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| Asunto: | [redanahuak] Supresion General de los Partidos Politicos / Simona Weil | | Fecha: | Lunes, 3 de Mayo, 2004 16:48:03 (-0500) | | Autor: | Ricardo Ocampo <redanahuak @...............mx>
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ENCUENTRO HACIA EL ENCUENTRO
MEXICO EN CONCIENCIA
24-27 de junio, 2004
Universidad La Concordia
Aguascalientes, Ags.
http://groups.msn.com/EncuentroMexicoenConciencia
Próxima reunión de organización:
Sábado 22 de mayo / 10:00 h.
Centro Area
www.centroarea.com
Refoma 199
Esq. Río Neva
Col. Cuauhtémoc
Ciudad de México
Informes: 5568 8159 / 5652 5394 / 5661 4212
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'Un partido político es una organización construida para ejercer una presión
colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que son sus
miembros. El primer fin y, en último análisis, el único fin de todo partido
político es su propio crecimiento, y esto sin límite alguno. Debido a este
triple carácter, todo partido es totalitario en germen y en aspiración'.
NOTA SOBRE LA SUPRESIÓN GENERAL
DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS (1943)
Instituto Simone Weil, AC.
Valle de Bravo, México
smvalls@...
Sólo lo que es justo es legítimo. El crimen y la mentira no lo son en ningún
caso.
Nuestro ideal republicano procede enteramente de la noción de voluntad
general derivada de Rousseau. Pero el sentido de la noción se perdió casi
enseguida, puesto que es compleja y requiere un grado de atención elevado.
Aparte de ciertos capítulos, pocos libros son tan hermosos, fuertes, lúcidos
y claros como El contrato social. Se dice que pocos libros han tenido tanta
influencia. Pero de hecho todo sucedió y continúa como si jamás hubiera sido
leído.
Rousseau partía de dos evidencias. La una, que la razón discierne y escoge
la justicia y la utilidad inocente, y que todo crimen tiene por móvil la
pasión. La otra, que la razón es idéntica en todos los hombres, mientras que
las pasiones, lo más a menudo, difieren. En consecuencia, si cada cual
reflexiona sobre un problema general enteramente solo y expresa su opinión,
y si seguidamente las opiniones son comparadas entre sí, probablemente han
de coincidir por el lado justo y razonable de cada una y diferirán por el
lado de las injusticias y de los errores.
Es únicamente en virtud de un razonamiento semejante que se admite que el
consenso universal indica la verdad.
La verdad es una. La justicia es una. Los errores, las injusticias son
indefinidamente variables. Así los seres humanos convergen en lo justo y
verdadero, mientras que la mentira y el crimen los hace indefinidamente
separarse. Siendo la unión una fuerza material, puede esperarse encontrar en
esto un recurso para hacer que la verdad y la justicia aquí abajo resulten
materialmente más fuertes que el crimen y el error.
Para ello es necesario disponer de un mecanismo adecuado. Si la democracia
constituye un mecanismo tal, es buena. De otra forma no.
Un deseo injusto común a toda la nación no era de ninguna forma superior, a
los ojos de Rousseau -y estaba en lo cierto-, al deseo injusto de un hombre.
Rousseau pensaba solamente que, lo más a menudo, un deseo común a todo un
pueblo es de hecho conforme a la justicia, dada la neutralización mutua y la
compensación de las pasiones particulares. Era para él el único motivo de
preferir el deseo del pueblo a un deseo particular.
Es así como un cuerpo de agua, aunque compuesto de partículas que se mueven
y se precipitan sin cesar, se encuentra en un equilibrio y un reposo
perfectos. Le devuelve a los objetos sus imágenes con una veracidad
irreprochable. Indica perfectamente el plan horizontal. Dice sin error la
densidad de los objetos que se sumergen en él.
