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Asunto:[redanahuak] Doctrina aria de lucha y victoria
Fecha:Domingo, 16 de Octubre, 2005  02:35:16 (-0500)
Autor:Programa Interredes <redanahuak @...............mx>

 
DOCTRINA ARIA DE LUCHA Y VICTORIA 
 
  
 
por Julius Evola  
 
  
 
  
 
Conferencia impartida en el Instituto "Kaiser Willhelm" de Roma, el 7 de 
Diciembre de 1940.  
 
  
 
  La "Decadencia de Occidente", según la concepción de una crítica reputada 
de la civilización de occidente, es claramente reconocible en dos 
características principales: en primer lugar, el desarrollo patológico de 
todo aquello que es Activismo; en segundo lugar, el desprecio hacia los 
valores del Conocimiento interior y de la Contemplación. 
 
Esta crítica, no entiende por Conocimiento, racionalismo, intelectualismo u 
otros vacíos juegos de palabras; no entiende por Contemplación un 
alejamiento del mundo, una renuncia o un alejamiento monacal mal 
comprendido. Al contrario, Conocimiento interior y Contemplación representan 
las formas de participación normales y más apropiadas del hombre a la 
Realidad sobrenatural, supra-humana y supra-racional. A pesar de esta 
aclaración, en la base de la concepción indicada existe una premisa 
inaceptable para nosotros. Ya que, tácitamente y de hecho, es admitido que 
toda acción en el dominio material es limitativa y que el más alto dominio 
espiritual sólo es accesible por otras vías que no sean las de la acción. 
 
En esta idea se reconoce claramente la influencia de una concepción de la 
vida básicamente extranjera al espíritu de la raza aria; pero que, sin 
embargo, está tan profundamente unida ya al pensamiento del Occidente 
cristiano, que se la encuentra igualmente en la concepción imperial 
dantesca. La oposición entre Acción y Contemplación era, por el contrario, 
desconocida por los antiguos arios. 
 
Acción y Contemplación no estaban enfrentados como los dos términos de una 
oposición. Designaban únicamente sólo palabras distintas para la misma 
realización espiritual. Dicho de otro modo, se estimaba entre los antiguos 
arios que el hombre podía sobrepasar el condicionamiento individual no 
solamente por la Contemplación sino también por la Acción. 
 
Si nos alejamos de esta idea primera, entonces el carácter de decadencia 
progresiva de la civilización occidental debe ser interpretado de diferente 
forma. La tradición de la acción es típica de las razas ario-occidentales. 
Pero esta tradición se desvía progresivamente. Así es en el Occidente 
actual, donde se ha llegado a conocer y honrar solamente una acción 
secularizada y materializada, privada de toda forma de contacto 
trascendente, una acción profanada que, fatalmente, debía degenerar en 
fiebreo en manía resolviéndose en el obrar por el obrar: o bien en un hacer 
que está ligado solamente a efectos condicionados por el tiempo. A una 
acción así degenerada no responden, en el mundo moderno, valores ascéticos y 
auténticamente contemplativos sino únicamente una cultura brumosa y una fe 
pálida y convencional. Tal es nuestro punto de vista sobre la situación. 
 
Si la "vuelta a los orígenes" es el concepto base de todo movimiento actual 
de renovación, entonces debe valer como tarea indispensable, de vuelta 
consciente, el comprender la concepción aria primordial de la Acción. Esta 
concepción aria debe tener un efecto transformador y evocar en el Hombre 
Nuevo, de Buena Raza, unas fuerzas vitales dormidas. 
 
Hoy y aquí, queremos atrevernos a hacer un breve "excursus" precisamente 
justo en el universo del pensamiento del mundo ario primordial, con el 
objetivo de sacar, de nuevo, a la luz algunos elementos fundamentales de 
nuestra tradición común, poniendo una atención especial en los significados 
arios de guerra, de lucha, y de la victoria. 
 
Naturalmente, para el antiguo guerrero ario la guerra, como tal, respondía a 
una lucha eterna entre fuerzas metafísicas. De un lado está el principio 
olímpico de la luz, la realidad solar y uraniana; de otro, la violencia 
brutal del elemento "titánico- telúrico", bárbaro en el sentido clásico, 
"femenino-demoníaco". Este tema de aquella lucha metafísica aparecería de 
mil formas, en todas las tradiciones de origen ario. Así, toda lucha a nivel 
material era tomada con una consciencia más o menos grande, como un episodio 
de esta antítesis. Ya que la arianidad se consideraba como milicia del 
principio olímpico, es necesario hoy, por tanto, devolver esta vía de los 
antiguos arios; e, igualmente, conceder la legitimidad o la consagración 
suprema del derecho al poder y de la concepción imperial misma, ahí donde, 
en el fondo, parece bien evidente su carácter anti-secular. 
 
