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Asunto:[redanahuak] La Espiral de la Conciencia / Ana Maria Gonzalez-Garza
Fecha:Lunes, 22 de Marzo, 2004  19:31:01 (-0600)
Autor:Ricardo Ocampo <redanahuak @...............mx>

NACE LA RED MEXICANA DE LUZ 
Conéctate escribiendo a 
redmexicanadeluz-subscribe@... 
La Mujer Dormida está pariendo.. 
 
1er ENCUENTRO MEXICO EN CONCIENCIA 
10-13 de junio, 2004 
Aguascalientes, Ags. 
http://groups.msn.com/EncuentroMexicoenConciencia 
 
* * * * * * * * * * * 
 
LA ESPIRAL DE LA CONCIENCIA 
Dra. Ana María González-Garza 
 
Introducción 
 
En el aquí y ahora de la humanidad el Desarrollo Humano-Transpersonal, 
contemplado como un camino promotor del proceso evolutivo de la conciencia 
hacia la trascendencia cobra especial importancia debido, principalmente, al 
sinnúmero de cambios que enfrenta la sociedad humana contemporánea. El ritmo 
acelerado de los descubrimientos en el campo de la ciencia y de la 
tecnología, así como las transformaciones que estos traen consigo, sin duda 
han aportado grandes beneficios a la humanidad pero, a la vez, la han 
conducido a la deshumanización y a la pérdida de los valores fundamentales, 
fenómeno éste que presenta cada día una mayor complejidad por su carácter 
multidimensional.Hoy en día se observa en un número creciente de personas y 
grupos el resurgimiento de un interés por comprender el complejo fenómeno 
humano a partir de una concepción integradora que trascienda las fronteras 
entre creencias diversas, verdades parciales, conceptos y teorías de 
disciplinas y corrientes que, al aferrarse a paradigmas limitados con el 
objeto de explicar y definir la naturaleza de el ser humano no hacen sino 
reducir lo que es irreductible, separar lo que es inseparable y polarizar lo 
que constituye una unidad.Ante esta realidad, el enfoque 
humanista-transpersonal sostiene que aun existe la esperanza de una nueva 
etapa en la evolución de la conciencia humana que se "traduzca en una 
transformación importante en el conocimiento, en la cultura, en la ciencia y 
en las estructuras sociales" . Esta corriente retoma e integra los puntos 
convergentes de diversas disciplinas y corrientes que estudian al hombre, 
abriendo con ello caminos alternativos a nuevas elaboraciones filosóficas, 
psicológicas, pedagógicas, científicas y espirituales. Desde esta 
perspectiva, la propuesta que la Espiral de la Conciencia plantea encuentra 
en Teilhard de Chardin y en Ken Wilber una fuente inspiradora y fecunda que 
aporta fundamentos significativos para llegar a una comprensión más amplia, 
integradora y justa de esta obra de arte original: el ser humana, así como 
para promover el proceso de desarrollo del infinito potencial propio de su 
naturaleza, la expansión de la conciencia hasta sus alcances más remotos y 
la valoración de la experiencia humana en toda su gama de posibilidades. La 
visión antropofilosófica teilhardiana y wilberiana se deriva de una 
cosmovisión particular que ambos comparten al referirse al cosmos como una 
unidad totalizada que se encuentra, desde el principio de los tiempos, en un 
proceso irreversible de unificación. Ambos pensadores se pronuncian por un 
universo en génesis que, a lo largo del tiempo, se va constituyendo en lo 
que debe ser a través de un proceso en el cual los elementos más perfectos 
del mundo se van formando en medio de los menos evolucionados y a partir de 
los estados inferiores de la existencia. A lo largo de este proceso que 
responde a la ley teilhardiana de la centro-complejidad-conciencia todas las 
cosas y los seres vivos se desplazan conjuntamente en un espacio-tiempo en 
el que la realidad, en constante movimiento se va tornando más y más 
centrada, compleja y consciente, alcanzando así niveles superiores de 
interiorización (conciencia) cada vez más inclusivos, más ordenados, siempre 
constituyendo redes más amplias y más profundas, hasta llegar a la 
conciencia refleja que distingue el ser humano del resto de los seres vivos, 
característica ésta que le permite acceder a niveles más complejos, más 
centrados y más conscientes que se dirigen hacia el Omega: Centro cósmico 
universal, Polo superior de humanización y personalización que actúa como el 
imán que atrae a todos los holones, desde los más simples hasta los más 
complejos. Constituye el Omega de todos los omegas, el Final de todos los 
finales, la disolución de la dualidad.De esta visión de cosmogénesis se 
desprende la propuesta antropo-filosófica en la que la Espiral de la 
Conciencia sienta sus bases. Para Teilhard, el tránsito de lo difuso 
(biosfera) a lo reflexivo (noosfera) consiste en el surgimiento, en el 
corazón del individuo, de un núcleo o foco centrado, en otras palabras, de 
un ego de orden personal que marca una serie de nuevos fenómenos en las 
fases progresivas subsecuentes de la Centrogénesis. El salto de la vida 
biológica a la hominización se debe al fenómeno psíquico de la reflexión que 
permite al hombre replegarse sobre el sí mismo que aparece en su conciencia. 
Es decir, el hombre se sabe y sabe que sabe. Teilhard se refiere a este 
salto cuántico en el proceso evolutivo del cosmos diciendo: 
 