Si individuos apasionados, inclinados por la pasión al crimen se conforman
de la misma manera en un pueblo verídico y justo, entonces es bueno que el
pueblo sea soberano. Una constitución democrática es buena si en primer
lugar logra crear en el pueblo tal estado de equilibrio y si, seguidamente,
permite que los deseos del pueblo sean ejecutados.
El verdadero espíritu de 1789 consiste en pensar, no que una cosa sea justa
porque el pueblo la quiere, sino que en ciertas condiciones el deseo del
pueblo tiene más posibilidades que ningún otro deseo de ser conforme a la
justicia.
Hay varias condiciones indispensables para poder aplicar la noción de
voluntad general. Dos en particular deben de retener la atención.
Una es que en el momento en que el pueblo toma conciencia de uno de sus
deseos y lo expresa, no haya ninguna especie de pasión colectiva.
Es enteramente evidente que el razonamiento de Rousseau se va por los suelos
desde el momento en que hay pasión colectiva. Rousseau lo sabía muy bien. La
pasión colectiva es un impulso para el crimen y para la mentira,
infinitamente más poderosa que ninguna pasión individual. Los malos
impulsos, en este caso, lejos de neutralizarse, se apoyan mutuamente hasta
la milésima potencia. La presión es casi irresistible, excepto para los
santos auténticos. (...)
Cuando hay pasión colectiva en un país, hay probabilidad de que cualquier
voluntad particular se encuentre más cerca de la justicia y de la razón que
la voluntad general, o más bien, lo que constituye su caricatura.
La segunda condición es que el pueblo tenga que expresar su deseo en
relación a los problemas de la vida pública, y no hacer solamente una
selección de personas. Aún menos una selección de colectividades
irresponsables. Puesto que la voluntad general no tiene ninguna relación con
ese tipo de selección.
Un partido político es una maquinaria para la fabricación de pasión
colectiva.
Un partido político es una organización construida para ejercer una presión
colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que son sus
miembros.
El primer fin y, en último análisis, el único fin de todo partido político
es su propio crecimiento, y esto sin límite alguno.
Debido a este triple carácter, todo partido es totalitario en germen y en
aspiración. Si no lo es de hecho es solamente porque los que lo rodean no lo
son menos que él (...)
El tercero es un caso particular del fenómeno que se produce siempre que lo
colectivo domina a los seres pensantes. Se trata de la inversión de la
relación entre el fin y los medios. Donde quiera, sin excepción, todas las
cosas generalmente consideradas como fines son por naturaleza, por
definición, por su esencia y de la forma más evidente tan sólo medios. (...)
Dinero, poder, Estado, grandeza nacional, producción económica, diplomas
universitarios y muchas cosas más.
Sólo el bien es un fin. Todo lo que pertenece al ámbito de los hechos es de
la categoría de los medios. Pero el pensamiento colectivo es incapaz de
elevarse por encima del ámbito de los hechos . Es un pensamiento animal. No
tiene la noción del bien más que justo lo suficiente para cometer el error
de tomar tal o tal medio por un bien absoluto.
Así sucede con los partidos. Un partido es en principio un instrumento para
servir a cierta concepción del bien público. (...)
El fin de un partido político es cosa vaga e irreal. Si fuera real, exigiría
un gran esfuerzo de atención, puesto que una concepción del bien público no
es cosa fácil de pensar. La existencia del partido es algo palpable,
evidente, y no exige ningún esfuerzo para ser reconocida. Es así inevitable
que de hecho el partido sea en sí su propio fin.
A partir de ello hay idolatría puesto que Dios sólo es legítimamente un fin
en sí.
El partido se encuentra, de hecho, debido a los efectos de la ausencia de
pensamiento, en un estado continuo de impotencia que atribuye siempre a la
insuficiencia del poder del cual dispone. Si fuera dueño absoluto del país,
las necesidades internacionales imponen límites estrechos.
