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Asunto:[psiambiental] Desarrollo a escala humana
Fecha: 30 de Septiembre, 2001  01:17:08 (+0200)
Autor:Andrés <anluce @...........com>

Desarrollo a escala humana
Por Manfred Max-Neef, Antonio Elizalde y Martin Hoppenhayn 
Algunas proposiciones 
El postulado básico del desarrollo a escala humana es que el desarrollo se
refiere a las personas y no a los objetos. 
Aceptar este postulado nos conduce a formularnos la siguiente pregunta
fundamental: "¿cómo puede establecerse que un determinado proceso de desarrollo
es mejor que otro?". Dentro del paradigma tradicional, se tienen indicadores
tales como el producto bruto de un país (pbi) o de una región, que es
(caricaturizándolo un poco) un indicador del crecimiento cuantitativo de los
objetos producidos en ese país o región. Necesitamos ahora un indicador del
crecimiento cualitativo de las personas. ¿cuál podría ser? 
Contestamos a la pregunta en los siguientes términos: "el mejor proceso de
desarrollo será aquel que permita elevar más la calidad de vida de las
personas".
De inmediato se desprende la pregunta siguiente: "¿qué determina la calidad de
vida de las personas?". 
La calidad de vida dependerá de las posibilidades que tengan las personas de
satisfacer adecuadamente sus necesidades humanas fundamentales. Surge entonces
la
tercera pregunta: "¿cuáles son esas necesidades fundamentales, y quién decide
cuáles son?". Antes de responder a esta pregunta, deben hacerse algunas
disquisiciones previas. 
Necesidades y satisfactores 
Se ha creído, tradicionalmente, que las necesidades humanas tienden a ser
infinitas; que cambian constantemente, que varían de una cultura a otra y que
son
diferentes en cada período histórico. Nos parece que tales suposiciones son
incorrectas, ya que son producto de un error conceptual. 
El típico error que se comete en los análisis acerca de las necesidades humanas
es que no se explica la diferencia esencial entre las que son propiamente
necesidades y los satisfactores de esas necesidades. Es indispensable hacer una
distinción entre ambos conceptos por motivos tanto epistemológicos como
metodológicos. 
La persona es un ser de necesidades múltiples e interdependientes. Las
necesidades humanas deben entenderse como un sistema en el que ellas se
interrelacionan e interactúan. Simultaneidades, complementariedades y
compensaciones son características propias del proceso de satisfacción de las
necesidades. 
Las necesidades humanas pueden dividirse conforme a múltiples criterios, y las
ciencias humanas ofrecen en este sentido una vasta y variada literatura.
Nosotros
combinaremos aquí dos criterios posibles de división: según categorías
existenciales y según categorías axiológicas. Esta combinación permite
reconocer,
por una parte, las necesidades de ser, tener, hacer y estar; y, por la otra, las
necesidades de subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación,
ocio, creación, identidad y libertad. Ambas categorías de necesidades pueden
combinarse con la ayuda de una matriz.
Por ejemplo, alimentación y abrigo no deben considerarse como necesidades, sino
como satisfactores de la necesidad fundamental de subsistencia. Del mismo modo,
la educación (ya sea formal o informal), el estudio, la investigación, la
estimulación precoz y la meditación son satisfactores de la necesidad de
entendimiento. Los sistemas curativos, la prevención y los esquemas de salud, en
general, son satisfactores de la necesidad de protección. 
No existe una correspondencia biunívoca entre necesidades y satisfactores. Un
satisfactor puede contribuir simultáneamente a la satisfacción de diversas
necesidades; a la inversa, una necesidad puede requerir de diversos
satisfactores
para ser satisfecha. Ni siquiera estas relaciones son fijas. Pueden variar según
el momento, el lugar y las circunstancias. 
Veamos un ejemplo. Cuando una madre le da el pecho a su bebé, a través de ese
acto contribuye a que la criatura reciba satisfacción simultánea para sus
necesidades de subsistencia, protección, afecto e identidad. La situación es
obviamente distinta si el bebé es alimentado de manera más mecánica. 