"Con la aparición del hombre, no sólo el cosmos florece en él, sino que la 
vida alcanza un estado nuevo, o mejor dicho, una nueva naturaleza. El hombre 
es en sí un ser en proceso, un ser inacabado que experimenta una gran pasión 
por crecer, por ser más; un hambre insaciable por saber, por hacer; una sed 
infinita de eternidad, de plenitud y un deseo profundo de completarse por 
medio de algo que lo sea todo. Se alza como la rama principal del árbol de 
la vida terrestre, se constituye a la vez como centro de perspectiva y 
centro o elemento de estabilización, de fijación y de construcción del 
universo. De aquí se desprende que la trascendencia del hombre se encuentre 
dialécticamente ligada a su inserción en el universo. Como microcosmos, se 
encuentra en correspondencia y en resonancia con el cosmos entero" . 
  
Desde esta perspectiva, el concepto de naturaleza humana que fundamenta la 
propuesta evolutiva que aquí se plantea, se encuentra integrada por cuatro 
dimensiones: (a) la biológica que corresponde a la biosfera, (b) la 
psicológica, que a su vez incluye el mundo racional-mental y el mundo 
interno, afectivo-emocional, que se ubica en la noosfera, (c) la 
organísmico-social que se correlaciona con la etapa de planetización 
planteada por Teilhard, y (d) la espiritual o transpersonal que penetra en 
el ámbito de la teosfera teilhardiana y de los reinos causales como Wilber 
se refiere a esta dimensión. Cada una de éstas contiene sus propios 
elementos (el cuerpo, la mente, el mundo interno de sentimientos, emociones 
y experiencias personales-sociales y el espíritu), funciones (biológicas, 
psicológicas, sociales y espirituales), necesidades básicas (físicas, 
psicológicas, sociales y espirituales -trascendentes), motivaciones 
(deficitarias, de desarrollo y meta-motivaciones) y valores (auto y altero 
céntricos, autorrealizantes y trascendentes), así como de las actitudes, 
comportamientos y modos o maneras de percibirse y de percibir, interpretar, 
aprehender y comprender la realidad, que de estos se derivan. Estas cuatro 
dimensiones forman una totalidad unificada inseparable que no puede ser 
comprendida plenamente fuera del contexto de una totalidad más amplia 
interconectada e interdependiente. Desde esta óptica, la dimensión biológica 
constituye la forma más altamente sintética de la materia y la más perfecta 
y centrada de las partículas cósmicas. La dimensión psicológica, como 
colectividad pensante y reflexiva, funda un reino nuevo, un todo específico 
y orgánico en proceso de personalización. La dimensión organísmico-social, 
como expresión de todos los desenvolvimientos y manifestaciones del espíritu 
que se hacen presentes en la emergencia de la noosfera, conduce a la 
transformación creadora de la vida preexistente y, la dimensión 
transpersonal que integra a la humanidad en su proceso convergente, se 
dirige hacia una región mucho más amplia, más elevada y, aunque aún 
inacabada, siempre en vías de ultrahominización, proceso en el cual cada vez 
