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Asunto:[redanahuak] Migracion / Cuando los hijos se van / Dilapidando el 'bono demografico' / Armando Bartra
Fecha:Jueves, 8 de Septiembre, 2005  12:56:16 (-0500)
Autor:Red Anahuaka <redanahuak @...............mx>

r e d   a n á h u a k 
AGENCIA INTERNACIONAL DE NOTICIAS ALTERNATIVAS 
NUEVA INFORMACION PARA EL CAMBIO. 
www.laneta.apc.org/redanahuak 
 
 
 
* * * * * * * * * * 
 
 
 
CUANDO LOS HIJOS SE VAN 
Dilapidando el "bono demográfico" 
 
Armando Bartra 
 
 
 
Destruido el campo, desmanteladas la pequeña y mediana empresas generadoras 
de empleo, la migración se convirtió en la única opción para millones de 
mexicanos y provocó una espiral perversa causante de que "el excedente 
generado por muchachos nacidos, criados y educados en México no se invierte 
en elevar el ahorro y la capacidad productiva de nuestro país, sino en 
capitalizar al país vecino". Las preguntas se imponen: ¿Qué haremos cuando 
la pirámide poblacional se invierta? ¿Qué vamos a hacer cuando seamos un 
país de viejos que dilapidó miserablemente su bono demográfico? 
 
 
Un fantasma recorre el campo: el fantasma de la migración. El nomadismo 
estacional a las pizcas es ancestral y más que centenaria la mudanza a 
Estados Unidos desde Guanajuato, Jalisco, Michoacán o Zacatecas. Por un 
tiempo muchos peregrinos se emplearon en la industria pesada de Illinois y 
luego, otros, en los campos agrícolas de California, Arizona y Texas. Pero 
en las últimas décadas la compulsión trashumante contagió al centro, al sur 
y al sureste mexicanos de modo que hoy Puebla, Guerrero, Oaxaca, Veracruz y 
Chiapas aportan grandes contingentes al éxodo. Y los destinos se han 
diversificado: Carolina del Norte, Virginia, Florida, Washington, Nueva 
York, Colorado y Oklahoma entre otros estados. 
Las remesas. Envíos que no son eternos Fotografías: Antonio Nava 
 
Se van los pobres que ahorraron para el viaje o encontraron pollero que les 
fíe, pero se van también los acomodados; agarran camino los campesinos, como 
sacan boleto los urbanos; se mandan mudar los indios y migran los mestizos; 
marchan hombro con hombro priistas, perredistas, panistas y zapatistas; 
desertan a la par católicos y protestantes; se despiden los niños, los 
jóvenes y los viejos; los hombres y las mujeres; los analfabetas y los 
doctorados. La patria, toda, se desangra demográficamente en el gabacho al 
ritmo de medio millón de tránsfugas al año, más de cuarenta mil al mes, uno 
por minuto.  
 
Se desfonda el país, pero en particular las comunidades rurales mexicanas se 
están vaciando. Y los primeros en agarrar para el norte son los jóvenes 
campesinos.  
 
De la explotación al ninguneo 
 
"Me voy a morir y no le voy a dejar futuro a ningún hijo mío. Y a ese que le 
gusta el campo, pos le heredo la parcela y haga de cuenta que lo desgracié, 
porque entonces no se va pal´otro lado", se lamenta don Ramón Aguilar, del 
Ejido, Colonia Agrícola, en el municipio de Angostura, Sinaloa. 
 
Y es que a los pequeños agricultores siempre les tocó bailar con la más fea, 
pero lo de ahora es diferente pues carcome el presente y también el futuro. 
Ya no es la proverbial expropiación del excedente es la expropiación de las 
ilusiones: el saqueo de la esperanza. A resultas de la reconversión 
mercadócrata de los ochenta y los noventa, la agricultura dejó de ser el 
sector uncido a las necesidades de la acumulación industrial a través del 
intercambio desigual, que había sido en los buenos tiempos del "desarrollo 
estabilizador" y el crecimiento autocentrado, para transformarse en un 
ámbito desarticulado del resto de la economía y por tanto marginal, 
devaluado, prescindible. En el mismo lapso los campesinos pasaron de la 
explotación a la exclusión, del saqueo sistémico del excedente al éxodo 
estructural, de rendir plusvalía a causar lástimas. 
 