En la imaginación de este mundo tradicional toda realidad se transformaba en 
símbolo... Esto también vale para la guerra desde el punto de vista 
subjetivo e interior. Así, podrían ser fundidas en una sola entidad: guerra 
y camino hacia lo divino. 
 
Los significativos testimonios que nos ofrecen las varias tradiciones 
nórdico-germánicas son, para todos, bien conocidos. De todos modos, debemos 
decir que estas tradiciones y tal como nos han llegado, se ven fragmentadas 
y mezcladas; muy a menudo ya representan la materialización de las mas altas 
tradiciones arias primordiales, caídas a nivel de supersticiones populares. 
Esto no nos impide fijar algunos puntos. 
 
Ante todo, como todos sabemos, el «Walhalla» es la capital de la 
inmortalidad celeste, y principalmente reservado a héroes caídos en el campo 
de batalla. El señor de estos lugares, ODIN- WOTAN, es representado en la 
saga «Ynglinga» como aquel que por su sacrificio simbólico al árbol cósmico 
«Ygdrasil» ha indicado el camino a los guerreros, camino que conduce a una 
residencia divina, donde siempre florece la vida inmortal. Conforme a esta 
tradición, de hecho ningún sacrificio o culto es más agradable al dios 
supremo, ningún otro esfuerzo obtiene más ricos frutos supra-terrestres, que 
aquel que han ofrecido los que han muerto combatiendo en el campo de 
batalla. Pero hay mucho más; tras la oscura representación del «Wildes Herr» 
(1) se esconde también, el siguiente fundamental significado: a través de 
los guerreros que, cayendo, ofrecen un sacrificio a ODIN, se forman aquellas 
tropas que el dios necesitará para la última definitiva batalla del 
«Ragna-rökk»; es decir, contra ese fatal "oscurecimiento de lo divino" que 
ya desde los tiempos antiguos planea, amenazante sobre el mundo. 
 
Hasta aquí, por consiguiente, el genuino motivo ario de la fuerte lucha 
metafísica es claramente expuesto a la luz. En los «Edda» quedaría 
igualmente dicho: "Por muy grande que pueda ser el numero de los héroes 
reunidos en el «Walhalla» nunca será lo suficientemente grande, cuando el 
lobo irrumpa (2)". El lobo es aquí, la imagen de esas fuerzas oscuras y 
salvajes que el mundo de los «Ases» ha logrado someter. 
 
La concepción ario-iraniana de MITHRA, "el guerrero sin sueño" es de hecho 
análoga. El que a la cabeza de los «Fravashi» y de sus fieles, libra batalla 
contra los enemigos del dios ario de la luz. Hablaremos, inmediatamente 
después, de los «Fravashi» y examinaremos su estrecha correlación con las 
«Walkyrias» de la tradición nórdica. Por otra parte intentaremos clasificar 
también el significado de la "Guerra Santa" a través de otros testimonios 
concordantes.  
 
No hay que sorprenderse si hacemos, en este contexto, ante todo, referencia 
a la tradición islámica. La tradición islámica tiene aquí el lugar de la 
tradición ario-iraniana. La idea de la "guerra santa" -y al menos, en lo que 
concierne a los elementos aquí examinados- llegará a las tribus árabes por 
el universo del pensamiento iranio: tiene por tanto, al mismo tiempo, el 
sentido de un tardío renacimiento de una herencia aria primordial y desde 
este punto de vista puede ser utilizada sin ninguna duda. 
 
Está admitido que se distingue en esa tradición en cuestión, dos "guerras 
santas"; es decir la "grande" y la "pequeña" Guerra Santa". Esta distinción 
se funda en unas palabras del Profeta que afirma a la vuelta de una 
incursión guerrera "Hemos vuelto de la pequeña guerra a la gran guerra 
santa". En este contexto, la gran guerra santa pertenece a niveles 
espirituales. La pequeña guerra santa es por el contrario la lucha psíquica, 
material, la guerra conducida en el mundo exterior. La gran guerra santa es 
la lucha del hombre con sus propios enemigos, los que lleva en si mismo. Más 
exactamente, es la lucha del elemento sobrenatural del propio hombre contra 
todo lo que resulta instintivo, ligado a la pasión, caótico, sujeto a las 
fuerzas de la naturaleza. Tal es la idea, también, que aparece recogida en 
el «Bhagavad-Gitâ», ese antiguo gran tratado de la sabiduría guerrera aria: 
"Conociendo aquello que está sobre el pensamiento, afírmate en tu fuerza 
interior y golpea, guerrero de los largos brazos, a ese temible enemigo que 
es el deseo" (3). Una condición dispensable para la obra interior de 
liberación es que este enemigo debe quedar aniquilado de forma definitiva. 
 
