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Asunto:[portalfilosofia] Boletín del Portal de Filosofía: Número 4b
Fecha:Sabado, 15 de Septiembre, 2001  08:48:40 (+0200)
Autor:Juan Carlos del Río <jcdelrio @..........com>

15 de septiembre 2001
Boletín del Portal de Filosofía: Año I Número 4b
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En estos difíciles días vemos con más insistencia la necesidad de una
Filosofía trascendente, que nos ayude en los momentos de tribulación a dar
un sentido a la vida y que nos ayude a comportarnos como hombres, a pesar de
las dificultades. Espero que estas palabras que recogimos hace diez años nos
ayuden en la búsqueda de nuestro Camino de Vida.

------------------------------------------------

El Misterioso Arte de Vencer (Primera Parte)

En el acto de estar erguido como una lanza que avanza contra el viento a
través de la niebla, más allá de lo conocido y lo desconocido, reside el ser
filósofo. Filósofo significa el enamorado de la Verdad, el enamorado de la
Sapiencia, aquel que pone todas las cosas por debajo de la búsqueda de esa
Sapiencia. Un enamorado tal vez no es un ser del todo inteligente, pero sí
es un convencido de que va a llegar a la meta que se ha propuesto, alguien
noble que trata con todas sus fuerzas de alcanzar aquello que se vislumbra
más allá.

Hoy el tema que voy a tocar es el del misterioso o difícil Arte de Vencer.
Cuando digo vencer, no me estoy refiriendo a vencer sobre nadie, abatir
puertas, echar abajo murallas, sentir que otros son más débiles que
nosotros, sino a algo mucho más profundo. Hace muchos años tuve un Maestro
que me decía que el Arte de la Felicidad estaba en lograr objetivos, pero no
a costa de otros, sin basarse en la infelicidad de los demás; y en cierta
forma el Arte de Vencer consiste en poder llegar a nuestras metas sin
utilizar a los demás como peldaños, sin encaramarnos sobre la cabeza de los
débiles, sin pisotear a aquellos que aparentemente nos están cerrando el
paso, sino de una manera muy diferente, de todo corazón y con toda fuerza.
¿Qué es este difícil o misterioso Arte de Vencer?
Hay personas que, parece ser, vienen al mundo con una estrella y todo les
sale bien. Hay otras, en cambio, a las cuales les es muy difícil lograr cada
cosa. Y encontramos a veces a los Elegidos de la Historia, que con su sola
presencia pueden hacer verdaderos milagros.

Recuerdo un atardecer en Grecia, hace dos o tres años; en Macedonia, para
ser más exacto. En ese atardecer rodaban mis lágrimas. Yo estaba en las
ruinas de Filipópolis y estaba leyendo unos fragmentos de cartas de Filipo
Sother. Filipo Sother narraba cómo ellos habían marchado con Alejandro, y
que cuando lo hacían, en verdad podían realizar milagros, gestar maravillas,
pero desde que Alejandro murió, ellos nada más que podían hacer pequeños
prodigios. Querían ser grandes, pero no podían dejar de ser, de alguna
manera, mediocres y pequeños. Ellos no podían decir que eran hijos de Amón,
sino que eran hijos de hombre y de mujer.

Y cuántas veces, mis queridos amigos, cuántas veces nosotros nos encontramos
en la vida queriendo hacer una proeza, algo maravilloso, pretendiendo
avanzar de tal manera que todos nos vean, nos sigan, y sin embargo, tan sólo
podemos dar pequeños pasos; cuántas veces querríamos cantar como cantan los
mirlos, cuántas veces querríamos volar; y sin embargo, solamente salen de
nuestra garganta pequeñas voces oscuras, o nos vemos limitados a tener que
andar sobre nuestros pasos, andar y andar hacia ese horizonte que nunca
acaba. De ahí entonces que nos preguntemos, de todo corazón, como filósofos,
en qué consiste el Arte de Vencer. ¿Por qué algunos vencen y otros no lo
pueden hacer?

Tal vez, mis queridos amigos, la vida sea como el cable del micrófono que
tengo en las manos, del que uno no sabe exactamente qué longitud tiene, y
hay que estar preparados y sensibilizados para notar cuándo llegamos al
final, cuándo nos está avisando de alguna manera la adversidad de que hasta
aquí podemos llegar.

El acto de vencer, entonces, no sería convertirnos todos en Alejandro,
porque no todos podemos ser Alejandro, ni Alejandro puede ser tampoco cada
uno de nosotros. Cada cual es lo que es, y el Arte consiste en ser lo que
nosotros somos realmente, en nuestra verdadera, en nuestra propia dimensión,
sea cual sea nuestro tamaño.

Todas las antiguas Culturas, las viejas Civilizaciones, tenían sistemas
llamados de Iniciación, en los cuales se potenciaba al hombre. Por lo
general, tenemos una idea bastante equivocada de lo que eran las antiguas
Iniciaciones, creemos que consistían en, digamos, recetas, fórmulas; es
decir, que se presentaba ante nosotros Pitágoras o Platón, y nos decía: «Tú
te vas a levantar a tal hora, vas a comer un huevo de tal manera y luego vas
a dormir de tal forma». No, desgraciadamente, parece ser que no era tan
fácil, porque si no, muchos habrían llegado al final del camino. No, no era
tan fácil, sino mucho más humano.

Hoy todo lo imaginamos a través de fórmulas, todos los triunfos y las
soluciones las ideamos a través de sistemas. Si algo va mal, está fallando
el sistema político, si tenemos problemas económicos falla la
administración, y no nos llegamos a preguntar en un momento dado: ¿no será
algo humano? De alguna forma, ¿no seré yo? ¿Hasta dónde llega el valor de
los sistemas? ¿Hasta dónde el verdadero valor no estará en esta pizca de
Dios enamorada, que es el Hombre?

