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Calidad
de vida
Como
consecuencia lógica de las exigencias de nuestra civilización
tecnológica, fundamentada en la calidad y el rendimiento de sus
productos, se han vuelto los ojos finalmente hacia el ser humano, el
factor principal de cualquier modelo civilizatorio, tecnológico o no.
Con
el paso de los años, se ha llegado a la conclusión de que la calidad
objetiva de la producción material es tanto mejor cuanto mejor se
encuentra el hombre-productor. Una vez más, las máquinas solas no
pueden realizar una obra acabada; el simple incentivo de tener más
bienes o ganar más dinero no es suficiente para hacer feliz al hombre.
Por ello, se ha puesto de moda mejorar la calidad de vida. En miles de
empresas, grandes, pequeñas y medianas de todo el mundo, se han lanzado
campañas para elevar la autoestima, la eficacia consciente, el sentido
de participación y responsabilidad, el desarrollo de las relaciones
humanas y de la correcta comunicación entre unos y otros. Todo esto
está muy bien y, de hecho, se han logrado avances positivos en muchos
casos: gente más distendida, más atenta a su trabajo y más conforme con
el medio ambiente en el que se desarrolla. Pero creemos que aquí no
acaba la cosa. Esta calidad de vida tiene una motivación de partida que
no cubre todo el espectro humano; busca una mayor y mejor producción,
pero no suele tomar en consideración las otras necesidades inherentes a
la condición de estar vivos, de enfrentarse a docenas y docenas de
situaciones que no siempre tienen que ver con el trabajo y la
productividad. El ser humano requiere, lógicamente, unos medios
materiales –más o menos tecnificados– que le permitan subsistir
dignamente. Y, sobre todo, que le permitan competir y lograr un sitio
en medio de unas sociedades específicas, que miden a la gente por lo
que tienen y por el prestigio que alcanzan.
Pero
no podemos olvidar que, junto a esa subsistencia material, existen
sentimientos no siempre definidos que alegran o torturan –según el
caso– a quienes los experimentan; ideas no siempre claras ni resueltas
que dificultan una marcha segura, la elección del futuro. Y aún
agregaríamos esas otras vivencias, espirituales o metafísicas, que
surgen de pronto en la conciencia pidiendo respuestas a los enigmas de
siempre.
Para
hablar de una auténtica calidad de vida, debemos considerar al hombre
en su integridad, y no solo en lo que puede dar y producir. Hay que
considerar una educación que, desde los primeros años, atienda el
desarrollo psicológico, mental, moral y espiritual de quienes, más
adelante, tendrán que dar lo mejor de sí, habiendo llegado primeramente
a ser mejores.
En
lo psicológico, es importante que cada cual sepa distinguir sus
emociones cotidianas y pasajeras de aquellos sentimientos profundos que
pueden y deben alimentarse para que perduren y proporcionen una
felicidad estable. Mientras se relacione la calidad de vida con unas
experiencias emocionales superficiales y cambiantes, poniendo allí el
acento y el interés, no habrá personas seguras de sí mismas ni de
quienes tienen a su alrededor. Lo variable puede ser entretenido por un
tiempo, pero no lleva el sello de la calidad.
En
lo mental, no solo hace falta estudiar, tal y como hoy se entiende
esto, porque la realidad nos demuestra con cuánta facilidad se olvida
lo que mal se estudia. Hace falta aprender, recordar con inteligencia,
sumar experiencias propias y de otros, hacer vital todo aprendizaje
para obtener, también a este nivel, calidad de vida.
En
lo moral, y aunque los ejemplos diarios indiquen lo contrario, es
indispensable desarrollar las virtudes latentes en todos los seres
humanos. No importa que no esté de moda ser bueno, honesto, justo,
prudente, cortés, valeroso, generoso, digno; simplemente, sin esas y
otras características similares, no habrá calidad de vida. Y los hechos
lo demuestran.
En
lo espiritual, sin caer en fórmulas fanáticas e intransigentes, hay que
ofrecer una salida a las inquietudes del alma, que quiere saber qué
hacemos aquí, en el mundo, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Sobran
enseñanzas y consejos de grandes sabios, los de ayer y los de hoy, para
señalar perspectivas en este sentido. Hay que saber aprovecharlas y
dejar de lado la prejuiciosa vanidad de que nadie puede transmitirnos
nada válido, y menos si son conceptos que han traspasado el tiempo
desde la Antigüedad.
Verdaderamente,
todos queremos calidad de vida. Pero queremos darle a la vida su
verdadero y amplio significado y que la calidad nos haga mejores en
todos los aspectos. Entonces seremos más eficaces, más felices, más
inteligentes, un poco más sabios y podremos ostentar con orgullo el
calificativo de seres humanos.
Delia
Steinberg Guzmán
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