En el cuadro de la tradición heroica, aquella pequeña guerra santa -es 
decir, una guerra como lucha exterior-, sirve solamente de medio por el cual 
se realiza justamente esa gran guerra santa. 
 
Y por esta razón, en los textos, "guerra santa" y "camino de vía a Dios" son 
a menudo sinónimos. Así leemos en el Corán: "Combaten en el Camino de Dios" 
-es decir, en la Guerra Santa- aquellos que sacrifican esta vida terrestre a 
la vida futura; pues a aquel que combate y muere, sobre el camino de la Vía 
de Dios; o a aquel que consigue la victoria, le daremos una gran recompensa" 
(4). Y, más adelante: "A aquellos que caen sobre el camino de la Vía de 
Dios, El nunca dejará que se pierdan sus obras; les guiará y dará mucha paz 
a sus corazones; y les hará entrar en el Paraíso, que El les revelará" (5). 
Se hace alusión aquí a la muerte física en guerra, a la «mors triunphalis» 
(muerte victoriosa); y que, se encuentra en correspondencia perfecta para 
todas las tradiciones clásicas. La misma doctrina puede de todas formas ser 
también interpretada en un sentido simbólico... Aquel que en la "pequeña 
guerra" vive una "gran guerra santa" crea en si una fuerza que le prepara 
para superar la crisis de la muerte. Pero, igualmente sin haber muerto 
físicamente, puede, mediante la ascesis de la Acción y la Lucha, 
experimentar la muerte; puede haber vencido interiormente y haber logrado un 
"más que vida". Entendiendo esotéricamente, "Paraíso", "Reino de los cielos" 
y expresiones análogas no son nada más que unos símbolos y unas figuraciones 
forjadas por el pueblo, de unos transcendentes estados de iluminación, ya en 
un plano más elevado que la vida o la muerte. 
 
Estas consideraciones deben valer también, como premisa para reencontrar los 
mismos significados bajo el aspecto externo del Cristianismo; que la 
tradición heroica nórdico-occidental se vio apremiada a adoptar durante las 
Cruzadas, para poder manifestarse al exterior. Mucho más de lo que, hoy y en 
general, la gente está inclinada a creer, en las cruzadas medievales para la 
"liberación del Templo" y realizar la "conquista de la Tierra Santa", 
existen evidentes puntos de contacto con la tradición nórdico-aria, donde se 
hace referencia a la mítica «Asgard», la lejana tierra de los Ases y de los 
Héroes, donde la muerte no tiene prisa y donde los habitantes gozan de una 
vida inmortal y una paz sobrenatural. La guerra santa aparece como una 
guerra totalmente espiritual hasta el punto de poder llegar a ser comparada, 
por los predicadores, literalmente, a una "purificación, como el fuego del 
purgatorio antes de la muerte". "Que mayor gloria que no salir del combate, 
sino cubierto de laureles. Que gloria mayor que ganar, sobre el campo de 
batalla, una corona inmortal". afirma a los Templarios un BERNARDO DE 
CLAIRVAUX (6). La "Gloria Absoluta", aquella que atribuyen los teólogos a 
Dios, en lo más alto del cielo (con su «in Excelsis Deo»), es también 
encargada como propia al cruzado. Sobre este telón de fondo se situaba la 
«Jerusalén Santa», bajo ese doble aspecto: como ciudad terrestre y como 
ciudad celeste, y la Cruzada como una gran elevación que conduce realmente a 
la inmortalidad.  
 
Los actos de los militares de las cruzadas, altos y bajos,produjeron 
inicialmente sorpresas, confusión, y hasta crisis de fe, pero tuvieron 
después como único efecto purificar la idea de la «Guerra Santa» de todo 
residuo de materialismo. Sin dudarlo, el fin desafortunado de una Cruzada es 
comparado a la Virtud que es perseguida por el Infortunio; y en el cual el 
valor puede ser juzgado y recompensado solamente en relación a una vía, en 
forma no terrestre. Así se concentraría -mucho más allá de la victoria o de 
la derrota-, el juicio de valor sobre el aspecto espiritual y genuino de la 
Acción. Así la «Guerra Santa» vale por si misma, independientemente de su 
resultado material visible, como medio para alcanzar por el sacrificio 
activo del elemento humano, una realización supra-humana. 
 