En los ochenta y noventa, México entró al GATT, firmó el TLCAN y emprendió 
un atrabancado y unilateral desarme económico, que supuestamente debía 
asegurarnos el ingreso al rave del libre mercado. En cuanto a la 
agricultura, por los mismos años se reformó el artículo 27 de la 
Constitución, se suprimieron los mecanismos reguladores, se desmantelaron 
instituciones públicas, se cancelaron políticas de fomento y se redujo el 
gasto fiscal rural. Todo para "redimensionar" un campo, presuntamente 
sobrepoblado, que según los tecnócratas estaba urgido de una severa purga 
demográfica. En la versión más optimista se suponía que los desahuciados 
rurales, los productores carentes de "ventajas comparativas", no se iban a 
ir por el caño pues encontrarían empleo en otros sectores de una economía 
que iba a crecer a tasas anuales de 7%, según ya desde entonces se 
anunciaba. Pero por más de 20 años la producción per capita prácticamente se 
estancó, de modo que la industria y los servicios no sólo no absorbieron el 
sobrante de población rural, también generaron su propio desempleo. 
 
Estampida poblacional 
 
En los últimos 30 años, desde que se desplomó la tasa de crecimiento 
económico, se han creado apenas 11 millones de empleos formales, 
acumulándose un déficit de alrededor de 15 millones de puestos de trabajo. 
En la primera década del TLCAN, de 1994 a 2004, casi 13 millones de jóvenes 
mexicanos ingresaron al mercado laboral, mientras que se crearon únicamente 
2.7 millones de nuevas plazas, de modo que sólo en este lapso el desempleo 
acumulado ha sido de diez millones. Un informe del Consejo Nacional de 
Población (Conapo) establece que mientras en 1984, 4% de los económicamente 
activos no encontraba empleo formal, en el arranque del tercer milenio el 
porcentaje ya era de 25%, uno de cada cuatro. Y el mismo documento reconoce 
que el exilio económico ha sido una providencial válvula de escape: "...si 
no hubiera habido migración en ese periodo, la brecha podría haber llegado a 
40%" (Fabiola Martínez y Rosa Elvira Vargas, "México expulsa a EU 400 mil 
personas por año: Conapo", en La Jornada 9/7/05). Así es: cada día cerca de 
mil 500 demandantes de empleo dejan de demandarlo, no porque se hayan creado 
aquí buenos puestos de trabajo sino porque se fueron a EU. 
 
Qué lejos estoy del suelo... 
 
Durante los ochenta todos los años se incorporaban 800 mil personas al 
mercado laboral, cifra que en los noventa llegó al millón y pronto será de 
un millón 300 mil. Pero, ¿qué pasa con esa multitud de jóvenes buscadores de 
empleo, en un sexenio como el de Vicente Fox que prácticamente no ha creado 
plantas de trabajo formal? A grandes trazos, podemos decir que 250 mil se 
estacionan en la desocupación: un forzado "parasitismo social" que roe el 
ingreso de los afortunados que sí tienen empleo; otros 250 mil se incorporan 
a la creciente economía informal, donde se disputan las banquetas unos 15 
millones de trabajadores sin estabilidad, ni seguridad social, ni 
vacaciones, ni reparto de utilidades; y a la otra mitad, alrededor de medio 
millón, le sale lo pata de perro y busca más allá de la frontera un porvenir 
que su país le regatea. 
 
Al permutar por apertura comercial el derecho -y la obligación- del Estado 
mexicano a desarrollar políticas de fomento que hagan económicamente viables 
las actividades productivas que son socialmente necesarias, los gobiernos 
neoliberales tiraron a la basura la seguridad laboral y la soberanía en el 
empleo. Y un gobierno incapaz de garantizarle a los gobernados ocupación 
segura, ingreso digno y expectativas de progreso, es un gobierno que falta a 
sus deberes fundamentales. Porque un país sin empleos decentes y sin 
esperanzas, un país que expulsa masivamente a sus ciudadanos, es una nación 
apocada, minusválida. Y, lo peor de todo, es una nación arrodillada, una 
nación peligrosamente sometida a las veleidades de quienes reciben de mala 
manera a sus migrantes. 
 
Vergüenza debía de darnos. Pero no. En el fondo a los tecnócratas la 
exportación de compatriotas les parece un buen negocio: si aquí están de 
más, pues al ser mayor la oferta laboral que la demanda de empleo el valor 
marginal de los sobrantes tiende a cero, cualquier cosa que nos paguen por 
quitarnos el estorbo será ganancia. Y por si fuera poco, en el último lustro 
se descubrió que las famosas remesas, el pago que recibimos por enviar 
mexicanos a Estados Unidos, ya superan el valor de cualquier otra 
exportación excepto el petróleo. Negocio redondo. O, como dice Fox: "¡Puro 
gana, gana, gana...!" 
 