Así la tendencia esencial de los partidos es totalitaria, no solamente en
relación con una nación, sino en relación con el globo terráqueo. Es
precisamente porque la concepción del bien público propio a tal o cual
partido es una ficción, una cosa vacía, sin realidad, que impone la búsqueda
del poder total. Toda realidad implica por sí misma un límite. Lo que no
existe en lo más mínimo no es limitable.
Es por ello que hay afinidad, alianza entre totalitarismo y mentira.
Mucha gente, es cierto, jamás soñaría con un poder total, semejante
pensamiento le daría miedo. La idea es vertiginosa, y para sostenerla se
necesita cierto tipo de grandeza. Los que son así, cuando se interesan en un
partido, se contentan con desear su crecimiento, pero como una cosa que no
comporta límite alguno. Si cuentan con tres miembros más que el año
anterior, o si la colecta aportó cien francos más, están contentos.
Pero desean que eso siga indefinidamente en la misma dirección. Jamás
concebirán que su partido pudiera tener en ningún caso demasiados miembros,
demasiados electores, demasiado dinero.
El temperamento revolucionario lleva a concebir la totalidad. El
temperamento pequeño-burgués lleva a instalarse en la imágen de un progreso
lento, continuo y sin límite. Pero en ambos casos, el crecimiento material
del partido se convierte en el único criterio en relación con el cual se
definen en todas las cosas el bien y el mal. Exactamente como si el partido
fuera un animal de engorda y que el universo hubiera sido creado para
hacerlo engordar.
No se puede servir a Dios y a Mammón. Si se tiene un criterio distinto al
bien, se pierde la noción del bien.
Desde el momento en que el crecimiento del partido constituye un criterio
del bien resulta inevitablemente una presión colectiva del partido sobre el
pensamiento de los hombres. Esta presión se ejerce de hecho. Se instala
públicamente. Es admitida, proclamada. Esto nos causaría horror si la
costumbre no nos hubiera endurecido tanto. (...)
Un ser que no ha tomado la resolución de fidelidad exclusiva a la luz
interior instala la mentira en el centro mismo del alma. Las tinieblas
interiores son el castigo que recibe.
Vanamente se trataría de salir de tal situación estableciendo una distinción
entre libertad interior y disciplina exterior. Porque entonces se hace
necesario mentirle al público, hacia quien todo candidato, todo elegido,
tiene una obligación particular. (...)
Cuando Poncio Pilato le preguntó a Cristo: "¿Qué es la verdad?" Cristo no
respondió. Ya había contestado por anticipado diciendo: "He venido a dar
testimonio de la verdad."
No hay más que una respuesta. La verdad, son los pensamientos que surgen en
la mente de una criatura que piensa únicamente, totalmente, exclusivamente
deseosa de la verdad.
La mentira, el error -palabras sinónimas- son los pensamientos de aquellos
que no desean la verdad, y de aquellos que desean la verdad y otra cosa
además. Por ejemplo los que desean la verdad y además la conformidad con tal
o cual pensamiento establecido.
¿Pero cómo desear la verdad sin saber nada de ella? He ahí el misterio de
los misterios. Las palabras que expresan una perfección inconcebible para el
hombre -Dios: verdad, justicia- pronunciadas interiormente con deseo, sin
juntarlas a ninguna concepción, tienen el poder de elevar el alma y de
inundarla de luz.
Es deseando la verdad en el vacío y sin intentar adivinar por adelantado el
contenido, que se recibe la luz. En ello consiste el mecanismo entero de la
atención.
Es imposible examinar los problemas espantosamente complejos de la vida
pública mientras se mantiene uno atento al mismo tiempo, por un lado, a
discernir la verdad, la justicia, el bien público y, por otro, a conservar
la actitud que conviene a un miembro de un grupo específico. La facultad
humana de atención no es capaz simultáneamente de ambas preocupaciones. De
hecho, el que se preocupa por una abandona la otra. (...)