Y justo, esa misma enseñanza, elevada al nivel de expresión metafísica, 
reaparecerá en un texto indo-ario citado y conocido, el «Bhagavad-Gitâ». La 
compasión y los sentimientos humanitarios que impiden al guerrero ARJUNA 
batirse en liza contra el enemigo, son juzgados por dios "turbios, indignos 
de un «ârya» (...), que no conducen ni al cielo ni al honor" (7). El mandato 
le dice así "Si muerto, tu irás al cielo; si vencedor, gobernarás la tierra. 
Alzate, hijo de Kuntî, dispuesto a combatir" (8). La disposición interior 
que puede transmutar la pequeña guerra santa en la gran guerra santa, ya 
indicada, queda aquí, claramente descrita de la forma siguiente: 
"...Trayéndome toda acción, el espíritu plegado sobre si mismo, es libre de 
esperanza y de visiones interesadas, combate sin escrúpulos" (9). En 
expresiones tan claras se afirma la pureza de la acción: debe ser deseada, 
por si misma, más allá de toda pasión y de todo impulso humano: "Considera 
que están en juego el sufrimiento, la riqueza o la miseria, la victoria o la 
derrota. Prepárate, por tanto, para el combate; y de esta forma evitarás el 
pecado" (10).  
 
Como fundamento metafísico suplementario, el dios aclara la diferencia entre 
aquello que es espiritualidad absoluta -y, como tal, será indestructible- y 
lo que solamente tiene como elemento lo corporal y humano, en una existencia 
ilusoria. De un lado, el carácter de irrealidad metafísica de aquello que se 
puede perder como cuerpo y vida mortales que pasan, o bien es revelada en 
los que la pérdida puede ser un condicionante. De otro, Arjûna queda 
conducido, en aquella experiencia de una fuerza de manifestación de lo 
divino, a una potencia de irresistible transcendencia. Así frente a la 
grandeza de esta fuerza, toda forma condicionada de existencia aparecía como 
una negación. Allí donde está negación es activamente negada, es decir, allí 
donde, en el asalto, toda forma condicionada de existencia es invertida o 
destruida, esta fuerza llega a tener una manifestación terrorífica. 
 
Sólo sobre esta base, exactamente, se puede captar energía adecuada para 
producir la transformación heroica del individuo. En la medida en que el 
guerrero obra en la pureza y el carácter de lo absoluto, aquí indicados, 
rompe las cadenas de lo humano, evoca lo divino como una fuerza metafísica, 
atrae sobre sí esta fuerza activa y encuentra en ella su ilusión y su 
liberación. La palabra crucial corresponde a otro texto -perteneciente 
también a la misma tradición- dice: "La vida es como un arco; el alma es 
como una flecha; el espíritu absoluto como la diana a traspasar. Uníos a 
este gran espíritu, como la flecha lanzada se fija en la diana" (11). Si 
sabemos ver aquí la más alta forma de realización espiritual por la lucha y 
el heroísmo, es entonces verdaderamente significativo que esta enseñanza sea 
presentada, en el «Bhagavad-Gitâ» como continuación de una herencia 
primordial ario-solar. De hecho, le fue dada por el "Sol" al primer 
legislador de los arios, MANU; y fue guardada seguidamente, por una gran 
dinastía de reyes consagrados. En el curso de los siglos, esta enseñanza se 
perdió y, sin embargo fue de nuevo revelada por la divinidad, no a un devoto 
sacerdote, sino a un representante de la nobleza guerrera: Arjûna. 
 
Lo que hemos tratado hasta aquí permite también comprender los significados 
más interiores que se encuentran en la base de un conjunto de tradiciones 
clásicas y nórdicas. Así, como punto de referencia, habrá que reseñar aquí 
que, en estas tradiciones antiguas algunas imágenes simbólicas precisas 
aparecían con una frecuencia singular: estas son, primero la imagen del alma 
como demonio, doble y genio; y enseguida la imagen de las presencias 
dionisiacas y de la diosa de la muerte y la imagen de una diosa de la 
victoria; que aparecía a menudo bajo la forma de diosa de la batalla. 
 
 Para la exacta comprensión de todas estas relaciones será muy oportuno 
clasificar la significación que tiene el alma; que, es aquí entendida como 
demonio, genio o doble. El hombre antiguo simboliza en el demonio o propio 
doble una fuerza yacente en las profundidades, que es, por decirlo así, "la 
vida de la vida", en la medida en que ella dirige en general todos los 
sucesos, tanto corporales como espirituales, a los que la consciencia normal 
no tiene acceso; pero que condicionan, sin embargo e indudablemente la 
existencia contingente y el destino del individuo. 
 