Aunque los campesinos no comparten el optimismo del presidente: "El cultivo 
del café es muy laborioso y para la cosecha yo y mi señora no nos damos 
abasto. Pero aquí ya no hay mano. Entre los jóvenes que se van al jale, el 
billete verde que llega del gabacho y el Oportunidades que regala el 
gobierno por tener hartos hijos, ya nadie quiere trabajar. Mejor vamos a 
tumbar la huerta". Eso decía un caficultor oaxaqueño hace unas semanas, pese 
a que ahora los precios internacionales del aromático están muy altos y el 
café es un importante producto de exportación. Y así en todos lados: a 
mediados de los noventa pocos eran los chiapanecos que se iban a Estados 
Unidos, mientras que hoy migran cada año alrededor de 30 mil, la mayoría 
indígenas. "Los campesinos de Chiapas están cambiando la cosecha de maíz por 
la cosecha del dólar", concluye Daniel Villafuerte de la Universidad de 
Ciencias y Artes de Chiapas. 
 
Pero, ¿para qué queremos productores de maíz o de café, si los ingresos por 
remesas ya son cuatro veces más grandes que los ingresos por exportaciones 
agrícolas? ¿Para qué queremos campesinos si el dinero que envían los 
transterrados ya rebasa 50% del valor de toda la producción agropecuaria y 
sigue aumentando? ¿Por qué preocuparse por la autosuficiencia y la seguridad 
alimentarias si los dólares de los migrantes alcanzan sobradamente para 
pagar las importaciones de alimentos? ¿Para qué andan nuestros labriegos 
causando lástimas con sus bajos rendimientos de aquí, cuando se pueden ir a 
chambear con más provecho al Imperial Valley? O, para decirlo con rigor 
econométrico y propiedad tecnocrática: ¿para qué andarnos con soberanías 
laborales, soberanías alimentarias y demás mamadas populistas, cuando es tan 
fácil exportar campesinos e importar alimentos? 
 
Econometría de pollero 
 
En 1980 entraron a México por remesas apenas 700 millones de dólares 
mientras que en el 2005 llegarán alrededor de 20 mil millones, y sólo en lo 
que va del sexenio de Fox los ingresos por ese concepto prácticamente se 
triplicaron. Así, en las décadas de la conversión neoliberal la migración de 
mexicanos a los Estados Unidos aumentó quince veces y los envíos en dólares 
se multiplicaron por treinta. Sin duda dos saldos mayores de la 
globalización a la mexicana -una liberación mercantil que no rompió más 
cadenas que las productivas- han sido el éxodo y las remesas: magnos flujos 
que nos hacen un país socialmente trashumante y económicamente entenado, 
pues dependemos cada vez más de la voluntad y capacidad ahorradora de los 
transterrados.  
 
Presencia mexicana en los Angeles 
 
Así las cosas, no hay debate mexicano más importante que el que gira en 
torno a los efectos estratégicos de la migración y el monto, destino e 
impacto de las remesas. 
 
Desde 1995 el Banco de México registra remesas y para el 2004 contabilizó 
cerca de 51 millones de envíos con un promedio de 327 dólares cada uno. Pero 
esos 16 mil millones sólo incluyen los envíos documentados, y a ellos habría 
que agregar lo que llega a través de amigos y familiares, así como el valor 
de los electrodomésticos y otros bienes que se envían como regalos. 
Remitiéndose a un estudio de la Universidad de California, Rafael Alarcón, 
de El Colegio de la Frontera Norte, considera que "casi una tercera parte de 
las remesas se hace mediante los bolsillos de parientes y amigos" (Juan 
Balboa, "Transferencia de bolsillo y clubes migrantes", en La Jornada 
6/9/04). De ser esto cierto, el monto que le atribuimos a las remesas está 
subestimado y habría que incrementarlo en alrededor de un 30%. 
 
En cambio, José Santibáñez Romellón, presidente del mismo Colegio de la 
Frontera Norte, sostiene que la cifra calculada por el Banco de México "es 
cuestionable", pues además de remesas incluye transacciones de otro tipo, 
incluso de "procedencia ilícita", de modo que posiblemente "la cantidad 
recibida en los hogares es poco más de la mitad de la reportada por el 
Banco" (Santibáñez Romellón, "Los mitos de las remesas", en La Jornada 
13/6/05). De ser cierto esto, el monto que le atribuimos a las remesas está 
severamente sobreestimado y habría que reducirlo casi a la mitad. 
 
