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Asunto:[nuevatierra] LÍMITES Y UMBRALES
Fecha:Viernes, 16 de Marzo, 2007  08:29:43 (+0100)
Autor:MAPAS <mapas @...............ar>

.: MAPAS :: organizaciones sociales y construcción de ciudadanía :.

.: MAPAS :: Organizaciones sociales y construcción de ciudadanía :.
eNVÍO #6 / debates / 16 DE MARZO DE 2007
Organizaciones sociales de cara
a la incidencia en políticas públicas
Límites y umbrales
de la participación popular

Alfredo Benavidez Bedoya / El pasaje (detalle)
ilustración: Alfredo Benavidez Bedoya / El pasaje (detalle)

Para que el imperativo de "incidir" en las políticas públicas no se transforme en una coartada para volver a esquivar a la política, el desafío central es trazar las fronteras que distinguen las prácticas deseables y transformadoras de aquellas animadas y sostenidas por la inercia.
Lo que viene a continuación son una serie de planteos y criterios para una mirada crítica de la cultura política, las concepciones sobre el cambio y las prácticas de participación, especialmente las que circulan en las organizaciones sociales y en muchos agentes de la sociedad y el estado. Esta autorreflexión aparece como un desafío central: porque se trata de desmantelar no sólo unas realidades, sino también unas formas de mirarlas y nombrarlas, de intervenirlas y de (re) producirlas.

Por Nestor Borri y Fernando Larrambebere ( * )



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La versión para imprimir y coleccionar de estos materiales está disponible en www.ciudadania.org.ar/mapas/fichas



0. INTRODUCCIÓN

Para que el imperativo de "incidir" en las políticas públicas no se transforme en una coartada para volver a esquivar a la política, el desafío central es trazar las fronteras que distinguen las prácticas deseables y transformadoras de aquellas animadas y sostenidas por la inercia.
Sencillamente se trata de registrar que, si la participación es importante, no menos importante es advertir que la incidencia de una sociedad civil marcada y formateada por 30 años de neoliberalismo, difícilmente garantizará nuevos aires en las políticas.
Se plantea la necesidad de una mirada que marque el doble desafío de democratizar tanto la sociedad como el estado, desmantelando la matriz neoliberal que, más allá de la voluntad de los actores, es el punto de partida de ambos.
Al mismo tiempo, la mirada exige descubrir -y en muchos casos construir- un horizonte que entienda la distribución de la riqueza como el vector principal a considerar, con lo que esto implica de desnaturalización de la sociedad dual y de eliminación de la desigualdad -y de sus formas sofisticadas de subsistencia, incluso las políticamente correctas como algunas formas del "respeto al diversidad" o de fortalecimiento del "tercer sector"-.
Así y todo, la oportunidad y la exigencia de coincidir puede ser una conjugación, un escenario y un canal de repolitización de las problemáticas sociales y de los proyectos de país que, partiendo de una interpelación del conflicto social, se trasforme en un ejercicio de traducción de las demandas populares en políticas apropiadas que promuevan la calidad de vida, la democratización y, finalmente, niveles más altos de felicidad social y un presente y un futuro mejor repartidos.


