| Asunto: | [redanahuak] XANTOLO - MIJKAILJUITL | | Fecha: | 1 de Noviembre, 2005 18:30:52 (+0100) | | Autor: | Edgar Jerezano <torasyah @.......com>
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XANTOLO - MIJKAILJUITL
Simbolismos en la Celebración del Día de Muertos
El nombre indígena de esta celebración es Xantolo vocablo latín nahuatlizado
(del latín Sanctorum, cuyo significado es "Todos los Santos"), antiguamente se
llamaba mijkailjuitl que significa fiesta de muertos.
LA TRADICIÓN INDÍGENA: La ofrenda indígena se remonta al periodo preclásico
tardío, unos 1800 años a. de C., pues sepultaban a sus muertos con ofrendas
específicas. Más tarde, más o menos 1500 años a. de C., los pueblos del periodo
preclásico sepultaban los cadáveres acompañados con ricas ofrendas de cerámica,
alimentos y utensilios personales. El culto a los muertos en los pueblos
prehispánicos es la concepción de una nueva vida en el más allá, en la región de
los Dioses, de la vida y del alimento: Ometecuhtli y Omecíhuatl y de ahí la idea
de acompañar a los difuntos con lo necesario para esa nueva vida, presidida por
Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, dioses que vivían en el Mictlán: lugar de los
muertos. Los integrantes de esos pueblos antes de sacar un cadáver de su casa le
colocaban mucha comida y flores; después de exhumarlos le honraban durante cuatro
días, colocándole ofrendas hasta dos veces al día.
El noveno mes del calendario azteca, que comenzaba el 8 de agosto, estaba
dedicado a la fiesta de los pequeños difuntos, y era además la preparación para
la celebración del mes siguiente que estaba dedicado a los adultos fallecidos. En
él se les festejaba con ofrendas de alimentos y bebidas. Después de la conquista
las fiestas para los chicos y grandes dejaron de celebrarse en el mes de agosto.
¿Conque he de irme, cual flores que fenecen?
¿Nada será mi nombre alguna vez?
¿Nada dejaré en pos de mí en la tierra?
¡Al menos flores, al menos cantos!
¿Cómo ha de obrar mi corazón?
¿Acaso en vano venimos a vivir, a brotar de la tierra?
Sólo dejaré de ir cuando se acaben los jardines.
¿Qué será de mi fama con el tiempo?
¿Dejaré cuando menos unas flores, cuando menos unos cantos?
¿Qué hará mi corazón?
¿En vano hemos llegado a aparecer en el mundo?
"Decían los antiguos que cuando morían, los hombres no perecían, sino que de
nuevo comenzaban a vivir, casi despertando de un sueño y se volvían espíritus o
dioses. Y cuando alguno se moría, de él solían decir que era Teotl." SAHAGÚN
Una de las concepciones fundamentales del mundo antiguo, es la idea de la
indestructibilidad de la fuerza vital, que subsiste más allá de la muerte. Su
observación les enseñó que todo está sometido a un constante proceso de
transformación; que la forma cambia, puede ser, es y es destruida, pero que
conserva la fuerza vital a la cual debe su existencia; lo eterno, aquello que no
puede desaparecer, pues una y otra vez vuelve a resurgir en forma distinta. En
esta idea de la resurrección reside el verdadero sentido de la vida que no se
pierde, que se conserva, se renueva y vuelve a nacer. Para el creyente, la muerte
es el reencuentro pues cree en un más allá y muere feliz de reintegrarse al
universo. Para él, el muerto sigue vivo en la otra vida, en el recuerdo y en el
corazón del que le guarda luto.
En la idea de que la vida contiene ya el germen de la muerte, se expresa un
principio dualista. La idea de la resurrección humana se basa en la reaparición
de los astros después de que han descendido detrás del horizonte al mundo de los
muertos, y también en el surgimiento del maíz, después de ser arrojado a las
entrañas de la tierra, muere y renace transformado en una hermosa planta.
El hombre de la civilización occidental, considera la muerte -simbolizada en las
Parcas de los griegos, que cortan el hilo de la vida- como el fin. La tragedia
griega fue uno de los modos de dignificar la muerte y con la crucifixión de
Cristo y su resurrección se pretende llegar a la muerte de la muerte.
En México existe la idea de que en el más allá se le da al difunto licencia para
visitar a sus parientes que se han quedado en la tierra y por tanto, hay que
festejar y agasajar a tan ilustre huésped. En ocasiones se riegan flores y hojas
para que el difunto no se extravíe. Son los muertos quienes inician el convite y
que nadie puede tocar sus manjares mientras ellos no se hayan servido libremente.
Cada difunto tiene su puesto señalado en la mesa y está representado por una vela
encendida. (La llama simboliza el espíritu del muerto y de los dioses). Después
de aceptar el difunto la ofrenda y haberse llevado el olor de los platillos, los
vivos se regalan con las buenas cosas.
¿A dónde iré?
¿A dónde iré?
El camino del Dios Dual.
¿Por ventura es tu casa en el lugar de los descarnados?,
¿Acaso en el interior del cielo?
¿O solamente aquí en la tierra es el lugar de los descarnados?
Ms. Cantares Mexicanos, Fol. 35 v.
Para hablar del Mictlán (lugar de los muertos) y de Mictlantecuhtli y
Mictlancihuatl (señor y señora de la muerte) tenemos que desprendernos de la
concepción occidental de la muerte. En efecto, para nuestros viejos abuelos la
relación de la vida está indisolublemente unida a la muerte, binomio dialéctico
vida-muerte, muerte-vida. No podemos tener conciencia plena de la vida, sino
existe conciencia plena de la muerte.
