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Asunto:[mediosmedios] Sobre la libertad de publicar
Fecha:Martes, 4 de Junio, 2002  20:36:59 (-0300)
Autor:Mediosmedios <mediosmedios @..........ar>

Estimados Miembros de la Lista:
 
les enviamos una nota que fue publicada en la edición de hoy del diario La Prensa, de Panamá.
 
Un cordial saludo
 
Horacio Pelman
Moderador Asociado de la Lista Mediosmedios

Sobre la libertad de publicar

No existen noticias huérfanas. Detrás de cada noticia hay alguien, con nombre y apellido, responsable ante su conciencia y ante la ley

Juan C. Ansin

Los programas de RCM sobre la libertad de prensa me han conmovido lo suficiente como para animarme a dar mis opiniones al respecto.

La libertad de prensa, es decir, la que tiene el ciudadano para publicar sus ideas y la del periodista para ejercer su profesión (escribir, componer o editar) es uno de los derechos humanos de reconocimiento más reciente. No así, en cambio, el de publicitar hechos desagradables, chabacanos o degradantes, con fines preponderantes de lucro.

Hoy, libertad de prensa tiene un criterio más amplio, abarca todos los medios de comunicación social. La libertad de opinión es una parte trascendental de la libertad de prensa; así como la libertad de informar –por medio de la palabra o la imagen– es otro de sus componentes, no menos importante que aquel. Pero creo que debemos hacer una distinción entre estas dos categorías. Opinar implica emitir un concepto sobre una materia cuestionable. En la vida muy pocas cosas son indiscutibles. La humanidad ha hecho grandes logros al respecto. Hoy podemos cuestionar la nueva ley de prensa o la de clonación humana, pero no podemos hacer lo mismo con la ley de Galileo, pues esta es una verdad incuestionable. La existencia de Dios es cuestionable y debemos opinar al respecto, pero no se puede opinar sobre la fe de esta creencia. Los dogmas no admiten opinión. Opinar públicamente, es pues un derecho, en sí mismo indiscutible, incuestionable, inalienable –y por ello inopinable– sobre el cual no cabe reglamentación, prohibición ni fiscalización alguna. Excepto que tal opinión viole otros derechos. Para eso está la ley y los organismos que la administran. En una democracia, la observancia de las leyes es su fundamento. En los regímenes de facto o totalitarios este derecho se niega o se conculca. Ahora bien, muy distinto al de opinar es el derecho a informar o hacer pública una noticia.

A nadie se le ocurre publicar, habeas data mediante, sobre la manera de confeccionar una bomba atómica, o cómo asesinar por correo, o publicar un secreto de Estado. El proceso de informar, es decir de enterar al público sobre la existencia de un hecho, implica varios condicionamientos. Primero y primordial es que el hecho en sí exista verdaderamente y no sea un invento o un capricho oportunista; segundo, que tal hecho merezca, por su relevancia, hacerse público; tercero, que en virtud de lo anterior tenga un objetivo de valor moral o ético; cuarto, sopesar si el hecho es bueno para la sociedad y el individuo, o si el derecho de la sociedad prima sobre los del individuo y su familia; quinto, si la noticia tiene un bien oculto –político u otro– o persigue fines de lucro que superen los códigos de ética o los criterios morales preponderantes en la sociedad a la que está dirigida la información; sexto, ¿quién o quiénes deben decidir si el hecho merece convertirse en noticia? ¿Los dueños, el periodista o una junta directiva? En el programa de televisión, el director de un medio defendió el valor que tiene la noticia por sí misma, como si estas se originaran por generación espontánea. Craso error. No existen noticias huérfanas. Detrás de cada noticia hay alguien, con nombre y apellido, responsable ante su conciencia y ante la ley al momento de darla a luz.

Después de Watergate, cuando los periodistas del Washington Post hicieron renunciar al presidente Nixon al haber descubierto actos criminales contra las leyes electorales y civiles de Estados Unidos, la prensa adquirió el justo mote de cuarto poder. El poder de los medios para generar, dirigir, formar, educar, revelar, descubrir, mejorar, tergiversar, mentir, transformar, humillar, degradar, condicionar, inducir, alterar o disfrazar la opinión del público que los lee, oye u observa, tiene una fuerza inconmensurable. Recordemos el tremendo error de CNN que dio prematuramente por ganado el estado de la Florida al candidato demócrata Al Gore, un hecho que le hubiera valido la Presidencia.

Si los tres poderes del Estado están sujetos a leyes y normas éticas que los reglamentan y condicionan ¿por qué razón este cuarto poder no puede ser reglamentado? Creo, eso sí, que las organizaciones periodísticas, en vez de repartir idoneidades, muchas veces inmerecidas, debiera confeccionar un código de ética que involucre a todos los órganos de comunicación social de la nación, y en caso de que este exista debe hacerlo cumplir a rajatabla. Si estos organismos carecen del poder o la voluntad para hacerlas observar, entonces la imperfecta ley de los hombres no tiene más remedio que hacerlo. Se dice que toda ley de prensa es una amenaza a la libertad, ya que las manos enguantadas de la justicia suelen bajar la venda de los ojos de su majestad o torcerle el fiel de la balanza que tan ligeramente sostiene. Este es un riesgo que corremos todos. También con los demás derechos y libertades. El temor a reglamentar la información (la forma de presentar la noticia) revela, en cierta forma, un descreimiento en el sistema democrático. Me pregunto si el medio que descree en esta democracia tiene el derecho moral de informar a quienes sí creen en ella. Más aún, los dueños de los medios, sean ellos personas naturales o jurídicas, no debieran tener, a la hora de decidir publicar tal o cual artículo o noticia, el tremendo privilegio –por otra parte, inconstitucional– de imponer su voluntad, sus creencias o sus ambiciones, por sobre las del resto de los ciudadanos que sólo desean saber la verdad de lo que ocurre en la sociedad en que viven. Creo, quijotescamente, que la mejor ley de prensa es aquella que nace de una conciencia pura. Desgraciadamente debemos convivir entre las esperanzas de una sociedad sedienta de ejemplos éticos y las ambiciones de algunos hombres demasiado falibles.

El autor es médico

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