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Asunto:[redanahuak] Solo a traves de la Oscuridad puede alcanzarse la Luz / Domingo Diaz / 2ª Parte de LAS LLAVES DEL CIELO. PERLAS DE LUZ DE LA IC - V.
Fecha:Martes, 29 de Noviembre, 2005  12:39:22 (-0600)
Autor:Ricardo Ocampo <redanahuak @...............mx>

From: Domingo Diaz <domdiaz@...> 
Date: Tue, 29 Nov 2005 17:40:42 +0100 
To: redanahuak@... 
Subject: 2ª Parte de LAS LLAVES DEL CIELO. PERLAS DE LUZ DE LA IC - V. 
 
 
 
Hola queridos:  
 
  
 
Ayer ya me pareció que había escrito mucho sobre el tema de la Luz y la 
Oscuridad, pero es que es un tema tan crucial y recurrente que os envío más 
información en un formato diferente, poético y narrativo. Ambos son míos, 
para lo bueno y para lo malo. Y son un tanto antiguos, tienen ya tres años, 
o sea que el tema, como dije, es mas que recurrente, eterno. 
 
  
 
Que lo disfrutéis con alegría y gozo. 
Domingo.  
 
  
  
PERITO EN OSCURIDADES 
  
 
Muchas cuentas por pagar, 
 
cuentas tercas, insistentes 
 
llenando sueños de espadas, 
 
preso en cárceles inventadas, 
 
la noche, ciénaga de anhelos. 
 
  
 
Mi herencia,  
 
un manojo de ortigas blancas 
 
y de penas antiguas y espinosas 
 
que estrangulan alientos no nacidos. 
 
  
 
No me des, Dios, aún la luz, 
 
hazme experto en sordideces, 
 
no me des palomas ni lirios blancos 
 
dame insomnios clarividentes, 
 
borracheras lúcidas de mí 
 
coreadas de grillos imbéciles. 
 
  
 
No me des, Dios, aún la Luz, 
 
sin antes haber sido 
 
perito en Oscuridades. 
  
  
 
TU OSCURIDAD TE HA SALVADO 
 
  
 
  
 
ŠŠŠŠsolo a través de la Oscuridad puede alcanzarse la Luz. 
 
  
 
Eran las once de una calurosa noche de verano cuando en aquella amplia nave 
almacén de la Zona Franca de Barcelona se producía el cambio de turno del 
personal. Siete personas se disponían a pasar toda la noche comprobando, 
registrando, reparando y chequeando una infinidad de cajas, sacos, fardos, 
balas, bultos y contenedores de un sin fin de productos que, al parecer, el 
mundo necesitaba sin falta para seguir funcionando. 
 
³Luis, menuda nochecita os espera, no funciona el aire acondicionado². 
 
Era Pedro, el jefe del turno de tarde, detrás de su eterna sonrisa burlona. 
 
³Los de mantenimiento lo han dejado por imposible y no volverán hasta mañana 
con los repuestos, pero yo creo que la avería está en el sistema eléctrico y 
no en el aire. ....Que os sea leve². 
 
Lo que faltaba.... pensó Luis, el Jefe del turno de noche, en sincronía con 
las otras seis mentes operarias en el momento en que eran engullidas por la 
nave para pasar otra larga noche en aquel laberinto de palés, fardos y 
apilamientos de mercancías. Barcos que llegan y descargan cada día desde mil 
y un origen, camiones que recogen la mercancía al día siguiente para mil y 
un destino; y la noche, larga y calurosa por medio, para que todo funcione a 
la perfección y cada cual reciba lo que demanda en el momento en que lo 
demanda. Amén.  
 
Arturo, el responsable de las comprobaciones de listas de embarque y carga, 
era ciego. El dueño de la empresa, familiar lejano, decía que como no tenía 
donde mirar era el único que tenía la cabeza en su sitio. Le había comprado 
un ordenador y un lector de códigos que traducían y editaban la información 
en lenguaje Braille y con estos documentos realizaba su trabajo de 
comprobación de orígenes y destinos de mercancias a la perfección. El dueño 
solía decir, orgulloso de su sagacidad empresarial, que, a diferencia de los 
demás, cada Euro que se gastaba en Arturo lo multiplicaba por diez y que su 
cabeza era la mejor máquina de todo el almacén.   
 