La diferencia en los cálculos es dramática. Pero el problema no es tanto la 
magnitud de los envíos como su destino. Y ahí no hay tantas discrepancias: 
las remesas se emplean fundamentalmente en el consumo de los hogares y según 
el Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática, dependen de 
ellas 1.6 millones de familias, número que se incrementa en 200 mil cada 
año.  
 
Pese a loables esfuerzos por transformar envíos en inversión productiva, el 
hecho es que el grueso de los mismos se emplea en la subsistencia. "Las 
remesas son un complemento o sustituto del ingreso laboral y no un capital 
de inversión", concluye el Fondo Monetario Internacional en el estudio ¿Son 
las remesas de los migrantes una fuente de capital para el desarrollo? 
(Roberto González Amador, "Ínfimo impacto de remesas en crecimiento de 
países receptores", en La Jornada 9/7/05). Y reitera: "... las remesas no 
pueden ser identificadas como capital para el crecimiento económico, sino 
como una compensación para un pobre desempeño económico". 
 
Entonces, aunque entre 1994 y 2003 las remesas representaron para México más 
de la mitad de la inversión extranjera directa acumulada, su impacto 
económico no va más allá de compensar el déficit de la cuenta corriente, 
preservar la fuerza del peso y estimular el mercado interno de bienes de 
consumo. Lo que no es poca cosa: el propio Guillermo Ortiz, gobernador del 
Banco de México, reconoce que este ingreso "contribuyó a mantener el 
consumo" en los últimos cuatro años, cuando la economía apenas creció. 
 
Así pues, las remesas tienen la lógica de los salarios y no son ni serán 
"una fuente de capital para el desarrollo". Lo que significa que el 
desfondamiento poblacional de un país cuya más rentable exportación son sus 
propios ciudadanos, es una operación ruinosa y suicida por la que estamos 
dilapidando nuestro "bono demográfico" y poniendo en entredicho nuestra 
capacidad futura de sostener a la población. 
 
Juventud: divino tesoro 
 
Por 50 o 60 años -de los que ya transcurrió más de la mitad- México tuvo, 
tiene y tendrá el privilegio de ser un país de jóvenes. 
 
A mediados de los setenta, por cada cien mexicanos en edad activa había cien 
pasivos. Pero desde entonces la población rejuveneció y hoy por cada cien 
potencialmente activos sólo hay sesenta y dos pasivos. Proporción que 
mejorará aun más en los próximos años y se mantendrá por debajo de sesenta 
sobre cien hasta fines de la tercera década del presente siglo. 
 
Esto, que resulta de la combinación histórica de tasas de natalidad y 
esperanza de vida, constituye lo que se ha llamado el "bono demográfico", 
pues al aumentar la proporción de la población que puede producir respecto 
de la que sólo consume, se incrementa también la capacidad de ahorro e 
inversión. Y es que los jóvenes traen torta bajo el brazo, pues crean más 
riqueza de la que requieren, además de sostener el consumo de niños y 
ancianos. Así las cosas, al aumentar la proporción de jóvenes en el conjunto 
de la población, se incrementa también el excedente potencialmente 
acumulable en forma de capacidad productiva futura. 
 
Migrantes mexicanos por la legalización 
 
Las familias campesinas conocen bien el fenómeno: son los años venturosos en 
que los hijos ya crecieron y los padres aún no envejecen. Tiempos buenos 
cuando hay tierra y condiciones económicas para capitalizar las energías 
excedentes (renovando y extendiendo la huerta o ampliando y cercando el 
potrero, por ejemplo). Pero cuando las condiciones de crecimiento de la 
economía familiar no existen los hijos mayores representan una carga y 
deberán emigrar. Exactamente como sucede con cientos de miles de jóvenes en 
escala nacional.  
 
En el tránsito del segundo al tercer milenio a México le tocó ser una nación 
en la flor de la edad. Privilegio extraordinario, pues como pueblo joven por 
unas décadas tendremos la capacidad de producir mucho más valor del que 
consumimos. Pero las posibilidades de ahorro-inversión propias del periodo 
en que gozamos del bono demográfico no pueden desperdiciarse, pues en el 
mismo lapso se irá incrementando el número de adultos mayores, de modo que 
para la cuarta década del siglo se habrá invertido la pirámide poblacional. 
Si ahora México es un país de jóvenes en veinte o veinticinco años será un 
país de viejos: hoy tenemos poco más de ocho millones de adultos mayores de 
70, 7.7% de la población; mientras que en 25 años serán 17.5% y a mediados 
del siglo tendremos 28%, 36 millones de viejos. 
 
