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Asunto:[MensajesPanyVida] Reflexión de Hoy- Sábado 08-15-09 (Hacia Cr isto con María).
Fecha:Sabado, 15 de Agosto, 2009  01:05:20 (-0400)
Autor:Pan y Vida <enviosdiarios @................org>

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Hacia Cristo con María.


Fuente: elecocatolico.org
Autor: Pbro. Mario Montes M.

No se puede obviar que en medio todas las muestras de devoción a la Madre del Señor,  el centro, la meta y la razón de nuestra fe es Jesucristo y no María.

Vamos a ver esto desde María y su papel en la historia de la salvación.


Madre gracias a Cristo. 

Decía el Papa Pablo VI, de feliz memoria, en su carta encíclica “El culto a María”, que “en la Virgen María todo es referido a Cristo y todo depende de Él” (MC 25). Sabemos que su condición de mujer llena de gracia, bendita, especialmente como madre, discípula, creyente, inmaculada, asunta, virgen… todo ello depende de su Hijo amado. Y que, en la piedad mariana, esto debe hacerse presente, para llegar al pleno conocimiento del Hijo de Dios, hasta alcanzar la medida de le edad de la plenitud de Cristo (Ef 4,13).

En efecto, Ella es la llena de gracia gracias a Cristo. Es madre gracias a Cristo. Es bendita entre las mujeres, por ser la madre del Señor, en Ella el Señor ha hecho maravillas, se ha fijado Dios, para hacerla su sierva. Es discípula, porque es las más perfecta seguidora de su Hijo. Recién embarazada, va en busca de Isabel y le lleva a su Hijo; con José se encamina a Belén para tener a su Hijo.

Los pastores la encuentran con su Hijo Niño en el pesebre; los magos la encuentran también con su pequeño Jesús. Ella medita en torno a los primeros pasos de la infancia de su Hijo, lo busca en Jerusalén cuando se pierde; constantemente la vemos en los Evangelios buscándolo, siguiéndolo discretamente… En Caná pide a los  sirvientes “hagan lo que Él (Jesús) les diga…” (Mc 3,31-35; Jn 2,5). Finalmente, la vemos siguiendo los últimos pasos de su Hijo hasta el Calvario, donde está al pie de la cruz… (Jn 19,25-27). Todo esto lo encontramos en los Evangelios, en especial, los de la infancia de Jesús (Mt 2; Lc 2), donde María siempre se presenta estrechamente unida a Cristo. Pero nunca como meta o centro de la fe.


Nos indica la meta. 

Como vemos, María es la que mejor nos indica que la meta es Cristo y no Ella, porque Ella es lo suficientemente madura, sencilla y humilde para nunca ponerse en el centro. Ella nos lleva a Cristo. Para muestra, un botón: toda vez que la celebramos, lo hacemos con la Eucaristía, que es Cristo, el centro, la fuente y el culmen de nuestra vida cristiana. Todos los santuarios marianos del mundo,  tienen diríamos, dos columnas fundamentales: la Eucaristía y María.

María es contemplada en estrecha unión con su Hijo, asociada a Él, en toda comunidad que la celebra eucarísticamente. Lo expresa hermosamente San Efrén, diácono de Siria: “La Iglesia nos ha dado el pan vivo, en lugar del ázimo que había ofrecido Egipto; María nos ha dado el pan que conforta, en lugar del pan que cansa que nos dio Eva”. Y ese pan vivo, sabemos que es Cristo Eucaristía.

De forma que, en estos días en que vivimos la devoción a la Madre del Señor en su advocación de Nuestra Señora de los Ángeles, sea en nuestra familia o comunidad parroquial, que no se nos olvide al primero que debemos tener en cuenta a Cristo nuestro Redentor. Él es la meta, la razón fundamental de la fe, el primero que tenemos que buscar, adorar y bendecir, con las mismas actitudes evangélicas de su Madre.

Aún más, esto lo vemos en la devoción del Santo Rosario, que es una plegaria eminentemente cristocéntrica, pues la alabanza a María tiene su fundamento en Jesús, en quien termina toda alabanza. Las alabanzas a ella dirigidas quieren proclamar fundamentalmente y con todo rigor, la fe en Jesucristo, Dios y hombre verdadero. Alabando a María alabamos a Cristo, porque Jesucristo constituye el objeto central del Rosario, porque en los misterios gozosos, se le ruega en su vida escondida; en los luminosos, en su vida pública, en los dolorosos, en su pasión y muerte, y en los gloriosos, en su resurrección y glorificación participada a su Madre y a la Iglesia.

Vivamos estos días en busca primero de Jesús, a quien nos lleva María. Peregrinar, aunque no sea posible físicamente este año, es la búsqueda del Señor Jesucristo. María es la compañera, la confidente, la maestra y guía que nos conduce a Él; Ella que es “el rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo, con quienes Ella nos invita a entrar en comunión” (Puebla 282).

Toca a los Obispos, presbíteros o diáconos enfocar en las homilías o predicaci ones de las fiestas  marianas,  orientar al pueblo en su devoción a María. Quiera Dios que entonces los cristianos hagamos nuestras las palabras de nuestros pastores en Aparecida: “En María, nos encontramos con Cristo, con el Padre y el Espíritu Santo, como asimismo con los hermanos…” (DA 267c).





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