descubre con mayor hondura su centro Omega.Teilhard afirma que en la medida 
en que el ser humano se interroga, se cuestiona, reflexiona, recapacita y 
opta, con base en el discernimiento, el juicio crítico y la comprensión, 
ejercita las características humanas que le son propias, distinguiéndose así 
de todas las demás especies y seres vivos de la naturaleza. El tránsito de 
la vida animal instintual a la vida humana reflexiva, al que Teilhard se 
refiere como la hominización, constituye un proceso progresivo continuo que 
va del instinto al pensamiento. En otros términos, la conciencia humana se 
desplaza de la hominización a la humanización, de ésta última a la 
personalización que implica la compenetración con todos los otros centros 
personales y, de ahí, a la planetización, contemplada como la etapa en la 
que la conciencia se reconoce, se integra y se unifica, sin confundirse, con 
el Omega.El enfoque humanista-transpersonal que hemos venido proponiendo a 
lo largo de los últimos quince años, sostiene que el desarrollo integral de 
la conciencia consiste en la actualización del potencial innato que se 
encuentra latente en cada una de las dimensiones que conforman la naturaleza 
humana . Este proceso integrador, al que diversos teóricos de la psique 
humana se refieren como: individuación (Jung, 1972); hominización (Freire, & 
Fiori, 1973), autoactualización (Rogers, 1966), estructura convencional 
(Loevinger, 1976), personalización (Teilhard de Chardin, 1967c), 
autorrealización (Maslow, 1982) autoactualización (Rogers, 1966, 1969, 1980) 
y estructura reflexivo-formal (Wilber, 1994), entre otros, se realiza en la 
medida en que el individuo va logrando reconocer, aceptar, simbolizar, 
organizar e integrar en su conciencia individual todos los elementos, 
características y polaridades que corresponden a su naturaleza. Estos 
autores coinciden al afirmar que el ser humano, de manera natural, tiende 
hacia la autorrealización y la trascendencia, y concuerdan al sostener que 
este proceso se ve afectado cuando la persona al quedarse aferrada a 
identidades o conceptos limitados de sí mismo, no logra completar el ciclo 
de identificación-desidentificación propio de cada nivel de desarrollo de la 
conciencia.La visión transpersonal del desarrollo humano que aquí se 
presenta, parte de una inquietud personal profunda por trazar nuevos 
horizontes y un interés específico por integrar en un mismo territorio 
diversos mapas relacionados con el estudio y la comprensión del complejo 
fenómeno humano y del desarrollo pleno de sus potencialidades. Esta 
propuesta se desprende de una consideración especial sobre la importancia 
que juegan en el proceso de desarrollo humano: la integración de las 
polaridades, la experiencia pura o experiencia directa, la intencionalidad, 
la autonomía, el significado, la espiritualidad y la religiosidad, así como 
en el despertar al yo nuclear, o en otras palabras, a la esencia, aquello 
que permanece invariable, lo verdaderamente humano. 
 
