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Asunto:[Revista_ODISEO] Mesianismo
Fecha:Viernes, 28 de Diciembre, 2001  21:09:26 (-0300)
Autor:Avgvsto Podrido <augustopodrido @.......com>

MESIANISMO
Una respuesta a Francisca Martín-Cano Abreu

El planteo respecto de la protoNatividad y la influencia prehistórica en las 
creencias cristianas, me parece algo arriesgado y, con sus obviedades, 
también poco fuerte en determinados términos.
Todos sabemos que las religiones siempre se completaron mutuamente, que 
“todo” aspecto histórico, visto en retrospectiva, nos muestra 
influencias, asociaciones, derivaciones, reinterpretaciones (las Luces, el 
socialismo, el anarquismo; el evolucionismo, el positivismo, el marxismo; el 
“paganismo”, el judaísmo, el cristianismo, el islamismo). No 
caben dudas acerca de las analogías que unen a Isis y Harpócrates con María 
y el niño Jesús, como tantos otros ejemplos no sólo en la Historia, sino 
también en la mal llamada Prehistoria. Pero hay un punto importante a 
destacar respecto de las afirmaciones de Francisca Martín-Cano Abreu; el uso 
del término Mesías, que Francisca relaciona con la cosecha de acuerdo a la 
diosa Mesias, no podría atribuirse al cristianismo sin hablar antes del 
judaísmo. Fueron los profetas hebreos quienes utilizaron el término Mesías 
(mashiah) como “el Ungido del Señor”, quien llegaría al mundo al 
final de los tiempos a salvar al Pueblo elegido y juzgar a los hombres. 
David era ya un “ungido”, y el Mesías sería un descendiente 
suyo, nacido de su linaje y de su tierra, Belén (que no es la Casa del 
Trigo). Si hay una influencia, la influencia es ejercida sobre el judaísmo, 
y ya por épocas de Cristo o de cristianos, el término era un concepto en sí 
mismo, traducido al griego Xristós, Cristo, el Ungido del Señor. Claro que 
los textos bíblicos son esencialmente alegóricos, y hasta en los gnósticos 
se pueden vislumbrar dotes didácticas y un marcado criterio moral; pero 
siempre que se estudia una religión, se da por supuesta la influencia de 
ideas y religiones anteriores, así como se logra ver entre líneas el sentido 
ambiente de la época. No me parece necesario ir tan lejos para estudiar la 
Natividad cristiana, aunque me parece un trabajo válido. En cualquier caso, 
buscar las respuestas tan atrás en la Historia, siempre tiende a confudirnos 
aún más, sobre todo debido al carácter meramente especulativo y hasta 
ficticio del estudio de la Prehistoria.
En religión, suele suceder que las soluciones planteadas por los estudiosos 
a los problemas de los hechos relatados en las fuentes, son aún más 
increíbles y fantásticos que los mismos hechos, milagros y dioses. Quizás, 
el verdadero sabio es aquél que sabe apreciar los textos bíblicos como lo 
que son: “libros.” La lucha contra un dogma teológico no es la 
tarea del investigador. Se puede discutir a la Iglesia y otras instituciones 
religiosas “desde la política”, pero no se puede desde la 
Historia o la religión.

Respecto a lo arbitrario, no hay obra humana que no sea arbitraria; y si se 
reprocha lo arbitrario de la fechación de un evento histórico o religioso (o 
si se reprocha su procedencia), deberíamos reprochar todo calendario y toda 
fechación, porque todo es ficción, todo es artificio humano.

Luego, no todos los íconos religiosos pueden ser asociados por ser Hijos, 
Madres, Vírgenes, Dioses... Sus diferencias son tan notables en el detalle, 
como sus analogías en el concepto general. Mejor comprenderemos esto si 
atendemos a las innumerables variaciones de cada gran religión que se mueve 
en torno a un tema, dogma, hombre, ícono, dios... En el judaísmo, los 
fariseos, saduceos, esenios, encratitas, cainitas... el mismo gnosticismo 
que participó en el judaísmo tanto como en el cristianismo. En este último 
tenemos cientos de variantes, muchas de ellas llamadas 
“herejías”, y muchas no. Con tantas concepciones en torno a un 
mismo Dios, o a una misma Trinidad, o al ícono o ídolo que sea, podríamos 
hasta suponer que no sólo no hay religiones iguales, sino que cada religión 
es a su vez cien o mil subreligiones. No hay que olvidar, pues, para no 
convertirse uno en un vulgarizador, que no sólo hay que destacar las 
analogías, sino también las diferencias. Y a menudo, por tiempo y espacio 
geográfico, desecharemos más de una teoría de asociación de esas que tanto 
agradan a los escritores de Infinito o a hombres como Ahmed Osman o el 
argentino Víctor Sueiro. Partiendo de que todos somos seres humanos, nacidos 
de varón y hembra, que vivimos en un mismo mundo, no es de extrañar que las 
concepciones del mundo se repitan a lo largo de la Historia y alrededor del 
planeta.

