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Asunto:[mediosmedios] Fútbol y globalización
Fecha:Sabado, 1 de Junio, 2002  20:46:01 (-0300)
Autor:Mediosmedios <mediosmedios @..........ar>

Estimados Miembros de la Lista:
 
compartimos con ustedes una nota que fue publicada hoy en el diario La Vanguardia, de Barcelona, España.
 
Un cordial saludo
 
Marcela Barbará
Moderadora de la Lista Mediosmedios

EL FÚTBOL ES UNA vacuna contra el etnocentrismo; en realidad, constituye una escuela de pluralismo y tolerancia

P. BONIFACE, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas (IRIS), París
Fútbol y globalización
 
PASCAL BONIFACE
El saque inaugural del Campeonato del Mundo, el viernes, fue el pórti-co del partido entre Francia, vencedora de la pasada edición, y Senegal. Cuarenta mil millones de telespectadores -según el cálculo acumulado de audiencia- siguieron esta competición en 1998. Puede considerarse que este año esta cifra será superior. Aunque sólo sea porque China participa por primera vez en esta ocasión y porque los aficionados chinos no tendrán como en 1998 que despertarse en plena noche para seguir las retransmisiones.

Por primera vez, el Campeonato del Mundo se juega en Asia. Puede decirse que actualmente el fútbol, en efecto y verdaderamente, se ha globalizado. Podría decirse, incluso, que se trata de uno de los ejemplos más perfectos de globalización, que puede definirse como el enlace entre distintas partes del mundo gracias a la supresión de las fronteras y a la modificación de las nociones de tiempo y espacio. Pero veamos, ¿hay algo más universal que el fútbol? En la actualidad, Zidane, Beckham o Raúl se encuentran indudablemente entre los ciudadanos más conocidos del mundo. Lo son más que la mayoría de responsables políticos de las grandes potencias y son, por otra parte, claramente más populares incluso más allá de las fronteras de sus países respectivos. En esta aldea planetaria en que se ha convertido el mundo contemporáneo, las figuras del fútbol son sus símbolos más idolatrados. Puede afirmarse, sin exagerar, que nunca se pone el sol sobre el imperio del fútbol y que éste ha conquistado, aunque de forma pacífica, el mundo entero. Los puertos constituyeron, fundamentalmente, la vía de entrada. Nacido en Inglaterra, el fútbol fue exportado por los marinos que se entregaban a él con pasión en las escalas que hacían los barcos. Los primeros clubs de fútbol profesional europeo se hallan en las ciudades portuarias. Le Havre en Francia, Bilbao y Barcelona en España, Génova en Italia, Hamburgo en Alemania. Posteriormente, el ferrocarril permitió su penetración hacia las zonas del interior. En el siglo XX la radio y sobre todo la televisión vinieron a coronar esta conquista triunfal del mundo a cargo del fútbol. Ninguna frontera puede detenerle, ningún régimen, a excepción del de los talibán en Afganistán, puede prohibirlo. Actualmente el fútbol se halla más extendido que los restantes joyas de la corona de la globalización, ya se trate de la economía de mercado, de la democracia o de Internet.

La Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) cuenta por otra parte muchos más miembros (204) que las Naciones Unidas (192). La FIFA es uno de los escasos organismos internacionales en los que China acepta sentarse junto a Taiwán. Palestina es miembro de la FIFA a falta de serlo de la ONU. El fútbol es uno de los escasos fenómenos de la globalización que escapa al dominio americano. Se confunde con frecuencia globalización y americanización. Para muchas personas, la bolsa es Wall Street, el cine es Hollywood, la información es la CNN, las nuevas tecnologías es Microsoft. El fútbol es la excepción, pues Estados Unidos -en términos futbolísti- cos- no es más que una potencia mediana. En este terreno, las superpotencias son sobre todo europeas (Francia, Italia, Alemania, Inglaterra) o sudamericanas (Brasil, Argentina).