Entre esas entidades y las fuerzas místicas de la Raza y de la Sangre existe 
una bien estrecha ligadura. Así por ejemplo, el Demonio aparece y bajo 
numerosos aspectos, parecido a los Dioses Lares, las entidades místicas de 
un linaje, o una generación; de los cuales MACROBE, por ejemplo, nos afirma: 
"Son dioses que nos mantienen vivos. Ellos alimentan nuestro cuerpo y guían 
nuestra alma". Así, se puede decir que entre el demonio y la consciencia 
normal existe una relación del mismo tipo que entre el principio 
individuante y el principio individuado. El primero, es según las enseñanzas 
de los antiguos como una fuerza supra-individual y por tanto superior al 
nacimiento y a la muerte. La segunda, es decir, el principio individuado, 
consciencia condicionada por el cuerpo y el mundo exterior, destinada 
normalmente a la disolución o esta supervivencia muy efímera propia del 
mundo de las sombras. En la tradición nórdica, la imagen de las «Walkyrias» 
tiene más o menos el mismo significado que el demonio. La imagen de una 
«Walkyria» se confunde, en muchos textos, con aquella de una «Fylgja» (12); 
es decir, con una entidad espiritual activa en el hombre y a cuya fuerza su 
destino está sometido. Como «Kynfylgja», una «walkyria» es -de igual forma 
que lo son los dioses lares romanos- la fuerza mística de la sangre. Y lo 
mismo ocurre con las «Fravashi» de la tradición ario-iraniana. La «Fravashi» 
-explica un bien conocido orientalista- "es la fuerza íntima de cada ser 
humano, es la que le sostiene desde el momento que nace y subsiste". Al 
mismo modo que los dioses lares romanos, las «Fravashi», están en contacto, 
simultaneamente, con las fuerzas primordiales de una raza y son -como las 
«Walkyrias»-, diosas preponderantes de la guerra, que dan la fortuna y la 
victoria. Tal es la primera relación que debemos desvelar y descubrir ¿Qué 
es lo que esta fuerza tan misteriosa, que representa el alma profunda de la 
raza y lo trascendental en el interior del hombre, puede tener en común con 
las diosas de la guerra? Para comprender bien este punto habrá que recordar 
que los antiguos indo-germanos tenían una concepción de la propia 
inmortalidad, por así decirlo, aristocrática, diferenciada. No todos 
escaparían a la disolución, a esta supervivencia lemúrica de la que «Hades» 
y «Niflheim» eran antiguas imágenes simbólicas... La inmortalidad fue un 
privilegio de bien pocos; y, según la concepción aria, un privilegio heroico 
principalmente. El hecho de sobrevivir -no como sombra, sino como semidios-, 
está reservado solamente a aquellos a los que acciones espirituales han 
elevado de una a otra naturaleza. Aquí, no puedo por desgracia, suministrar 
las pruebas para justificar lo que doy como afirmación: técnicamente, estas 
acciones espirituales logran transformar el yo individual, el de la 
consciencia humana normal, en una fuerza profunda, supra-individual, la 
fuerza individuante, que está más allá del nacimiento y de la muerte y a la 
cual, como se dijo, corresponde el concepto de "demonio". Pero, sin embargo, 
el demonio está mucho más allá de todas las formas finitas en que se 
manifiesta, y esto no solamente ya porque representa la fuerza primordial de 
toda una raza, sino que también bajo el aspecto de la intensidad. El paso 
brusco de la consciencia ordinaria a esta fuerza, simbolizada por el 
demonio, suscitaba, por consiguiente, una crisis destructiva; parecida a un 
relámpago como fruto de una tensión de potencial demasiado alta en y para el 
circuito humano. Suponemos por ello, que en condiciones excepcionales, el 
demonio puede igualmente aparecer en el individuo y hacerle experimentar el 
tipo de una transcendencia destructiva; y así. en este caso, se produciría 
una especie de experiencia activa de la muerte, y la segunda relación 
aparecía por tanto muy claramente, es decir, porque la imagen de doble o 
demonio en los mitos de la antigüedad ha podido confundirse con la divinidad 
de la muerte. En la vieja tradición nórdica, el guerrero ve su propia 
walkyria en el mismo instante de la muerte o del peligro mortal. 
 
