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Asunto:[mediosmedios] EL COMANDO NORTE DE BUSH
Fecha:Lunes, 14 de Octubre, 2002  11:57:07 (-0600)
Autor:Roberto Rodríguez Baños <roberrb1 @...........mx>

Jorge Carrillo Olea

El Comando Norte de Bush

Como un efecto más de los hechos del 11 de septiembre de 2001, y en este caso estrechamente vinculado a la creación del Departamento de Seguridad Interior (Homeland Security), el Departamento de Defensa de Estados Unidos culminó su proceso de dividir regionalmente al mundo en zonas geográficas que ellos denominan "comandos" y que abarcan grupos muy importantes de países o espacios de dimensiones enormes, lógicamente con consecuencias político-militares de gran importancia. Así está el Comando Central, que abarca media Africa y el Cercano Oriente y es responsable de las operaciones en Afganistán, o el Comando Sur, que con exclusión de México abarca toda Latinoamérica y el Caribe con un total de 32 países.

Pero faltaba uno, el Comando Norte, que según las decisiones estadunidenses entró en operación el primero de octubre. Dicho comando formalizará la hegemonía militar estadunidense en Canadá y meterá en cintura al reacio México, que nunca había aceptado ser incorporado al Comando Sur, como por décadas lo intentó Estados Unidos. Eran los tiempos en que nuestro país, siempre consciente de la asimetría que guardamos con el vecino, daba ejemplares muestras de tanta independencia como era posible y de bizarras defensas de su soberanía. Hoy se habla de una nueva política, proactiva e injerente.

La presencia y hegemonía militar estadunidense en Canadá existió durante toda la guerra fría, sin que esto quitara el sueño ni a los políticos ni a la sociedad canadiense, que lógicamente por razones históricas y de su propia dimensión, no tiene las necesidades de constante autoafirmación ante Estados Unidos que sí tiene México.

En defensa del territorio estadunidense existían a lo largo de Canadá, de costa a costa, dos líneas separadas de norte a sur por más de mil kilómetros: la línea DEW (Distance Early Warning) y la Pine Line, ambas constituidas por una secuencia de bases militares, esencialmente dotadas de sistemas de radares para la detección de misiles soviéticos en una ruta transpolar y equipos para su oportuna intercepción por medio de misiles o aviones de combate.

Así que para Canadá el Comando del Norte no reporta ninguna novedad política, ni militar ni de opinión pública.

La colaboración Estados Unidos-Canadá no es nueva, se da en el seno de una organización militar estadunidense llamada Comando Norteamericano para la Defensa Aeroespacial (NORAD, por sus siglas en inglés), con cuartel general en Colorado y que, como su nombre indica, tuvo como misión en sus orígenes la detección, identificación y alerta sobre ataques de aviones, misiles o vehículos espaciales procedentes de la Unión Soviética.

Pero ahora la cosa es distinta y los estadunidenses estiman que deben agregar al concepto de riesgos los mexicanos, o sea, los que son originados por, desde o vía México, cualquiera que sea su naturaleza. Por eso NORAD, después del 11 de septiembre de 2001, está adaptando rápidamente su capacidad de respuesta tradicional diseñada de cara a la guerra fría a nuevas amenazas desde el sur de su frontera con nuestro país y que no se conciben sólo como espaciales, sino también como formas muy desarrolladas de crimen organizado, terrorismo, narcotráfico, migración ilegal, contrabando.

Para nosotros la cosa es bien distinta. Estamos muy lejos de tener la dimensión comparativa de Canadá respecto de Estados Unidos. No hay hacia nosotros la simpatía étnica que sienten por los canadienses ni Canadá confronta la cargada agenda de problemas que nosotros tenemos.

Dicho comando tendrá dos segundos comandantes, uno canadiense y otro mexicano. Cabe pensar: ¿cuáles serán las funciones, atribuciones y limitaciones de dicho segundo comandante, qué autoridad las fijará? ¿Cómo resolverá el segundo comandante mexicano la doble dependencia del secretario de la Defensa Nacional de México y del general Ralph E. Eberhart, su superior orgánico?

Y por encima de estas preguntas, la más importante de todas: ¿cuáles serán las misiones de dicho comando y en qué nos benefician? Hasta ahora sólo han sido vagamente dibujadas por el Pentágono y totalmente ocultadas por el gobierno mexicano, pero en cada trazo anticipan conflictos con los principios cardinales de la política exterior mexicana y vacíos al confrontarse con la doctrina militar mexicana.

Para un analista elemental surgen los verdaderos intereses de los estadunidenses: garantizar ante cualquier tipo de amenaza, pero quizá principalmente terrorismo, la disponibilidad del petróleo mexicano, que por hoy es el primer abastecedor de crudo a Estados Unidos, por encima de Venezuela, que nos duplica en reservas probadas. Otro interés muy claro es respaldar todas las atribuciones del Departamento de Seguridad Interior que se deban cumplir en su frontera sur, que están referidas básicamente al control migratorio, antiterrorismo, problemas de narcotráfico y comercio ilegal de sur a norte.

Ante esta situación es inevitable para un observador de la vida nacional pedir información sobre cuáles son los fundamentos constitucionales y legales en que el gobierno mexicano basó su decisión de participar, cuál fue el instrumento de derecho internacional público que se suscribió para ello, quién lo conoció y autorizó. Qué características deberá tener el nombramiento del multicitado segundo comandante, que no es un agregado militar más, sino un militar mexicano que se incorpora orgánicamente a una fuerza militar extranjera.

Para terminar sería útil clarificar, lo que no ha sido posible, cuáles fueron y serán las grandes definiciones políticas por parte del Presidente de la República, el secretario de Relaciones Exteriores y el secretario de la Defensa Nacional para custodiar el interés nacional en tan oscura circunstancia. ¿O todo es un invento del Pentágono? La Jornada, México, 14.10.02