Proceso evolutivo de la conciencia 
 
La Espiral de la Conciencia va más allá de las teorías dualistas, 
reduccionistas, deterministas, materialistas y aun existencial-humanistas 
precedentes, abriendo con ello caminos alternativos al estudio, la 
investigación científica y la comprensión profunda de la conciencia humana y 
de su proceso natural para lograr la plena realización de sus 
potencialidades y dinamismos fundamentales. Cabe señalar que, con el objeto 
de estudiar y comprender el complejo fenómeno humano y así poder explicar su 
proceso evolutivo, lo que en sí mismo constituye una unidad armónica 
necesita ser dividido tanto en etapas secuenciales, como en lo que distintos 
teóricos han llamado: niveles, grados o esferas. Por lo tanto, al analizar 
cada una de las partes en que se divide al hombre para su estudio ha de 
tenerse en mente que: (a) éstas no constituyen bloques separados sino 
procesos continuos en los que la etapa anterior se integra a la siguiente 
ampliando lo ya existente, (b) no se trata de etiquetas que puedan aplicarse 
directamente a todos los individuos por igual y (c) no se presentan como una 
teoría cerrada y rígida sino que permanecen abiertas a nuevas propuestas y a 
nuevos descubrimientos sobre el fenómeno humano que, por su naturaleza 
dinámica, es indefinible, impredecible y trascendente. Cada una de las 
esferas de conciencia tiene una relación estrecha con las etapas del proceso 
evolutivo, es decir, corresponde a una edad específica. Sin embargo, no es 
posible determinar el grado de desarrollo de la conciencia a partir de la 
edad cronológica de un individuo. Tener 25 o 60 años no es garantía de haber 
logrado el desarrollo de la conciencia que esta edad supone.Tanto Wilber 
como Teilhard presentan el proceso evolutivo como un movimiento continuo, 
ascendente y envolvente que, atravesando por diversos niveles de conciencia, 
van de lo menos a lo más inclusivo. Wilber ubica el inicio de la evolución 
de la conciencia humana en el fenómeno al que se refiere como dualismo 
primario, es decir, el momento en el que se establece la dualidad 
sujeto-objeto. Desde esta óptica, la dualidad inicial constituye el primer 
eslabón de una larga cadena de fronteras que el individuo establece entre 
aquello que cree ser (auto-imagen o autoconcepto) y lo que en realidad es en 
esencia. Teilhard, sitúa el punto de arranque de la conciencia humana en el 
salto individual y súbito que, en el proceso de centro-complejidad, va del 
instinto a las primeras manifestaciones del pensamiento. En uno y otro caso, 
se observa que a partir del momento en que aparece la dualidad yo/no-yo, se 
inicia una nueva etapa en la que la conciencia humana se desenvuelve a 
través de un impulso semejante el movimiento de una espiral. Desde esta 
perspectiva, la Espiral de la Conciencia aborda el tema sobre la evolución 
de la conciencia humana no a partir del nacimiento -como suelen plantearlo 
las teorías evolutivas anteriores- sino de su origen primario , y plantea 
los diversos niveles de identidad que se experimentan a lo largo del proceso 
evolutivo. El tránsito de un nivel de identidad a otro, corresponde a un 
aprendizaje significativo que conduce a la expansión la conciencia. Las 
fronteras que separan las diversas esferas constituyen los límites que el 
propio individuo establece con respecto a su autoidentidad. Conforme la 
conciencia avanza en su proceso, tiene acceso a las esferas que ha integrado 
y trascendido. A continuación se presenta una breve descripción de las 
esferas o cuadrantes de este proceso. 
 
Cuadrante Arcaico 
 
Se ubica en la fase a la que Teilhard se refiere como "centridad filética" y 
corresponde a la biosfera (vida). Emerge cuando los segmentos cruzan el 
punto crítico de centración y la cadena de segmentos se cierra sobre sí 
misma, su tendencia original hacia una centro complejidad más elevada le 
conduce del estadio monocelular a estadios policelulares que se dirigen 
naturalmente hacia al Omega. En estos centros la organización genera una 
complejidad (diversidad) sobre la cual se desarrolla su unidad. Desde la 
perspectiva wilberiana, la centridad filética corresponde a la vida orgánica 
inconsciente.  
 
El cuadrante se sitúa en la etapa pleromática que comprende la vida 
intrauterina y los primeros meses después del nacimiento en los que el 
recién nacido, aún incapaz de distinguir el yo del no-yo - el sujeto del 
objeto-, permanece inmerso y confundido con la totalidad universal. En otras 
palabras, se encuentra en una total fusión con el mundo físico, en un estado 
al que Wilber se refiere como inconsciente arcaico por tratarse de la forma 
más primitiva en la que las estructuras embrionarias más tempranas se 
encuentran próximas a emerger a la conciencia. 
 
El cuadrante arcaico, como primera esfera de la Espiral de la Conciencia 
presenta una estructura de carácter arreflexivo. En este estadio, la 
conciencia se despliega del entramado del campo inconsciente en el que todas 
las estructuras existentes en potencia se encuentran próximas a emerger a la 
conciencia y constituye el grado menos evolucionado debido a que ésta no ha 
desarrollado aún un centro psíquico diferenciado que permita al individuo 
ser consciente de sí mismo y del mundo que le rodea. 
 
Cuadrante biológico. 
 