La noche transcurría lenta y pesada. A pesar del denso bochorno, los siete 
operarios se movían ágiles entre los estrechos y cambiantes pasillos 
oblícuos que apenas dejaban los movimientos y apilamientos diarios de 
mercancías. Cada día que pasaba la nave mutaba como un ser vivo, el 
laberinto cambiaba de forma, los pasillos de ayer ya no eran los pasillos de 
hoy, cada noche había que reaprender lo ya aprendido para que el mundo 
siguiese girando.  
 
La ceguera de nacimiento de Arturo despertaba en Luis un sentimiento de 
compasión por el hecho de que aquel no podía ver, ni imaginar siquiera, lo 
que era la luz. Luis estaba sumergido en la búsqueda espiritual y aspiraba a 
encontrar la Iluminación. De alguna manera también se enorgullecía de su 
sentimiento de compasión. 
 
            No habrían llegado aún al ecuador de aquella axfisiante noche 
cuando sucedió. De repente algunos bultos, en diferentes partes del almacén, 
empezaron a soltar un humo amarillo denso. Uno a uno, desde los diferentes 
puntos de la nave en que se encontraban, los trabajadores se detuvieron 
sorprendidos, olfatearon el aire con asombro y esperaron ver fuego por 
alguna parte. Pero el fuego no aparecía, tan solo aquellas columnas de humo, 
cada vez más denso y que, en cuestión de segundos, empezaba a extenderse por 
toda la nave y a dificultar la visión. La alarma de incendios saltó 
deseperada excitando aún más los nervios a los asustados operarios con su 
estruendo rabioso, pero no había fuego por ninguna parte, solo humo y miedo 
instintivo abriéndose paso entre la perplejidad inicial. 
 
De repente Luis recordó el relato de un caso similar escuchado en el bar del 
polígono. Autoignición espontánea de compuestos químicos organoclorados, 
debida a las altas temperaturas....., contaban. No hay fuego, solo un humo 
denso, amarillo y muy tóxico que se expande muy rápidamente y que acaba con 
la vida en cuestión de minutos. Había sucedido dos años atrás en un almacén 
del puerto de Valencia y habían muerto los tres operarios que manipulaban el 
producto, por asfixia y ceguera. Toda una tragedia. 
 
Según afluían estos recuerdos se desencadenaba una reacción de pánico en su 
interior. En efecto, según las listas de embarque, se había recibido aquella 
tarde un cargamento marítimo de abonos químicos y su carga se había 
repartido por todo el almacén entre las cargas destinadas a las rutas de 
cada camión. Lo vió con total claridad y su instinto de supervivencia le 
arrancó un fuerte grito. 
 
³Todos a la calle, rápido, todos a la calle. Es un gas muy tóxico. Poneos un 
pañuelo en la boca y cerrad los ojos todo el tiempo que os sea posible, ...y 
a la calle².  
 
Miró a su alrededor tratando de ubicar la puerta de la nave y huir en 
aquella dirección. No bien la había localizado con la vista cuando se 
escuchó un fuerte chasquido y la iluminación de toda la nave desapareció. 
Avería eléctrica. Pedro tenía razón. Los transformadores habían saltado. En 
ese caso, ni siquiera las luces de emergencia funcionarían. 
 
Junto con la más absoluta obscuridad el pánico les invadió a todos. El resto 
fue una loca carrera hacia la puerta intentando aguantar la respiración. El 
humo tóxico había tomado la nave entera y ahogaba hasta el resplandor de las 
estrellas nocturnas a través de las altas ventanas de la nave. Gritos y 
toses en todas direcciones, los ojos escocían como si fuesen restregados por 
un estropajo metálico y en cada respiración se llenaba la traquea y la boca 
de un enjambre de avispas rabiosas. 
 
Alcanzar la puerta se reveló una tarea nada fácil. En la oscuridad, el 
maldito laberinto de cajas y bultos les hacía perder la dirección de la 
puerta. Cuatro curvas, cuatro angulos oblicuos entre las cajas, y la 
dirección de la puerta, visualmente captada antes del apagón, desapareció de 
sus mentes por completo. Estaban totalmente perdidos. Perseo en el laberinto 
de Creta aún veía. Luis solo oía los desalentados gritos de sus compañeros, 
tan perdidos como él, pidiendo auxilio y guía.  Ahora todo era un vagar a la 
desesperada un una loca contrareloj contra el envenamiento doloroso e 
invitable de sus pulmones. 
 
