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Asunto:[mediosmedios] INSURGENCIA Y REPRESIÓN
Fecha:Lunes, 3 de Junio, 2002  09:49:10 (-0500)
Autor:Roberto Rodríguez Baños <roberrb1 @...........mx>

GUERRA FRIA EN MEXICO

El terror en las comunidades comenzó con un plan de despistolización, señala

Sólo nos quedó el camino de las armas: Sotelo Pérez

"Guerrero aún espera la justicia", asegura el compañero de batallas de Genaro Vázquez

INVESTIGACION REALIZADA POR MIREYA CUELLAR, ALONSO URRUTIA, VICTOR BALLINAS Y GUSTAVO CASTILLO

Exiliado 12 años en Cuba, de noviembre de 1971 a octubre de 1983, tras haber participado en un secuestro que organizó Genaro Vázquez en Guerrero, el profesor Antonio Sotelo Pérez, ex integrante de la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria (ACNR), recuerda aquellos años de violencia que vivió: "No había opción. El gobierno ya había cerrado los espacios de legalidad. No había justicia. Sólo nos quedó el camino de las armas".

La historia que vivió al lado de Genaro Vázquez es larga. "Conocí a Genaro en la Escuela Nacional de Maestros, allá por los años 50, y con él viví las luchas sociales como estudiante, como maestro, como cívicos y en la guerrilla.

"Participamos en elecciones para la sociedad de alumnos de la Normal, pero perdimos. Apoyamos el movimiento del profesor Othón Salazar, hasta que se atravesó en el camino el general Raúl Caballero Aburto, quien gobernó Guerrero con pandilleros y pistoleros. Con él como mandatario se dieron los más brutales allanamientos de morada, asesinatos, violaciones de mujeres, torturas y desapariciones de campesinos", asevera el ex guerrillero.

Caballero Aburto, abunda Sotelo en entrevista, puso en marcha un plan de despistolización en Guerrero. "Ordenó limpiar todos los hogares de armas, que según él atentaban contra la seguridad pública. Ahí empezó el terror para las comunidades, porque las armas las tenían las guardias blancas, los campesinos no tenían para comer, aunque algunos sólo poseían rifles calibre 22 para cuidar sus milpas."

La Asociación Cívica Guerrerense "la habíamos constituido en 1959 en el Distrito Federal los oriundos de aquel estado radicados aquí, pero al conocer de los atropellos, asesinatos y represión brutal contra los campesinos nos trasladamos a Chilpancingo. Allá nos aliamos con los estudiantes del Colegio del Estado, que ahora es la Universidad Autonóma de Guerrero (UAG), para sacar a Aburto. El resultado fue fatal: el 30 de diciembre de 1960 fueron acribillados por el Ejército 18 ciudadanos; hubo además 20 heridos y 400 detenidos.

"Esto -rememora- ocurrió allá por la alameda Granados Maldonado, en Chilpancingo. Cayó Aburto, pero la violencia siguió. Hubo otras masacres, como la de los copreros, ocurrida el 20 de agosto de 1967. Era una protesta pacífica y fueron acribillados. Hubo 81 muertos y más de 100 heridos... aún no se ha hecho justicia.

Genaro, dice el profesor Sotelo, "era un hombre culto. Formamos parte del Movimiento de Liberación Nacional, que dirigía Heberto Castillo. Diferíamos de él en ideología; en realidad era un hombre progresista que no quería salirse de los cánones tradicionales. Genaro era marxista-leninista. Era estudioso y asiduo de las obras de Zapata, Villa, Marx, Engels. Su libro de cabecera era uno de Ernesto Che Guevara. Admiraba al movimiento revolucionario de la época".

La idea de Genaro, asegura Sotelo, era que los pobres gozaran de todas las garantías. Por eso, como los campesinos eran los más explotados, "formamos la Liga Agraria Revolucionaria del Sur, el 21 y 22 de marzo de 1963".

Antes de eso, recuerda, "la Asociación Cívica Guerrense participó en las elecciones estatales de 1962; el candidato fue José María Suárez Téllez. Lanzamos a muchos como candidatos para diputados y presidentes municipales; perdimos contra el PRI, pero ellos (los priístas) no ganaron ninguna comisaría municipal".