Cruzar la frontera del cuadrante arcaico implica la separación de la unidad 
pleromática en la que la conciencia se encuentra fundida y confunidada con 
la totalidad, para penetrar al ámbito de la dualidad, en el que el sujeto y 
el objeto se separan en dos mundos distintos, el mundo del ser y el mundo 
del no ser. Esta etapa se caracteriza por el surgimiento de la primera 
sensación de identidad realmente separada del mundo que le rodea y 
constituye una etapa inevitable en el proceso evolutivo, se trata, ni más ni 
menos que del preludio de la integración futura con cuadrantes más elevados 
de conciencia. La esfera biológica se ubica en una edad aproximada que va de 
los 6 meses a los 3 años y corresponde al nivel considerado como el más 
simple y reducido de auto-consciencia en el que el proceso de diferenciación 
sujeto-objeto es aún muy primitivo. Wilber se refiere a esta fase de la vida 
como la etapa preegóica o urobórica que se caracteriza por constituir los 
primeros indicios de la conciencia egóica infantil. El yo urobórico que este 
autor ubica a principios de la etapa oral, se encuentra dominada por la 
psicología visceral a la que explica como: "la naturaleza inconsciente, la 
fisiología, los instintos, la percepción mesozoica y las descargas 
emocionales más rudimentarias" . Esto significa que de la adualidad absoluta 
propia del yo pleromático, en la que no existe rastro alguno de 
significados, se pasa al reconocimiento de que existe algo distinto afuera 
de sí, un mundo que no es él mismo. 
 
Entre las características más relevantes de este cuadrante se destacan: la 
acausalidad, la sensoriomotricidad primitiva, la euforia oceánica, el 
instinto primario de supervivencia, el egocentrismo en su más alta 
expresión, el temor primordial y los reflejos alimentarios. La conducta se 
encuentra motivada por las necesidades básicas fisiológicas y las 
afectivo-emocionales primitivas propuestas por Maslow. En esta fase, las 
imágenes iniciales en relación a la conciencia de sí mismo se reducen al "yo 
cuerpo", "yo bueno", el "yo malo" y el "no-yo". El sí mismo -ego- se 
identifica plenamente con el cuerpo y con los elementos, funciones y 
necesidades de las que se desprenden las motivaciones y los valores 
correspondientes a esta fase evolutiva, tales como: la sobrevivencia, el 
bienestar, el equilibrio y el placer. 
 
Cuadrante Psicológico. 
 
Esta fase marca el paso de lo difuso a lo reflexivo, dicho en otros 
términos, a la emergencia de la noosfera (pensamiento). Se trata del 
surgimiento, en el corazón del individuo, de un núcleo o foco autocentrado 
que marca el nacimiento de la conciencia humana que, en su evolución, 
atraviesa por una serie de etapas progresivas y subsecuentes. El cuadrante 
psicológico de la conciencia, que hace su aparición aproximadamente a los 
cuatro años de edad, se rige por el principio de realidad. La conciencia 
individual se expande hacia una visión más amplia de la realidad 
circundante. Esta expansión de la conciencia permite al individuo percibir 
la influencia que el medio ambiente ejerce en su vida y darse cuenta de la 
fuerza externa que rige sus acciones más en consonancia con ésta que con sus 
propias necesidades y deseos, mismos que aprende a relegar o, en el peor de 
los casos, a reprimir con la finalidad de ser aceptado y amado. 
 
Desde la perspectiva teilhardiana el proceso de individuación propio de esta 
fase, constituye el primer eslabón de la cadena evolutiva de la conciencia 
individual, a la que el enfoque humanista define como: la propiedad o 
facultad del espíritu humano a través de la cual el individuo es capaz de 
reconocerse a sí mismo en sus atributos esenciales, propiedades, 
experiencias y características personales, así como en todas aquellas 
transformaciones que experimenta. Así contemplada, la conciencia se desdobla 
en tres sentidos: (a) el pre-reflexivo o conciencia empírica de sí mismo, 
(b) el reflexivo que corresponde a la cogitación que el sujeto lleva a cabo 
sobre su propio yo ( self o sí mismo) y sobre los modos particulares a 
través de los cuales se pone en relación con los objetos y (c) el 
intencional en el que se lleva a cabo la relación del yo con los objetos a 
los cuales se refiere. A través de ésta, el sujeto aprehende o capta los 
objetos haciéndolos suyos de un modo singular. Entre las características que 
el enfoque humanista propone como propias de la conciencia individual se 
encuentran: la selectividad, la habituación, la tendencia a completar 
figuras que percibe, la ubicación en un tiempo lineal que transcurre 
secuencialmente y la finitud. El cuadrante psicológico, que corresponde a la 
etapa de diferenciación-individuación y se caracteriza por el surgimiento de 
la primera sensación de identidad realmente separada del mundo que rodea al 
individuo, constituyéndose como un estadio inevitable en el proceso 
evolutivo por tratarse, ni más ni menos, que del preludio de la integración 
futura con esferas o cuadrantes más elevados de conciencia, marca el inicio 
del camino hacia la humanización. 
 
