| Asunto: | [redanahuak] 'La Tierra ya esta en plena rebeldia' / Entrevista a James Lovelock / El retorno del creador de Gaia | | Fecha: | Jueves, 8 de Marzo, 2007 10:34:59 (-0600) | | Autor: | Proyecto Interredes <lacasadelared @.....com>
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From: Reinhard Senkowski <senkorei@...>
Date: 08-mar-2007 4:40
Subject: FWD: [Enlace_Ambiental] ENTREVISTA: JAMES LOVELOCK El retorno
del creador de Gaia.
To: Proyecto Interredes <lacasadelared@...>, RED ANAHUAK
<redanahuak@...>, Foro Economia Alternativa
<economialternativa@...>
Vale leer las teorías y libros de Lovelock:
• Lovelock, James, The Ages of Gaia. A Biography of
Our Living Earth. London, 1988. [Las Eras de Gaia. La
Biografía de nuestra Tierra Viviente].
• Lovelock, G. Bateson, L. Margulis, H. Atlan, F.
Varela, H. H. Maturana y otros, Gaia. Implicaciones de
la nueva biología. Barcelona 1995. Tercera. Edit., p.
26.
Thompson, G., W. I.; Edic. a cargo, J. Lovelock, G.
Bateson, L. Margulis, H. Atlan, F. Varela, H. Maturana
y otros, Gaia. Implicaciones de la nueva biología. En
especial: Hazel Henderson, Una guía para montar el
tigre del cambio. Las Tres Zonas de Transición.,
Barcelona, 1995 3ª Edit.
---------- Mensaje reenviado ----------
From: "agustín" "guzmán" <kollasuyu@...>
To: comunidadtawantinsuyu@...
Date: Sun, 4 Mar 2007 16:46:25 -0800 (PST)
Subject: [Enlace_Ambiental] ENTREVISTA: JAMES LOVELOCK El retorno del
creador de Gaia.
Les recomiendo lean esta entrevista a James Lovelock, cientifico
ingles creador de la teoria de Gaia, la que sostiene que la tierra se
autorregula. Ademas, que en Marte no puede haber vida, al menos no
como la conocemos, porque ahi no se produce entropia (energia perdida
que se da en todas las transformaciones) . Augura un futuro dramatico
para nuestra madre tierra.
http://www.elpais.com/articulo/portada/retorno/creador/Gaia/elpepusoceps/20060507elpepspor_1/Tes
ENTREVISTA: JAMES LOVELOCK
El retorno del creador de Gaia
Creó la controvertida teoría de Gaia, según la cual la Tierra es un
todo que se autorregula Ahora vuelve, con 86 años, tan polémico. En
España acaba de publicar su autobiografía, 'Homenaje a Gaia'
(Laetoli), y en el Reino Unido saca un libro anunciando una inminente
catástrofe ambiental.
ROSA MONTERO 07/05/2006
Creó la controvertida teoría de Gaia, según la cual la Tierra es un
todo que se autorregula. Ahora vuelve, con 86 años, tan polémico. En
España acaba de publicar su autobiografía, 'Homenaje a Gaia'
(Laetoli), y en el Reino Unido saca un libro anunciando una inminente
catástrofe ambiental.
"Hay que recurrir a la energía nuclear. En países muy urbanos es
absurdo intentar sacar la energía de los molinos de viento"
"Nos veremos reducidos a sólo 500 millones de humanos viviendo en el
Ártico. Y tendremos que empezar de nuevo"
Ha sido uno de los científicos más polémicos y originales de la
segunda mitad del siglo XX y aún ahora sigue haciendo de las suyas,
pero James Lovelock posee un aspecto de abuelito amable y divertido,
ese abuelo que todos los niños del mundo quisieran tener. Ríe con
sonoras y abundantes carcajadas, practica un sentido del humor de cuya
agudeza no se salva ni él mismo y, con su rostro risueño nimbado de
abundantes pelos blancos, da toda la impresión de ser un hombre en paz
consigo mismo y capaz de disfrutar cada uno de los instantes de su
vida. Tiene 86 años, pero no los representa. Desde luego no es un
anciano, sino un ser que parece estar fuera del tiempo, un personaje
salido de algún cuento, un gnomo de los bosques, enjuto, pequeñito,
vibrante de energía.