Esta enseñanza que todos los días nos lo hace vivir el propio Sol-Tonatiuh,
naciendo incansablemente por oriente y muriendo indefectiblemente por el
poniente; lo mismo que Tonantzin “nuestra querida madre” o Xochiquetzal “la
señora de las flores” que permanentemente siguen este ciclo cósmico del nacer y
el morir - morir y nacer. “Ni la naturaleza ni el hombre están condenados a la
muerte eterna. Las fuerzas de la resurrección actúan: el sol reaparece cada
mañana después de haber pasado la noche “bajo la llanura divina”, Teotlallitic.
Venus - Quetzalcoatl muere y renace; el maíz - centli muere y renace; del mismo
modo que la luna desaparece del cielo y reaparece al ritmo de sus fases. La
muerte y la vida son dos aspectos de una misma realidad. La vida brota de la
muerte, como la pequeña planta, del grano que se descompone en el seno de la
tierra. El guerrero muerto en el campo de batalla o en la piedra de los
sacrificios se convertía en un “compañero del águila”, cuauhtecatl, es decir, en
un compañero del sol”.
“cuando morimos,
no en verdad morimos,
porque vivimos, resucitamos,
seguimos viviendo, despertamos,
Esto nos hace felices
...
¿Acaso de verdad se vive en la tierra?
No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí.
Aunque sea jade se quiebra,
Aunque sea oro se rompe,
Aunque sea plumaje de quetzal se desgarra,
No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí”.
La vida, en el México antiguo, tenía como principal objetivo llegar purificado a
la muerte, que no era otra cosa, que LA VIDA LUMINOSA DE LA CONCIENCIA. Vivir
para morir, sufrir para vivir eternamente. De esta manera la vida era un desafío
y al mismo tiempo una maravillosa oportunidad, un pasillo que conducía a la
puerta de la inmortalidad.
El Mictlán era un lugar místico dentro de la concepción filosófica del mundo
mesoamericano, punto de contacto entre la tierra y el inframundo, puerta de
entrada al pavoroso mundo de la nada. En Oaxaca tenemos a Mitla población situada
a 40 Km., al oriente de la ciudad. En Zapoteco se conoce como Lyobaá que
significa “lugar de descanso”. La planta arquitectónica (un patio central y
cuatro habitaciones en su costado), la observamos en casi toda la arquitectura
mesoamericana. En su conjunto, forma la llamada cruz de Quetzalcóatl o Quincunce,
los cinco puntos integrados por el patio y las cuatro habitaciones; esta cruz
tiene el punto central que simboliza el encuentro del cielo y la tierra. En el
caso del grupo “del Norte” y de “las columnas”, hacia la parte Norte, que es el
rumbo de la muerte se encuentra una entrada secreta a un espacio “hermético”.
LOS AZTECAS Y EL CULTO A LA MUERTE
La fiesta de muertos está vinculada con el calendario agrícola prehispánico,
porque es la única fiesta que se celebraba cuando iniciaba la recolección o
cosecha. Es decir, es el primer gran banquete después de la temporada de escasez
de los meses anteriores y que se compartía hasta con los muertos. El rey-poeta
Netzahualcóyotl (1391-1472) dice:
Somos mortales, todos habremos de irnos,
todos habremos de morir en la tierra...
Como una pintura, nos iremos borrando.
Como una flor, nos iremos secando aquí sobre la tierra...
Meditadlo, señores águilas y tigres,
aunque fuerais de jade, aunque fuerais de oro,
también allá iréis al lugar de los descansos.
Tendremos que despertar, nadie habrá de quedar.
Se considera que morir es sólo el alejamiento material de este mundo y el paso
hacia un más allá que nadie conoce. Se tiene la seguridad de que en realidad no
se muere: "Cuando morimos la carne se va a dejar al camposanto, pero el espíritu
no sabemos, el espíritu no muere porque es fuerte". Esta idea se refleja en la
costumbre de surtir a los difuntos con todo lo que necesitan durante su viaje al
otro mundo, que durará siete años, después de los cuales se irán en definitiva.
En la caja se ponen siete granos de maíz, siete granos de fríjol, siete
tortillas, siete cruces de palma bendita, cera bendecida, agua bendita en un
guaje y espinas para que no los molesten los malos espíritus.
Las ceras alumbran el camino de quienes tendrán que llegar; un caminito hecho de
pétalos de flor de cempazúchil ó flor de muerto, que va de la entrada principal
al altar, guía el peregrinaje anual de los muertos, cuyo retorno permitirá que la
familia entera se reencuentre, beba, coma y conviva junta. El humo del copal
purifica y aleja a los malos espíritus.
FIESTA DE MUERTOS ENTRE LOS MEXICAS
En Tepepan ponen un ayate nuevo y una mazorca para el que le gustó pizcar. En
San Luis ofrecen morrales a quienes fueron buenos sembradores. En Santa Cruz
Acapixtla agregan ropa e instrumentos de labranza. "La alumbrada" consiste en
encender ceras sobre las tumbas de los niños (la noche del 1o. de noviembre) y
sobre los sepulcros de los grandes (todo el día 2 de noviembre). "Dar la
calavera" es una costumbre que se observa el día 3 de noviembre, cuando se intercambian
las ofrendas entre las familias. En Santa Cruz Acapixtla se acude al panteón el
29 de septiembre a invitar a los difuntos a visitar sus casas los días 1o. y 2 de
noviembre.
