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Tiempo ordinario (C), Lucas 16, 1 – 13
CRISTIANISMO
IMPOSIBLE
JOSÉ
ANTONIO PAGOLA
SAN
SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).
ECLESALIA, 19/09/07.- Jesús era ya adulto
cuando Antipas puso en circulación monedas acuñadas en Tiberíades. Sin duda, la
monetización suponía un progreso en el desarrollo de Galilea, pero no logró
promover una sociedad más justa y equitativa. Fue al revés.
Los ricos de las ciudades podían ahora
operar mejor en sus negocios. La monetización les permitía «atesorar» monedas de oro y plata que
les proporcionaban seguridad, honor y poder. Por eso llamaban a ese tesoro
«mamona», dinero «que da seguridad».
Mientras tanto, los campesinos apenas
podían hacerse con algunas monedas de bronce o cobre, de escaso valor. Era
impensable atesorar «mamona» en una aldea. Bastante tenían con subsistir
intercambiándose entre ellos sus modestos productos.
Como ocurre casi siempre, el progreso
daba más poder a los ricos y hundía un poco más a los pobres. Así no era posible
acoger el reino de Dios y su justicia. Jesús no se calló: «Ningún siervo puede servir a dos
amos pues se dedicará a uno y no
hará caso del otro… No podéis servir a Dios y al Dinero» (mamona).
Hay que escoger. No hay alternativa.
La lógica de Jesús es aplastante. Si uno
vive subyugado por el Dinero pensando sólo en acumular bienes, no puedes servir
a ese Dios que quiere una vida más justa y digna para todos, empezando por los
últimos.
Sus palabras tuvieron que sacudir la
conciencia de quienes le escuchaban. Para ser de Dios, no basta formar parte del
pueblo elegido ni darle culto en el templo. Es necesario mantenerse libre ante
el Dinero y escuchar su llamada a trabajar por un mundo más humano.
Algo falla en el cristianismo de los
países ricos, cuando somos capaces de afanarnos por asegurar y acrecentar más y
más nuestro bienestar, sin sentirnos interpelados por el mensaje de Jesús y el
sufrimiento de los pobres del mundo. Algo falla cuando somos capaces de vivir lo
imposible: el culto a Dios y el culto al Bienestar.
Algo importante falla en la Iglesia de
Jesús cuando, en vez de gritar con nuestra palabra y nuestra vida que no es
posible la fidelidad a Dios y el culto a la riqueza, contribuimos a adormecer
las conciencias, desarrollando una religión burguesa y tranquilizadora.