Como los gnomos, vive en mitad del campo, en el suroeste de
Inglaterra, en una pequeña granja rodeada de 14 hectáreas de tierra.
En el exterior, el mundo bucólico, y en el interior, una atmósfera de
incesante trabajo: dos salas llenas de ordenadores, de papeles, de
libros y cachivaches. Allí, ayudado por Sandy, su segunda mujer, una
treintena de años más joven que él e igual de acogedora, Lovelock
prosigue con su actividad científica. Hace 40 años, este hombre ideó
la teoría de Gaia, según la cual nuestro planeta sería un todo capaz
de autorregularse. Nunca dijo que Gaia, la Tierra, fuera un ser
pensante, ni que tuviera conciencia ni propósito, pero, pese a ello,
sus ideas fueron perseguidas y ridiculizadas ferozmente por los
científicos durante mucho tiempo, hasta que, a partir de los años
noventa, empezaron a ser aceptadas de manera mayoritaria.
Este viejo científico inglés que es un poco gnomo y quizá un poco niño
adora construir sus instrumentos con sus propias manos (habla de eso
como si fuera un juego), y es además un prolífico inventor. Hace
también 40 años creó el detector de captura de electrones (ECD), una
máquina pequeña y barata que revolucionó el mundo. El ECD es tan
sensible que, si derramamos una botella de perfume en Japón sobre una
manta, a las dos semanas el detector podría percibir partículas de ese
perfume en el aire de Londres. Con ese invento sencillo y milagroso,
los ecologistas descubrieron residuos de pesticidas en todo el
planeta. Y fue el propio Lovelock quien, usando su máquina, advirtió
en mediciones sobre el océano la existencia de los CFC, los famosos
clorofluorocarbonatos que están alterando de manera radical el
equilibrio atmosférico. Todo esto dio lugar al Protocolo de Montreal y
a cuanto ha venido después en el tema de la política medioambiental.
Se puede decir que Lovelock cambió el mundo, y desde luego fue el
padre de la ecología moderna, aunque, en general, él no se lleva
demasiado bien con los verdes: considera que la mayoría de los
ecologistas "no sólo desconocen la ciencia, sino que además la odian".
Ahora, este abuelo vitalista y alegre regresa convertido en un
mensajero de la oscuridad. Su último libro, The revenge of Gaia (La
venganza de Gaia), recién publicado en el Reino Unido, viene a
decirnos que estamos inevitablemente abocados a una catástrofe natural
casi inmediata. Desde luego, resulta difícil creer que el mundo tal y
como lo conocemos se haya acabado para dentro de 60 u 80 años. Pero, a
fin de cuentas, también nos resulta difícil creer en nuestra propia
muerte.
Su último libro ha sido un verdadero bombazo, y muy polémico. Usted
presenta en él un futuro muy negro para la humanidad.
Me temo que sí, es una historia muy triste, aunque no totalmente
desesperada. Va a ser un golpe muy grande para los humanos, pero habrá
supervivientes y tendremos la oportunidad de empezar de nuevo. Porque
en esta ocasión lo hemos hecho fatal. En cierto modo me siento mal por
ser el portador de unas noticias tan terribles, pero por otro lado
miras alrededor y ves que las cosas empeoran y empeoran por momento en
el mundo, y alguien tiene que intentar detener ese desastre.
Dice usted que para 2050 se habrán deshelado los polos y que Londres,
entre muchos otros lugares de la Tierra, estará sepultado bajo las
aguas.
En efecto, los polos se habrán deshelado totalmente, y puede que antes
de esa fecha. En cuanto a las inundaciones, no estoy seguro de si
ocurrirán tan pronto. Lo que provocará las inundaciones masivas será
el deshielo de los glaciares, y puede que eso tarde un poco más.