1. ASUMIR LAS CONTRADICCIONES, CRITERIO, CONDICIÓN Y OPORTUNIDAD BÁSICA DE PARTICIPACIÓN.

A la hora de revisar los distintos abordajes de las políticas públicas que hacen las organizaciones sociales (y otros sectores, sin excluir ámbitos del estado y partidos políticos), aparece una marcada tendencia a condenar el carácter contradictorio de las mismas. Así, se critica que las políticas no tienen un solo sentido, o que en los hechos nunca responden a "lo que queremos", a las reivindicaciones propias.
En una sociedad compleja como la nuestra, las políticas públicas son inevitablemente contradictorias. Están atravesadas por contradicciones. El problema es qué hacer con ellas. Querer eliminar las contradicciones de las políticas públicas no es diferente a querer eliminar los conflictos de la cuestión política. En otras palabras, a eliminar la política.
Respecto a lo "apropiado" que pueda ser participar y los intereses "propios", justamente, en la política, el "nosotros" nunca se termina de constituir, está en discusión. Meterse, involucrarse en incidencia política, supone como condición dejar de ser "muy" nosotros. Reconocerse en "nosotros" más amplios, contradictorios, complejos, impuros e incompletos. Conflictivos.
Esto no significa abandonar las reivindicaciones propias. Pero sí supone entender que lo "propio" en términos políticos, ciudadanos y democráticos es fruto de una negociación y, más rigurosamente, de una articulación.
Asumir esto no significa abandonar ni desconocer lo singular. Sin embargo, requiere reconocer sus límites, para ver cómo interroga y es interrogado por cuestiones más generales.
Este punto pone en cuestión la lógica, la identidad y la autocomprensión de muchas organizaciones sociales, de muchas ONGs y de sus prácticas, luchas y reivindicaciones: están construidas sobre la identidad y el protagonismo. Pero, en la medida en que deseen o arriesguen a intervenir políticamente, han ser traccionadas y transformadas por el desafío de meterse en lo colectivo, en identidades más amplias y abiertas. Y en la construcción de ciudadanía. Esto no sucede sin costos; no sólo operativos, sino también identitarios. Las organizaciones sociales están construidas estructuralmente sobre el conocimiento directo, la reivindicación particular y la apropiación cercana; y mucho más en el contexto de la fragmentación y asilamiento que supusieron las realidades de los últimos 30 años. Las políticas públicas necesariamente tienen que ver con lo indirecto, lo mediado, lo que supera lo micro y su especificidad y con cierta "distancia" con lo de cada uno.
Por eso, "lo local, lo sectorial, lo propio" tiene que ser revisado a la hora de proponer políticas. Porque no todas las organizaciones son iguales, el todo social -cosa obvia por otro lado, pero necesaria de ser recordada- no está hecho de sumas de reivindicaciones de organizaciones. Y porque la organización no es todo: ningún actor agota la representación de la sociedad ni de sus conflictos, ni siquiera de los conflictos específicos.


2. LUCHAS POR EL SENTIDO

Muchas veces, aparece frente a la oportunidad de participación o involucramiento, la expectativa de que las políticas públicas sean "claras y transparentes": que tengan un sentido unívoco y evidente. En clave a rediseñar la cultura política de las organizaciones sociales, no se trata tanto de entender, descubrir o develar qué sentido tienen las políticas como de disputarlo. Si esperamos que el sentido de las políticas venga "hecho", sencilla y necesariamente, no tendremos ningún lugar en ellas, ni vale la pena disputarlo.
Necesariamente, las políticas siempre son opacas, parcialmente determinadas y explicitadas. Y la intervención en ellas es, como contrapartida, no garantizada y parcial. No se trabaja ni se incide con proyectos "claros". Se lo hace con proyectos interpelantes, en apuesta, que preguntan a la sociedad y al estado. La traducción de las demandas populares en políticas públicas siempre es parcial y está en camino.
Esto no significa que todo es negociable. Siempre hay un resto que no se negocia, unos mínimos que no se resignan. Pero sí significa que el ánimo de replanteo y negociación siempre está abierto. Una política siempre está inconclusa. Y una estrategia de incidencia -si quiere ser estratégica e incidir- además de reconocer eso, debe ser formulada como abierta, como incompleta. Parcial.
¿Dónde encontrar la "claridad" y el "sentido" de una política? En varios lugares y siempre parcialmente: En su diseño, en el actor o los actores que la proponen, en su implementación, en los actores que convoca, en sus resultados directos o indirectos.
La pregunta, entonces, no es qué dicen, qué claridad tienen las políticas; sino: dónde podemos seguir construyendo un significado y unas implicancias populares y democráticas de esas mismas políticas.
Esto hace que una política nunca esté terminada, y al mismo tiempo que siempre sea posible dar nuevas batallas. En política, y en incidencia política, nunca está dicha la última palabra. Abrir la palabra y con ella replantear las decisiones y sus alcances es, justamente, lo que constituye la política.