Si a ellos se añade Uruguay, cuya estrella ha palidecido, figuran en esta lista todos los vencedores de los campeonatos del mundo anteriores así como los favoritos de la actual edición. Ahora bien, el fútbol no se limita a un cara a cara entre Europa y Latinoamérica. Si bien Oceanía sigue estando ausente -Australia, que domina en esta zona, no ha logrado aún calificarse, en un partido de desempate precisamente contra Uruguay después de haber sufrido el mismo percance contra Irán hace cuatro años- los restantes continentes se hallan debidamente representados. Los países asiáticos se hallan todavía en una fase de iniciación y su objetivo estriba ante todo en superar la primera ronda. Los países africanos son mucho más ambiciosos y siguen progresando.

Si hay un aspecto de la globalización que no corre peligro de debilitar el Estado nación se trata, desde luego, del fútbol.

Once países europeos han renunciado a su moneda nacional para fundirse en una moneda común. Está previsto que otros, incluida Gran Bretaña, se les unan en plazo relativamente breve. A escala europea, ya no resulta concebible el despliegue de intervenciones militares bajo banderas de carácter exclusivamente nacional; en cambio, nadie preconiza la unificación de los equipos nacionales de fútbol. Tampoco hace falta, por otra parte, para estar en forma como en los terrenos militar o monetario. El fútbol continúa siendo, pues, un elemento singularmente sólido de resistencia identitaria, en un momento en que la mayoría de factores de referencia de esta clase han desaparecido o han sufrido una profunda transformación. Los catalanes que al propio tiempo que la selección nacional española han formado un equipo catalán son perfectamente conscientes de este fenómeno.

Para estados jóvenes que acaban de acceder a la independencia, sea por la descolonización o por el estallido de antiguos imperios multinacionales, la enérgica movilización suele aglutinarse en torno a un equipo nacional del deporte más popular del planeta. Se trata de un elemento de soberanía que es bien visible, cercano y que suscita más fácil y visiblemente la adhesión popular que la instalación de una embajada en la Organización de las Naciones Unidas. El fútbol permite, de hecho, establecer un nexo entre soberanía y vida cotidiana.

Ha podido constatarse después de la implosión de los imperios multinacionales como eran Yugoslavia o la Unión Soviética. Los jóvenes estados que han surgido de estos escombros tienen como prioridad, casi de modo simultáneo, lograr una representación en las Naciones Unidas y un escaño en la Federación Internacional de Fútbol. La selección nacional es más que el simple resultado de la creación de un nuevo Estado. En una dinámica de reacción, contribuye a forjar el sentimiento nacional cuando este último es débil, se halla amenazado o experimenta dificultades para emerger. El fútbol puede entonces hacer las veces de factor aglutinante en una comunidad traumatizada.

La definición de Estado no se limita en lo sucesivo a los tres factores tradicionales: un territorio, una población, un gobierno. Podría casi decirse, sin exagerar desmesuradamente, que conviene añadir a ello un cuarto factor: la selección nacional de fútbol. La independencia nacional reside, ciertamente, en la posibilidad de defender las propias fronteras, de acuñar moneda pero, según parece, asimismo de disputar partidos internacionales de fútbol.

La globalización posee dos caras. Para unos, se trata de una espléndida ocasión, de un vector de valores democráticos y de prosperidad a escala mundial. Para otros, es una herramienta de las multinacionales en un mundo en el que el individuo se sacrifica al beneficio. Volvemos a encontrar esta fractura en el fútbol. Algunos no ven en él más que el "business" en el cual el dinero permite ganar trofeos. Pero, para otros, el fútbol es una vacuna contra el etnocentrismo. Es una escuela de pluralismo y de tolerancia. Ya podemos apostar, con visos de acertar, en el sentido de que el primer contacto que un muchacho inglés, árabe o chino tendrá con Brasil, Camerún o Francia se realizará a través de un balón de fútbol.

La globalización, como el fútbol, son pues bienvenidos puesto que constituyen una apertura sobre el exterior. Para que los aspectos positivos predominen sobre los negativos, es menester que se regulen, que el dinero no se convierta en su finalidad sino que siga siendo un medio.

Traducción: José María Puig de la Bellacasa

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