores sepan los tormentos que le da la vida, acercándonos a las enseñanzas del mago Gurdjieff: "Cuanto más cerca estamos del silencio, más cerca estamos de la libertad".

Ritmos como los del Buena Vista Social Club sólo pueden brotar de la colectividad y de una sociedad abierta, donde las ventanas, como en Cuba, son más grandes que las puertas, donde las calles se enteran de lo que pasa en las casas y donde las ventanas de las casas están hechas con una saliente que permite mirar desde dentro, lo que pasa en las calles.

Sólo así fue posible que volviese a fluir la fuerza, la increible fuerza del son. La Jornada, México, DF, México. 01.06.02