| Asunto: | [MESHIKO] El amor no es suficiente | | Fecha: | 20 de Febrero, 2010 23:36:46 (+0100) | | Autor: | puntoomega10 <puntoomega10 @.....com>
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El amor no es suficiente. El derecho de los niños a tener un padre y una madre
Escrito por Trayce L. Hansen jueves, 09 de julio de 2009
Los defensores del matrimonio homosexual creen que lo único que los niños
necesitan de verdad es amor. Basándose en dicha suposición, concluyen que para
los niños es tan bueno ser criados por unos amorosos padres del mismo sexo que
por otros progenitores de sexos distintos. Pero esa premisa básica –y cuanto se
deriva de ella– es falsa, porque el amor no basta.
artículo original en inglés
En igualdad de condiciones en todos los demás aspectos, los hijos obtienen los
máximos beneficios cuando los cría un matrimonio compuesto de padre y madre.
Dentro de este entorno, los niños tienen las máximas posibilidades de vivir las
experiencias emotivas y psicológicas que necesitan para desarrollarse.
Hombre y mujer hacen aportaciones diversas a la crianza de los hijos, cada uno
de una forma singular e irrepetible por parte del otro. Dicho lisa y llanamente,
las madres y los padres no son intercambiables. Dos mujeres pueden, cada una de
ellas, ser buenas madres, pero ninguna puede ser un buen padre.
Dos formas de amor
Hay cinco razones por las que ser criados por un padre y una madre redunda en el
mejor interés de los hijos.
La primera es que el amor materno y el amor paterno, aunque igualmente
importantes, son cualitativamente distintos y dan lugar a relaciones
paternofiliales diferentes. Específicamente, la combinación del amor de madre,
que muestra una devoción incondicional, y el amor de padre, que pone condiciones,
es lo que resulta esencial para el desarrollo de un hijo. Cualquiera de estas
formas de amor puede ser problemática sin la otra. Porque lo que un hijo necesita
es el equilibrio complementario que ambos tipos de amor y de relación
proporcionan.
Sólo los padres heterosexuales ofrecen a sus hijos la oportunidad de establecer
relaciones con un progenitor del mismo sexo y del contrario. Las relaciones con
ambos sexos en una etapa temprana de la vida hacen que resulte más fácil para un
hijo relacionarse con ambos sexos más adelante. Para una chica, esto significa
que entenderá mejor e interactuará adecuadamente con el mundo masculino, y que se
sentirá más cómoda en el mundo de las mujeres. Y para un muchacho, lo opuesto
será verdad. Tener una relación con “el otro” (un progenitor del otro sexo)
también incrementa la probabilidad de que un hijo sea más empático y menos
narcisista.
Lo que enseña un padre
En segundo lugar, los niños progresan a través de etapas de desarrollo
predecibles y necesarias. Algunas etapas exigen más de una madre mientras que
otras requieren más de un padre. Por ejemplo, durante la primera infancia, los
niños de ambos sexos suelen estar mejor bajo el cuidado de su madre. Las madres
tienen mejor sintonía con las delicadas necesidades de sus hijos más pequeños y,
en consecuencia, responden de forma más adecuada. Sin embargo, en algún momento,
si un muchacho ha de convertirse en un hombre como debe ser, tiene que despegarse
de su madre y, en vez de ello, identificarse con su padre. Un chico sin padre
carece de un hombre con el que identificarse y es más probable que tropiece con
problemas a la hora de forjar una sana identidad masculina.
Un padre enseña a un chico cómo canalizar debidamente sus impulsos agresivos y
sexuales. Una madre no puede mostrar a su hijo la forma de controlar sus impulsos
porque ella no es un hombre y no tiene impulsos del mismo tipo. Un padre también
inspira en un muchacho una forma de respeto que una madre no puede infundir: un
respeto con el que es más probable tener a raya a un chico. Y ésas son las dos
razones primordiales por las que los chicos sin padre tienen mayores
probabilidades de caer en la delincuencia y acabar en la cárcel.
La necesidad de un padre también forma parte de la psique de las chicas. Hay
ocasiones en la vida de una muchacha en las que sólo vale un padre. Por ejemplo,
un padre ofrece a una hija un lugar seguro y sin contenido sexual en el que
experimentar su primera relación hombre-mujer y afianzar su feminidad. Cuando a
una chica le falta un padre que desempeñe ese papel, tiene más posibilidades de
llegar a ser promiscua, en un intento equivocado de satisfacer su ansia innata de
atención y aprobación masculinas.
