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Asunto:[psiambiental] PSICOLOGÍA AMBIENTAL EN EL ÁMBITO LABORAL
Fecha: 19 de Abril, 2002  08:15:17 (+0200)
Autor:Andrés <anluce @...........com>

PSICOLOGÍA AMBIENTAL EN EL ÁMBITO LABORAL
(1) Ps. Alexis Audicio V. (*)


	Si hemos de entender que la Psicología Ambiental se ocupa de la relación entre
el ser humano (su conducta) y el medio ambiente (natural o construido en sus
dimensiones física y/o social), no es de extrañar que esta joven disciplina haya
estado desde sus inicios ligada a los ambientes laborales; y es que en ellos
pasamos casi la mitad del tiempo de vigilia de nuestras vidas, en ellos
establecemos algunas de nuestras más importantes relaciones interpersonales y en
ellos podemos desarrollar eventualmente incluso importantes trastornos
psicológicos, de modo que intervenir dicho espacio, ha sido desde siempre una de
las misiones que se ha planteado esta área de la Psicología, cuyos comienzos
datan de los años 60’s. Sin embargo, ya por los años 30’s, Gustav
Fechner comenzó a trabajar en lo que se denominara la Psicofísica, buscando
medir
las sensaciones y percepciones del ser humano, resultantes de la modificación de
distintas variables de los estímulos.
	Con el tiempo, esto derivó paulatinamente en aplicaciones en ámbitos tan
dispares como cotidianos, que se implementaron en el dominio de la Ingeniería,
la
Medicina, la Industria, la Ecología y en muchos otros campos vinculados con la
comunicación del organismo con el ambiente.
	Específicamente en el dominio industrial, hoy es posible planificar y diseñar
los espacios laborales, atendiendo a las necesidades de sus ocupantes, a las
funciones a desempeñar en aquellos y en función de las propias evaluaciones de
quienes habrán de llevar a cabo conductas productivas en su interior.

Factores de percepción ambiental.
Kaplan y Kaplan (1974), proponen considerar 6 (seis) características que
podemos percibir en un ambiente determinado y que influyen al momento de
evaluarlo.
Amplitud: en general, el percibir amplitud espacial se asocia a bienestar.
Coherencia: mientras más homogeneidad interna tenga el objeto de nuestra
percepción, más agradable nos parecerá. Si percibimos elementos que nos parecen
“fuera de lugar” o “incompatibles” con el entorno en
general, el sentido de coherencia interna se pierde y nos resulta desagradable.
Complejidad: dentro de cierto rango, tendemos a preferir lo más complejo que lo
muy simple. Esto suele traducirse en aburrimiento, mientras lo complejo parece
contener desafíos a la capacidad de comprensión que resultan atrayentes.
Identificabilidad: si algo resulta fácilmente identificable, la sensación será
de agrado. En caso contrario, el desagrado puede llevarnos a intentar descubrir
algún significado; una vez lograda esta meta, se produce alivio de la tensión.
Misterio: un efecto similar al de la complejidad en el sentido del desafío
implícito, resulta de percibir la existencia de información oculta. En general,
nos atrae notar que tenemos que averiguar de qué se trata aquello que estamos
percibiendo.
Textura: a mayor suavidad, mayor agrado. En general, esto no sólo sucede con
las percepciones a nivel táctil, sino incluso con sensaciones auditivas,
gustativas, etc..

Estos seis factores actúan en forma conjunta, con una importante participación
de la subjetividad del observador, en la que el aprendizaje juega un rol
esencial. De esta manera, cobra especial relevancia considerar variables como la
personalidad, los prejuicios, las actitudes y los valores de quienes
interactuarán con el ambiente en cuestión. De hecho, en este punto, se hace
necesario hacer referencia a que el ambiente y la conducta se relacionan de
diferentes maneras dependiendo precisamente de las variables mencionadas, de
modo
que un entorno que le resulta “pesado”, estresante a una persona,
puede ser interpretado como sub-estimulante por otra.
Tanto es así que un ambiente que es modificado en pro de la consecución de una
sensación de mayor amplitud, por ejemplo o un entorno que se complejiza a objeto
de restarle simplicidad, podría generar la pérdida de la sensación de control,
con consecuencias muy desfavorables para la productividad, toda vez que al mismo
tiempo se torna menos identificable. Pero efectivamente, ¿cuáles son los efectos
que puede favorecer un entorno demasiado complejo, incoherente o amplio y que
resulte, por ello, menos agradable o francamente desagradable para sus
ocupantes?

