En el anglicanismo hay conservadores y
progresistas, como en la ICAR. La diferencia es que es que allí hay obispos y
diócesis enteras que ponen en práctica sus concepciones progresistas del
cristianismo sin que se rompa la comunidad anglicana, que no los excomulga ni
puede destituirlos. Observemos con qué libertad habla este obispo que tiene
muchos seguidores en todo el mundo. Estamos seguros que muchos de los lectores
cristianos de ATRIO coinciden con él -podríamos adherirnos i la mayoría
así lo expresa al manifiestosin- sentirse separados de la familia católica,
universal y necesariamente pluralista. Otros, no cristianos, les parecerá que es
lo mínimo que una iglesia debe hacer en este tema. Y todos, como él, tampoco
está dispuesto a seguir enredándose en discusiones con otros cristianos o
católicos que no llevan a ninguna parte.
Un manifiesto de John Shelby
Spong, Obispo Anglicano retirado de Newark, USA. Hecho publico el 15 de
octubre de 2009.
He tomado una decisión. No volveré a debatir el asunto
de la homosexualidad con nadie de la Iglesia. No volveré a enfrentarme con la
ignorancia bíblica que rezuman tantos cristianos de la extrema derecha cuando
citan cómo la Biblia condena la homosexualidad, como si ese punto de vista
conservase alguna credibilidad.
No discutiré con ellos, ni siquiera les escucharé cuando
dicen que la homosexualidad es «una abominación para Dios» o hablan de que la
homosexualidad es un «estilo de vida escogido» o cómo gracias al rezo y al
«consuelo espiritual» los homosexuales pueden ser «curados».
Esos argumentos ya no se merecen que emplee mi tiempo ni mi
energía.
No escucharé, ni por cortesía, los pensamientos de esos que
promueven «terapias reparadoras» como si los homosexuales estuviesen de alguna
forma rotos y necesitasen ser reparados. Y no hablaré con quienes piensan que la
unidad de la Iglesia puede y debería ser conseguida rechazando la presencia, o
al menos a pesar de la existencia, de gente gay o lesbiana.
No gastaré el tiempo en refutar la ignorante e indocumentable
afirmación de ciertos líderes religiosos que llaman «desviados» a los
homosexuales. No atenderé ya más al pío sentimentalismo con que ciertos líderes
cristianos siguen argumentando con aquella extraña y deshonesta frase que dice
que «odiamos el pecado pero amamos a los pecadores». Es una sentencia, -he
llegado a la conclusión-, que no es más que una mentira diseñada para ocultar el
hecho de que esa gente odia a los homosexuales y le tiene terror a la propia
homosexualidad, pero saben que ese odio es incompatible con el Cristo que
afirman profesar. Así que adoptan esta absolutamente falsa proclama para salvar
la cara.
No disimularé mi entendimiento de la verdad para mostrar que
tengo al menos un mínimo respeto por la abrumadora negatividad que sigue
emanando de los círculos religiosos, en los que la Iglesia lleva siglos
difundiendo constantemente sus prejuicios contra negros, judíos, mujeres y
homosexuales y haciéndolos pasar por «pía retórica de sonido agradable». Los
días de esa mentalidad simplemente han pasado para mí.
Personalmente ni toleraré ni volveré a escucharles. El mundo
se ha movido, dejando desnudos esos elementos de la Iglesia cristiana que no se
ajustan ni a nuestros nuevos conocimientos ni a nuestra nueva consciencia,
perdidos en el mar de su propia irrelevancia. Ya sólo podrán hablar con ellos
mismos.
No volveré a intentar detener a los testigos de la
integración fingiendo que hay un punto medio entre el prejuicio y la opresión.
No lo hay.
Cuando se aplaza la justicia, se niega la misma. Que nadie
tenga ya escondite. Una vieja canción que hablaba sobre los derechos civiles ya
decía que la única elección que tienen los que no se adaptan al nuevo
entendimiento es «muévete o nos moveremos por encima de ti». El tiempo no espera
a nadie.
En particular voy a ignorar a esos miembros de mi propia
Iglesia Episcopal que parecen querer apartarse y formar una «nueva Iglesia»
proclamando que este nuevo instrumento intolerante representa la Comunión
anglicana. Ese cuerpo eclesiástico está diseñado para permitir seguir existiendo
a esos patéticos seres humanos, profundamente encerrados en un mundo que ya no
existe, y formar una nueva comunidad en la que puedan seguir odiando a los
homosexuales, ofendiéndoles con su desesperada retórica. Siguiendo siendo parte
de una hermandad religiosa en la que puedan seguir justificando sus prejuicios
homofóbicos el tiempo que duren sus torturadas vidas. La unidad de la Iglesia no
puede ser una virtud preservada permitiendo que la injusticia, la opresión y la
tiranía psicológica queden sin desafío.
En mi vida personal, ya no escucharé debates televisados
conducidos por canales ecuánimes que busquen darle a ambas partes en este asunto
el «mismo tiempo». Porque ya sé que estas cadenas ya no le dan el mismo tiempo a
los partidarios de tratar a las mujeres como si fuesen propiedad de los hombres,
o a los de reinstaurar la segregación o la esclavitud. A pesar del hecho de que
esas diabólicas instituciones se acercan a su final, siguen citando la Biblia
con frecuencia en esos temas. Es el momento de que los medios anuncien que ya no
hay dos puntos de vista en lo que respecta a la condición humana de gays y
lesbianas. La justicia para los homosexuales no puede estar siguiendo siendo
comprometida.