Cuando hay partidos en un país, resulta de ello más tarde o más temprano un
estado de hecho tal, que se hace imposible intervenir eficazmente en los
asuntos públicos sin entrar en un partido y jugar el juego. Aquél que se
interesa en la cosa pública desea interesarse eficazmente en ella. Así, los
que se inclinan a preocuparse por el bien público, o renuncian a pensar en
él y dirigen su atención a otra cosa, o pasan por el laminador de los
partidos. En este caso también les llegan preocupaciones que eliminan la del
bien público.
Los partidos constituyen un mecanismo maravilloso en virtud del cual, a
través de toda la extensión de un país, ni una sola mente otorga su atención
al esfuerzo de discernir en los asuntos públicos, el bien, la justicia, la
verdad.
De ello resulta que -salvo en un muy pequeño número de coincidencias
fortuitas- no se deciden y ejecutan sino medidas contrarias al bien público,
a la justicia y a la verdad...
Hay que confesar que el mecanismo de opresión espiritual y mental propio a
los partidos fue introducido en la historia por la Iglesia Católica en su
lucha contra la herejía.
Un convertido que entra en la Iglesia -o un fiel que se debate y decide
permanecer en ella- ha percibido en el dogma algo de la verdad y de lo
bueno. Pero al traspasar el umbral profesa de un solo tiro no inquietarse
por los anathema sit, es decir, aceptar en bloque todos los artículos
llamados "de estricta fe". Estos artículos él no los ha estudiado. Aun con
un alto grado de inteligencia y de cultura, toda una vida no bastaría para
tal estudio, visto que el mismo implica el análisis de las circunstancias
históricas de cada condenación.
¿Cómo otorgar su adhesión a afirmaciones que uno no conoce? Basta con
someterse incondicionalmente a la autoridad de la cual éstas emanan. (...)
Que la Iglesia fundada por Cristo haya estrangulado de tal forma el espíritu
de la verdad es una trágica ironía, y si, a pesar de la Inquisición no lo
logró totalmente, es porque la mística ofrecía un refugio seguro. Esto a
menudo ha sido señalado. Pero no ha sido señalada otra ironía trágica: que
el movimiento de rebelión contra la estrangulación de las mentes bajo el
régimen inquisitorial tomó una orientación tal que continuó con aquella.
La Reforma y el Humanismo del Renacimiento, doble producto de esta rebelión,
contribuyeron en gran medida a suscitar, después de tres siglos de
maduración, el espíritu de 1789. De ello resulto, después de cierta demora,
nuestra democracia fundada sobre el juego de los partidos, del cual cada uno
es una pequeña Iglesia profana armada con la amenaza de la excomunicación.
La influencia de los partidos ha contaminado toda la vida mental de nuestra
época. (...)
En cuanto a la tercera característica de los partidos, saber que son
máquinas para la fabricación de pasión es tan visible que no hay ni siquiera
que establecerlo. La pasión colectiva es la única energía de la cual
disponen para la propaganda exterior y para la presión ejercida sobre el
alma de cada miembro.
Se confiesa que el espíritu de partido ciega, hace sorda la justicia, empuja
hasta a la gente honesta al más cruel escarnio contra inocentes. Se
confiesa, pero no se piensa en suprimir los organismos que fabrican tal
espíritu.
Y sin embargo se prohiben los estupefacientes.
Existen, a pesar de ello, adictos a los estupefacientes. Serían más
numerosos si el estado organizara la venta de opio y de cocaína en todas las
tabaquerías con anuncios de publicidad para alentar el consumo.
La conclusión es que la institución de los partidos parece constituir un mal
prácticamente puro. Son malos en principio y en la práctica sus efectos son
malos.
La supresión de los partidos sería un bien casi puro. Es eminentemente
legítimo en principio y no parece suseptible prácticamente más que de buenos
efectos.