Una vez diferenciados los conceptos de necesidades y de satisfactores, es
posible formular dos postulados adicionales. Primero: las necesidades humanas
fundamentales son pocas, delimitadas y clasificables. Segundo: las necesidades
humanas fundamentales son las mismas en todas las culturas y en todos los
períodos históricos. Lo que cambia a través del tiempo y de las culturas es la
manera o los medios utilizados para la satisfacción de las necesidades. 
Cada sistema económico, social y político adopta diferentes estilos para la
satisfacción de las mismas necesidades humanas fundamentales. En cada sistema
éstas se satisfacen (o no) a través de la generación (o no generación) de
diferentes tipos de satisfactores. 
Uno de los aspectos que define una cultura es su elección de satisfactores. Las
necesidades humanas fundamentales de un individuo que pertenece a una sociedad
consumista son las mismas del que pertenece a una sociedad ascética. Lo que
cambia es la cantidad y calidad de los satisfactores elegidos, y/o las
posibilidades de tener acceso a los satisfactores requeridos. 
Lo que está culturalmente determinado no son las necesidades humanas
fundamentales, sino los satisfactores de esas necesidades. El cambio cultural es
consecuencia -entre otras cosas- de abandonar satisfactores tradicionales para
reemplazrlos por otros nuevos y diferentes. 
La pobreza y las pobrezas 
El concepto tradicional de pobreza es muy limitado, ya que se refiere
exclusivamente a la situación de aquellas personas que se hallan por debajo de
un
determinado nivel de ingreso. La noción es estrictamente economicista. 
Sugerimos no hablar de pobreza, sino de pobrezas. De hecho, cualquier necesidad
humana fundamental que no es adecuadamente satisfecha revela una pobreza humana.
Hay una pobreza de subsistencia (si la alimentación y el abrigo son
insuficientes); hay una pobreza de protección (debido a sistemas de salud
ineficientes, a la violencia, la carrera armamentista, etc.); Hay una pobreza de
afecto (debido al autoritarismo, a la opresión, las relaciones de explotación
con
el medio ambiente natural, etc.); Hay una pobreza de entendimiento (por la
deficiente calidad de la educación); hay una pobreza de participación (por la
marginación y discriminación de las mujeres, los niños o las minorías étnicas);
hay una pobreza de identidad (cuando se imponen valores extraños a las culturas
locales y regionales, o se obliga a la emigración forzada, el exilio político,
etc.); Y así sucesivamente. 
Pero las pobrezas no son sólo pobrezas, son mucho más que eso. Cada pobreza
genera patologías, toda vez que rebasa, por su intensidad o duración, ciertos
límites críticos. Esta es una observación medular que conviene ilustrar. 
Economía y patologías 
La gran mayoría de los analistas económicos estarían de acuerdo en que el
crecimiento generalizado del desempleo, por una parte, y la magnitud del
endeudamiento externo del tercer mundo, por otra, constituyen dos de los
problemas económicos mas impoortantes del mundo actual. Para el caso de algunos
países de latinoamérica habría que agregar el de la hiperinflación. A pesar de
que el desempleo siempre ha existido, en mayor o menor grado, en el mundo
industrial, todo parece indicar que nos estamos enfrentando a un nuevo tipo de
desempleo, que tiende a persistir y que, por lo tanto, se está transformando en
un componente estructural del sistema económico mundial. 
Es sabido que un individuo que sufre una prolongada cesantía cae en una especie
de "montaña rusa" emocional, la cual comprende, por lo menos, cuatro etapas: a)
shock, b) optimismo, c) pesimismo, d) fatalismo. La última etapa representa la
transición de la inactividad a la frustración y de allí a un estado final de
apatía donde la persona alcanza su más bajo nivel de autoestima. 
Es bastante evidente que la cesantía prolongada perturbará totalmente el
sistema de necesidades fundamentales de las personas. Debido a sus problemas de
subsistencia, la persona se sentirá cada vez menos protegida; las crisis
familiares y los sentimientos de culpa pueden destruir sus relaciones afectivas;
la falta de participación dará cabida a sentimientos de aislamiento y
marginación, y la disminución de la autoestima puede fácilmente provocar en el
individuo una crisis de identidad. 
