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Asunto:[Revista_ODISEO] La Revolución de Septiembre
Fecha:Miercoles, 11 de Septiembre, 2002  01:20:38 (-0300)
Autor:Avgvsto Podrido <augustopodrido @.......com>

11 DE SEPTIEMBRE. A CIENTO CINCUENTA AÑOS DE LA REVOLUCIÓN BONAERENSE.

Por Augusto Gayubas

¿Reivindicación geopolítica o ideológica? ¿El pueblo unido o la opinión manipulada? Los historiadores aún se preguntan de qué se trató la Revolución del 11 de septiembre de 1852 que proclamó la autonomía -formalizada el 18 del mismo mes- de la Provincia de Buenos Aires respecto de la Confederación Argentina. El periodista liberal José Luis Bustamante describe la jornada en sus "Memorias sobre la revolución del 11 de septiembre de 1852": "Los ciudadanos corrían voluntariamente a los cuarteles y a la plaza, tomando las armas para sostener el nuevo orden de cosas, ofreciendo sus recursos sin reserva para ocurrir a los gastos que demandasen las operaciones que se emprendían desde aquellos momentos. El pueblo de Buenos Aires y el Ejército se identificaban en un mismo pensamiento, en una sola idea. Proclamaban los principios legales de la Provincia y defendían sus derechos con la opinión y la espada."

El 3 de febrero de 1852, el caudillo entrerriano Justo José de Urquiza vencía en Monte Caseros al déspota gobernador Juan Manuel de Rosas, quien desde la Provincia de Buenos Aires había sometido a la Confederación Argentina a una cruenta tiranía de diecisiete años. Pero la victoria del Ejército Grande de Urquiza (coalición de fuerzas federales antirrosistas, unitarias e independientes del litoral, conjuntamente con batallones uruguayos y brasileños) significó poco más que un cambio de dictadores sobre la Confederación; pronto, liberales y federales de Buenos Aires manifestaron su descontento. Urquiza, devenido en director provisorio de la Confederación Argentina, saqueó literalmente los fondos de la Aduana porteña para sostener su política nacional, y el gobernador bonaerense asignado -y luego electo-, Vicente López y Planes, actuó hostilmente contra la prensa opositora, llegando a clausurar varios periódicos. El gobierno títere de López y Planes creó el descontento que el Acuerdo de San Nicolás (31 de mayo de 1852) agudizó: este Acuerdo preparaba el terreno para un Congreso Constituyente para el cual se disponía una representación igualitaria (dos diputados por provincia, sin atender al factor demográfico proporcional), pero sobre todo otorgaba "facultades extraordinarias" de tipo rosista al general Urquiza, y formalizaba la censura. Un mes más tarde, la Sala de Representantes eligió como gobernador de la Provincia al general Manuel Pinto, ante la renuncia de López y Planes forzada por la oposición que reprobaba su gestión y rechazaba el Acuerdo de San Nicolás; pero Urquiza disolvió inmediatamente la Sala y confirmó en la gobernación a López y Planes. Este golpe de Estado conllevó el destierro de los legisladores y periodistas opositores, cuyo republicanismo mayormente liberal fue tildado por Urquiza de "manejos anárquicos de unos cuantos demagogos"; en julio, renunció definitivamente López y Planes y asumió provisionalmente la gobernación de Buenos Aires el propio Urquiza, quien, tras dictar un indulto y permitir el regreso de los opositores desterrados, viajó a Santa Fe para atender los asuntos referentes a la organización del Congreso Constituyente, delegando, el 8 de septiembre, el gobierno de Buenos Aires al general José Miguel Galán. Ésta fue la ocasión propicia para que se gestara la Revolución que estallaría el 11 de septiembre, producto de una amalgama de sentimientos porteñistas y republicanos, de resentimiento federal y de esperanza liberal y autonomista, de deseo de destrucción del orden tiránico y de construcción de un orden republicano que siguiera las líneas del pensamiento y la prensa liberales que, aun bajo dominio urquicista, caracterizaban a Buenos Aires como el oasis de libertad e igualdad política en medio de un desierto de despotismo caudillista. Buenos Aires comportaba una identidad propia con centro en la ciudad, que la distinguía cultural y políticamente de las demás provincias de la Confederación; aquí no existía ningún tipo de libertad ni de resistencia, pero en Buenos Aires la opinión pública -manifestaciones populares, asociacionismo y prensa política- latería con fuerza aun bajo el gobierno censor de López y Planes. La fisión no podía ser evitada: por una vez, la Provincia atemorizada se rebelaría contra la autoridad, negaría su legitimidad..., vencería el temor y la resignación que le habían inculcado los tiranos Rosas y Urquiza. Se trata de la última verdadera revolución que tuvo como protagonistas a los ciudadanos de Buenos Aires. Pueblo, periodistas, legisladores y sectores militares levantaron las banderas de la emancipación bonaerense, que si bien no implicaba una liberación social (no aspiraba a la supresión del Estado, fin último de toda Revolución libertadora), supuso el fin de una política recurrente de represión, persecución, censura, asesinatos y gobierno autoritario, sustituido por un gobierno liberal republicano que, con sus gigantescas falencias, era un paso importante en la consolidación progresiva de la libertad de prensa y de expresión, libertades económicas, garantías políticas, educación e instrucción. (Fue durante la República bonaerense que Domingo Faustino Sarmiento, como director del Departamento de Escuelas, organizó la educación primaria, un primer paso hacia la política eminentemente educativa que impulsaría el sanjuanino al llegar a la presidencia de la Nación en 1868.)

