¿Hacia dónde se dirige nuestro Mundo?
Como de costumbre, ante esta pregunta, surgen dos posiciones
radicales, opuestas e irreconciliables: el pesimismo más grande y desesperanzado
y el optimismo más fantástico e ingenuo. El infierno o el paraíso.
HPara el optimismo a ultranza, nuestro mundo sigue una línea
recta ascendente, en la cual no se vislumbran accidentes de importancia. La
creación y el progreso son constantes. Hoy mejor que ayer y peor que mañana...
Jamás un tropiezo, un problema grave; al contrario todo es amor y comprensión en
la bien avenida familia humana.
Los choques, enfrentamientos y errores son apenas travesuras sin mayor
trascendencia, fáciles de subsanar con buena voluntad y una sonrisa. La única
sombra que opaca este feliz panorama es precisamente la gente que no comparte
esta posición, los negros augurios que entorpecen la alegría inconsciente de
quienes ven o interpretan las cosas como más les satisface. Es como ir por la
Historia sin apenas dejar huella.
Desde el punto de vista pesimista la civilización se precipita en
caída libre. Hoy es peor que ayer y mejor que mañana. La corrupción del género
humano es evidente y se apuntan cono causas varias razones; entre ellas los
fallos estrictamente espirituales o más concretamente el alejamiento de una u
otra forma religiosa, la incomprensión de una u otras forma sociopolítica.
Asimismo la ciencia es nefasta: a mayores conocimientos, mayores son
los desastres y peor es la aplicación que el hombre hace de esos conocimientos.
El arte es apenas la vulgar exacerbación de los sentidos... Estamos ante el
desastre total; todo va mal y nada tiene solución. Solo queda esperar el fin del
mundo. La gran catástrofe sobre la que abundan predicciones de todo tipo dentro
de la amplia gama de lo negativo.
Por eso nos preguntamos una vez más: ¿Hacia dónde va nuestro
mundo?¿Sólo tenemos estas dos posibilidades, estas dos únicas formas de enfocar
la vida, nuestra vida actual?
Si analizamos desapasionadamente nuestro tiempo es imposible evitar la
idea de crisis. Hay muchas cosas rotas, inútiles, olvidadas o perdidas, superadas
desgastadas... hay en todos una gran ansiedad de cambio, pero no se sabe muy bien
qué es lo que se quiere cambiar ni en qué dirección se abren los cambios más
viables.
La moral atemporal, ese sentimiento de ser más allá del presente
existir, se ha diluido en las conciencias, o bien dormita en las profundidades
del inconsciente, o bien asoma de vez en cuando sin hacerse oír entre las
multitudes desorientadas. La belleza, el valor, la honestidad, la finura del buen
gusto, la delicadeza del amor, la espiritualidad, en fin, esconden como lacras
vergonzosas tras los harapos de la moda, las ironías, la grosería y la violencia.
A simple vista se advierte la agresividad individual y colectiva, la intolerancia
absoluta, el desprecio de los unos por los otros y el deseo de venganza en todos
los planos.
Entonces, ¿no hay ni un pequeño resquicio de luz?
Claro que sí. Hay luz mientras podamos pensar en lo que sucede, analizar
lo que estamos viendo y extraer experiencias de todo ello. Hay luz mientras
conservemos la capacidad de soñar con un mundo nuevo y mejor, a la vez que
ejercitamos la voluntad para convertirlo en realidad. La hay mientras sigamos
leyendo las páginas siempre vivas y actuales de la Historia, donde aprendemos
que, hasta ahora, siempre hemos superado los momentos más amargos y difíciles.
Así el mayor optimismo se expresa como fortaleza e inteligencia para sortear los
errores repetidos y renovarse en los aciertos.
¿Hacia dónde se dirige nuestro mundo? Hacia su propio destino, y
nosotros los hombres no somos ajenos a ello. Es hora de plantearse una nueva
pregunta: ¿soy capaz de participar activamente en esta empresa? En el sí de la
respuesta está la posibilidad de hacerlo. Es la hora.
Delia Steinberg Guzmán
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