La cesantía prolongada produce, pues, patologías. Sin embargo, esto no
constituye la peor parte del problema. Dadas las actuales circunstancias de
crisis económicas generalizadas, no podemos seguir pensando en patologías
individuales. Debemos necesariamente reconocer la existencia de patologías
colectivas de la frustración, para las cuales los tratamientos aplicados han
resultado hasta ahora ineficaces. 
Necesidades humanas: carencia y potencialidad 
Una política de desarrollo orientada a la satisfacción de las necesidades
humanas (entendidas en el sentido amplio que aquí le hemos dado) trasciende la
racionalidad económica convencional, porque compromete al ser humano en su
totalidad. Las realciones que se establecen -o que pueden establecerse- entre
las
necesidades y sus satisfactores hacen posible construir una filosofía y una
política de desarrollo auténticamente humanistas. 
Las necesidades revelan de la manera más apremiante el ser de las personas, ya
que éste se hace palpable a través de ellas en su doble condición experimental:
como carencia y como potencialidad. Comprendidas en un amplio sentido, y no
limitadas a la mera subsistencia, las necesidades patentizan la tensión
constante
entre carencia y potencia tan propia de los seres humanos. 
Concebir las necesidades tan sólo como carencias (por ej., Tengo necesidad de
alimento porque carezco de él, o tengo necesidad de afecto porque nadie me
quiere) implica restringirlas a lo puramente fisiológico o subjetivo, que es
precisamente el ámbito en que una necesidad asume con mayor fuerza y claridad la
sensación de "falta de algo". Sin embargo, en la medida en que las necesidades
comprometen, motivan y movilizan a las personas, son también potencialidades y,
más aún, pueden llegar a ser recursos. La necesidad de participar es potencial
de
participación, tal como la necesidad de afecto es potencial de recibir afecto
pero también de darlo. 
Acceder al ser humano a través de las necesidades permite tender el puente
entre una antropología filosófica y una opción política; tal parece ser la
voluntad que animó los esfuerzos intelectuales de hombres como karl marx o
abraham maslow, por mencionar sólo dos ejemplos. Comprender las necesidades como
carencia y potencia previene contra toda reducción del ser humano a la categoría
de existencia cerrada. 
Así, resulta impropio hablar de necesidades que se "satisfacen" o se "colman".
En cuanto revelan un proceso dialéctico, constituyen un movimiento incesante. De
allí que quizás sea más apropiado hablar de vivir y realizar las necesidades, y
de vivirlas y realizarlas de manera continua y renovada.
Necesidades humanas y sociedad 
Si queremos evaluar un medio social cualquiera en función de las necesidades
humanas, no basta con comprender cuáles son las posibilidades que pone a
disposición de los grupos o de las personas paara ralizar sus necesidades. Es
preciso examinar en qué medida el medio reprime, tolera o estimula que las
posibilidades disponibles o dominantes sean recreadas y ampliadas por los
propios
individuos o grupos que lo componen. 
Son los satisfactores los que definen la modalidad que una cultura o una
sociedad imprime a las necesidades. Los satisfactores no son los bienes
económicos disponibles, sino que están referidos a todo aquello que, por
representar formas de ser, tener, hacer y estar, contribuye a la realización de
las necesidades humanas. Pueden incluir, entre otras cosas, formas de
organización, estructuras políticas, prácticas sociales, condiciones subjetivas,
valores y normas, espacios, comportamientos y actitudes; todas en una tensión
permanente entre consolidación y cambio. 
La alimentación es un satisfactor, pero también puede serlo una cierta
estructura familiar (que satisface la necesidad de protección, por ejemplo) o un
cierto régimen político (que satisface la necesidad de participación, por
ejemplo). Un mismo satisfactor puede realizar distintas necesidades en culturas
distintas, o vivirse de distinta manera en contextos diferentes a pesar de que
esté satisfaciendo las mismas necesidades. 
El hecho de que un mismo satisfactor tenga efectos distintos en diversos
contextos no sólo depende del contexto, sino también en buena parte de los
bienes
que el medio genera, de cómo los genera y de cómo organiza el consumo de esos
bienes. En la civilización industrial, los bienes (entendidos como objetos y
artefactos que aumentan o merman la eficacia de un satisfactor) se han
convertido
en elementos determinantes. La forma en que se ha organizado la producción y
apropiación de los bienes económicos en el capitalismo industrial ha
condicionado
de manera abrumadora el tipo de satisfactores dominantes. 