Cuadrante Personal. 
 
En esta fase la acción de la reflexión se ubica en el punto más elevado de 
centro-complejidad-conciencia que alcanza la cosmogénesis en su proceso 
evolutivo. La conciencia de sí mismo permite trascender la etapa de 
individuación teilhardiana, a la que Wilber se refiere como aquella en que 
se da el nacimiento del yo conceptual, para llegar a una fase más amplia en 
la que emergen las primeras señales de la socialización y que se caracteriza 
por una intencionalidad social-colectiva en la que la conciencia individual 
inicia el camino de ir más allá de los confines egóicos, para ingresar al 
ámbito de lo social Teilhard considera que si bien el paso de la conciencia 
individual a la personal es un proceso natural, éste requiere que el 
individuo opte libremente por lo personal, opción que implica: (a) el 
despertar existencial, (b) el descubrimiento del significado y sentido de su 
existencia, (c) la aceptación de su finitud, (d) el reconocimiento de los 
valores morales y (e) la consciencia ( awareness ), es decir, el darse 
cuenta de que su dirección y meta es evolucionar en función de una corriente 
cósmica. Asimismo, postula que el hombre no alcanza la personalización si no 
es a través de la opción por ser con y para los demás. El cuadrante personal 
de la conciencia implica el desapego del impulso o inclinación natural hacia 
el colocarse como punto culminante del universo y la tendencia egocentrista 
que conduce a confundir el individualismo con el personalismo, así como de 
la búsqueda de una individualidad separada, que lleva consigo la disminución 
y la pérdida del sí mismo. La diferencia más importante que existe entre el 
nivel individual (autocéntrico) y el nivel personal (alterocéntrico) de la 
conciencia es que el primero marca una distancia significativa entre el 
individuo y la humanidad en su conjunto, se concibe a sí misma como un 
centro distinto a los otros centros que le rodean y, el segundo, se 
caracteriza por el descubrimiento de la comunión y del amor que exalta la 
originalidad y acrecienta el valor de la persona. A este respecto Teilhard 
postula que el colmo de la originalidad del hombre no es su individualidad, 
sino su persona y ésta no puede universalizarse si no es a través de la 
ultrapersonalización, que no es más que ascender a un plano mucho muy 
superior al de la experiencia humana actual. 
 
Desde la óptica humanista-transpersonal, al completarse la fase evolutiva de 
humanización en la que se ha realizado tanto la cristalización de un yo 
existencial auténtico, como el desapego del individualismo y el 
egocentrismo, se integran y trascienden las dimensiones biológica, 
psicológica y social de la naturaleza humana abriendo el horizonte hacia una 
etapa en la que la conciencia se encuentra más centrada, más ordenada, más 
compleja y, por ende, más consciente. 
 
Cuadrante Organísmico-Social. 
 