3. LOS CAMINOS DEL CAMBIO

Los cambios vienen de quienes deciden cambiar. No surgen siempre desde abajo hacia arriba. Y no siempre que vienen de abajo son buenos. Lo sabemos por experiencia, más allá de que nuestras propias matrices ideológicas -allí donde no son matrices políticas- no nos dejan ver algo tan elemental. Unas ideas topográficas sostienen construcciones ideológicas y autorreferencias que están lejos de ser inocentes, y mucho más de ser transformadoras. Se maneja una imagen donde la sociedad está abajo y el estado está arriba. Y eso no es necesariamente así. Por el mismo motivo que el poder es complejo y su funcionamiento no es el de un ascensor. La dinámica social que supone que los cambios han de venir desde "abajo" y desde la "sociedad (civil)" son un constructo ideológico fuertemente traspasado y formateado con éxito por el neoliberalismo, más allá de los orígenes de estos tópicos.
En la historia argentina, los cambios no han venido necesariamente desde abajo, al menos no en los términos que suponen y predican estos "mapas" de la sociedad y el cambio. Y cuando así ha sido, no necesariamente han sido liberadores, emancipadores, democratizantes. Actualmente, en unas muchas áreas de problemáticas y de conflictos en nuestro país, la sociedad (civil) está por detrás del Estado.
Con perspectiva histórica -y con rigor político y alerta ideológico- es preciso revisar la idea de cambio social, de cambio democrático, y ver qué significa eso en relación a las expectativas que tenemos de los distintos sectores. Esto implica buscar maneras de comprender la sociedad y los procesos políticos en toda su complejidad. No supone abandonar ni desconocer el valor y el sentido de la participación de las mayorías, ni supone un "todo vale" ético. Pero sí exige una mirada más precisa sobre la idea de cambio, sobre el sentido político del campo popular, de la acción política misma y de la práctica democrática.
Ni basismos ni esencialismos deshistorizados sirven para construir para las mayorías: son la contrapartida en espejo del elitismo y del conservadurismo.


4. TRANSFORMAR LO QUE SOMOS

Las organizaciones sociales, y quizás muy especialmente las organizaciones socio-comunitarias, han sido formateadas por el neoliberalismo. El "formateo", en informática, es precisamente "la estructura lógica". En los más inesperados ámbitos, se sigue hablando del Estado, la sociedad civil, las organizaciones y la política desde una "gramática neoliberal".
Esto es un desafío muy fuerte, ya que muchas organizaciones no son "accidentalmente" neoliberales, sino que está en sus prácticas, en las acciones y los impulsos que las constituyeron en el período de los '90. Esos elementos son tan hondos, tan fuertes, tan constitutivos, que no son algo "que les pasa" o "que hacen", sino que en algún punto les da todo su carácter de organización. Dicho con crudeza: son, en gran medida e incluso estructuralmente, congruentes con el procesamiento neoliberalresistencial del conflicto social tal como se planteó en los '90.
Lo cual plantea algo muy duro a la hora de comprender el sentido y las consecuencias polí ticas de las prácticas y de la identidad misma de las organizaciones: en muchos casos, son fuertemente funcionales a la reproducción de lo que dicen combatir. La práctica política y el ejercicio de la incidencia no sólo fortalecen a las organizaciones poniéndolas ante nuevos desafíos. La incidencia, la política, invitan e incluso exigen desarmar las organizaciones existentes y crear otras. Hay que transformar las prácticas: dentro de ellas, también las prácticas de creación de organizaciones.
Dicho de otra manera: la incidencia no es sólo incidir sobre otros, sino que, en el mismo movimiento, incide sobre la propia identidad y mediaciones colectivas. La política, los intereses políticos, no son sólo algo que se "saca" de la propia identidad para trasformar "el afuera", sino que revierte sobre los propios sujetos que apuestan a la transformación. De la misma manera, lo público no es sólo el contexto al que hay que llegar, que está "ahí afuera". Es también un campo que hay que construir y definir, por un lado; y algo que atraviesa, que hace "públicas" a las organizaciones -las "publiciza"- abriéndolas, interrogándolas e interpelándolas hasta lo medular: invitándolas a correr y abrir las fronteras de lo que hacen, lo que las organiza y lo que las define.