Cuando la forma de producción y consumo de bienes conduce a que éstos se
conviertan en fines en sí mismos, la presunta satisfacción de una necesidad
empaña las potencialidades de vivirla en toda su amplitud. Queda allí abonado el
terreno para la instauración de una sociedad alienada que se embarca en una
carrera productivista sin sentido. La vida se pone entonces al servicio de los
artefactos, en vez de estar los artefactos al servicio de la vida. La búsqueda
de
una mejor calidad de vida es suplantada por la obsesión de incrementar la
productividad de los medios. 
La construcción de una economía humanista exige, en este marco, entender y
desentrañar la relación dialéctica entre necesidades, satisfactores y bienes
económicos, a fin de pensar formas de organización económica en que los bienes
potencien los satisfactores para vivir las necesidades de manera coherente, sana
y plena. 
Esto obliga a repensar el contexto social de las necesidades humanas de una
manera radicalmente distinta de como ha sido habitualmente pensado por los
planificadores sociales y los elaboradores de políticas de desarrollo. Ya no se
trata de relacionar las necesidades solamente con los bienes y servicios que
presuntamente las satisfacen, sino de relacionarlas además con prácticas
sociales, tipos de organización, modelos políticos y valores que repercuten
sobre
la forma en que se expresan las necesidades. 
La reivindicación de lo subjetivo 
Suponer una relación directa entre necesidades y bienes económicos permite la
construcción de una disciplina "objetiva", como supone serlo la economía
tradicional. Es decir, de una disciplina mecanicista, cuyo supuesto central es
que las necesidades se manifiestan a través de la demanda, la que a su vez está
determinada por las preferencias individuales respecto de los bienes producidos.
Incluir los satisfactores como parte del proceso económico implica reivindicar
lo
subjetivo más allá de las puras preferencias en materia de objetos y artefactos.

Bastará tan sólo con proponérnoslo para que podamos detectar de qué modo los
satisfactores y bienes disponibles o dominantes limitan, condicionan, desvirtúan
(o, por el contrario, estimulan) nuestras posibilidades de vivir las necesidades
humanas. Podemos, sobre esa base, pensar las formas viables de recrear y
reorganizar los satisfactores y bienes de manera que enriquezcan nuestras
posibilidades y reduzcan nuestras frustraciones. 
La forma en que vivimos nuestras necesidades es, en último término, subjetiva.
Parecería, entonces, que todo juicio universalizador podría pecar de arbitrario.
Tal objeción bien podría surgir, por ejemplo, desde la trinchera del
positivismo.
La identificación que el positivismo hace de lo subjetivo con lo particular, si
bien pone de manifiesto el fracaso histórico del idealismo absoluto, constituye
para las ciencias sociales una espada de damocles. 
Cuando el objeto de estudio es la relación entre los seres humanos y la
sociedad, la universalidad de lo subjetivo no se puede soslayar. El carácter
social de la subjetividad es uno de los ejes de la reflexión sobe el ser humano
concreto. No existe imposibilidad alguna de juzgar sobre lo subjetivo. Lo que
existe, más bien, es miedo a las consecuencias que pueda tener tal discurso.
Hablar de necesidades humanas fundamentales obliga a situarse desde la partida
en
el plano de lo subjetivo-universal, lo cual torna estéril cualquier enfoque
mecanicista. 
Tiempo y ritmos de las necesidades humanas 
Por carecer de suficientes datos empíricos, no podemos afirmar a ciencia cierta
que las necesidades humanas fundamentales son permanentes. 
Sin embargo, nada nos impide hablar de su carácter social-universal, en tanto
su realización resulta deseable a cualquiera, y su inhibición, indeseable. Al
reflexionar en torno de las nueve necesidades fundamentales propuestas en
nuestro
sistema, el sentido común, acompañado de algún conocimiento antropológico, nos
ha
indicado que seguramente las necesidades de subsistencia, protección, afecto,
entendimiento, participación, ocio y creación estuvieron presentes desde los
orígenes del "homo habilis" y, sin duda, desde la aparición del "homo sapiens".