De México a Ecuador, la gente indígena tiene celebraciones en conmemoración de
los muertos en varias formas. Las ofrendas consisten en alimento, flores y
objetos que ayudan al muerto a pasar las nueve pruebas del inframundo.
Mictlantecuhtli, el dios de la muerte, no castigaba al muerto por los pecados de
su vida en la tierra. Todo lo contrario, lo liberaba de sus penas, y los muertos
iban al lugar que era determinado, no por su manera de vivir, sino por su manera
de morir. Después de la muerte, los guerreros alzaban vuelo alrededor del sol
convertidos en colibríes y mariposas. Con ellos, alzaban vuelo las mujeres que
habían muerto de parto, dadoras de vida, ellas mismas guerreras. Aquellos que
habían muerto en circunstancias relacionadas con el agua-como ahogados,
fulminados por un rayo o de gota o hidropesía-jugaban dichosos en el paraíso de
la eterna primavera. Los niños iban al Árbol Ceiba Nodriza, que goteaba leche
para ellos. Todos los demás iban a Mictlán, con sus nueve mundos subterráneos y
fríos, donde se desvanecían paulatinamente hasta la quietud total.
Con la conquista se implantó en México un nuevo protocolo de rituales
funerarios. Los cientos de frailes católicos trajeron una cosmología paralela en
ciertos aspectos a la de los aztecas, y sus ideas llegaron a impregnarse con las
creencias indígenas. Los santos se unieron a la jerarquía de los dioses aztecas;
el cielo y el infierno añadieron nuevas dimensiones a Mictlán; los Días de los
Muertos se fundieron con los ritos de cosecha de Mictlantecuhtli.
DÍA DE MUERTOS
Para los antiguos mexicanos morir era necesario para nacer, porque la muerte era
la gran engendradora de la vida. Su representación era la Diosa Coatlicue, que
era a su vez diosa de la tierra y de la vida. En la cultura mexicana no había ni
bien ni mal. No había cielo ni infierno y no había miedo a la muerte. Al morir,
sin importar su edad o condición social, todos iban al "Tzontémoc" donde los
acompañaban las mujeres que habían fallecido en parto, quienes eran diosas y
portadoras de la buena suerte. En cambio, quienes morían en la guerra iban al
reino del sol y 4 años después se convertían en aves de colorido plumaje.
Aquellos que morían por alguna causa relacionada con el agua (un rayo,
ahogamiento) iban al reino del dios de la lluvia, donde era siempre verano y
había lluvias, por eso a esos muertos se les enterraba acompañados de semillas y
herramientas para sembrar.
Con la imposición de la religión cristiana por parte de los colonizadores
españoles, las imágenes de los dioses cristianos fueron superpuestas sobre las
imágenes de los dioses antiguos. Así la diosa Coatlicue pasa a ser la virgen
Guadalupe-Coatlicue. Y los ritos del día de muertos se combinan con la festividad
cristiana de todos los santos.
En la época actual hay pueblos del centro y sur de México donde al morir
alguien, se le coloca en el ataúd, agua, cerillos, sal y monedas. El agua es para
que el difunto beba, los cerillos son para que se ilumine en el oscuro camino que
va a recorrer, la sal es para que el cuerpo no se corrompa antes que llegue a la
otra vida y las monedas son para pagar a un "Escuintle" o perro sagrado, quien le
ayudará a cruzar a nado un río que el difunto encontrará en su camino. Después de
ese río se abrirán dos caminos: uno que conduce al cielo y otro que conduce al
infierno. Por eso la fiesta de los muertos es la afirmación de que existe el
alma. Y en esta celebración se recuerda al alma.
La ofrenda debe contener agua para saciar la sed del difunto, sahumerio de
incienso o copal para purificar el ambiente, flores de "Cempasúchitl" o flor de
muerto para hacer un camino que guíe al difunto hacia su ofrenda, monedas y un
perro negro para ayudarlo a cruzar "el río de las siete Brazas", velas, para que
ilumine su camino de regreso y una vara de rosal para que espante al demonio.
También debe tener hojas de palma y papel picado de colores para adornar la
ofrenda. Y no deben faltar el Pan de Muerto y las calaveras de azúcar.
LA OFRENDA TOTONACA - NINÍN: “CULTO A LOS MUERTOS”
Ninín se refiere a los muertos entre los totonacos y lo constituye una serie de
ceremonias rituales. Desde el 31 de octubre da comienzo la festividad de los
Fieles Difuntos, los que murieron en forma natural. De esta fecha hasta el 1 de
noviembre llegan las ánimas de los niños (Laqsq’at’án), y del 1 al 2 de noviembre
llegan las ánimas de los adultos; se cree que llegan en forma de insectos a comer
la ofrenda, porque su olor les despierta el apetito. Por eso se prefiere alimento
recién hecho y caliente. Como se tiene la creencia de la presencia “etérea” de
los muertos, estos sólo pueden apropiarse de la esencia u olores de las comidas
que ahí se ofrecen, de ahí que a su llegada al medio día del 2 de noviembre, que
es la cita para ellos, los alimentos deben estar calientes, con el fin de que
despidan sus vapores aromáticos. Para que los difuntos se sientan en su ambiente
es que se adorna el altar con estrellas de palma que simbolizan el cielo.
LOS DIAS DE LOS MUERTOS SE DESARROLLAN EN TRES MOMENTOS:
Día de San Lucas, el 18 de octubre. En este día prácticamente da comienzo la
celebración de los muertos; San Lucas es patrón de los difuntos que murieron en
forma violenta, los asesinados, los ahogados, o los que murieron por alguna
enfermedad extraña, pues son guiados por el mal o por la deidad del agua o de los
ríos (Áktsin) y se les identifica como los “malos aires” que traen enfermedades.