El 11 de septiembre de 1852, el pueblo armado derrocó al gobierno provincial; el gobernador interino, José Miguel Galán, huyó hacia San Nicolás, en tanto sus fuerzas no pudieron hacer frente al movimiento revolucionario (los bonaerenses tenían el oro y las riquezas de la Aduana porteña y el Banco Provincial, y los unía un vigoroso espíritu de lucha, y un temor compartido al poderío de las provincias, con sus caudillos y sus gauchos, símbolos de la violencia y la barbarie). Se concretaba así la secesión de la Provincia de Buenos Aires respecto de la Confederación Argentina, que formalmente se constituiría el 18 de septiembre en Estado de Buenos Aires. Reabierta la Sala de Representantes, se designó como gobernador de la Provincia a Manuel Pinto, hasta que las elecciones colocaron, en octubre, al liberal Valentín Alsina a la cabeza del gobierno.

¿Qué fue la Revolución de Septiembre? ¿Porteñismo o idealismo político? Quizás ambas cosas; la ciudad de Buenos Aires -que representaba la política de la Provincia, pero se diferenciaba culturalmente de la campaña bonaerense- estaba cultivando una nueva tradición política europeísta y liberal que se enfrentaba al caudillismo tiránico de los últimos gobernantes argentinos; el fuerte porteñismo era en realidad un vigoroso ideal político de tendencia republicana que privilegiaba ciertas libertades y proponía una comunión directa entre política y sociedad civil, a través de la apelación a la opinión pública. Erróneo sería sostener una hipótesis de determinismo económico, según la cual los intereses propietarios y fiscales bonaerenses hubieran sido las causas de la Revolución; sí fueron los elementos que garantizaron el triunfo de la Revolución (el apoyo de los grandes propietarios que querían asegurar sus ingresos e integrarse en un mercado externo que sólo los liberales podían impulsar, y las riquezas de la Aduana y el Banco Provincial que financiaron el movimiento y sostuvieron la autonomía hasta la batalla de Cepeda del 23 de octubre de 1859). Esto lo demuestra el hecho de que muchos liberales no porteños -como es el caso del sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento- defendieron el ideal republicano y autonomista de Buenos Aires, y muchos porteños -como el federal Nicolás Calvo- profesaron la reincorporación de Buenos Aires a la Confederación. ¿Pueblo o políticos-periodistas? Si bien la Revolución fue impulsada por el general Pirán y los liberales Valentín Alsina y Bartolomé Mitre, los ámbitos de la prensa, la movilización y la Guardia Nacional creaban un espacio de integración ciudadana que jugó un papel protagónico en los acontecimientos revolucionarios y en la posterior consolidación del sistema republicano porteño. En contraste con las provincias de la Confederación, la prensa de Buenos Aires gozaba de amplia libertad, y Ramón J. Cárcano atribuiría a la Revolución de Septiembre la instauración de una verdadera libertad de prensa ("De Caseros al 11 de septiembre"). La Guardia Nacional porteña (organizada hacia diciembre por Mitre) creaba asimismo una relación igualitaria que hacía frente al régimen social jerárquico, y otras formas de participación ciudadana (prácticas de democracia directa) generaban un consenso que se sostenía sobre la opinión pública; no una suma de opiniones individuales, sino un conjunto de ideas y una comunidad de intereses que configuraban una tendencia mayoritaria y respetaban las opiniones internas. El gobierno promovería explícitamente la participación ciudadana, y sometería sus decisiones al criterio público expresado en asociaciones, prensa, manifestaciones y en una orientación política republicana y liberal consensuada.