Probablemente en un estadio evolutivo posterior surgió la necesidad de
identidad,
y, mucho más tarde, la de libertad. Del mismo modo, es probable que en el futuro
la necesidad de trascendencia -que no incluimos en nuestro sistema por no
considerarla todavía tan universal- llegue a serlo tanto como las otras. 
Parece legítimo, entonces, suponer que las necesidades humanas cambian con la
velocidad que corresponde a la evolución de la especie humana: a un ritmo
sumamente lento. Por estar imbrincadas a la evolución de la especie, son también
universales. Tienen una trayectoria única. 
Los satisfactores, en cambio, tienen una doble trayectoria. Por una parte se
modifican al ritmo de la historia y, por otra, se diversifican de acuerdo a las
culturas y las circunstancias, es decir, de acuerdo al ritmo de las distintas
historias. 
Los bienes económicos (artefactos, tecnologías) tienen una triple trayectoria.
Se modifican según los ritmos coyunturales y los cambios coyunturales ocurren
con
velocidades y ritmos distintos. La tendencia de la historia coloca al ser humano
en un ámbito crecientemente arrítmico y asincrónico, en el que los procesos
escapan cada vez más a su control. 
Esta situación ha llegado aactualmente a niveles extremos. 
Es tal la velocidad de producción y diversificación de los artefactos, que las
personas aumentan su dependencia y crece su alienación, a tal punto que es cada
vez más frecuente encontrar bienes económicos (artefactos) que ya no potencian
la
satisfacción de necesidad alguna, sino que se transforman en fines en sí mismos.

En algunos de los sectores marginados por la crisis, y en grupos contestatarios
a los estilos de desarrollo dominantes, surgen procesos contrahegemónicos en que
satisfactores y bienes económicos vuelven a subordinarse a la actualización de
las necesidades humanas. Es en estos sectores donde podemos encontrar ejemplos
de
comportamientos sinérgicos que, de alguna manera, aportan un germen de posible
respuesta a la crisis que nos apabulla. 
Si se escoge, a título de ejemplo, el casillero 4c, que indica formas del
hacer, para satisfacer la necesidad de entendimiento, se encuentran
satisfactores
como investigar, estudiar, experimentar, educar, analizar, meditar e
interpretar.
Ellos dan origen a bienes económicos según sea la cultura y sus recursos, tales
como libros, instrumentos de laboratorio, herramientas diversas, computadoras y
otros artefactos. La función de éstos es, ciertamente, la de potenciar el hacer
del entendimiento. 
Satisfactores y sus atributos 
La matriz que refleja el cuadro 1 no agota los tipos de satisfactores posibles.
De hecho, estos abarcan un gran abanico de posibilidades. Proponemos, a título
de
hipótesis, distinguir estos cinco tipos: i) violadores o destructores; ii)
pseudosatisfactores; iii) satisfactores inhibidores; iv) satisfactores
singulares; v) satisfactores sinérgicos. 
Los violadores o destructores son elementos de efecto paradojal. Son aplicados
con la intención de satisfacer una determinada necesidad, pero no sólo destruyen
por completo la posibilidad de satisfacerla en un plazo mediato, sino que
imposibilitan, por sus efectos colaterales, la satisfacción adecuada de otras
necesidades. Así, el armamentismo, supuestamente destinado a satisfacer la
necesidad de protección, en el fondo aniquila la subsistencia, el afecto, la
participación y la libertad. Algo semejante sucede con el exilio forzado, la
"doctrina de la seguridad nacional", la censura, la burocracia o el
autoritarismo. 
Estos elementos paradójicos parecen estar vinculados preferentemente con la
necesidad de protección, la cual puede generar comportamientos humanos
aberrantes, en la medida en que su insatisfacción va acompañada del miedo. El
atributo que caracteriza a los violadores es que siempre son impuestos. 
Los pseudo-satisfactores son elementos que estimulan una falsa sensación de
satisfacción de una necesidad determinada. Sin la agresividad de los violadores
o
destructores, pueden en ocasiones aniquilar, en un plazo mediato, la posibilidad
de satisfacer la necesidad a que originalmente apuntan. Su atributo especial es
que generalmente son inducidos mediante la propaganda, la publicidad y otros
medios de persuasión. 