En cambio el destino es diferente para los que murieron en forma natural. El
altar se instala en el interior de la casa, junto al de los santos católicos, y
se venera a San Lucas.
La primera ofrenda se hace el 18 de octubre día de Sn. Lucas, ofrendando café y
aguardiente. El día de la flor es el 30 de octubre. El 31 es el día de los niños.
El día de los muertos grandes es el 1º de noviembre. El 2 de noviembre es el día
de la bendición. (A mediodía). En estos días se ofrendan los alimentos a las
ánimas, y se dice que también vuelven las ánimas solas: aquellos difuntos que no
tuvieron familia o pariente alguno en la vida; se les pone su ofrenda en un
pequeño altar que va colocado en el exterior de la casa, o en el patio o el
camino. Se dice que estas ánimas solas no pueden entrar a la casa grande, y su
pequeña ofrenda consiste en una taza de chocolate, pan y tamales con una veladora
encendida.
AKTUMAJAT, OCTAVA O FIN DE LA FESTIVIDAD: Las ánimas aún no se han retirado por
completo, por eso se les vuelve a colocar su ofrenda a los ocho días, que es la
octava, y de nuevo se adornan los altares que se han reservado para ese día. Se
cree que en ese día se van definitivamente al mundo de los muertos y ello se
vuelve ocasión para visitar el cementerio, a fin de llevar ofrenda, último
momento para “encaminarlos” y ya no volverán hasta el año siguiente.
LOS MAYAS
Los mayas concebían el tiempo en forma cíclica, concepto fundamentado en el
eterno movimiento del sol, la luna y los cuerpos celestes. Esta concepción estaba
ligada a un espacio universal en el que tenía lugar el fluir infinito del tiempo.
Estaba constituido por la tierra, que era un plano rectangular, con trece planos
celestes por arriba y nueve mundos inferiores por abajo. En el centro había una
ceiba (Ceiba Pentandral), el Ya'axche', sagrado y primigenio árbol verde de la
vida, que atravesaba todos los espacios, uniéndolos entre sí.
Creían en un solo dios llamado Hunab K'u, creador de los cielos, la tierra y de
todo lo existente en esta vida. En las esquinas del mundo estaban los Bacabes
sosteniéndolo, cada uno con sus características propias: al norte estaba Xaman y
su color era el blanco; al sur, Nojol, de color amarillo; al este, Lak'in, con su
color rojo; y al oeste Chik'in, al que le correspondía el color negro. Los trece
espacios celestiales eran llamados Óoxlajuntik'uj, y correspondían a las ramas
superiores más frondosas de la ceiba, a cuya sombra se gozaba de frescura y
descanso eterno. Cada uno estaba regido por una deidad. Las raíces gruesas y
profundas del Ya'axche' conducían a los nueve mundos inferiores o Bolontik'uj,
cada uno vigilado por su guardián protector.
Éste era el lugar en el que los ciclos de los humanos se enlazaban a las
secuencias divinas que regían sus destinos. El recorrido del sol, principio de
vida y movimiento: asciende del oriente iluminando los cielos hasta ocultarse por
el poniente y penetra en el inframundo convertido en jaguar para luchar contra
las fuerzas de la oscuridad durante la noche, y renacer triunfante una vez más, y
otra, y otra, y otra. Esta cosmovisión estuvo y está presente en la cultura maya;
normó la economía de la vida cotidiana, los saberes, las fiestas y sus rituales,
el culto a los dioses, la simbología del arte y la arquitectura.
Para los mayas, la vida humana estaba constituida por el Pixan, regalo que los
dioses entregaban al hombre desde el momento en que era engendrado; este fluido
vital determinaba el vigor y la energía del individuo, era una fuerza que
condicionaba la conducta de cada hombre y las características de su vida futura.
El elemento que viajaría al inframundo al sobrevenir la muerte física.
Creían que el mundo de los vivos, el de los muertos y el de los dioses, estaban
unidos por caminos en forma de serpientes fantásticas por donde transitaban las
ánimas. Estos lazos eran fervorosamente mantenidos mediante ritos propiciatorios,
rezos y plegarias. Conducían a los difuntos hasta el cielo correspondiente, y
eran también el camino de retorno desde su lugar junto a los dioses hasta su
resurrección en el vientre de las mujeres embarazadas.
Los mayas recibían la muerte como un evento natural. Apenas fallecía un
individuo se le amortajaba y para evitar la falta de alimento en su otra vida, se
le ponía en la boca masa de maíz molido. En su tumba, se colocaban junto a él
ofrendas que mostraran su rango social, oficio y sexo, así como sus pertenencias.
Si era guerrero se le ponían sus armas; si era sacerdote, sus libros sagrados,
sus cuentas para predecir el futuro; si era mujer, las piedras para moler maíz y
sus herramientas para tejer. Además se enterraba a un perro que guiaría al Pixan
de su amo en el azaroso viaje a la eternidad. De día, los deudos lloraban al
difunto en silencio, y de noche, lo hacían con gritos y lamentos.
El paso de la vida a la muerte era difícil y delicado. Se creía que las almas de
los muertos no abandonaban la tierra inmediatamente después del deceso.