Pero en cualquier caso sería lo suficientemente pronto, antes de que
se acabe este siglo.
Oh, sí, eso desde luego. Definitivamente, antes de que se acabe este
siglo, Londres estará inundado. Y todas las zonas costeras. Imagínese
Bangladesh, por ejemplo; el país entero desaparecerá bajo las aguas. Y
sus 140 millones de habitantes intentarán desplazarse a otros países…
Donde no serán bien recibidos. En todo el mundo habrá muchas guerras y
mucha sangre.
Mire, lo que más me inquieta de sus predicciones es que usted nunca ha
sido un hombre apocalíptico.
Nunca, nada. Siempre he sido justamente todo lo contrario.
Que usted salga ahora con un libro tan pesimista debe de haber
supuesto un choque en la comunidad científica.
Bueno, tengo bastantes amigos en el campo de la ciencia, y
especialmente dentro de los científicos del clima, que manejan los
mismos datos que estoy manejando yo. Lo que pasa es que, al estar
empleados, no pueden hablar claramente de estas teorías, porque si lo
hicieran perderían sus trabajos. Pero han hablado conmigo y me han
dicho que en cierto sentido, yo soy su portavoz. Están muy
preocupados. Y su actitud respecto al libro que acabo de publicar es
que, en todo caso, se queda corto. La situación es verdaderamente muy
mala.
Tan mala que usted sostiene que hay que recurrir a la energía nuclear,
porque no hay tiempo para descubrir otra energía alternativa lo
suficientemente eficiente.
Así es. No es que yo esté en contra de otras energías alternativas,
sobre todo en algunas zonas como, por ejemplo, los países desérticos,
en donde resulta de lo más razonable usar la energía eólica para
desalinizar el agua. Pero en países muy urbanos y densamente
habitados, como Inglaterra o Alemania, es absurdo intentar sacar la
energía de los molinos de viento.
Su apoyo actual a la energía nuclear le ha puesto otra vez en el ojo
del huracán. Seguir siendo así de polémico con 86 años tiene su mérito
y su gracia.
Bueno, supongo que sí, en tanto en cuanto consigas evitar los misiles
que te disparan desde todas partes.
Además de científico es usted inventor y ha creado unas sesenta patentes.
Pues sí, pero no poseo ninguna de ellas. La gente no suele saber que,
si quieres patentar algo, todo el proceso legal hasta llegar a la
patente te cuesta 100.000 libras (140.000 euros), y a ver cuánta gente
tiene dinero para poder permitírselo. Porque, además, sólo un invento
de cada cinco termina siendo rentable. Por otra parte, no soy un
hombre de negocios y nunca quise serlo, así es que lo que hice fue
buscar alguna empresa buena, amable y honrada, como Hewlett-Packard,
por ejemplo; es una de las compañías con las que trabajo. Y entonces
llegas a un acuerdo muy simple según el cual les cedes tus inventos
dentro de un campo determinado, y a cambio ellos te pagan un dinero.
Hewlett-Packard me ha pagado 32.000 dólares al año, y me basta.
Pero podría haberse hecho usted multimillonario con alguno de sus
hallazgos… Sobre todo con el ECD. Y, de hecho, usted patentó ese
invento. Pero luego se lo robaron.
Lo que sucedió es que yo fui a la universidad norteamericana de Yale a
trabajar durante unos meses en el departamento de medicina. Ya llevaba
el ECD en la cabeza desde mucho antes, pero lo construí allí. Los de
Yale dijeron: "Bueno, vamos a patentarlo; un tercio para Yale, otro
para una agencia de patentes y otro tercio para ti". "Bueno", dije,
"acepto". No soy avaricioso y no me importaba compartir la patente.