Sin pretensión metafórica podemos decir que los jóvenes son nuestra riqueza 
más preciada. El problema está en que en las últimas dos décadas, muchos de 
quienes llegan a la edad laboral no se incorporan a un trabajo realmente 
productivo sino que se estancan en el desempleo o se ven empujados a la 
ineficiente y a veces parasitaria economía subterránea, mientras que otros 
tantos no encuentran mejor opción que salir por piernas. 
 
¿Dónde están, entonces, los jóvenes mexicanos; dónde se encuentra la joya de 
nuestra corona demográfica? Unos sembrando amapola y mariguana en las 
serranías o sirviendo de sicarios a los cárteles de la droga; otros más 
voceando cd piratas en el metro, ofertando desarmadores chinos en los 
semáforos o vendiendo chambritas en Correo Mayor; mientras que quienes 
tuvieron suerte se derrengan en las maquiladoras negreras y golondrinas. 
Pero un número cada día mayor de jóvenes se va para el otro lado, escapa 
rumbo a Estados Unidos. 
 
Un estudio de Banamex-Citigroup establece que 80% de los mexicanos que vive 
en Estados Unidos tiene entre 15 y 55 años, mientras que en México sólo 55% 
de la población está este rango de edad. Y la diferencia es mucho mayor si 
nos enfocamos específicamente en los jóvenes, pues mientras que 30% de los 
migrados tiene entre 25 y 35 años, en México los de esa edad son sólo 15%. 
Es decir, que el porcentaje de adultos jóvenes es el doble en la diáspora 
que en el país.  
 
Si preocupa que por falta de empleo digno en su tierra uno de cada 11 
compatriotas viva en Estados Unidos, debiera ser aun más alarmante que uno 
de cada seis mexicanos jóvenes ya se encuentre allá, mientras que buena 
parte de los quedados busca desesperadamente cómo salir. Y el fin de la 
compulsión migratoria no tiene para cuando, pues la presión sobre el mercado 
laboral se mantendrá cuando menos otra década y con la actual política 
económica no es posible lograr el crecimiento sostenido necesario para 
satisfacer la nueva demanda de empleo y menos para reducir el déficit 
acumulado. Tiene razón Marcos Chávez Maguey, de El Colegio de México, en 
estas condiciones el llamado "bono demográfico" es en realidad "una 
tragedia" (David Zúñiga, "Un millón de desempleados más al año la próxima 
década, prevé un investigador", en La Jornada 10/7/05). 
 
Guillermina Rodríguez, coautora del estudio citado de Banamex-Citigroup, va 
más lejos y afirma que de continuar esa tendencia "el bono poblacional que 
pudiera representar este grupo (los jóvenes) podría no quedarse en México 
sino moverse a EU, como ha venido ocurriendo" (Roberto González Amador, "La 
migración podría trasladar a EU riqueza económica mexicana", en La Jornada 
6/1/05). Me temo que esto es ya una realidad. Y lo más grave es que la 
migración no sólo transfiere nuestro potencial productivo al vecino país, 
también desarticula algunos sectores de la producción nacional. Tal es el 
caso de la pequeña agricultura campesina. 
 
Informa Isabel Guerrero, directora del Banco Mundial para México y Colombia, 
basándose en un estudio reciente, que la reducción de la pobreza rural a 
partir de 2000 se debe fundamentalmente al "aumento de las transferencias", 
tanto públicas: el programa Oportunidades, como privadas: las remesas 
(Roberto González Amador y Rosa E. Vargas, "Baja pobreza rural, pero crece 
desigualdad", en La Jornada 25/8/05). Es decir que el ingreso de los más 
pobres no se elevó por aumento de la productividad o mejoramiento de los 
términos de intercambio, sino por las transferencias. Lo que sugiere que no 
se trata de un progreso local sostenible, pues el presunto "capital humano" 
generado por los subsidios de la Sedeso pocas veces encuentra empleo 
productivo si no es a través de la migración remota; con lo que, si todo 
sale bien, la inyección de dinero público (Oportunidades) será sustituida 
por flujos de dinero privado (remesas). Y mientras las transferencias 
improductivas se suceden y entreveran, se rompen los precarios equilibrios 
de la producción, pues el éxodo de los jóvenes, el ingreso de remesas y los 
subsidios públicos desalientan la disposición a trabajar en la agricultura 
local. Recordemos las palabras del claridoso caficultor zapoteca antes 
citado: "Entre...el billete verde que viene del gabacho y el Oportunidades 
que regala el gobierno por tener hartos hijos, ya nadie quiere trabajar". 
 