Pensó en Arturo, estaría tan perdido como él, sino más, ya que el no habría 
podido siquiera ver la dirección de la puerta. Le llamó en voz alta y por 
dos veces estuvo tentado de buscarle por entre los pasillos y arrastrarle 
con él hacia la calle, pero estaba en juego su propia vida y sus fuerzas 
eran ya escasas. Por dos veces abandonó el empeño recriminándose en lo más 
profundo su cobardía. 
 
Por dos veces también un llanto sordo y profundo de desesperación lo invadió 
cuando por dos veces alcanzó lo que creía ser la puerta de la nave y resultó 
ser una simple pared. Por dos veces sintió el aliento de la muerte, y la 
segunda vez decidió entregarse a ese aliento sin más lucha. Nunca había sido 
un valiente. Sin aire ya en los pulmones se disponía a abrir la boca para 
llenarla, en su postrera respiración, de un humo ahora ya letal, cuando por 
encima del caos y del griterío, oyó una voz firme, poderosa y coherente. Era 
Arturo. Gritaba.  
 
³Estoy en la calle, seguid mi voz, he abierto la puerta, seguid mi voz y 
llegaréis a la puerta, vamos, seguid mi voz, un último esfuerzo, vamos, 
valientes, no desesperad²  
 
Luis cerró la boca y corrió hacia la voz con loca desesperación, empujando y 
derribando bultos y cajas. Nada le haría ahora perder la dirección de la 
vida. Como si fuera el faro del fin del mundo, Arturo no cesaba de gritar 
para servir de baliza a sus ciegos y exánimes compañeros. Unos segundos 
después Luis sintió algo de aire fresco en el rostro, pero aguantó aún la 
respiración ya que el humo tóxico era aún denso. Como un toro desbocado, 
chocando, cayendo y arrasando todo a su paso, sin una gota de aire en sus 
pulmones alcanzó la puerta, abrió la boca con avaricia y cayó redondo al 
suelo, a la vez que sus pulmones se llenaban de aire, caliente, pero aire al 
fín. Lloraba con desconsuelo. 
 
Como Luis los compañeros que no habían salido aún aparecieron en la puerta 
uno a uno, ávidos de aire y llenos de terror, con la muerte en los costados. 
Durante unos minutos solo se oían los llantos y risas nerviosas de seis 
guiñapos que se arrastraban por el suelo atendidos por Arturo que, desde su 
serenidad, les llevaba ánimos y calma.  
 
Poco a poco, reanimados por el aire fresco y con el agua que Arturo les 
trajo desde la fuente cercana, lavaron sus ojos y reanudaron su respiración 
y aunque sabían que eran carne de hospital y que aún serían víctimas de 
fuertes picores en boca, nariz y ojos durante varios días, se acercaron a 
Arturo para agradecerle por haberles salvado la vida. 
 
Entre sirenas de bomberos y ambulancias que se dirigían hacia ellos, Luis 
dijo:  
 
³Arturo, te daba por muerto. ¿Cómo has logrado salir?. Eres ciego.² 
 
³Ser ciego es lo que nos ha salvado a todos. Ya que yo no me guío por la 
luz,  aprendo a moverme en la oscuridad. Cada noche, durante la primera hora 
de trabajo, recorro y memorizo la forma diaria del laberinto de cajas y 
bultos del almacén para poder caminar entre ellas el resto de la noche. Por 
ello, al oir la alarma, solo tuve que dirigirme andando hacia la puerta. 
Conocía el camino. Ni siquiera supe que no había luz, solo pensé, cuando me 
ví solo en la calle, que el humo os impedía ver la salida y grité². 
 
³Arturo², dijo Luis, ³además de expresarte, en nombre de todos, nuestro 
agradecimiento por salvarnos la vida, quiero pedirte perdón, y creo hablar 
en nombre de todos, por no haber sido lo suficientemente valiente y generoso 
para haberte buscado en el almacén y haberte ayudado a salir. Para mí esto 
era también muy importante². 
 
Arturo volvió su cuerpo hacia Luis y sus palabras se grabaron en su corazón 
para siempre.  
 
³Para alcanzar la Luz, hay primero que identificar, conocer y aceptar la 
Oscuridad y siempre saber moverse entre ella y a pesar de ella. Sin 
Oscuridad no hay Luz. Agradece de nuevo a tu Oscuridad porque te ha salvado 
la vida².  
 
  
 
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