5. AMPLIACIÓN Y ARTICULACIÓN DE LAS POLÍTICAS

Desde una "gramática neoliberal" de la política pública -que, como dijimos, es todavía fuertemente hegemónica- muchas veces las únicas políticas que incumben a las organizaciones sociales son -en el mejor de los casos- las vinculadas a la lucha contra la pobreza. Desde la experiencia, todas las demás resultan lejanas o son prácticamente ajenas y desconocidas.
Se viven los conflictos o las consecuencias de los conflictos que implican estas políticas. Pero se experimenta y se visualiza sólo un área de las mismas. Se abre una brecha de contenido, posibilidades de intervención y escala y magnitud entre problema y respuesta.
Recorrer la distancia que abre esa brecha supone una comprensión de cómo diversas políticas atraviesan los diferentes contextos y realidades experimentadas por colectivos sociales, y asumir un tipo de lucha que no sólo se para en la "sobrevivencia" ( y lo que ella deja ver y esperar) sino que se plantea en términos de ciudadanía. Una lucha que no asume sólo lo cotidiano sino que mira con mirada de proyecto. También supone levantar la cabeza por sobre las políticas sectoriales -que muchas veces son sólo políticas focalizadas maquilladas de amplitud, desde los planteos estatales y mucho más desde algunas propuestas de organizaciones-.
Es necesario revisar esto en cinco sentidos: ver los otros sectores, ver lo intersectorial, ver lo que atraviesa como común a todos los sectores, revisar la clasificación misma de sectores disponibles, y ver lo que no queda contemplado en ningún sector.
Del otro lado de estas tensiones y desafíos, aparece el hecho incuestionable de que nada como la especificidad temática, lo local o las cuestiones sectoriales, se manifiesta con la misma fuerza aglutinadora, convocante y articuladora. Pero se trata de "pagar el precio"(político, organizativo, ideológico) de deshacer esos "corralitos", evaluando en todo caso si es que vale la pena. Y si vale lo que cuesta. Y ver el costo de no salirse de ellos.


6. LA PARTICIPACIÓN INFLACIONADA

El carácter participativo de las políticas es necesario e indispensable, pero también es insuficiente. No basta con valorar espacios, prácticas y proyectos poniéndoles la etiqueta de "participativo".
Es importante reconocer en qué medida nuestra idea de participación está fuertemente condicionada por la idea y propuestas de participación elaboradas sobre todo por el Banco Mundial y otros organismos similares en los '90. No hay que olvidar que el neoliberalismo fue y es muy participativo. Se trata, de considerar el sentido y la consistencia política de la participación y sus resultados: ver los límites de la participación, ver quiénes no participan, ver las consecuencias de la participación.
Pasteurizada y al mismo tiempo transformada en "marca de origen" de las política focalizadas, la participación y la demanda de participación "sin atributos" (o con los atributos implícitos o implicitados por la ideología que reproduce la sociedad dual y fragmentaria, ofreciendo participaciones diferenciales a cambio de sobrevivencia a medias para los pobres y a cambio de ganancias extraordinarias), exigen ser fuerte y crudamente revisadas.
Dicho por la inversa y forzando los términos: ¿Por qué la participación habría de ser el precio de los derechos? O, sintetizando en una ecuación interrogativa: ¿bajo qué condiciones participación supone decisión y decisión implica transformaciones con consecuencias? Y forzando aún más, a modo de provocación: acaso, en una sociedad más equitativa, ¿la participación no debería ser sólo la elegida, porque la calidad de vida está garantizada a priori? Sin desconocer el riesgo desmovilizante, la inflexión e infección ideológica a la que esta sujeto lo participativo, llama a hacer reflexiones de fuerte impacto.