Vayamos más lejos. En la Ascesis religiosa, mortificación, renuncia al Yo, 
tensión en el desamparo de Dios, son los medios preferidos; a través de los 
que se busca, precisamente, provocar la crisis mencionada y superarla 
positivamente. Expresiones como "muerte mística" o bien "noche oscura del 
alma", etc., etc., que indican esta condición, son de todos conocidas. De 
forma opuesta, en el cuadro de una tradición heroica, el camino hacia el 
mismo fin está representado por la tensión activa, por la liberación 
dionisiaca del elemento Acción. Observamos por ejemplo, al nivel más bajo de 
la fenomenología correspondiente,la danza empleada como técnica sacra para 
evocar y suscitar a través del éxtasis del alma, fuerzas subyacentes en las 
profundidades. En la vida del individuo liberado por el ritmo dionisiaco se 
inserta otra vida casi como el florecimiento de su raíz basal. Las Erinias, 
Furias, "Horda salvaje", y otras varias entidades espirituales análogas 
representan esta fuerza en términos simbólicos. Todas corresponden por 
consiguiente a una manifestación del demonio en su transcendencia aterradora 
y activa. A un nivel más elevado se sitúan ya los sacros juegos guerreros y 
deportivos y aún todavía más alto se encuentra la misma guerra. Así 
retornamos de nuevo a la concepción aria primordial y la ascesis guerrera. 
 
En la cumbre del peligro del combate heroico, se reconoce la posibilidad de 
esta experiencia supra-normal. Así la expresión latina "ludere", -jugar o 
desempeñar un papel, combatir-, parece contener la idea de resolución (13). 
Esa es una de las numerosas alusiones a la propiedad comprendida en el 
combate, de desatarse de las limitaciones individuales; de hacer emerger 
fuerzas libres escondidas en la profundidad. De aquí deriva el fundamento de 
la tercera asimilación: los Demonios, los Dioses Lares, como el Yo 
individuante, son idénticas no solamente a las Furias, Erinias y a las otras 
naturalezas dionisiacas desencadenadas, que, por su parte, tienen muchas 
características comunes con el deseo de muerte; tienen también igual 
significación, por su relación con las vírgenes que conducen héroes al 
asalto en la batalla, a las «Walkyrias» y las «Fravashi». Así, las 
«Fravashi» son descritas en los textos sagrados, por ejemplo, como "las 
aterradoras, las todopoderosas", "aquellas que escuchan y dan la victoria al 
que las invoca"; o, para decirlo ya más claramente, a aquel que las invoca 
en el interior de sí mismo.De ahí a la última similitud, hay poco camino. 
Las mismas entidades guerreras asumen por último el papel de Diosas de la 
Victoria; una metamorfosis que caracteriza justamente al feliz cumplimiento 
de las experiencias interiores en cuestión. Así es como el Demonio o el 
Doble tiene el sentido de un poder profundo y supra-individual, en estado 
latente por relación con la normal consciencia ordinaria. Así es como ellas, 
Furias y Erinias, nosreflejan una manifestación especial de 
desencadenamiento y de irrupción demoníaca -y las Diosas de la Muerte, 
«Walkyrias», «Fravashi», etc..., se relacionan con las mismas situaciones; 
en la medida en que son posibles a través de un combate heroico- de igual 
forma la Diosa de la Victoria es la expresión del triunfo del yo sobre este 
poder. Indica la tensión victoriosa respecto de una condición situada más 
allá del peligro, inserto en el éxtasis y en las formas de destrucción 
sub-personales, un peligro siempre emboscado detrás del momento frenético de 
la gran acción dionisiaca, y también, de la acción heroica. El impulso hacia 
un estado espiritual realmente supra-personal, que nos hace libres, 
inmortales, interiormente indestructibles, lo ilustra la frase "Convertir 
dos en uno" (los dos elementos de la esencia humana) que se sintetiza pues 
en esta representación de la consciencia mítica. 
 
Pasemos ahora al significado dominante de estas tradiciones heroicas 
primordiales, es decir, a esta concepción mística de la victoria. Aquí la 
premisa fundamental es que una correspondencia eficaz entre física y 
metafísica, entre visible e invisible fue conocida allí donde los actos del 
espíritu manifiestan rasgos supra individuales y se expresan a través de 
operaciones y hechos reales. Una realización espiritual, sobre esta base, se 
presiente resulta como el alma secreta de algunas acciones, auténticamente 
guerreras, cuya máxima expresión reside en la victoria efectiva. Entonces 
todos los aspectos materiales de la victoria militar se convierten en 
expresión de una acción espiritual que ha suscitado la victoria, en el punto 
en que exterior e interior se tocan. La victoria aparecería como signo 
tangible para una consagración a un renacimiento místico acometido en el 
mismo dominio. Las Furias y la Muerte, que el guerrero había afrontado 
materialmente en el campo de batalla, se le oponen también, interiormente, 
más en el plano espiritual, bajo la forma de una irrupción amenazante de las 
fuerzas primordiales de su ser. En la medida en que triunfe sobre ellas, la 
victoria es suya.  
 