A sus 73 años de edad, Sotelo, con problemas de salud, busca los recuerdos en su memoria. Hace esfuerzos por aclarar los tiempos. "No me quiero equivocar. Han pasado tantos años..."

Rememora entonces que Genaro también constituyó un grupo de solicitantes de tierra, en el que participaron Ramón Danzós Palomino y Alfonso Garzón Santibáñez. "Nos separamos de ellos después y formamos la Liga Agraria del Sur Emiliano Zapata. Organizamos varios ramales: las uniones libres copreras, de productores de café, de ajonjolineros de Tierra Caliente y la de tejedores de palma de la montaña de Guerrero."

Genaro se involucró en la sierra y en la costa con los campesinos e indígenas, agregó. "Allá llevamos médicos, cultura, hicimos obras de ayuda a la comunidad, por eso es que las guerrillas conquistan a los pueblos. El pueblo le tiene miedo al Ejército, porque saquea, mata y viola. A la guerrilla le dan cobijo, comida y la ayudan porque es la esperanza de los que viven en la miseria.

"Estuvimos de un lugar a otro como guerrilleros, hasta que me detuvieron. La ACNR -convertida ya en guerrilla- secuestró en diciembre de 1970 a Donaciano Luna Radilla, gerente del Banco del Sur de Atoyac; pedimos medio millón de pesos de rescate; yo serví de correo para cobrarlo. Lo liberamos, pero detuvieron a unos compañeros y cantaron, porque los torturaron. Por eso me detuvieron.

"Después, en 1971, en noviembre 19, la gente de Genaro secuestró al rector de la UAG, Jaime Castrejón Diez, quien también era gerente de la Coca-Cola. Como rescate se pidió la excarcelación de presos políticos y dinero.

"El 27 de diciembre me liberaron junto con Mario Renato Menéndez Rodríguez, Demóstenes Onofre Valdovinos, María Concepción Solís, Florentino Jaimes Hernández, Santos Méndez Bailón, Ismael Bracho Campos, Ceferino Contreras Ventura y Rafael Olea Castaneira, y nos exiliaron hacia Cuba.

"En el noticiario de Jacobo Zabludovsky se leyeron las condiciones del rescate para liberar al rector. Decía el comunicado de Genaro que si no nos liberaban, Castrejón Diez sería pasado por las armas. Nosotros estábamos en la cárcel de Chilpancingo, y en 24 horas nos juntaron a todos. Nos llevaron a las instalaciones militares de la capital guerrerense. Pensé, ¡ahora sí nos van a matar esos desgraciados!

"Nos trajeron al Distrito Federal, a la Escuela Nacional de Maestros, y de ahí al Campo Militar número Uno. Nos preguntaron adónde queríamos ir -a cada uno por separado-, y todos coincidimos: a Cuba.

"Es que ahí hablan nuestro idioma. Sabíamos que ahí nos iban a tratar bien. Por eso quisimos irnos a allá. Nos llevaron en un avión militar que hizo escala en Mérida, Yucatán, para cargar combustible. Cuando llegamos a Cuba, los soldados mexicanos querían bajar del avión en el aeropuerto José Martí, pero no los dejaron los guardias cubanos. Les dijeron: 'sólo los prisioneros, ustedes pueden cargar combustible y regresar a México'."

En Cuba, rememora Sotelo, "estuve 12 años. Allá me enteré de la muerte de Genaro en 1972. El costo fue muy alto... Guerrero aún espera la justicia".

De la Barreda Moreno, pieza clave en la represión

Algunos presos que no recibían visitas fueron desaparecidos por la DFS

El capitán Luis de la Barreda Moreno conocía en detalle quiénes visitaban a los presuntos guerrilleros presos. Sus nombres, teléfonos y domicilios. También sabía qué reclusos relacionados con las organizaciones armadas de los años 70 no recibieron visitas durante su reclusión, algunos de los cuales fueron después desaparecidos por personal a su mando.

De la Barreda Moreno era el titular de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), organismo policiaco integrado con ex agentes de la Policía Judicial Federal, que se constituyó en 1947.