7. ORGANIZACIONES SOCIALES, CIUDADANÍA, SOCIEDAD

En muchos discursos y estrategias, es común identificar que las organizaciones sociales son la sociedad o son la ciudadanía. O identificar "sociedad civil" con "sociedad". Sin hablar de otras secuencias de identificación más groseras -pero no menos habituales- como "tercer sector = sociedad civil".
La mayoría de las personas no está en las organizaciones. Éstas últimas son sólo un sector, una parte, relativamente significativa y no en todos los casos representativa (o representativa en sólo en cierta forma y aspectos) de los intereses sociales.
El hecho de que el estado dé participación a las organizaciones sociales no garantiza que haya participación ciudadana y participación social democrática amplia. Es más, en muchos casos, las organizaciones sociales taponan las posibilidades de participación, acaparan oportunidades, y no son un factor democratizante de vinculación con el estado.
Es una obviedad pero debemos recordárnoslo: las organizaciones sociales no son la esencia última de la sociedad. Porque efectivamente no lo son, pero además porque, en términos políticos democráticos, la sociedad no tiene esencia última. Y nunca es posible dar por "terminada" la presentación de intereses de la sociedad. Porque esos intereses no están constituidos antes de la lucha y la intervención política.
Esto no quiere decir que las organizaciones sociales no sean valiosas, importantes o incluso fundamentales: justamente, marca en qué medida lo son y cuál es el valor real que tienen si son desplegadas en un proceso democratizador. Las organizaciones sociales son valiosas porque son capaces, o han sido capaces en determinados contextos, de procesar ciertos conflictos sociales, de responder a ciertas demandas materiales y simbólicas. Pero ese es sólo el punto de partida político.
La ciudadanía -sus mediaciones, sus formas de organizarse, sus formas de movilizarse- siempre es mayor que las organizaciones sociales: porque hay otras formas organizativas que no son lo que llamamos organizaciones sociales, porque hay otras organizaciones sociales, porque hay ciudadanía no organizada pero sí movilizada, hay ciudadanía no movilizada pero sí activa, y hay ciudadanía no activa pero que también es sujeto -y muchas veces sujeto popular y democrático- de derecho.
Y lo mismo podemos decir de la relación ciudadanía-sociedad: no toda la sociedad se ha constituido en ciudadanía. Por eso mismo la ciudadanía es una construcción.
Nunca se puede terminar de decir "esto" es la sociedad, "hasta acá llega". La historia, justamente, es una historia de cómo ampliar las fronteras de la sociedad, de trazar nuevas fronteras.
La ciudadanía es lo que resulta del trazado de esas fronteras con ánimo, objetivo y apuesta de ampliar y crear igualdad y libertad. Las organizaciones son unos modos de reconocimiento y acción que permiten organizar esa creación colectivamente. Lo que llamamos "organizaciones sociales" hoy es un conjunto situado en el tiempo y el espacio, en relaciones de poder y fruto de procesos concretos más o menos recientes, que sirvieron para eso. Históricas, al fin.