¿Cuál es la virtud de una revolución que no suprime el Estado? El derrocamiento de un tirano, la secesión respecto de un Estado superior (en este sentido, la Revolución de Mayo de 1810 tiene un parecido con la de Septiembre, pues ambas, sin plantearse la supresión del Estado, supusieron no obstante la emancipación respecto de otros Estados mayores y tiránicos -la Corona de España en 1810, la Confederación Argentina en 1852- permitiendo, además, una inicial participación política popular), las relativas libertades económicas y políticas, las garantías individuales, la prosperidad económica y su consecuente elevación del nivel de vida general (y la fundación de pueblos, la "Primitiva Compañía de Gas", la primera línea de ferrocarril), la libertad de prensa y expresión, el fin del autoritarismo, su reemplazo por el régimen republicano, la política como debate de opiniones, la enseñanza como factor de progreso individual y de igualación política potencial. Aunque todo ello se enmarca en un orden siempre coercitivo como es el Estado, el caso argentino representa un hecho significativo; como escribía Sarmiento, "el miedo es una enfermedad endémica en este pueblo; ésta es la palanca con la que siempre se gobernará a los porteños" (Carta a Domingo de Oro). Los hechos de septiembre de 1852 significan el último movimiento revolucionario exitoso y masivo en la polítca porteña, luego de diecisiete años de dictadura rosista y ocho meses de dictadura urquicista; el miedo y el terror que describe Sarmiento, fueron superados en aquella memorable jornada, y los porteños perduraron durante cinco años en la defensa de la autonomía frente a los embates de Urquiza y los simpatizantes de la Confederación. Esto implica una movilización popular de nobles u honestos fines, con envidiables resultados e inteligente organización; supone una lucha conjunta por la liberación de las cadenas de un despotismo feroz. Mirando la Historia reciente, comprendemos la importancia de estos sucesos al comprobar que el miedo y la resignación no han abandonado a la sociedad porteña: un golpe de Estado militar (1930) dio comienzo a una práctica muy empleada en años posteriores, una tradición de gobiernos de facto autoritarios ante los cuales la población no reaccionó, sino que los militares mismos reaccionaron contra el gobierno de jure cuestionado por la sociedad, a modo de mandato de un pueblo que preferiría en adelante dejar la resistencia y la revolución (a veces, ficticia) a los organismos militares, evitando entrar en la política, salir a la calle y luchar colectivamente; gobiernos democráticos incompetentes debieron ser derrocados por militares, pues los ciudadanos, reclamando su caída, no ayudaron a provocarla (se limitaron a exigirla); igualmente, un régimen fascista como fue el gobierno despótico de Perón (continuidad del caudillismo tiránico de Rosas y Urquiza con un condimento mussoliniano) sometió al terror y al miedo a los argentinos, y fue finalmente derrocado por un golpe militar, la Revolución Libertadora, cuyo carácter revolucionario y libertador es innegable, y quizás sea lo más próximo a los sucesos del '52 en relación a la amplia movilización porteña para aclamar y sostener el nuevo orden de cosas, la caída del tirano; últimamente, el pueblo porteño salió a la plaza el 19 de diciembre de 2001 para reclamar la renuncia del ministro de economía Domingo Felipe Cavallo, la cual concretada, los porteños regresaron a sus casas sin reclamar la deposición del ineficiente presidente Fernando De la Rúa. Éste renunció cuando una alianza política y empresarial lo obligó a dejar el camino libre a un fascista populista que ya había destruido institucional y económicamente a la Provincia de Buenos Aires; Eduardo Duhalde asumió la presidencia de la Nación por elección de una Asamblea Legislativa muy cuestionada, pero al día de hoy, el pueblo porteño, por temor o por resignación, no se ha levantado contra el gobierno. Es por esta razón que estudiar una revolución como la de Septiembre, igualmente a cuando lo hacemos con la de Mayo, despierta tanto interés y hasta admiración aun cuando uno no comparte la meta deseada ni la obtenida.

11 de septiembre de 2002

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