Permanecían entre sus familiares llevando la vida de costumbre sin darse cuenta
de su cambio de estado. La revelación de lo ocurrido tenía lugar días después y
hasta entonces el alma emprendía el viaje al lugar que le correspondiera. Este
trance se prolongaba con las almas de los adultos, las cuales se resistían a
dejar el cuerpo por temor a los Okol Pixan o ladrones de almas, que rondaban en
los momentos de agonía; este peligro era sorteado mediante la presencia de un Aj
K'iin para auxiliar al moribundo poniéndolo bajo la protección de Junab K'uj.
Cuando la agonía se prolongaba demasiado, un familiar le daba al difunto doce
azotes suaves con una soga para aligerar la partida del alma que al desprenderse
del cuerpo salía de la casa por las pequeñas aberturas de los extremos del
jo'olnaj che' o viga mayor.
A los muertos comunes y sin rango se les sepultaba bajo el piso de sus casas o
en la parte trasera de éstas, que posteriormente eran abandonadas por los
familiares. Por el contrario, los señores y gobernantes eran enterrados en
hermosas tumbas -algunas de ellas de la más exquisita arquitectura en cuyas
paredes, la pintura y la escultura contaban las historias de las dinastías y los
linajes sagrados. Sus rostros eran cubiertos con máscaras de mosaico de jade,
símbolo de abundancia y vida. Los nobles, los guerreros y los sacerdotes
prestigiados socialmente, eran incinerados y sus cenizas se depositaban en urnas
de barro en forma de ollas o figurillas. O bien se les cercenaba la cabeza para
reverenciarla. Ésta se cocía, se descoronaba y se partía en dos, aserrándola de
lado a lado. La parte frontal se pintaba con betún o era modelada con los rasgos
del difunto en los espacios vacíos, decorándola con piedras preciosas. Estos
cráneos se custodiaban en los altares familiares cuyo diseño reproducía la forma
del Universo.
La mesas de los altares era el plano rectangular que representaba a la tierra;
sus soportes -los bacabes- eran cuatro horquetas que se prolongaban por encima de
este plano y se amarraban con corteza de árboles, haciéndolas convergir en el
centro de la mesa. En ella se depositaba copal, agua, sal, fuego, miel, maíz,
cacao, baálche', pozole, semillas, frutas, plumas, piedras preciosas, algodón y
cera, ofrendas benditas para propiciar el feliz encuentro de los Pixanes con la
Madre Tierra.
La muerte en Yucatán
En Yucatán, la muerte es vista como continuidad, permanencia y renovación. Todos
la cargamos, es nuestra compañera de viaje, nos alerta contra el peligro
recordándonos a cada momento nuestra naturaleza mortal y limitada. El antropólogo
José Tec Poot (1949-1985), rescató de la tradición oral este hermoso poema.
Tucul in cah u yahal cab
Tukul in cah u yocol kin
Tech tun in tuculé
Tech can a bis in pool chikin
Pensando estoy cuando amanece,
Pensando estoy cuando cae el sol,
Entonces tú, pensamiento mío,
Has de llevarme hasta la muerte.
Estas palabras ilustran claramente, porqué nos relacionamos con la muerte con
naturalidad.
HANAL PIXAN o Comida de Ánimas
Es una tradición de Yucatán que tiene muchos años, y sirve para recordar a los
familiares que han fallecido, se llama en maya: Hanal Pixan, que quiere decir:
comida para las animas. Hanal comida (la h en maya tiene sonido de j) y pixán =
ánima. Es la ceremonia de ceremonias realizada para honrar a nuestros ancestros,
para establecer y mantener el vínculo entre vivos y muertos. La heredamos de
nuestros padres y abuelos, quienes nos enseñaron la costumbre de respetar y
recordar a los que se nos han adelantado en el camino. El Hanal Pixan tiene lugar
los días 31 de octubre para las almas infantiles; 1o. de noviembre para las
adultas; el 2 para los fieles difuntos y se prolonga por ocho días en algunas
comunidades. En mesas de uso cotidiano cubiertas con manteles limpios y bordados
se pone la tradicional Cruz Verde, los retratos de los difuntos y la comida y
bebidas que más apetecían en vida, acompañándolas con frutas, flores, velas,
panes, cigarrillos, sal y un vaso con agua. Esto último es indispensable, pues el
ánima viene sedienta de tan largo viaje y deberá ser alimentada para resistir tan
duro esfuerzo. Por ello la ofrenda es generosa.
En algunas comunidades del -sur, centro y oriente del Estado, es costumbre
colocar velas para iluminar el trayecto de las ánimas, e impedir que sean
molestadas por los demonios. En la víspera de la celebración se cree que cae una
ligera llovizna porque los muertos lavan sus ropas para venir a la Tierra.
Asimismo, se considera que los cazadores de venado no deben ir a la cacería, pues
corren el peligro de dispararle al alma de algún 'tirador' difunto; y las
bordadoras de huipiles no deben trabajar en esos días, pues pueden coser la piel
de algún muerto. A los niños recién nacidos se les anudan hilos de color negro en
las muñecas para protegerlos de los malos espíritus que rondan en esos días.
Las personas dicen que desde el 31 de octubre hasta el 30 de noviembre, las
ánimas de las personas que han muerto, tienen permiso para venir a la tierra y
estar con nosotros todo el mes de noviembre, y como son visitas hay que darles
comida, bebidas y mostrarles que se les quiere. Por eso se hace una comida
especial para ellas, las ánimas, que son los mucbil pollos o pibes, son tamales
horneados grandes, redondos, con carne de pollo y de cerdo.