Los satisfactores inhibidores son aquellos que por el modo en que satisfacen
(generalmente sobresatisfacen) una necesidad determinada dificultan seriamente
la
posibilidad de satisfacer otras necesidades. Su atributo es que salvo
excepciones, se hallan ritualizados en el sentido de que suelen emanar de
hábitos
arraigados. 
Los satisfactores singulares son aquellos que apuntan a la satisfacción de una
sola necesidad, siendo neutros con respecto a la satisfacción de otras
necesidades. Son característicos de los planes y programas de desarrollo,
cooperación y asistencia. Su principal atributo es el de ser
institucionalizados,
ya que tanto en la organización del estado como en la organización civil, su
generación suele estar vinculada a instituciones, sean estas ministerios, otras
reparticiones públicas o empresas de diverso tipo. 
Los satisfactores sinérgicos son los que al satisfacer una necesidad
determinada estimulan y contribuyen a la satisfacción simultánea de otras
necesidades. Su principal atributo es el de ser contrahegemónicos, en el sentido
de que revierten racionalidades dominantes tales como la competencia y la
coacción. 
De la eficiencia a la sinergia 
Enfocar el desarrollo en los términos aquí propuestos, implica un cambio de la
racionalidad económica dominante. Obliga, entre otras cosas, a una revisión
profunda del concepto de eficicencia. Esta suele asociarse a nociones de
maximización de productividad y de utilidad, a pesar de que ambos términos son
ambiguos. Tal como taylor la entendía -para ilustrar con un caso conspicuo-, al
llevar el criterio económico al extremo más alienado de la razón instrumental.
La
productividad se nos aparece como bastante ineficiente. 
Sobredimensiona la necesidad de subsistencia y obliga al sacrificio de otras
necesidades, acabando por amenazar la propia subsistencia. Cabe recordar que el
taylorismo pasó a la historia como la "organización del surmenage". 
En discursos dominantes del desarrollo también se asocia la eficiencia a la
conversión del trabajo en capital, a la formalización de las actividades
económicas, a la incorporación indiscriminada de tecnologías de punta y, por
supuesto, a la maximización de las tasas de crecimiento. El desarrollo consiste
para muchos en alcanzar los niveles materiales de vida de los países mas
industrializados, para tener acceso a una gama creciente de bienes (artefactos)
cada vez más diversificados. 
Cabe preguntarse hasta qué punto esos intentos de emulación tienen sentido. En
primer lugar, no existen evidencias de que en aquellos países las personas vivan
sus necesidades de manera integrada. En segundo lugar, en los países ricos, la
abundancia de recursos y de bienes económicos no ha llegado a ser condición
suficiente para resolver el problema de la alienación. 
El desarrollo a escala humana no excluye metas convencionales como crecimiento
económico para que todas las personas puedan tener un acceso digno a bienes y
servicios. Sin embargo, la diferencia respecto de los estilos dominantes radica
en concentrar las metas del desarrollo en el proceso mismo del desarrollo. En
otras palabras, que las necesidades humanas fundamentales pueden comenzar a
realizarse desde el comienzo y durante todo el proceso de desarrollo; o sea, que
la realización de las necesidades no sea la meta, sino el motor del desarrollo
mismo. Ello se logra en la medida en que la estrategia de desarrollo sea capaz
de
estimular permanentemente la generación de satisfactores sinérgicos. 
Integrar la realización armónica de necesidades humanas en el proceso de
desarrollo significa la oportunidad de que las personas puedan vivir ese
desarrollo desde sus comienzos, dando origen así a un desarrollo sano,
autodependiente y participativo, capaz de crear los fundamentos para un orden en
el que se pueda conciliar el crecimiento económico, la solidaridad social y el
crecimiento de las personas y de toda la persona. 
Un desarrollo capaz de conjugar la sinergia con la eficiencia quizás no baste
para dar cumplimiento cabal a lo deseado; pero sí basta, y plenamente, para
evitar que en el ánimo de las personas lo no deseado parezca inexorable. 
Por manfred max-neef, antonio elizalde y martin hoppenhayn




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