Por último, quiero destacar un punto que muchos estimarán equívoco para el 
análisis histórico, pero que a mí me parece fundamental para entender a las 
culturas que se estudian y para no ejercer indiscriminadamente (tampoco con 
discriminación) el tan agradable a nosotros, los occidentales, 
“etnocentrismo”, que se puede traducir en el egocentrismo de 
cada investigador. Un profesor mío de un seminario sobre “Problemas 
teóricos concernientes al surgimiento del Estado en el Antiguo Egipto” 
solía reprocharnos a mis condiscípulos y a mí cuando proferíamos alguna 
afirmación como «Los egipcios “creían” que tenían muchos dioses» 
o «Los egipcios “creían” que el rey estaba enterrado en dos 
tumbas a la vez.» «Los egipcios no “creían” –nos gritaba 
el profesor, licenciado Marcelo Campagno–. Ellos “sabían” 
que el rey estaba en las dos tumbas; ellos “tenían” muchos 
dioses.» Es tan fácil como afirmar que un año (salvo bisiesto) tiene 365 
días. Como decir “Yo me llamo Augusto” (si uno se llama Augusto, 
claro). Pues, después de todo, no hay una razón “natural” por la 
cual yo me llamo Augusto, ni es más que mero arbitrio la división del 
“tiempo” (como si fuera realmente divisible), arbitrio funcional 
pero arbitrio al fin.
Sólo manejándonos con las afirmaciones, sin temerles ni convertirnos en 
religiosos, podemos comprender realmente al otro, ya cultural, subcultural o 
individual. Quizás el tinte antropológico del profesor Campagno no guste a 
muchos, pero me parece esencial para el estudio de la Historia y, sobre 
todo, de la Historia bíblica.

Y por último, con esta premisa como base, se puede aventurar uno a analizar 
los textos bíblicos como fuentes históricas, sabiendo que, por ejemplo en lo 
que hace al estudio del Antiguo Egipto, la mayor parte de lo que sabemos 
sobre su Historia nos vino por documentos religiosos y de 
“ultratumba”; el simbolismo (bien interpretado, y para ello 
partiendo de la comprensión del otro) es la herramienta por excelencia que 
nos dejaron los egipcios. Si los egipcios no le hubiesen otorgado tanto 
valor e importancia a la muerte, sus casas terrenales hubiesen sido fuertes 
y duraderas y sus casas mortuorias, endebles y pasajeras; pero sucedió a la 
inversa, y sin embargo nos consideramos grandes conocedores de la Historia 
Egipcia (bueno, más o menos).
En definitiva, los que escribieron los textos bíblicos, los que los 
recibieron y se hicieron afines a sus palabras, y los que tradujeron y 
reinterpretaron a lo largo de la Historia (incluso hoy, aunque hay 
excepciones maravillosas), “creyeron” en lo que escribían o 
leían o escuchaban. No hallamos un motivo político escondido, por ejemplo, 
en los Evangelios canónicos; tampoco en los apócrifos; quizás sí en los 
hebreos, pero no hay razón para dudar de su creencia, como no la hay para 
dudar de la creencia de un hombre mal llamado primitivo en un tótem. Pues, 
si los hebreos creyeron que Dios elevó las aguas, “Dios elevó las 
aguas”; si los cristianos creyeron que Cristo era su Salvador y que 
resucitó de entre los muertos, “Cristo era su Salvador y resucitó de 
entre los muertos.” La ciencia no es más que otra religión. Si los 
distintos textos bíblicos eran “estilos literarios” de los 
respectivos momentos, es todo lo que tenemos, y no es poco, en absoluto. 
(También era estilo literario el clásico etnográfico de Heródoto.) No hay 
fin de VERDAD en la disciplina histórica; se trata de interpretar. Nunca se 
conocerá LA VERDAD, lo que pasó realmente. El historiador busca, analiza, 
interpreta, compara. Cada cual según su método. Y repito: mi método es 
ponerme en el lugar del “otro”, comprenderlo desde su propia 
creencia; “saber” y no “creer.”
Para terminar, cito a Francisca Martín-Cano Abreu: “el hecho de que en 
la religión cristiana se diera existencia real al ser que surgía de la Madre 
Virgen, y tomara en sentido literal lo que no es más que un mito, MUESTRA 
QUE VOLUNTARIAMENTE HIZO UNA FALSA INTERPRETACIÓN DE LA NARRACIÓN METAFÓRICA 
EN LA QUE SE BASABA.”
No podemos hablar de FALSO o VERDADERO; tampoco de ERRÓNEO, que aun me 
hubiera parecido más oportuno. En definitiva, no se puede falsear una 
metáfora. Si estaba inspirada, hizo su propia interpretación; ahí no hay 
FALSO o VERDADERO. No hay cabida en el estudio histórico de la religión para 
tales vocablos. Después de todo, los gnósticos hicieron lo inverso a lo que 
plantea Francisca: llevaron a Jesús y a María a un plano de mera alegoría, 
le quitaron realidad física, los incluyeron en los misterios del Dios. ¿Es 
esto una FALSA INTERPRETACIÓN de la narración histórica cristiana en la que 
se basaba?


Saludo, pues, a Francisca y a todos los que lean esta humilde opinión de un 
servidor.




Augusto Gayubas
Viernes 28 de diciembre de 2001


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