Hay una leyenda que algunas personas cuentan en estos días de hanal pixan y te
la vamos a contar: El último día de octubre, o sea el 31, no se debe salir a la
medianoche porque a esa hora todas las ánimas están caminando por las calles como
en una procesión y llevan velas encendidas. Dicen que son las ánimas que están
llegando. Esa procesión no se debe ver, porque puede ser que una de esas ánimas,
que parecen personas de carne y hueso, se acerque a uno y le de una vela
encendida que tampoco se debe agarrar, ya que si uno la acepta, al día siguiente
esa vela se habrá convertido en un hueso humano y la persona que la recibió se
puede enfermar muchísimo e inclusive se puede morir.
Historiadores y cronistas, como Fray Diego de Landa y Cogolludo, aseguran que
entre los mayas no existían cementerios en sus ciudades. El maya sepulta sus
muertos en su propia morada. El entierro lo hacían a espaldas de su casa, en un
patio libre de malezas y bien barrido, donde era abierta una fosa y en la misma
tierra, sin ataúd, colocaban el cadáver introduciéndole en la boca cierta
cantidad de masa de maíz bien cocida, llamada "keyem" para que pudiera
alimentarse mientras reposaba. Hecho el entierro, colocaban una señal para
identificar la tumba. Generalmente consistía ésta en un corralejo de dos metros
en cuadro, hecho de varillas o palos: "coloc-ch". Y en tiempos de la colonia
marcaban aquellos sitios con una tosca Cruz de madera que colocaban dentro del
cuadro.
Debido a esta práctica indígena de sepultar los muertos en casa para tenerlos
cerca, a fin de poderles ofrendar presentes que consistían en alimentos, frutas y
ceras, nació la costumbre de hacer en los días de difuntos los "pibil-uahes" o
"mucbipollos. De ahí el "Hanal-Pixan", que quiere decir: "banquete de las
ánimas". En las casas y campos, colocan jícaras de atole y cajetes de comida
dedicados a los difuntos; y creen firmemente que, invisibles, descienden las
almas a tomar una parte de ella, que es lo que llaman "tomar la gracia". Las
comidas se acompañan de un delicado licor de anís llamado xtabentún o de atoles y
también de dulces y frutos regionales. Cada familia elabora su propio altar de
tres niveles que instala en un lugar especial de la casa. En el primer nivel se
pone la ropa, en el segundo los alimentos, flores, frutas y juguetes (ofrenda
para las almas de los niños) y en el nivel superior se coloca una cruz fabricada
con ramas. Para las animas solas (las almas sin parientes), se cuelgan jícaras
con porciones de comida y bebida en el árbol de la entrada o en el marco de la
puerta de la casa. Se alumbran el camino con cirios para que las flamas orienten
a las ánimas hasta su ofrenda iluminada con velas de colores. Si en la ofrenda en
la ofrenda encontramos una vela negra, esta representando a una mujer que fue
viuda, una vela blanca a una virgen difunta y una azul, a un infante.
ORIGEN DE LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS
Se celebra en la iglesia Católica el 1 de noviembre y tiene por finalidad honrar
a todos los santos canonizados y a los que no lo han sido todavía. Fue creada por
el papa Gregorio IV en el siglo IX y desde entonces se celebra. En su etapa
primitiva, esta fiesta nació en las catacumbas de Roma, al honrar en una
ceremonia general a los mártires cristianos que fueron sacrificados en tiempos
del emperador Diocleciano.
FUSIÓN DE DOS CULTURAS: En el siglo XVI tuvo efecto un encuentro de culturas, la
española y la indígena, en el cual los vencedores trataron de imponer su idioma,
sus costumbres y religión, la católica, y en cambio los vencidos lucharon por
preservar sus propios valores culturales. Con la introducción de una nueva
concepción religiosa, tres fueron las órdenes que se establecieron durante la
primera mitad de este siglo en nuestro territorio: los Franciscanos en el año
1524 los Dominicos en 1526 y los Agustinos –que desembarcaron en Veracruz- en
1533. Ellos trajeron el miedo a la muerte, que es a la vez el temor al juicio
final y por lo tanto al infierno. También introdujeron al esqueleto acompañado de
una guadaña, todo lo cual significa el preludio de nuevas catástrofes o
desgracias.
Los españoles hallaron ideas parecidas a las del cristianismo entre los mexicas,
como la creencia de la inmortalidad del alma -pues al desprenderse del cuerpo
ésta podía ir a morar, según hubiera sido la muerte, al Tlalocan o paraíso de
Tláloc, o al lugar donde residía Mictlantecuhtli, señor de los muertos-, así como
el culto a los muertos, que presenta hondas raíces prehispánicas.
La celebración de Todos Santos es una costumbre que se han transmitido de
generación a generación. Es consecuencia de la creencia de que, según la edad,
les era permitido a los muertos “salir” de sus tumbas en una manifestación de
fuerza llamada ánima, algo abstracto, es decir, el espíritu de ellos, que venía a
estar entre los suyos. Tal situación acontecía del 1 al 3 de noviembre de cada
año y sucedía así: DIA 1: “Día de los chiquitos” o niños. DIA 2: “Día de los
grandes” o adultos. DIA 3: “Día del retorno” y de la entrega de ofrendas o
comestibles a las amistades.