Documentos en el Archivo General de la Nación dan cuenta de los reportes que De la Barreda Moreno dirigía a Mario Moya Palencia, titular de la Secretaría de Gobernación, en mayo de 1975.

Informaba sobre cada una de las cárceles donde había presuntos integrantes de organizaciones consideradas "extremistas", las cuales eran vigiladas.

Los datos de cada visitante se obtenían de las credenciales que los familiares o amigos de los prisioneros entregaban a los custodios o personal administrativo de esos centros de reclusión antes de ingresar a la visita.

Los listados de visita estaban divididos por organización armada. Debajo de esa leyenda iban los nombres. A la izquierda de la hoja, los presos; a la derecha, los visitantes.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos documentó que algunos de los familiares o amigos de los presos desaparecieron luego de visitar a los reclusos.

De la Barreda Moreno -padre del ex ombusdman capitalino Luis de la Barreda Solórzano- participó en la represión de los grupos armados, ya que desde 1960 fue designado jefe del Departamento de Control de la DFS; luego, subdirector, de 1966 a 1972, y director de esa corporación policiaca de 1972 a 1978.

Al menos cuatro integrantes de la familia desaparecieron luego de ser detenidos

Los Tecla Parra, ejemplo de la persecución policiaca

Sobre una de las jóvenes se supo que en los sótanos de la DFS "se les pasó la mano"

Los Tecla Parra formaban parte de una numerosa familia obrera de Azcapotzalco. Cuando Rosendo Tecla y Ana María Parra se casaron, el padre de él les dio uno de los cuartos traseros de su casa para que vivieran, como lo había hecho con sus otros hijos. El hermano menor de Rosendo, Alfredo, estudiaba derecho en la UNAM y participaba en la escuela de cuadros del Partido Comunista (PC).

Las ideas comunistas del joven Alfredo eran motivo de agrias disputas familiares. Primer miembro de la familia que iba a la universidad, enfrentaba al padre y a los hermanos, pero era apoyado por su cuñada Ana y por algunos de sus sobrinos, quienes le ayudaban a distribuir el periódico del Partido Comunistas en su colonia y discutían en el comité Octubre Rojo.

Ana María Tecla estaba dedicada a las labores domésticas. Empezó a participar en las marchas durante el conflicto estudiantil de 1968, como acompañante de sus sobrinas, que estudiaban en la prepa 5, y de sus hijos mayores, estudiantes de secundaria, quienes militaban en la Juventud Comunista. Los seguía a las manifestaciones de la misma manera que iba con ellos al cine. Sin alguna de las tías, los jóvenes, sobre todo las mujeres, no podían salir.

La militancia de las mujeres de la familia se fue acentuando. Georgina Tecla, la mayor de las sobrinas de Ana, recuerda que el activismo político no sólo surgía del deseo de "cambiar el mundo", sino que se volvió una forma de liberarse del ambiente machista de su casa. Los varones bebían con cierta regularidad, y Rosendo golpeaba a Ana y maltrataba a sus hijos.

En las marchas de 1968 y l971 (buena parte de la familia estuvo el 2 de octubre en Tlatelolco y el 10 de junio en la marcha del Jueves de Corpus), Ana María y algunos de sus hijos -tuvo siete- empezaron a relacionarse con grupos que optaron por la vía armada, como el Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR). Ella estaba otra vez embarazada y tuvo un aborto. Fue a dar al hospital. Su esposo no quiso ir a recogerla, y Ana empezó a buscar ayuda desde la clínica para pagar la cuenta.

Al parecer, los amigos que fueron por ella al hospital eran perseguidos por la policía política, que cargó con todos cuando abandonaban el lugar. Las cosas entre la familia Tecla Parra fueron de mal en peor. El padre insultaba a las hijas: "van a terminar como su madre... en la cárcel".

En 1978, con la amnistía de José López Portillo, Ana María salió de la cárcel para mujeres de Santa Martha Acatitla. No regresó a su viejo domicilio. Sus problemas no habían terminado. "Me fastidian de los dos lados", le comentó un día a su sobrina Georgina, hoy maestra en el Instituto Politécnico Nacional. Había fricciones dentro de los grupos armados, por una parte, y la policía no dejaba de andar siempre tras los ex presos políticos.