8. HORIZONTE DE PROYECTO / PROYECTOS DE HORIZONTE

Vale la pena preguntarnos por el grado de consistencia de las políticas públicas y en qué medida las políticas que hay asumen dimensión y horizonte de proyecto. Esto no se circunscribe sólo al Estado, lo mismo pasa con las organizaciones sociales. Tienen gran cantidad de experiencias e iniciativas. Pero, ¿son consistentes entre sí? ¿Acaso no es posible pensar también que el problema es que son demasiadas iniciativas, todas pequeñas o incluso, a veces, insignificantes?
Por diversos factores -especialmente la crisis de legitimidad del modelo de los '90-en los últimos años se abrió la posibilidad de pensar el país como proyecto, la sociedad como construcción. La profundidad de la crisis puso en duda lo dado, y cuestionó hondamente las propuestas de urgencia y corto plazo, los parches. También puso y pone en evidencia que la realidad, la experiencia, lo cotidiano, es fruto de políticas, de decisiones. Puso en evidencia -parcial pero crudamente- los límites de las políticas y las políticas mismas. Puso en escena que no eran “la realidad”, la única alternativa. La crisis también reabrió el espacio de lo público, y la forma y los límites del poder de los actores que sostenían esas políticas: La arena política y el campo del discurso, de lo que se puede decir y esperar escuchar.
Por eso, los procesos e iniciativas de construcción e incidencia en políticas públicas están -en términos pedagógico-políticos y de comprensión de los actores- en la secuencia de seguir procesando aquello que la crisis dejó para ser re-conocido, seguir desaprendiendo lo que se había incorporado y profundizar las posibilidades de salir del shock y la tendencia a la urgencia y lo inmediato -al mismo tiempo que se atiende, sin dudas, pero a fondo, lo urgente-.
Pensar proyectos, modelos, medianos y largos plazos, replantear matrices, revisar las prácticas historizando, crear nueva institucionalidad y reglas de juego es la contracara, el complemento y la base necesaria para realizar procesos e iniciativas de incidencia en políticas públicas: si no, se plasmarán en un escenario que las abortará rápidamente, reabsorbiendo de manera diferencial y por separado su potencial transformador, que al ser parcializado, es en no poca medida abortado.
Esto es como un segundo plano: la necesidad de una "meta política", una política que permita pensar políticas. Tiene que ver con la democratización, con la institucionalización, con las estrategias de politización de la sociedad, con la creación de actores, con la invención de participación, y también con reconstruir los símbolos que nos permiten politizarnos y hacernos públicos a partir de sostener, políticamente, un conjunto de interrogantes abiertos.


9. DEL APRENDIZAJE A LA ACCIÓN Y VICEVERSA

Las organizaciones sociales ponen muchas energías en la formación. ¿Cuánto de lo que hoy tienen en sus agendas se traduce en acción? ¿Y cuánta de esa acción adquiere consistencia de proyecto?
Entonces, la pregunta es cómo se va del aprendizaje a la capacidad, de la capacidad a la acción, y de la acción al proyecto. ¿Cómo desarrollar una dinámica que permita hacer eso y hacerlo ampliando la escala de incidencia y el grado de politización?
Lo mismo sucede con las organizaciones o sectores sociales que tienen propuestas excelentes para hacer, pero no tienen ninguna estrategia ni fuerza social para implementar, ni ninguna percepción de que no se trata de tener ideas y proyectos sino también de constituir una interpelación, unos procesos y unas mediaciones organizativas e institucionales que permitan crear y sostener los actores y el poder que sostenga esas ideas.
 Aparece entonces la necesidad y el desafío de detectar, promover y diseminar las capacidades de articulación y las mediaciones de acumulación de poder-saber, como parte central del stock de capacidades a instalar hoy en el conjunto de las organizaciones del campo popular y democrático.