Efectos de un ambiente “desagradable”.
Aquí sólo mencionaremos algunos de los principales efectos posibles de observar
en quienes se ven expuestos a lugares evaluados subjetivamente como
“desagradables”, sin pretender analizarlos en detalle, ya que las
alternativas son numerosas, sino más bien intentando esclarecer la relevancia
que
puede alcanzar un “buen” ambiente laboral.
Uno de los principales efectos negativos en quienes se ven enfrentados a un
ambiente “desagradable” es el estrés, que si bien la mayoría de las
veces no alcanza sus niveles más dramáticos, ciertamente puede conllevar una
serie de consecuencias, a nivel de rendimiento, relaciones sociales, salud
física
y mental. Un ambiente demasiado abierto o amplio, por ejemplo, comúnmente
favorecerá un aumento en el ruido, afectándose la eficiencia laboral,
principalmente (aunque no exclusivamente) en personas que desarrollan
actividades
de tipo intelectual y que requieren un alto grado de concentración. También la
distancia social aumenta junto con la tendencia a la agresión, al tiempo que
disminuyen las conductas de ayuda, precisamente debido a que el aumento en el
ruido nos hace invertir mayor cantidad de energía en lograr el nivel de
concentración requerido, de modo que el trabajo colaborativo (de equipo) se ve
fuertemente mermado y el clima laboral alterado. Aún cuando no existen datos
concluyentes, se ha documentado que el ruido puede provocar neurosis y hasta
psicosis en el ámbito de la salud mental, sin contar con la pérdida de
privacidad
e incluso identidad que puede conllevar el hecho de trabajar en un lugar donde
“todos me pueden ver y sentir a cada momento”.
Por otra parte, la temperatura puede verse disminuida en un espacio abierto,
con lo cual disminuye también el rendimiento, se prolongan los tiempos de
reacción, la destreza muscular se hace menor y la conducta social se ve
afectada,
aumentando nuevamente la agresión. Aún cuando en la actualidad este punto se
soluciona comúnmente a través de calefacción (o aire acondicionado en caso que
se
trate de ambientes cerrados que favorecen un aumento del calor, el cual también
genera problemas),  ello suele ser un producto más bien casual que planificado
y,
en general, no estamos al tanto acerca de las temperaturas óptimas, que no
deberían bajar de los 13°C, ni sobrepasar los 25°C (la agresión se eleva al
máximo alrededor de los 28°C). 
	Ahora bien, un ambiente cerrado o altamente compartimentalizado, también puede
generar problemas por aumento en la temperatura como ya se mencionó, por
enajenación respecto de los demás o, simplemente por hacinamiento si es el caso.
	Un lugar de trabajo falto de complejidad, extremadamente simple y hasta sin
variedad de texturas, puede generar tanto estrés por lo poco
“acogedor”, como uno sobresaturado de estimulación que se torna
invasivo, agresor y hasta inmanejable.
	En este punto, podríamos continuar enlistando una amplia gama de posibles
variaciones de los ambientes laborales y sus eventuales consecuencias tanto para
la salud y calidad de vida de los trabajadores como para su productividad, sin
embargo, no es ese el objetivo de este artículo, sino más bien alertar acerca de
un tema que por aparentemente simple, generalmente olvidado.
	La pregunta obvia que surge entonces es: si tanto un ambiente amplio como uno
pequeño, uno caluroso como uno frío, o uno complejo y uno simple pueden resultar
molestos y hasta aversivos, ¿cómo se puede planificar una adecuada intervención
en un espacio físico de las características del laboral, donde eventualmente
pueden interactuar varias personas y cada una con sus propias preferencias y
percepciones?

Intervención ambiental.
Básicamente desde la Psicología Ambiental se enfatiza el “cómo” por
sobre el “qué” hacer. Se proponen así, ciertas metodologías
provenientes de su alma mater, la Psicología Social, que dicen relación con la
detección de necesidades de los propios beneficiarios. En este sentido, resultan
altamente útiles métodos tanto cuantitativos como cualitativos del tipo de
entrevistas, encuestas, el grupo nominal, el grupo focal y hasta el panel
delphi,
que sirven para  corroborar las percepciones y necesidades de los distintos
actores antes de diseñar e implementar un espacio determinado, considerando las
conductas a ser desarrolladas en él por los diferentes miembros de la
organización en este caso, las alternativas posibles de diseño y la evaluación
subjetiva del impacto de dicho diseño. Y es que uno de los problemas más
populares en esta área, suele relacionarse con la imposición de decisiones no
consultadas, con la consecuente reacción de rebeldía más o menos encubierta o
cualquiera de los efectos posibles.

1 Artículo en preparación, no editado.
(*) Psicólogo. Profesor de Psicología Ambiental en la carrera de Psicología de
la Universidad de Viña del Mar, Viña del Mar, Chile.




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