Los candidatos no dirán a los electores: "Tengo tal etiqueta" -lo cual
prácticamente no informa de nada al público sobre su actitud en relación a
problemas concretos- sino: "Pienso tal y tal cosa en relación con tal, tal y
tal gran problema." (...)
¡Cuántas veces, en Alemania, en 1932, un comunista y un nazi discutiendo en
la calle han tenido la experiencia de un vértigo mental al constatar que
estaban de acuerdo sobre todos los puntos!
Fuera del Parlamento, como existirían revistas de ideas, habría naturalmente
alrededor de éstas ciertos milieux. Pero éstos deberían ser mantenidos en un
estado de fluidez. Lo que distingue a un ambiente de afinidad de un partido
y le impide tener una mala influencia. Cuando uno frecuenta amistosamente al
que dirige tal revista, a los que escriben en ella, cuando uno mismo escribe
en ella, se está conciente de estar en contacto con el medio que produce la
revista. Pero uno no sabe si es parte de ella; no existe una distinción neta
entre el interior y el exterior. Más lejos están los que leen la revista y
conocen a uno o a dos de los que escriben en ella. Más allá los lectores
asiduos que encuentran en la misma una aspiración.
Más allá aún los lectores ocasionales. Pero a nadie se le ocurre pensa o
decir: "En la medida en que estoy ligado a tal revista, pienso que..."
Cuando los colaboradores de una revista se presentan a las elecciones,
debería prohibírseles reclamarse de la misma. Debe prohibirse a la revista
otorgarles una investidura, o ayudarles directa o indirectamente en su
candidatura, o tan siquiera hacer mención de ello.
Todo grupo de "amigos" de tal revista debería estar prohibido.
Si una revista le impide a sus colaboradores, bajo pena de ruptura, con las
otras publicaciones cualesquiera que éstas sean, ésta debe ser suprimida
desde el momento en que lo mismo sea aprobado. (...)
Bien entendido que habrá partidos clandestinos. Pero sus miembros sufrirán
de una mala conciencia. No podrán ya hacer profesión pública de servilismo
mental. No podrán hacer ninguna propaganda en nombre del partido. (...)
Siempre que una ley es imparcial, equitativa, y fundada sobre una visión del
bien público fácilmente asimilable para el pueblo, ésta debilita todo lo que
la misma prohibe. Lo debilita por el hecho mismo de existir e
independientemente de medidas represivas que busquen asegurar su aplicación.
Esta majestad intrínseca de la ley es un factor de la vida pública que ha
sido olvidado hace tiempo y que habría que utilizar. (...)
De forma general, un examen atento no parece indicar en ningún sentido
inconveniente alguno para la supresión de los partidos.
Pero por una singular paradoja las medidas de este tipo, que no tienen
inconveniente, son de hecho las que tienen menos oportunidad de ser
decididas. Se dice la gente: ¿Si fuera tan sencillo, por qué no lo han hecho
ya desde hace tiempo?
Sin embargo, generalmente, las grandes cosas son fáciles y simples. (...)
Aun en las escuelas ya no se sabe estimular de otra forma el pensamiento de
los niños como no sea invitándoles a tomar partido a favor o en contra. Se
les cita una frase de un gran autor y se les dice: "¿Está usted de acuerdo o
no? Desarrolle sus argumentos". En el examen los pobrecillos, viendo que
tienen que terminar su disertación en tres horas, no pueden pasar más de
cinco minutos preguntándose si están de acuerdo. Y sin embargo sería tan
sencillo decirles: "Mediten sobre este texto y expresen las reflexiones que
les vienen a la mente".
En casi todas partes -aun a menudo en relación con cuestiones puramente
técnicas- la operación de tomar partido, de tomar una posición a favor o en
contra, se ha sustituido la obligación de pensar.
Solicitamos que alguna fundación, institución o persona PATROCINE o COOPERE
con la labor del Instituto Simone Weil, AC. Escribir a
(smvalls@...). Gracias por distribuir
ampliamente este contenido.
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