|
El
Universo como respuesta (I)
Frecuentemente
hablamos de las estrellas, de los planetas, de los animales, del cielo,
de la tierra, del agua, de la nieve y olvidamos el sentido real y el
significado de la palabra Universo. El hombre se pregunta sobre el
conjunto de la naturaleza, donde él mismo está imbricado, pero suele
perder la idea central a que se refiere.
El
Universo significa aquello que va hacia una sola parte y lo que
nosotros debemos descubrir es hacia dónde. Este enfoque fue tal vez el
primero que tuvo la humanidad. Todas las antiguas civilizaciones se
preguntaron, a través de sus religiones, su metafísica, sus filosofías,
hacia dónde marcha el Universo y el por qué del mismo; pero las nuevas
alienaciones de tipo materialista, sobre todo en la época
post-cartesiana, nos hacen diferentes planteamientos y empieza entonces
el hombre a analizar las características del Universo, el tamaño, la
forma y el peso.
El
hombre dice conocer el Universo, porque le ha dado nombre a los astros,
porque ha medido la distancia de la Tierra a la Luna, porque conoce la
relación de los elementos químicos, las características de las fuerzas
físicas, y sin embargo, en esa forma de puntualización del
conocimiento, si bien se ha logrado profundizar en cada una de las
áreas, éstas se han ido separando las unas de las otras.
Se
enseña, por ejemplo, de mineralogía, las distintas características de
las rocas, los movimientos orogénicos que han hecho cambios en la
superficie de la Tierra; sin embargo, no se enseña el sentido
fundamental de las cosas materiales.
Vamos
a suponer que tomamos un objeto cualquiera y lo soltamos de golpe;
notamos que cae y busca siempre el lugar más bajo; hay siempre una
atracción natural entre este pequeño trozo de materia y el gran trozo
donde estamos nosotros. Esta atracción material es incansable.
¿Qué
podemos extraer entonces de la naturaleza de lo mineral? Podemos
extraer una tenacidad, una búsqueda de destino; y ¿quién de nosotros
puede decir que compartimos con las piedras esa búsqueda de destino?
Por lo general, cuando encontramos una dificultad, solemos combatirla
un tiempo, y si la dificultad no cede, cedemos nosotros. Las cosas de
la naturaleza, las piedras por ejemplo, tienen la tenacidad de estar
más allá del tiempo y de buscar siempre su destino final.
Se
enseña a nuestros niños las distintas características de las plantas,
se conoce el fenómeno, por ejemplo, que puede tener una planta para
lograr su proceso de clorofila, pero se pasa por alto que, más allá de
todo fenómeno fotónico, existe la capacidad de la planta de saber
esperar y saber crecer. Una semilla pequeña, sepultada en la tierra en
invierno, debajo de la nieve, espera pacientemente el advenimiento de
la primavera. Cuando llega, esa pequeña semilla se levanta y busca el
aire y el sol. Es otra enseñanza de tenacidad, de verticalidad, y desde
el punto de vista filosófico, nos interesa el sentido final para la
marcha de las cosas.
Tenemos
asimismo el agua; nosotros la vertemos en cualquier parte, el agua va
corriendo en busca del mar, en el mar se evapora, sube de nuevo, se
condensa y vuelve a formar un gran ciclo. Todo el Universo tiene una
finalidad.
Obviamente,
en el nuevo carácter de los últimos siglos, alienados por las cosas
materiales, con una psicología de producción y de consumo, el hombre ha
olvidado los elementos naturales y la interpretación de los mismos. Los
antiguos no se preguntaban con tanta eficacia, tal vez, la distancia de
la Tierra a la Luna, pero trataban de entender qué significaba la Luna
en el Universo. A través de viejas ciencias como la Astrología y otras,
trataban de interpretar el fenómeno natural y ver de qué manera se
imbricaba con este fenómeno que se llama hombre. Y eso le daba al
hombre de la antigüedad la sensación de estar acompañado de seres
inteligentes, y de ser él mismo.
Nuestro
problema actual es que nosotros nos sentimos como aislados en medio del
Universo, o sea, de tanto estar en contacto con elementos artificiales,
hemos perdido la capacidad de buscar una finalidad a las cosas, y lo
dramático es que hemos perdido la posibilidad de encontrar una
finalidad en nuestra propia vida. Al vivir tan sólo de instante en
instante, hemos perdido un sentido teleológico de la vida, de nuestras
raíces ancestrales y de la finalidad que la vida tenga. Y así nos
hacemos momentáneos, sujetos al tiempo, seguros de que hemos sido
creados como por casualidad y que vamos a desaparecer en cualquier
momento, y ese pensamiento subconsciente nos sobrecoge y nos daña. En
lugar de tratar de interpretar la naturaleza, tratamos de crear una
serie de elementos intermediarios que son absolutamente artificiales.
Las
hojas de los árboles tienen sus alvéolos respiratorios en la parte
inferior, ¿por qué no en la parte superior? Sencillamente porque el
polvo los taparía. Estando en la parte inferior, se salvan y pueden
respirar. ¿Es esto casualidad?
¿Es
casualidad que el color de las alas de las mariposas se confunda con
las flores y las frondas para que los pájaros no las puedan coger? ¿Es
acaso casualidad que los mochuelos y lechuzas tengan las puntas de sus
alas desflecadas, de manera que no hagan ruido en su vuelo nocturno y
poder así coger los conejos por sorpresa? ¿Es casualidad que estos
roedores tengan sus orejas hacia atrás, de tal suerte que puedan captar
el más mínimo sonido de aquellos que vienen en su persecución? ¿Es
casualidad acaso el número de colores en que el espectro se divide,
cuando le toca la luz blanca? ¿Es casualidad acaso la forma como
clasificamos los sonidos?
Es
obvio que el Universo entero está coordinado de tal manera que tiene
una unicidad, una suerte de sentido piramidal de la existencia, en
donde las cosas, aunque sean múltiples, van todas buscando un sólo fin;
van todas al encuentro de una misma cosa y están todas regidas por una
misma Inteligencia.
En
la segunda guerra mundial, los aviadores entendieron que era bueno
llevar los aviones en forma de V, o sea, la formación V de combate, que
va reemplazando el avión que va delante por los que van en la cola; se
ha demostrado que eso aumenta la velocidad de la escuadrilla. Los patos
y los ánades vuelan todos juntos en forma de una gran V que marcha de
tal suerte que el pato más fuerte es el que está en el medio y los
demás se ven beneficiados por su ruptura del aire.
Todo
esto no podemos pensar que es casualidad. Al hombre le costó siglos
poder entenderlo. Podríamos extraer numerosos ejemplos que nos muestran
cómo la Naturaleza está pensada. No puede ser que a todas estas sumas
les llamemos casualidad, sino que tenemos que reconocer que la
Inteligencia universal ha planificado todas las cosas. Y si aceptamos
esta planificación universal, tendríamos que preguntarnos ¿para qué? Es
inconcebible decir que todo está planificado porque sí, no porque está
pensado; y si está pensado, es bueno tratar de descubrir cuál es la
respuesta del Universo, para qué está pensado, hacia dónde marchamos
todos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.
Continuará
Jorge
Ángel Livraga Rizzi
|
|