La presencia de los franciscanos en el siglo XVI fue determinante en la fusión
de elementos indígenas y españoles que aparecen constantemente en el Altar de
Muertos. Los colores (negro, morado, amarillo y rojo) llenos de significado
dentro de las dos religiones dan la peculiaridad al altar. El papel picado en
diseños geométricos es negro y morado; el negro hace referencia, en la religión
prehispánica al Tlilan, el lugar de la negrura, y al Mictlán, es decir el sitio
de los muertos; y el morado, es una influencia de la religión católica, que
significa luto. En esta profusión de colores sombríos, resplandece la flor de
cempoalxuchitl, símbolo de la luz, del sol y de la vida. El rojo de la "mano de
león" o "moco de pavo", significa específicamente la expresión de la sangre de
Cristo y la Resurrección, así como la vida humana y animal.
Las almas van llegando por días (al mediodía). Y solo tienen estos días permiso
para poder visitar a sus familiares y amigos vivos.
28 de Octubre: Llegan las almas de las personas que hayan muerto ahogadas.
29 de Octubre: llegan las almas de los muertos por accidentes, asesinatos,
desgracias o en forma violenta.
30 de Octubre: Llegan las almas de los niños del Limbo. En algunos lugares se
dice que en este día se regresan las almas de los muertos del 29 de Octubre.
31 de Octubre: Llegan las almas de los niños y adultos no bautizados.
1 de Noviembre: Llegan las almas de los adultos.
2 de Noviembre: regreso de todas las almas al lugar de los Muertos.
Las creencias varían de región en región
El 27 de octubre, los espíritus de aquellas almas sin sobrevivientes y sin hogar
para visitar, son recibidas en algunos pueblos con pan y jarras de agua colgadas
afuera de las casas. Las ofrendas son pobres, pero por lo menos las almas
huérfanas encuentran algo. El 29 de octubre, a aquellos que murieron por
accidente, asesinato o de otras formas de muerte violenta, se les ofrece
alimentos y bebidas afuera de la casa o en el patio para evitar que entren los
espíritus malignos de almas sin perdonar. En la noche del 31 de octubre, los
niños muertos vienen a visitar el hogar; para el mediodía del primero de
noviembre ya tendrían que haberse ido. Las campanas tocan toda la tarde para
saludar a los 'fieles difuntos.' La familia da la bienvenida formal al difunto
más reciente y, a través de él, se saluda a los otros antepasados. A la puesta
del sol, la familia se traslada al panteón para una vigilia de comunión con todos
sus fieles difuntos. Se prenden las velas sobre las tumbas, una por cada alma
ida. En algunos lugares se colocan alimentos en las tumbas. Para la noche del 2
de noviembre la fiesta ha terminado. Las almas regresan al mundo de los muertos,
estimuladas a partir por enmascarados del pueblo cuya misión es asustar a las
almas más renuentes a salir.
Según la tradición la forma de colocar el altar, es haciendo 3 niveles, la parte
alta representa el cielo, la segunda el Limbo y la tercera la Tierra. Hay mucha
significancia en los elementos del altar de los muertos. La imagen de las Ánimas
del purgatorio sirve para obtener la salida del purgatorio del alma de nuestro
difunto por si acaso se encontrara ahí. La cruz pequeña de ceniza se pone por si
el ánima se encontraba en el purgatorio, ayudándolo a salir de ahí para continuar
su viaje hasta la presencia del Creador. La cruz grande de ceniza sirve para que
al llegar el ánima hasta el altar, pueda expiar sus culpas pendientes. Los cirios
morados o si el candelero lleva ornato morado, son señal de duelo. 4 cirios en
cruz, representan los 4 puntos cardinales, de manera que el ánima pueda
orientarse hasta encontrar su camino y su casa. 3 calaveras chicas en nivel bajo,
son dedicadas a la Santísima Trinidad, y una grande en el mismo nivel, al Padre
Eterno. El agua es para que se moje los labios resecos por el largo viaje desde
el más allá. El licor, tequila preferentemente, es para que recuerde los
acontecimientos agradables durante su vida. El copal sirve para que su humo
limpie el lugar de malos espíritus y así pueda entrar el ánima a su casa sin
ningún peligro. En muchos lugares se acostumbra a poner en la ofrenda los objetos
de trabajo u objetos que usó en vida el muerto.
Requerimientos de un altar de muertos: Retrato del difunto. Pintura de las
Ánimas del Purgatorio. Cirios morados en pares. Calaveras grandes de azúcar.
Calaveras de azúcar medianas. Candeleros. Incensarios. Jarra y vaso de vidrio
transparente con agua natural. Cazuelas con comida. Chiquihuite tortillero.
Botella de licor, vaso 'caballito' (para tequila) salero, platito con limón
partido. Pan de muerto. Papel de china morado o rosa oscuro, tantos pliegos como
superficie se pretenda cubrir. Flores de zempoalxochitl. Copal. Ocote en rajas.
Carbón de madera. Ceniza de leña.
Elementos esenciales de una ofrenda familiar y su significado
EL ALTAR: se levanta sobre una mesa cubierta con un mantel bordado o deshilado,
dos arcos de carrizo adornados con flores de papel de china abombado; a este
conjunto se le llama portada o retablo. En el altar de muertos se enciende una
vela a cada persona, llamándole por su nombre al encenderla.
EL RETABLO: Empotradas en la pared, junto al altar, figuran imágenes de santos y
una cruz, que representa la resurrección y la vida.
EL AGUA: Representa el principio de la vida, purifica y lava.
EL INCIENSO: Se utiliza como medio de unirse a Dios con la oración.
LA SAL: Representa que nosotros algún día nos convertiremos en sal.
LOS CIRIOS: Sirven para guiar los pasos de las ánimas en su viaje a la
eternidad. Las fijadas en los sepulcros son símbolo de inmortalidad.