La trascendencia de los reinos egóicos abre los confines de la conciencia 
hacia la personalización que se realiza por medio de la compenetración con 
todos los otros centros personales, en un proceso de unanimización 
consciente de superación y realización de la persona humana bajo la 
atracción y el influjo del Omega. En esta fase, la conciencia humana se 
reconoce como una unidad armónica bio-psico-social que implica, en palabras 
de Teilhard, "el proceso de interiorización progresiva en el corazón de cada 
individuo" y se caracteriza por la unión entre lo individual y lo colectivo 
y el perfeccionamiento mutuo a través de un proceso continuo y convergente 
que transforma la conciencia individual en "un centro espiritual de 
reflexión, de libertad y de amor, que emerge en el umbral definido de la 
evolución" . Esta nueva etapa de desarrollo lleva consigo la emergencia y el 
desarrollo de las fuerzas sociales, así como la apertura necesaria para el 
establecimiento de relaciones universales y la tendencia hacia la 
ultrapersonalización en la que las fronteras anteriores se trascienden. La 
reflexión conduce al individuo a percatarse de como su centro de gravedad se 
va orientando hacia un núcleo más amplio y a experimentar la atracción hacia 
un sistema social definido que le atribuye una función especial dentro del 
grupo. Es en esta fase de creciente unificación las conciencias individuales 
convergen en un todo orgánico y psíquico que tiende hacia la unanimización 
humana. Desde esta perspectiva puede decirse que, cuando el ser humano 
individual trasciende el nivel personal de la conciencia, el progreso 
continúa definiendose en términos de colectividad que tiende hacia el Centro 
personal de convergencia en el que el universo se refleja y en el que se 
resuelve el misterio de lo uno y de lo múltiple. De acuerdo a Teilhard, este 
misterio consiste en que esta convergencia de los granos de conciencia no 
implica la unión-fusión de todas las conciencias sino que se trata de una 
unión-diferencia, en la que las conciencias no se pierden sino que continúan 
existiendo como inidivudalidades múltiples en una síntesis de centros que 
alcanzan en el Todo su máximo desenvolvimiento. 
 
Este cuadrante se caracteriza por una intencionalidad social, colectiva, a 
partir de la cual la conciencia se reconoce como parte y partícipe de la 
comunidad humana entera. Faculta a la conciencia para lograr una visión 
lógica y global a través de la dialéctica, de la síntesis y del pensamiento 
creativo y se refiere tanto a la cristalización de un sí mismo unanimizado 
que sitúa a la conciencia en la antesala del cuadrante transpersonal. En 
este proceso, la conciencia se ve impulsada por una energía, cuya 
manifestación característica es el amor fraterno. 
 
Cuadrante Transpersonal. 
 
El cuadrante transpersonal se ubica en la etapa de ultrapersonalización y se 
rige por el principio de la comunión (común unión) y del amor trascendente. 
Se constituye como la residencia de los valores universales, de las 
aspiraciones más elevadas y de las causas más nobles, precisamente porque es 
la dimensión que penetra en los dominios espirituales de la naturaleza 
humana. Cuando el desarrollo de las fuerzas sociales convergen en un todo 
orgánico y psíquico, la conciencia se ve impulsada por la energía espiritual 
cuya manifestación más intensa y pura es el Amor que le conduce hacia la 
convergencia planetaria. Partiendo de la tesis de que la unión personaliza, 
Teilhard sostiene que el papel de las fuerzas del amor cobran, en esta 
etapa, una importancia vital, ya que éste es el vínculo por excelencia que 
reúne a las conciencias por el centro de sí mismas. Desde la perspectiva 
wilberiana, esta etapa constituye el puente entre la realidad cotidiana 
ordinaria y la unión mística de la materia, la vida, la cultura y la moral. 
 
En este nuevo horizonte de la conciencia, ya no existe la distinción entre 
planos distintos tales como el físico, el psicológico, el social, el 
colectivo, o el moral sino que todas las cosas son "... supremamente 
físicas, supremamente naturales, supremamente orgánicas, supremamente 
vitales, en la medida en que cooperan a la construcción y al cierre del cono 
tempóreo-espacial por encima de nosotros." Desde la perspectiva 
teilhardiana, el amor realiza el milagro de ultrahumanizar al ser humano y 
sólo él, "en el transcurso de una fase todavía más decisiva, puede abrirle 
el acceso al punto Omega" . Wilber plantea que la trascendencia de la unión 
con el mundo natural y de los reinos sutiles, conduce a la unión más 
profunda con la Deidad, a la que este autor ubica en los reinos causales. 
 
