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Asunto:[portalfilosofia] Boletín del Portal de Filosofía: Número 83b. El Universo como respuesta ( I)
Fecha:Martes, 15 de Abril, 2008  08:27:47 (+0200)
Autor:Boletín N.A. <boletin @...............es>

http://www.nueva-acropolis.es/Escuela_Filosofia/Universo_como_respuesta-1.htm
El Universo como respuesta (I)
Cursos de Filosofía
Escuela de Filosofía

El Universo como respuesta (I)

Frecuentemente hablamos de las estrellas, de los planetas, de los animales, del cielo, de la tierra, del agua, de la nieve y olvidamos el sentido real y el significado de la palabra Universo. El hombre se pregunta sobre el conjunto de la naturaleza, donde él mismo está imbricado, pero suele perder la idea central a que se refiere.

El Universo significa aquello que va hacia una sola parte y lo que nosotros debemos descubrir es hacia dónde. Este enfoque fue tal vez el primero que tuvo la humanidad. Todas las antiguas civilizaciones se preguntaron, a través de sus religiones, su metafísica, sus filosofías, hacia dónde marcha el Universo y el por qué del mismo; pero las nuevas alienaciones de tipo materialista, sobre todo en la época post-cartesiana, nos hacen diferentes planteamientos y empieza entonces el hombre a analizar las características del Universo, el tamaño, la forma y el peso.

El hombre dice conocer el Universo, porque le ha dado nombre a los astros, porque ha medido la distancia de la Tierra a la Luna, porque conoce la relación de los elementos químicos, las características de las fuerzas físicas, y sin embargo, en esa forma de puntualización del conocimiento, si bien se ha logrado profundizar en cada una de las áreas, éstas se han ido separando las unas de las otras.

Se enseña, por ejemplo, de mineralogía, las distintas características de las rocas, los movimientos orogénicos que han hecho cambios en la superficie de la Tierra; sin embargo, no se enseña el sentido fundamental de las cosas materiales.

Vamos a suponer que tomamos un objeto cualquiera y lo soltamos de golpe; notamos que cae y busca siempre el lugar más bajo; hay siempre una atracción natural entre este pequeño trozo de materia y el gran trozo donde estamos nosotros. Esta atracción material es incansable.

¿Qué podemos extraer entonces de la naturaleza de lo mineral? Podemos extraer una tenacidad, una búsqueda de destino; y ¿quién de nosotros puede decir que compartimos con las piedras esa búsqueda de destino? Por lo general, cuando encontramos una dificultad, solemos combatirla un tiempo, y si la dificultad no cede, cedemos nosotros. Las cosas de la naturaleza, las piedras por ejemplo, tienen la tenacidad de estar más allá del tiempo y de buscar siempre su destino final.

Se enseña a nuestros niños las distintas características de las plantas, se conoce el fenómeno, por ejemplo, que puede tener una planta para lograr su proceso de clorofila, pero se pasa por alto que, más allá de todo fenómeno fotónico, existe la capacidad de la planta de saber esperar y saber crecer. Una semilla pequeña, sepultada en la tierra en invierno, debajo de la nieve, espera pacientemente el advenimiento de la primavera. Cuando llega, esa pequeña semilla se levanta y busca el aire y el sol. Es otra enseñanza de tenacidad, de verticalidad, y desde el punto de vista filosófico, nos interesa el sentido final para la marcha de las cosas.

Tenemos asimismo el agua; nosotros la vertemos en cualquier parte, el agua va corriendo en busca del mar, en el mar se evapora, sube de nuevo, se condensa y vuelve a formar un gran ciclo. Todo el Universo tiene una finalidad.

Obviamente, en el nuevo carácter de los últimos siglos, alienados por las cosas materiales, con una psicología de producción y de consumo, el hombre ha olvidado los elementos naturales y la interpretación de los mismos. Los antiguos no se preguntaban con tanta eficacia, tal vez, la distancia de la Tierra a la Luna, pero trataban de entender qué significaba la Luna en el Universo. A través de viejas ciencias como la Astrología y otras, trataban de interpretar el fenómeno natural y ver de qué manera se imbricaba con este fenómeno que se llama hombre. Y eso le daba al hombre de la antigüedad la sensación de estar acompañado de seres inteligentes, y de ser él mismo.

Nuestro problema actual es que nosotros nos sentimos como aislados en medio del Universo, o sea, de tanto estar en contacto con elementos artificiales, hemos perdido la capacidad de buscar una finalidad a las cosas, y lo dramático es que hemos perdido la posibilidad de encontrar una finalidad en nuestra propia vida. Al vivir tan sólo de instante en instante, hemos perdido un sentido teleológico de la vida, de nuestras raíces ancestrales y de la finalidad que la vida tenga. Y así nos hacemos momentáneos, sujetos al tiempo, seguros de que hemos sido creados como por casualidad y que vamos a desaparecer en cualquier momento, y ese pensamiento subconsciente nos sobrecoge y nos daña. En lugar de tratar de interpretar la naturaleza, tratamos de crear una serie de elementos intermediarios que son absolutamente artificiales.

Las hojas de los árboles tienen sus alvéolos respiratorios en la parte inferior, ¿por qué no en la parte superior? Sencillamente porque el polvo los taparía. Estando en la parte inferior, se salvan y pueden respirar. ¿Es esto casualidad?

¿Es casualidad que el color de las alas de las mariposas se confunda con las flores y las frondas para que los pájaros no las puedan coger? ¿Es acaso casualidad que los mochuelos y lechuzas tengan las puntas de sus alas desflecadas, de manera que no hagan ruido en su vuelo nocturno y poder así coger los conejos por sorpresa? ¿Es casualidad que estos roedores tengan sus orejas hacia atrás, de tal suerte que puedan captar el más mínimo sonido de aquellos que vienen en su persecución? ¿Es casualidad acaso el número de colores en que el espectro se divide, cuando le toca la luz blanca? ¿Es casualidad acaso la forma como clasificamos los sonidos?

Es obvio que el Universo entero está coordinado de tal manera que tiene una unicidad, una suerte de sentido piramidal de la existencia, en donde las cosas, aunque sean múltiples, van todas buscando un sólo fin; van todas al encuentro de una misma cosa y están todas regidas por una misma Inteligencia.

En la segunda guerra mundial, los aviadores entendieron que era bueno llevar los aviones en forma de V, o sea, la formación V de combate, que va reemplazando el avión que va delante por los que van en la cola; se ha demostrado que eso aumenta la velocidad de la escuadrilla. Los patos y los ánades vuelan todos juntos en forma de una gran V que marcha de tal suerte que el pato más fuerte es el que está en el medio y los demás se ven beneficiados por su ruptura del aire.

Todo esto no podemos pensar que es casualidad. Al hombre le costó siglos poder entenderlo. Podríamos extraer numerosos ejemplos que nos muestran cómo la Naturaleza está pensada. No puede ser que a todas estas sumas les llamemos casualidad, sino que tenemos que reconocer que la Inteligencia universal ha planificado todas las cosas. Y si aceptamos esta planificación universal, tendríamos que preguntarnos ¿para qué? Es inconcebible decir que todo está planificado porque sí, no porque está pensado; y si está pensado, es bueno tratar de descubrir cuál es la respuesta del Universo, para qué está pensado, hacia dónde marchamos todos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.

Continuará

Jorge Ángel Livraga Rizzi


El Universo como respuesta (I)
   

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