Algunos dirán que no es tan grave, que los viajes ilustran, que en Estados 
Unidos la fuerza de trabajo mexicana es mas productiva que aquí y que las 
remesas son la materialización del tan traído y llevado bono demográfico, 
pues con ellas se sostienen los familiares en edades no productivas. 
 
Suicidio nacional  
 
Ciertamente el monto de las remesas nos parece estratosférico, pero no es 
más que una ínfima parte de la riqueza creada en Estados Unidos por el 
trabajo de los mexicanos transterrados. 
 
Según Rodolfo Tuirán, subsecretario de Desarrollo Urbano y Ordenación del 
Territorio, de la Sedeso, "es un dato sólido" que "90% de los ingresos (de 
los mexicanos en EU) se queda en aquel país y sólo 10% se envía a México" 
(Alma E. Muñoz, "Los migrantes destinan a remesas casi 10% de sus ingresos 
anuales", en La Jornada 18/6/2005). Y aporta cifras: en 2004 los 
transterrados ganaron unos 187 mil millones de dólares y enviaron a México 
alrededor del 9%, cerca de 17 mil millones. El cálculo se refiere sólo al 
sector donde se originan casi todas las remesas y no incluye los ingresos de 
los hogares donde hay mexicanos y no mexicanos ni los de familias de origen 
mexicano no nacidas en México, lo que de sumarse daría un ingreso de más de 
400 mil millones de dólares devengado en Estados Unidos por mexicanos y 
mexicoamericanos.  
 
Frente a estas cifras, los 17 mil millones de dólares en remesas son 
morralla. Pero desmerecen aun más si tomamos en cuenta que los 400 mil o 187 
mil millones de dólares que recibieron las familias de compatriotas 
trasterrados son en gran medida ingresos salariales o provenientes de 
labores por cuenta propia, es decir remuneraciones del trabajo que no 
incluyen las ganancias de los empleadores. Utilidades presuntamente 
cuantiosas cuyo monto depende de la composición orgánica del capital y de 
una tasa de ganancia que se incrementa cuando la presencia de los migrantes 
en el mercado laboral del país vecino presiona los salarios a la baja. Una 
plusvalía creciente que se acumula en la economía estadounidense y no en la 
mexicana.  
 
La destrucción del gran reducto de subsistencia productiva que era el campo 
mexicano y el desmantelamiento de la pequeña y mediana empresa que generaba 
empleos, provocaron la estampida poblacional y generaron una espiral 
perversa: la fuerza de trabajo joven y cada vez mejor capacitada emigra a 
Estados Unidos pues allá su labor es más eficiente y mejor pagada; en 
consecuencia el excedente generado por muchachos nacidos, criados y educados 
en México no se invierte en elevar el ahorro y la capacidad productiva de 
nuestro país, sino en capitalizar al país vecino; con lo que la asimetría se 
profundiza y con ella las causales del éxodo... 
 
La transmutación del bono demográfico en remesas destinadas al consumo es 
mucho más que un pésimo negocio, es un suicidio nacional. Suicidio posdatado 
pero no por ello menos seguro. Durante un par de décadas podremos seguir a 
exportando a los jóvenes que nos "sobran" y sosteniendo con sus remesas a 
los todavía pocos viejos que se quedan. ¿Pero qué haremos cuando la pirámide 
poblacional se invierta? ¿Qué vamos a hacer cuando seamos un país de viejos 
que dilapidó miserablemente su bono demográfico? 
 
La soberanía energética y alimentaria son importantes, la soberanía laboral 
es decisiva. Está muy bien defender el petróleo, la biodiversidad, el agua 
potable... pero no hay nada más importante que defender a nuestros jóvenes. 
 
Si no enmendamos ahora el camino, si no cambiamos la economía de carril 
cuando aún estamos a tiempo, el día en que la pirámide poblacional se 
invierta será tarde. Por décadas nuestro crecimiento ha sido 
insatisfactorio, pero en 20 años nuestra economía y nuestra sociedad 
entrarán en una espiral de deterioro progresivo, exponencial, 
irreversible...  
 
 
Fuente: 
masiosare 
402 ° domingo 4 de septiembre de 2005 
http://www.jornada.unam.mx/2005/09/04/mas-cara.html 
 
   
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