Esta fase la conciencia despierta al centro superior que se encuentra al 
término de su evolución: el Omega. Teilhard se refiere a este como centro de 
reunión, conciencia espiritual-cósmica a la que la conciencia puede acceder 
en la medida en que impulse y concilie al máximo todas las fuerzas 
disponibles de unanimización. Desde la perspectiva wilberiana, el Omega 
constituye el puro Yo como puro Espíritu, la Deidad. A pesar de los 
diferentes contextos y escenarios disciplinares e ideológicos de los que 
parten tanto Wilber como Teilhard, ambos coinciden en que se trata de un 
Centro Cósmico, un Polo superior de humanización y personalización que actúa 
como el imán que atrae a todos los holones, desde los más simples hasta los 
más complejos, constituyéndose, como ya se ha mencionado, en el Omega de 
todos los omegas, el Final de todos los finales, la desaparición de la 
desunión y de la dualidad, la unión con lo Absoluto. 
 
Conclusión  
 
Así contemplado el proceso evolutivo, la aparición del hombre sobre la 
tierra permite que la evolución siga su proceso cósmico. Gracias a éste, la 
ascensión de la conciencia -movida por el amor-, continúa más allá de sí 
mismo hacia una síntesis ultrahumana. En las esferas de lo pre-viviente, el 
amor no existe sino que se manifiesta en una forma pre-reflexiva o 
instintiva, esta forma evoluciona con la emergencia de la reflexión que 
transforma el amor al humanizarlo. La unión personaliza en la medida en que 
este acercamiento de centro a centro surge espontáneamente por el amor. El 
amor, afirma Teilhard, realiza el milagro de sobrehumanizar al ser humano y 
sólo él, "... en el transcurso de una fase todavía más decisiva, puede 
abrirle el acceso al punto Omega" . 
 
Desde la perspectiva humanista transpersonal, la Espiral de la Conciencia 
alcanza su plena realización al despertar a la Conciencia Trascendente cuya 
manifestación más intensa y pura es el Amor, por ser éste el que constituye 
la substancia misma de la unión creadora y el signo palpable de la 
convergencia del universo, así como la forma más sublime de la energía 
humana en la que la noosfera manifiesta un estado general y nuevo en la que 
el amor no solamente reúne las dimensiones psicológicas del mundo, sino que 
va más allá al cobrar conciencia de un Omega en el que la Teosfera hace su 
aparición. Teilhard afirma que, así como no existe más que una única Materia 
creada para sostener el crecimiento sucesivo de la Conciencia en el Cosmos, 
no existe sino "... un sólo sentimiento fundamental en la base de todas las 
místicas, a saber: El amor innato de la persona humana, extendido a todo el 
Universo " .  
 
El pensamiento de Teilhard y de Wilber, compañeros en este apasionante 
recorrido por los nuevos horizontes de la conciencia, me ha llevado 
comprender la existencia de dos universos: uno dentro y otro fuera de 
nuestra piel. Dos mundos que conforman un sólo cuerpo, una totalidad 
indivisible en la cual todos los filamentos que conforman la trama cósmica 
se reúnen por y en el Amor. Cuando la piel, delicada frontera que nos separa 
del Omega se diluye, la luz penetra por cada uno de sus poros permeando el 
cuerpo, la mente y el espíritu. Así, la conciencia trasciende los espacios 
estrechos y se va más allá, a lo infinito, lugar en que los opuestos se 
conjugan. La conciencia se expande al extender las alas, el organismo vivo 
toca con sus plantas la firmeza del suelo y vibra ante la inmensidad del 
cosmos en un impulso poderoso que fluye como el torrente a reunirse en el 
rítmico océano de lo eterno. La dualidad desaparece, los polos se unen en el 
misterio del encuentro, en el milagro de la unidad en la multiplicidad. 
Microcosmos que enlazados en una malla conformada por miríadas de 
combinaciones expresan, manifiestan y experimentan lo sutil de la esencia. 
Vidas que se encuentran conectadas a la origen de la luz, al origen de la 
paz, a la fuente del amor eterno, energía luminosa del Espíritu, vibración 
vital, misterio de Amor que se devana entretejiendo hebras doradas en la 
rueca del alma iluminando el camino del encuentro. 
 
Referencias Bibliográficas. 
 
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*    Wilber, K. (1997). Breve historia de todas las cosas. Barcelona: 
Kairós.  
 
Fuente: 
http://www.gonzalezgarza.com/temas/temas1.htm 
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