No actuaré más como si el oficio papal tuviese que ser
respetado si quien ocupa en la actualidad esa oficio no quiere o no es capaz de
informarse y educarse a sí mismo en asuntos públicos sobre los que se atreve a
hablar con una vergonzosa ineptitud. No respetaré más el liderazgo del Arzobispo
de Canterbury, quien parece creer que un comportamiento maleducado, la
intolerancia o incluso sus prejuicios asesinos son de alguna forma aceptables,
mientras vengan de líderes religiosos del tercer mundo, quienes más que
cualquier otra cosa revelan en ellos mismos el precio que la opresión colonial
se ha cobrado de las mentes y los corazones de tan gran parte de la población
mundial. No veo forma en la que ignorancia y verdad puedan estar en igualdad de
condiciones, ni creo que el mal sea menos mal si puedes citar a la Biblia para
justificarlo. Rechazaré como carentes de merecer mi atención las salvajes,
falsas y desinformadas opiniones de supuestos líderes religiosos como Pat
Robertson, James Dobson, Jerry Falwell, Jimmy Swaggart, Albert Mohler y Robert
Duncan. Mi país y mi iglesia ya han perdido demasiado tiempo, energía y dinero
intentando acomodar puntos de vista tan anticuados, en un momento en el que no
son en absoluto tolerables.
Hago estas declaraciones porque ya es el momento de moverse.
La batalla ha terminado y hemos conseguido la victoria. No hay duda razonable
sobre cuál va a ser el resultado final de esta lucha. Los homosexuales serán
aceptados como seres humanos completos e iguales, merecedores de cada derecho
que la sociedad o la iglesia concedan a cualquiera de nosotros. Los matrimonios
homosexuales serán legales, reconocidos por el estado y pronunciados como
sagrados por la Iglesia. «No preguntes, no digas nada» será desmantelado como
política de nuestras fuerzas armadas. Aprenderemos por obligación que la
igualdad de ciudadanía no es algo que tenga que ser negociado en referéndum. La
igualdad bajo y ante la ley es una promesa solemne hecha a nuestros ciudadanos
por la propia Constitución. ¿Alguien imagina un referéndum para decidir si la
esclavitud debe continuar, si la segregación debería ser desmantelada, si las
mujeres deben tener derecho al voto? Ha llegado el momento de que los políticos
dejen de esconderse tras leyes injustas que ellos mismos han ayudado a forjar.
De abandonar ese escudo conveniente consistente en pedir el voto como único
derecho de ciudadanía porque no entienden la diferencia entre una democracia
constitucional, lo que hay en este país, y una «morbocracia», lo que el país
rechazó cuando adopto su Constitución. No dejaremos que nuestros derechos
civiles sean decididos por una minoría en plebiscito.
No seguiré actuando como si necesitase el voto mayoritario de
un cuerpo eclesiástico para bendecir, ordenar, reconocer y celebrar la vida y el
jolgorio de gays y lesbianas haciendo su vida en la Iglesia. Nadie debería
volver a ser forzado a sublevar su privilegio de ciudadanía en este país o su
pertenencia a la Iglesia cristiana bajo el deseo de un voto mayoritario.
La batalla librada en nuestra cultura y nuestra Iglesia para
librar nuestras almas de este prejuicio mortal ha terminado. Se levanta una
nueva consciencia. Claramente hemos tomado una decisión. La desigualdad para
gays y lesbianas ya no es un asunto discutible, ni en la Iglesia ni en el
estado. De ahí, a partir de este momento rechazo dignificar la expresión pública
de prejuicios ignorantes discutiendo con ella. No volveré a tolerar racismos ni
sexismos. A partir de este momento, no volveré a tolerar ninguna de las variadas
formas de homofobia en nuestra cultura. No me importa quién es o quién articula
estas actitudes, o quien intenta hacerlas aparecer como dignas usando la jerga
religiosa.
He sido parte de este debate durante años, pero las cosas se
han asentado, tal y como ocurre con este tema para mí. No volveré a debatir con
miembros de la Sociedad para la Tierra Plana tampoco. No debatiré con gente que
piense que deberíamos tratar la epilepsia haciéndole un exorcismo al enfermo. No
perderé tiempo discutiendo con opiniones médicas que sugieran que hacer sangrar
a una persona alivia una infección. No conversaré con quienes piensan que el
huracán Katrina fue un castigo de Dios a la ciudad de Nueva Orleans por ser el
lugar donde nació Ellen DeGeneres o que los terroristas atacaron los Estados
Unidos el 11 de septiembre porque toleramos la homosexualidad, el aborto, el
feminismo o las libertades civiles. Estoy cansado de verme implicado por la
participación de mi Iglesia en causas indignas del Cristo al que servimos y del
Dios cuyo misterio y maravilla apreciamos más cada día. De hecho creo que la
Iglesia cristiana no sólo debería pedir perdon, sino castigar a quienes han
tratado a la gente de color, a las mujeres, a los gays y lesbianas, y a quienes
profesan otras religiones como si fuesen herejes.
La vida sigue. Como dijo el poeta James Russell Lowell hace
más de un siglo, «nuevas ocasiones enseñan nuevos deberes, el tiempo hace que lo
antiguo parezca ordinario». Estoy listo para reclamar la victoria. A partir de
ahora la asumiré y viviré en ella. No estoy dispuesto a discutir sobre ello como
si siguiese habiendo dos posiciones compitiendo igualmente válidas. El tiempo
para esa mentalidad se ha ido para siempre.
Es mi pastoral y mi credo. La proclamo hoy. Invito a todos a
unirse a esta mi declaración pública. Creo que esta lluvia pública ayudará a
limpiar a la nación y a la iglesia de su perturbador pasado. Devolverá la
integridad y el honor a la Iglesia y al estado. Será la señal de que ha
amanecido un nuevo día, y de que estamos listos no sólo para abrazarlo, sino
también para regocijarnos y celebrarlo.