En este contexto se explica también la razón por la que cada victoria toma 
especial significado sacro en el mundo ligado a la tradición. Y de esta 
forma el jefe del ejército, aclamado en los campos de batalla, ofrecía la 
experiencia y la presencia de esta fuerza mística que le transformaba a él. 
El sentido profundo del carácter supra-terrestre emergente de la gloria y de 
la heroica "divinidad" del vencedor se hace así más comprensible; y de ahí, 
el hecho de que la antigua tradición romana del triunfo tuviese rasgos más 
sacros que militares. El simbolismo recurrente en las tradiciones arias 
primordiales de Victorias, «Walkyrias» y otras entidades análogas que guían 
al "cielo" el alma del guerrero...;así como el mito del héroe victorioso 
como el HERACLES dorio que obtiene de NIKE "la Diosa de la Victoria", la 
corona que le hace partícipe de la inmortalidad olímpica. Este símbolo se 
manifiesta ahora bajo una luz muy diferente y en adelante resulta claro que 
es totalmente falso y superficial este modo ignorante de ver, que no querría 
distinguir en todo esto nada más que simples "poesía", retórica y fábula. 
 
La teología mística actual enseña que en la Gloria se cumple la 
transfiguración espiritual santificante, y toda la iconografía cristiana 
rodea la cabeza de los santos y mártires de la aureola de la gloria. Todo 
nos indica que se trata de una herencia aunque muy debilitada de nuestras 
tradiciones heroicas más elevadas. La tradición ario-iraniana, ya conocía, 
de hecho, el fuego celeste entendido como gloria -«Hvareno»-, que desciende 
sobre los reyes y verdaderos jefes, los hace inmortales y les permite llevar 
así el testimonio de la victoria... La antigua corona real de rayos 
simbolizaba, exactamente, la gloria como fuego solar y celeste. Luz, 
esplendor solar, gloria, victoria, realeza divina, son esas imágenes que se 
encontraban en el seno del mundo ario, en la más estrecha relación; no como 
abstracciones o invenciones del hombre sino con el claro significado de 
fuerzas y dominios absolutamente reales. Y en este contexto, la Doctrina 
Mística de la Lucha y de Victoria representa para nosotros un vértice 
luminoso de nuestra común concepción de la acción en el sentido tradicional. 
 
Esta concepción tradicional nos habla hoy; de forma todavía comprensible 
para nosotros -a condición naturalmente, de que nos desviemos de sus 
manifestaciones exteriores y condicionadas por el tiempo-. Entonces, al 
igual que en el presente, se quiere así superar esta espiritualidad cansina, 
anémica o basada en simples especulaciones abstractas o en mortecinos 
sentimientos piadosos, y a la vez que se sobrepasa también la degeneración 
materialista de la acción. ¿Se puede encontrar para esta tarea mejores 
puntos de referencia que los ideales mencionados del ario primordial?. Pero 
hay mucho más. Las tensiones materiales y espirituales son comprimidas hasta 
tal punto en el Occidente de estos últimos años que no pueden ser ya 
resueltos más que a través del combate. Con la guerra actual, una época va 
al encuentro de su propio fin; y surgen ahora fuerzas que no pueden ser 
dominadas y transformadas en la dinámica de una nueva civilización tan sólo 
por unas ideas abstractas, unas premisas universalistas o por medio de mitos 
ya conocidos irracionalmente. Ahora, una acción mucho más profunda y 
esencial se impone, para que mucho más allá de las ruinas de un mundo 
subvertido y condenado, una nueva época comience para Europa. 
 
Sin embargo, en esta perspectiva mucho dependerá de como el individuo pueda 
dar forma a la experiencia del combate; es decir, si estará a la altura de 
asumir heroísmo y sacrificio como propia cartasis, como un medio de 
liberación del despertar interior. No solamente para la salida definitiva, y 
victoriosa de los sucesos de este período tempestuoso, sino aun también para 
dar una forma y un sentido al orden que surgirá de la victoria. Esta tarea 
de nuestros combatientes -interior, invisible apartada de gestos y grandes 
palabras-, tendrá un carácter decisivo. Es en la batalla misma donde es 
necesario despertar y templar esta fuerza que, más allá de la tormenta de la 
sangre y de las privaciones favorecerá, con un nuevo esplendor y una paz 
todopoderosa, la nueva creación. 
 