Un año después, en 1979, Ana María fue detenida de nueva cuenta, pero entonces no fue llevada a una cárcel, sino al Campo Militar número Uno. Ahí la vio Laura Gaytán, también militante del MAR, con quien compartió celda. Hacía yoga y trataba de ayudar a todos. "Nos daba ánimos", recuerda Laura, quien incluso rememora que se puso a cantar con ella un día, cuando la vio muy triste. Laura pasó tres meses en ese lugar; sin embargo, a Ana María nadie la vio salir. Desde entonces está desaparecida.

En esos años, la Brigada Blanca entraba y salía de la casa de los Tecla Parra. Llegaban tirando las puertas y gritando: "somos la Brigada Blanca, ¿dónde están las armas?" En una de sus visitas se llevaron a dos de los hijos de Ana: Alfredo, el mayor, y Adolfo, uno de los menores, que tenía 15 años. Alfredo fue finalmente presentado (todo golpeado) ante el Ministerio Público, pero al más chico nunca se le volvió a ver.

Para Artemisa y Violeta, también hijas de Ana María, la vida era de confrontaciones constantes con su padre. La primera tenía 18 años y la otra 15 cuando se fueron de su casa. Corría el año 1980. Ambas tenían contactos con grupos armados. De Artemisa se supo que en los sótanos de la Dirección Federal de Seguridad "se les pasó la mano", "murió durante un interrogatorio". Sobre Violeta, que estudiaba en la prepa popular de Liverpool, nadie volvió a tener noticias.

De Violeta -todavía no cumplía los 16-, La Jornada encontró una fotografía en los archivos de la Procuraduría General de la República. La reporta como "recluida en la Cárcel de Mujeres del Distrito Federal" y los documentos hablan de un proceso judicial abierto. Sin embargo, hasta la fecha forma parte de la lista de desaparecidos del grupo Eureka.

A Georgina Tecla se le humedecen los ojos cuando recuerda a su tía. "Anita era mi tutora en la secundaria. Me inscribía en la escuela y firmaba mis boletas..."

En esos años, Georgina fue en una ocasión a ver a Miguel Nazar Haro, porque la última vez que los visitó la Brigada Blanca se llevó a una de sus hermanas y a su cuñado, sin importarles que el matrimonio tenía un bebe recién nacido. La angustia provocada por la posibilidad de sumar a los cuatro desaparecidos de la familia nuevos nombres fue más grande que el miedo al policía, de quien corrían historias de terror.

Sobre el escritorio de Nazar Haro había un ejemplar de Madera, el órgano de información de la Liga Comunista 23 de Septiembre. "¡Mírelo, calientito!", le dijo Nazar. A Georgina aquel comentario le dio vueltas en la cabeza durante mucho tiempo. "Fuimos muy ingenuos", resume. Y platica que no sólo la guerrilla, sino también el Partido Comunista estaban infiltrados.

Un detalle: un día, después de una marcha en la que terminaron empapados porque se soltó un aguacero, decidieron ir a la casa de un "compañero" que cuidaba el local del PC, entonces ubicado en la calle de Mérida. Tomás no sólo militaba, sino que recibía un salario del partido como velador. No sin algunas reticencias, el viejo les permitió entrar en el cuarto donde supuestamente vivía. El grupo de jóvenes entró en tropel buscando algo seco que ponerse. Georgina revolvió en uno de los cajones y al fondo, entre camisas y pantalones "hechos bolas", descubrió una credencial que acreditaba al velador como agente de la Dirección Federal de Seguridad.

Aun en los ambientes de izquierda, recuerda Georgina, ser de una familia ligada a los grupos armados tenía sus bemoles; los discursos eran radicales, pero había quienes no deseaban que se les viera junto a "guerrilleros". El gobierno "siempre supo quiénes se realizaban gritando consignas incendiarias, haciendo pintas... yendo a las marchas sin sostén. Pero también quiénes estaban dispuestos a algo más".

Hoy, algunos de los hermanos Tecla Parra no quieren siquiera recordar esos años. No sólo porque la familia se deshizo, sino porque para quienes sobrevivieron la militancia familiar se volvió muchas veces un estigma.