LA FLOR: Representa la fugacidad de la vida. En muchas partes la gente forma un
sendero con pétalos de zempoaxochitl, desde el altar hasta la calle, para que las
almas encuentren el camino. El color amarillo del zempaxochitl, es para que
puedan verlo con su mínima vista, y es el camino de flores la guía primera que
conduce al convite en la casa, donde el altar espera su llegada. Se cree que los
muertos ven el color anaranjado de esta flor como partes luminosas.
Se dice que el olfato es el único de los sentidos que se utilizan en el más
allá, y se desarrolla para facilitar el regreso guiado por el aroma de la propia
vivienda. Hay que servir los alimentos calientes, para que despidan más olor y
puedan así disfrutar del banquete.
Se requiere la presencia de los cuatro elementos con los que todo está formado:
Agua, tierra, viento y fuego. Ninguna ofrenda puede estar completa si falta
alguno de estos elementos y su representación simbólica es parte fundamental de
la ofrenda. El agua, fuente de vida, en un vaso para que al llegar puedan saciar
su sed, después del largo camino recorrido. El pan, elaborado con los productos
que da la tierra, para que puedan saciar su hambre. El viento, que mueve el papel
picado y de colores que adorna y da alegría a la mesa. El fuego, que todo lo
purifica, y es en forma de veladora como invocamos a nuestros difuntos al
encenderla y decir su nombre.
Manifestaciones culturales asociadas a la Muerte
Desde los tiempos coloniales, las costumbres de los grupos étnicos sujetos al
dominio de los españoles fueron consideradas como transgresoras de las creencias
cristianas. Las danzas, mitotes, jácaras, mojigangas de indios, negros, chinos y
mestizos de todos los colores fueron perseguidas por la Inquisición. "... En un
corrincho de hombres y mujeres, se cantó a dos voces y con risas de los
concurrentes el verso siguiente:
A San Miguel te pareces en el ombligo
porque tienes debajo al enemigo
En todo el folklore mexicano están presentes las danzas acompañadas de coplas,
de humorísticos duelos verbales hombres, entre dos hombres, entre un hombre y una
mujer, un anciano y un joven o entre grupos musicales. De esta tradición popular
salieron también las llamadas Calaveras, versos rimados que se escriben para el
Día de los Difuntos jugando con las palabras y los aconteceres haciendo pasar a
los vivos por muertos.
Los relatos de aparecidos y almas en pena que narran los mayores en estos días,
es otra vieja tradición oral que viene transmitiéndose para mantener vivo en la
memoria el retorno de los muertos a este mundo. "Esto sucedió hace pocos años en
una ciudad del interior del Estado. En la víspera del Día de muertos, María pidió
permiso a sus padres para asistir con sus amigas a un baile de Acogen. Le
concedieron el permiso pero le dijeron que, antiguamente, la gente no
acostumbraba salir por las noches y menos asistir a los bailes en esos días, pues
estas fiestas son una falta de respeto a las ánimas, que según se cree rondan la
comunidad. María no tomó en serio estos comentarios y se fue al Halloween muy
contenta. Allí conoció a un joven bien parecido, atento y caballeroso, pero con
un aire de misterio que por la luz tenue y el sonido estridente de la música no
logró descifrar. Los jóvenes bailaron y bailaron hasta el cansancio. Pasada la
medianoche, el muchacho le comentó que venía de un largo viaje e iba a partir,
invitándola a acompañarlo. María se olvidó de todo y de todos, y aceptó la
invitación. Pidieron un taxi y se dirigieron con rumbo al poniente de la ciudad,
hasta llegar a una casona con muros y rejas grandes, donde el ruido y las risas
indicaban que también había fiesta. Se bajaron y el misterioso joven le pagó al
chofer... Fue la última vez que se vio a aquella feliz pareja. Al día siguiente
el taxista cayó en la cuenta de dos cosas: el dinero con que le pagaron eran
billetes sin valor desde hacía mucho tiempo y aquella casona era el Cementerio.
Otra Leyenda
Se cuenta que hace muchos años una persona que vivía en un pueblo, cercano al
Popocatépetl, en el Estado de Puebla; no creía en esta tradición. Sus vecinos,
amigos y familiares le decían que pusiera una ofrenda para su esposa que se le
había muerto hacia un año. El no la puso, e incluso se burlaba de esta tradición,
y dijo: !Qué voy a estar poniendo ofrendas!, yo no voy a poner nada, e incluso,
sí pongo algo, será solo un vaso de agua y ramas de ocote. Y así fue, es lo que
puso en su ofrenda. En la noche del 2 de Noviembre, el regresaba muy de noche de
trabajar en el campo. Caminaba por las calles oscuras del pueblo hacia su casa,
cuando al llegar a una esquina, vio a lo lejos mucha gente, que iba en procesión.
Todos iban muy contentos, desde adultos hasta niños. Todos llevaban comida en sus
manos, flores y bebidas. Se acerco más para poder ver que ocurría. Veía muy
asombrado a toda aquella gente. Cuando de repente vio a una persona que le era
conocida. Era su esposa y vio que iba muy triste y solo llevaba en sus manos
ramas de ocote. Aquella persona se puso muy triste y regreso llorando a su casa,
arrepentido de no haber puesto algo de valor en su ofrenda. Se dice, que desde
entonces, cada año, esa persona ponía ofrendas de lo más hermosas y le ponía
muchísimas cosas.
Saludos fraternales desde Xallapam "manantial en la arena"
Grupo G.E.M.A.
Edgar Jerezano A.
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