Pero en cuanto registramos el ECD recibí una carta muy ruda del
Gobierno americano diciendo que ellos se quedaban con la patente. Me
quedé atónito, pero entonces recibí una carta mucho más amable del
decano de medicina de Yale, en la que me pedía por favor que
renunciara a mis derechos, porque estaban amenazando con cortarles la
mitad del presupuesto al departamento. Así es que renuncié. Podría
haber acudido a abogados y demás, pero todo eso cuesta dinero y yo no
sabía si iba a poder recuperarlo. A decir verdad, por entonces yo no
pensaba que el ECD fuera a ser una patente muy valiosa.
Y luego se convirtió en uno de los inventos fundamentales de la
segunda mitad del siglo XX.
Sí, pero… Por favor, no me gustaría que diera la imagen de que me
siento frustrado o amargado por eso, por haber perdido la patente. No
es algo que me haya preocupado. Mire, esto es el ECD (coge un objeto
de su escritorio y me lo enseña: es un humilde objeto del tamaño de
una cajetilla de cigarrillos, unos cuantos hierros viejos clavados a
una base de madera).
¿Y esto tan pequeño cambió el mundo?
Bueno, no tiene por qué ser grande. Y lo que me encanta es que lo
fabriqué yo mismo. Fue muy divertido.
Sí, y para conseguir la fuente radiactiva que necesitaba raspó la
pintura fluorescente del cuadro de mandos de un viejo avión militar.
Cierto. Y fíjese, hoy ya no podría hacer eso, porque las nuevas
regulaciones verdes respecto al manejo de la radiactividad me lo
impedirían. Es increíble, pero si los verdes hubieran sido
verdaderamente poderosos en los años cincuenta, nunca hubiera podido
inventar este aparato.
Luego colaboró con la NASA. Entre otras cosas, inventó un instrumento
que luego formó parte de la 'Viking'.
Sí, la pieza que aterrizó en Marte con la Viking era como ésta.
(Vuelve a tomar algo de su escritorio y me lo enseña: es una birria
metálica, una especie de muelle de lo más anodino, no más grande que
una caja de cerillas). No resulta nada espectacular, pero le aseguro
que los instrumentos que analizaban la atmósfera no hubieran
funcionado sin ello.
Estando en la NASA se hizo amigo de otros científicos y ahí apareció
Gaia, de golpe, como un relámpago, en el año 1965.
Sí, trabé conocimiento con los biólogos y un día me dijeron: "¿Por qué
no vienes a una conferencia que tenemos sobre la detección de vida en
Marte?". Me pareció estupendo y acudí. Y resulta que los biólogos
estaban desarrollando equipos de detección para la superficie de Marte
como si fueran a buscar vida en el desierto de Nevada. Y yo no hacía
más que decirles: "¿Pero cómo podéis pensar que la vida de Marte, si
es que hay vida, va a crecer en el medio que le habéis preparado? La
vida allí puede ser completamente distinta". Entonces me dijeron: "¿Tú
qué harías?". "Bueno, yo intentaría buscar una reducción de la
entropía". Esto les hizo tragar saliva, porque dentro de la
fraternidad biológica nadie parece tener una idea clara de lo que es
la entropía. Eso me forzó a desarrollar un análisis atmosférico que
marcara qué condiciones pueden llevar a la vida, y de ahí surgió Gaia.
Lo que usted les dijo es que el equilibrio químico de la atmósfera
posee un índice muy alto de entropía, o lo que es lo mismo, de
desorden. Y que cuando se encuentra una atmósfera con una entropía
baja, en la que hay demasiado metano, o demasiado oxígeno, o cualquier
otro ordenamiento químico anómalo, eso indica la presencia de vida.
Porque es la vida la que altera el equilibrio químico y lo ordena. Esa
idea de la vida como generadora de orden es muy bella.
Gracias. Verá, es que el jefe de allí se enfadó conmigo porque yo
había llevado la contraria y exasperado a los biólogos, y me dijo:
"Mira, hoy es miércoles. Ven el viernes a mi despacho con un sistema
práctico de detección de vida a través de la atmósfera o atente a las
consecuencias". Aquello sonaba a una amenaza de despido, y la verdad
es que cuando te someten a una presión tan grande es increíble lo
deprisa que puedes pensar e inventar.