Por esto, se debería aprender hoy sobre el campo de batalla, la acción pura, 
una acción no solamente en el sentido de ascesis viril sino también de gran 
purificación y de camino hacia formas superiores de vida, válidas en si 
mismas y por ellas mismas; éso que no obstante, tiene en cierta forma, el 
sentido de una vuelta a la tradición primordial del ario-occidental. Desde 
los tiempos antiguos resuenan todavía hasta nosotros las palabras: "la vida, 
como un arco;el alma, como una flecha; y el espíritu absoluto, como una 
diana a traspasar". Ya que aquel que, todavía hoy, vive la batalla en el 
sentido de esta identificación, este persistirá en pie allí donde los otros 
caerán; tendrá una fuerza invencible. Este hombre nuevo vencerá en sí, todo 
el drama y toda oscuridad, todo el caos y representará la llegada de los 
nuevos tiempos, el comienzo de un nuevo desarrollo... Este heroísmo de los 
mejores, según la tradición aria primordial, puede realmente, asumir una 
función evocadora; es decir, la función de restablecer de nuevo el contacto, 
adormecido desde hace muchos siglos, entre mundo y supra-mundo. Entonces el 
combate no se convertirá en una horrible gran carnicería, no tendrá el 
sentido de un destino desesperado, condicionado únicamente por el único 
deseo de ganar poder, sino que será la prueba del derecho y de la misión de 
un gran pueblo. Entonces la paz no significará un ahogo en la oscuridad 
burguesa cotidiana, ni el alejamiento de la tensión espiritual de la lucha 
en batalla, sino que tendrá, todo lo contrario, el sentido de un 
cumplimiento de ella. 
 
Es también, y justo es por ella, que queremos hacer nuestra, de nuevo, la 
profesión de fe de los antiguos; tal como se expresa y muy bien, en las 
siguientes palabras: "La sangre de los héroes es más sagrada que la tinta de 
los sabios y las plegarias de los devotos". Que éso se encuentra justamente 
en la base profunda de la concepción tradicional, y según la cual, en la 
"guerra santa" operan mucho más fuertes que los individuos las místicas 
fuerzas primordiales de la raza. Estas fuerzas de los orígenes crean los 
imperios mundiales y dan al hombre la "Paz Victoriosa". 
 
   
 
(1) «Wildes Herr»: Grupo salvaje, horda tempestuosa 
 
(2) Gylfaginning  
 
(3) Bhagavad-Gitâ III,43 (Trad. de Emile Senart, París 1967) 
 
(4) Corán VI, 76  
 
(5) Corán XLVII  
 
(6) «De laude novae militiae» 
 
(7) Bhagavad-Gitâ II, 2 
 
(8) II, 37  
 
(9) III, 30  
 
(10) II, 38  
 
(11) Mârkandeya-purâna, XLII, 7, 8 
 
(12) "Acompañante", literariamente 
 
(13) Bruckmann; Indogerm. Forschungen. XVIII, 433 Q.C.K. 
 
   
 
Julius EVOLA gozó de gran predicamento intelectual durante la preguerra 
mundial y en el entorno europeo del Eje, aunque se afamó en especial y 
concretamente, en el fascista italiano. Sus escritos, reflexiones ni 
actividades, evidentemente, no merecen ninguna aprobación de los ideólogos 
de los vencedores militares de la contienda. A través de diversos avatares, 
al fin consigue sobrevivir y, aún, poder seguirse expresando. 
Intelectualmente, sin ser nada grato a los aliados, es casi admisible. Se 
evitará problemas graves, dado que evita cuidadosamente "cargar tintas" en 
la línea netamente nacionalsocialista de lo genético racial, y por el 
contrario, se especializará en profundizar en enfoques espirituales, 
tradicionales y metafísicos. A ellos acudió, como tendencia personal y 
preferencia intelectual en años en los que otros intelectuales del Eje, 
resultaban más naturalistas. Pero, lo que le hacía ser un intelectual sin 
una especial agresividad realista, durante los años anteriores a la derrota 
europea, fue verdaderamente providencial para él en los posteriores. Así él, 
por ejemplo, enfoca las razas como algo totalmente "espiritual" (y por ello 
ajenas a la genética); de modo que así, los valores y anti-valores se 
reparten por personas y no dependen de razas. Esto nos recuerda la doctrina 
católica respecto a que todas las almas son iguales, independientes de raza, 
sexo, culturas, etc. Ese pensar católico de EVOLA le resulta providencial 
para vivir (al permitírsele sobrevivir, tras 1945), y muchos le consideran 
feliz maestro (al menos en supervivencia). El texto reproducidoes muy 
interesante. Siendo de 1940, es "fuerte" entre los suyos. Tras leerlo, se 
entenderá mucho mejor lo referido a combatir. 
 
 
Fuente: 
http://www.eListas.net/lista/askasis 
 
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