El hombre tiene su valor fundamental, por eso los antiguos no trataban de
comunicar a ese hombre verdades extraordinarias, cosas misteriosísimas, sino
que trataban más bien de lavarlo, limpiarlo de todas las cosas del mundo,
despejarlo de su propia animalidad, de sus temores, de todo aquello que
pudiese impedir su marcha, para que pudiese surgir de dentro hacia fuera,
como el loto blanco, desde el corazón mismo de las cosas, y alzarse hasta
esa epopteia de llegar al final de cada cosa, que está representada en las
columnas cuando vemos abrir sus capiteles a muchos metros del suelo. Ninguna
columna abre su capitel debajo, todas lo hacen arriba. Los antiguos nos han
dejado un legado de enseñanzas sobre todo esto archivado en sus imágenes.

Recuerdo el gran templo de Karnak. En el santuario de Amón, donde están los
capiteles de las columnas, aquellos que están algo más alejados parece que
fuesen pimpollos cerrados de lotos; los que están más cerca están abiertos
completamente al Sol vertical. Es una eterna enseñanza que nos invita a
acercarnos a nosotros mismos, a ese centro de poder que todos tenemos en
nuestro interior.
Las antiguas civilizaciones se ejercitaban generalmente a través de cuatro
grandes grupos de Pruebas: Tierra, Agua, Aire y Fuego. Exotéricamente, o
sea, exteriormente, esto tiene que ver realmente con la tierra, el agua, el
aire y el fuego, pero esotéricamente tiene que ver con ciertos componentes
de nuestra personalidad, o sea, con nuestro cuerpo físico, nuestro vehículo
de energías, nuestro vehículo psicológico y nuestro vehículo mental, aquel
del cual surgen todas las cosas que nosotros recibimos, obtenemos y
ofrecemos. Pero las Pruebas en sí eran de carácter realmente físico y
reales, muy reales.

Se han encontrado, cerca de Siracusa, los restos de un pozo iniciático -yo
los he visto- en los que hay una serie de agujeros laterales. Cuando el
candidato estaba bajando al pozo, un pozo muy oscuro, por una pequeña
escalera, de los agujeros salían manos que lo empujaban mientras voces
invisibles le gritaban: ¡te caes! Imaginad el miedo del discípulo, que no
sabía que abajo había una red esperándole, o sea que de todos modos no se
podía matar. Hoy está prácticamente cegado y lo que se ve son pocos metros,
pero entonces tal vez fuesen muchos más. Imaginadle cogido fuertemente a la
roca, luchando por vencer su miedo y tratando de seguir adelante un paso
más.

Vencer no era en ese momento llegar al final de la escalera; esa sería la
victoria final. Vencer era el paso a paso, superar un escalón, el siguiente,
el siguiente. Uno de los grandes errores que cometemos es que nosotros,
frente a una escalera, miramos el conjunto y nos planteamos el subir o no
toda la escalera. Esa no es la posición psicológica adecuada para enfrentar
la adversidad, sino que hemos de plantearnos subir peldaño a peldaño. ¿Cuál
es mi problema inmediato? ¡Este peldaño, no ese, ni aquel! Si mantenemos la
mirada exageradamente alta, cosa que a veces les sucede a muchos idealistas,
a muchos espiritualistas, es fácil tropezar con los primeros escalones y
rodar al abismo. Hay que saber dónde se quiere llegar, pero paso a paso,
lentamente, y sin, digamos, planificarlo demasiado. Si sabemos estirar
nuestra mano, siempre va a haber algún Angel bondadoso, real o soñado, que
cogerá nuestra diestra y nos ayudará en el camino.

Vosotros sabéis que las mejores espadas se hacen a golpes, y se pasan del
calor al frío, del frío al calor, de una manera verdaderamente brutal. ¿No
necesitaremos también nosotros ser templados? Recibir los golpes de la vida
como la espada recibe los golpes sobre el yunque. El que haya visto alguna
vez trabajar un yunque, sabrá que junto a los martillazos se puede escuchar
otro sonido. Son los gritos del metal que se siente aplastado. Sí, la espada
grita pero permanece, grita y permanece, grita y permanece; hasta que al fin
ese hierro que no era nada más que un metal simple y sencillo, se va
convirtiendo, por los golpes -y por haber sido inmerso en las aguas frías o
en las misteriosas sustancias de la aleación-, en desnuda hoja de acero, y
entonces, adquiere dureza, corte y elasticidad. ¿No será de alguna forma
similar el proceso de nuestra propia forja en la vida?

Estaba leyendo en la Revista de Acrópolis, aquí en España precisamente un
artículo sobre las espadas. Hay en él un relato japonés en el que cae la
nieve sobre un cerezo y sobre un sauce. La rama del cerezo, que es muy
rígida, recibe la carga de nieve una y otra vez, hasta que se rompe; el
sauce, que es más elástico, recibe la carga de la nieve y va inclinándose
ante su peso hasta que la nieve cae y esa rama del sauce se levanta de
nuevo. Tenemos que volver a lograr ese temple interior, entender que caer es
simplemente para levantarse otra vez. Nadie cae definitivamente, pues todas
las cosas en este mundo son pasajeras. Todo tiene un valor relativo,
nuestros triunfos y nuestros fracasos. En base a esa humildad de corazón,
podemos seguir realmente avanzando. Si logramos el dominio de esos cuatro
elementos de la Naturaleza en nuestro interior -los llamados Tierra, Agua,
Aire y Fuego- tal vez no hagamos milagros, no somos hijos de Amón, al menos
de manera directa, pero podemos hacer ciertos prodigios.

Recopilación de una conferencia dictada por el Prof. Livraga Rizzi




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