10. LA SUPERACIÓN DE LA IMPUGNACIÓN DEL ESTADO Y DE LA POLÍTICA

¿Cómo desandar, desaprender, desactivar y transformar en otra cosa el fuerte "antiestatalismo" que atraviesa el discurso y la práctica de tantas organizaciones sociales?
Antiestatalismo que se manifiesta ambiguamente y que tiene un origen histórico contradictorio. Antiestatalismo que, paradójicamente, tiene componentes democráticos: porque refleja tanto la memoria de la lucha contra el estado burocrático autoritario de la dictadura, y la resistencia al estado tecno-burocrático neoliberal, apropiado por los sectores del capital concertado. Pero que también tiene componentes comunitaristas con filigrana de ideología de mercado: en el mismo momento que opone la comunidad al estado, superpone y da coartada a la lógica del mercado en la "sociedad (civil)".
¿Que transformaciones hacer para que el discurso y la práctica promedio de las organizaciones no sea tan parecida a la que se espera y es funcional en un país en el que el estado es "chiquito", ineficiente, burocrático, débil y condenable a la vez? ¿Cómo poner en evidencia la equivalencia de este discurso, muchas veces patinado de solidaridad y participación, con lo que dicen del estado las grandes empresas?
¿Cómo hacer para no ser tan "ONG", para no ser tan "no gubernamentales"? No es casual que, de entre todos lo términos con que se denominan a las organizaciones sociales, y a pesar de ser uno de los más hostiles y lejanos al lenguaje común, sea éste el que más se instaló como denominación general. En el mismo movimiento donde, para las personas "comunes" y en el discurso "habitual", organizaciones "populares" se ha vuelto una denominación entre vergonzante y anacrónica.
En muchos casos, esa definición de "no gubernamentales", con todos los valores que pudo tener, tiene una matriz demasiado funcional a un modelo donde la fuerza del mercado es la que termina regulando lo que pasa en la sociedad, aunque sea bajo la forma de una sociedad civil hecha a su imagen y semejanza, y limitando -aunque siempre y sólo en clave de "achicar"- al estado.
Las organizaciones sociales tienen el desafío de proponer políticas públicas y de incidir en ellas. Pero, tanto como eso, existe el desafío de reconstruir el Estado democrático, y cabe a las organizaciones unas tareas y unos esfuerzos en esto, en el mismo movimiento en que se hace necesario "desmantelar" la sociedad civil formateada desde la dictadura a los '90, cuya gramática, imaginario e ideología siguen orientando muchas intervenciones y propuestas.
Un conjunto de desafíos aparecen entonces en reconducir, redireccionar, ampliar, desmantelar o disciplinar sectores de la sociedad y el Estado, allí donde se han funcionalizado a intereses privatizantes y concentrados. Recomponer un tipo de eficacia y de eficiencia, volver a valorar al Estado en todos sus niveles, reconstruyendo al mismo tiempo su autoridad y su dinámica democrática. Teniendo en cuenta, además, que tiene que ser un Estado al servicio de la sociedad y no a la medida de "las organizaciones".
Y reconociendo que, en una democracia, el estado tiene un componente democrático, un componente técnico-tecnocrático, vale decir, sin miedo- y burocrático. Y que esto es no sólo inevitable, sino necesario.
Representantes, funcionarios, técnicos: todos son necesarios, con sus lógicas, para la creación e implementación de políticas públicas.
También los cuadros y miembros, dirigentes y expertos, de las organizaciones sociales se involucran de diferente manera en instancias y agencias gubernamentales. Puede ser visto como un proceso negativo, de "cooptación", pero también puede considerarse que la cooptación no es mala en sí misma, sino que debe ser juzgada por su sentido y resultados. Y por los procesos que desencadena, y los espacios democráticos que habilita.



¿MÁS?
Este artículo fue elaborado a partir de la reflexión en ámbitos de trabajo que el Centro Nueva Tierra lleva adelante junto con dirigentes de organizaciones sociales que sostienen la iniciativa de formación Escuelas de Ciudadanía y la articulación regional llamada Espacio NOA.
El texto surge de una serie de 3 documentos referidos a los desafíos de la construcción de políticas públicas en Argentina y su relación con las prácticas de participación popular, la construcción de ciudadanía y las organizaciones sociales. Cada documento plantea, de manera sintética, 10 cuestiones o entradas a la problemática

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* Los autores son miembros del Centro Nueva Tierra y coordinadores del proyecto Escuelas de Ciudadanía. | volver
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