Y del miércoles al viernes nació Gaia.
Lo que pensé es que esos gases de la atmósfera reaccionan los unos con
los otros muy rápidamente. Sin embargo, la atmósfera de la Tierra
había permanecido estable durante mucho tiempo. Y me dije: "¿Qué es lo
que hace que se mantenga esta estabilidad?". Y lo único que podía
mantener ese equilibrio era la vida.
Luego, con el tiempo, la teoría fue desarrollándose. Gaia no sólo
mantendría la atmósfera estable, sino también la salinidad de los
mares, el clima… El nombre de Gaia, que es el de la diosa griega de la
Tierra, se lo dio su amigo el escritor y premio Nobel William Golding.
Pero la comunidad científica parece haber odiado esa denominación
desde el primer momento.
Bueno, no todos. A los científicos del clima les gustó el nombre y la
idea desde el principio. El problema siempre ha sido con los biólogos.
De alguna manera, los biólogos creen que la vida es su propiedad.
El rechazo, de todas maneras, fue tan clamoroso e insistente que han
rebautizado la teoría… Ahora se llama Ciencia del Sistema de la
Tierra.
Sí, es que todo era tan difícil en los años ochenta, y los biólogos
eran tan ruidosamente anti-Gaia, que ni siquiera conseguías publicar
un artículo en una revista científica si llevaba la palabra Gaia por
algún lado. Y por fin un buen número de científicos sensatos de
Estados Unidos solventaron el problema utilizando lo de Ciencia del
Sistema de la Tierra, que es un término que nadie puede rechazar, pero
que no tiene el impacto que Gaia tiene para el público. De hecho, el
término Gaia está regresando.
Dice que era imposible publicar artículos que trataran de Gaia. Sé que
pasó usted unos años durísimos. Durante mucho tiempo estuvo
prácticamente solo, aparte de unos pocos apoyos, como el de la
eminente bióloga Lynn Margulis. Pero no consiguió ni una sola
subvención para sus trabajos y los científicos le dedicaron los
insultos más feroces: decían que era usted un "completo imbécil", un
"místico chiflado"…
La década de los ochenta fue terrible en muchos sentidos, sí… Hubo
también algunas cosas buenas, pero fue una época de mucho dolor y
sufrimiento; también en el sentido literalmente físico. Con todo lo
que me pasó por entonces, no sé cómo no caí en una depresión, la
verdad. Pero es que deprimirme no es mi estilo.
También me admira que no se convirtiera en un amargado. Sabe, suele
suceder que, cuando alguien cree estar en lo cierto y todo el mundo le
contradice y desprecia durante años, esa persona se llena de
frustración y de odio. En usted no veo nada de eso.
Bueno, eso creo que tiene que ver un poco con nuestra idiosincrasia de
ingleses locos. Yo fui educado un poco para reprimir toda emoción, ya
sabe, esa cosa inglesa tan típica. De manera que creo que para mí
hubiera sido simplemente de mal gusto comportarme como si me importara
el rechazo de los demás. Claro que las cosas han cambiado y las nuevas
generaciones de ingleses ya no son así; ahora son mucho más parecidas
al resto de Europa, pero en mis tiempos había un poco de eso, esa
educación que hacía que te comportaras con una especie de distancia
olímpica. Esto tiene sus cosas malas, pero también buenas, porque
cuando te llega una época negativa estás mucho mejor equipado.
Mientras le discutían su teoría de Gaia, estaba usted inmerso en lo
que llama "la guerra del ozono", que fue toda la polémica que hubo en
los años setenta entre los verdes y los químicos industriales.
Ay, sí. Ésa fue una batalla adyacente y también estuve en el sector
equivocado. Se ve que es mi sino esto de estar en el sector erróneo.