En general, los padres desempeñan un papel de contención en las vidas de sus
hijos. Refrenan en los hijos una conducta antisocial y evitan que el
comportamiento de sus hijas tenga un excesivo tono sexual. Cuando falta un padre
que cumpla esta función, con frecuencia se derivan nefastas consecuencias tanto
para los hijos sin padre como para la sociedad.
Controlar las propias inclinaciones
El tercer motivo es que chicos y chicas necesitan un progenitor del sexo opuesto
que les ayude a moderar sus propias inclinaciones vinculadas a su género. Por
ejemplo, los muchachos se inclinan en general por la razón más que por la
emoción; prefieren las normas antes que las relaciones; correr riesgos en vez de
ser cautos, y optan por las normas por encima de la compasión, mientras que, por
regla igualmente general, las muchachas se inclinan por lo contrario.
Un progenitor del sexo opuesto ayuda a su hijo o hija, según sea el caso, a
controlar sus propias inclinaciones naturales enseñándole, con la palabra y de
modo no verbal, el valor de las tendencias contrarias. Esa enseñanza no sólo
facilita la moderación, sino que también amplía el mundo de cada hijo, ayudándole
a ver más allá de su propio y limitado punto de vista.
Confusión sexual
En cuarto lugar, el matrimonio entre personas del mismo sexo incrementará la
confusión sexual y la experimentación sexual de los jóvenes. El mensaje implícito
y explícito del matrimonio homosexual es que todas las opciones son igualmente
aceptables y deseables. Por tanto, incluso los hijos provenientes de hogares
tradicionales, si caen bajo la influencia del mensaje de que todas las opciones
sexuales son iguales, crecerán pensando que no importa con quién se relacione uno
sexualmente o se case.
Sostener semejante creencia llevará a algunos jóvenes impresionables a
considerar planes sexuales y maritales que nunca antes se habrían planteado. Y
los hijos de familias homosexuales, que tienen más probabilidad de incurrir en
experimentos sexuales, lo harán incluso en mayor medida, porque no sólo sus
padres han establecido como modelo de conducta la sexualidad no tradicional, sino
que también esta habría recibido la aprobación social.
No hay duda de que la sexualidad humana es maleable. Pensemos en la Grecia o la
Roma antiguas, en las que la homosexualidad masculina y la bisexualidad estaban
presentes en la sociedad. Ello no sucedía porque la mayoría de aquellos hombres
hubieran nacido con un “gen homosexual”; se debía, más bien, a que la
homosexualidad era aprobada en tales sociedades. Aquello que una sociedad admite
se multiplica dentro de ella.
Otros tipos de matrimonio
Y quinto, si la sociedad permite el matrimonio homosexual, también tendrá que
permitir otros tipos de matrimonio. La lógica jurídica es sencilla: si prohibir
el matrimonio homosexual es discriminatorio, entonces, rechazar el matrimonio
polígamo, el matrimonio “abierto” cuyos cónyuges mantienen varias relaciones al
mismo tiempo, o cualquier otra agrupación marital será igualmente considerado
discriminatorio.
Las repercusiones emotivas y psicológicas que semejante colección de situaciones
tengan sobre las psiques y la sexualidad en desarrollo de los niños serían
desastrosas. ¿Y qué les sucede a los hijos de estos matrimonios alternativos si
la unión se disuelve y, a continuación, cada progenitor “vuelve a casarse”? Estos
hijos podrían acabar teniendo cuatro padres, o dos padres y cuatro madres, o…
pongan ustedes lo que gusten en el espacio en blanco.
Por supuesto que las parejas homosexuales pueden dar amor como las parejas
heterosexuales, pero los hijos necesitan más que amor. Necesitan las cualidades
distintivas y las naturalezas complementarias de un progenitor masculino y otro
femenino.
La sabiduría acumulada a lo largo de más de 5.000 años ha llegado a la
conclusión de que la configuración marital y parental ideal es la que forman un
hombre y una mujer. Despreciar con arrogancia semejante acervo de sensatez, y
utilizar a los hijos como conejillos de indias de un experimento radical, resulta
arriesgado, en el mejor de los casos, y catastrófico en el peor.
El matrimonio homosexual no redunda en el mejor interés de los hijos. Y aunque
podamos comprender el estado de ánimo de los homosexuales que desean casarse y
tener hijos, no podemos permitir que nuestra compasión hacia ellos anule nuestra
compasión hacia los niños. En la contienda entre los deseos de algunos
homosexuales y las necesidades de todos los niños, no podemos permitir que los
niños salgan perdiendo.
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NOTAS
Trayce L. Hansen es psicóloga, con práctica clínica y forense en California.
Este artículo ha sido traducido de MercatorNet (2-06-2009), y publicado por
ACEPRENSA el 08/07/2009
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