Usted estuvo alineado con la industria. Pero dice en su autobiografía
que se descubrió ahí, que no es que eligiera partido.
Pues sí, es que simplemente las cosas sucedieron así. Con el ECD, la
gente empezó a descubrir restos de pesticidas por todas partes del
mundo y empezaron a ponerse locos con eso. Pero es que el ECD es un
aparato tan ultrasensible que yo le aseguro que si ahora cojo una
muestra de su sangre o de la mía, podría sacar la huella de todos los
pesticidas que se han usado en el planeta, porque están almacenados en
nuestro cuerpo. Ahora bien, los niveles de estas sustancias son tan
extraordinariamente pequeños que son totalmente inofensivos. Y lo que
sucede es que los verdes no son nada sensatos y no saben distinguir
entre la presencia de un pesticida y que esa sustancia alcance un
nivel dañino. El médico medieval Paracelsus ya dijo que el veneno es
la dosis, y tiene razón, pero los verdes no podían entender eso. Y el
caso es que cuando descubrí los CFC en el océano, me dije: "Oh, Dios
mío, ahora los verdes van a decir que nos estamos envenenando con este
producto químico", que provoca cáncer y todo eso, cuando en realidad
se trataba de cantidades ínfimas. Y entonces en aquella guerra sostuve
que el CFC no era dañino; y eso me colocó en el sector de los malos
desde el principio.
Luego se descubrió que, en efecto, el daño que hacían los CFC era de otro tipo.
Claro, tiempo después se descubrió que el daño que hacían los CFC era
en la estratosfera y a la capa de ozono, pero no en el aire y como
riesgo biológico para la gente. En fin, fue una batalla muy áspera y
amarga. Además de inútil. El verdadero problema es que la gente no se
ha hecho cargo de la situación medioambiental, y entonces Gaia está
haciéndose cargo de ella, por así decirlo. El deterioro ha ido
demasiado lejos y ahora el sistema está moviéndose rápidamente hacia
uno de esos momentos críticos. Vamos a vernos reducidos a quizá 500
millones de humanos, tan poco como eso, 500 millones de humanos
viviendo allá arriba, en el Ártico. Y tendremos que empezar de nuevo.
Y si nos esforzamos en tomar medidas y abandonar todas esas prácticas
que están alterando el ozono y provocando el cambio climático…
No serviría de nada. Hace 100 o 50 años hubiera sido posible hacer
algo, pero a estas alturas ya no hay manera de detener el proceso. Yo
creo que dentro de la ciencia del clima todo el mundo sabe que ya es
demasiado tarde. Es como ir dentro de un bote y estar demasiado cerca
de una catatara. Por mucho que remes, no podrás evitar la caída. Y
ahora lo mismo: no se pueden parar las fuerzas naturales que mueven el
planeta. A veces pienso que estamos igual que en 1939, cuando todo el
mundo sabía que iba a empezar una guerra mundial, pero nadie se daba
por enterado.
Si todo da igual, ¿qué importa usar energía nuclear o no?
Sí importa, y mucho, porque lo fundamental es conservar nuestra
civilización, de la misma manera que la civilización romana se
conservó en los monasterios durante la época oscura. Sin duda, vendrá
una nueva época oscura, y los supervivientes necesitan una fuente de
energía. Y, por ahora, la única fuente suficiente que puede
proporcionar electricidad y alimentos y calor a los supervivientes en
su retiro ártico es la energía nuclear, es lo único sensato.
Volvamos a su biografía. Tantos años luchando contra la incomprensión
y, de repente, en la década de los noventa todo parece que se arregla.
Empiezan a darle
doctorados 'honoris causa' y premios importantísimos como el
Amsterdam, en 1991, y su teoría de un planeta que se autorregula es
hoy prácticamente aceptada por todo el mundo, con o sin el polémico
nombre de Gaia. Usted cita en su autobiografía una frase del psicólogo
William James sobre el lento proceso de aceptación de una idea nueva:
"Primero la gente dice: 'Es algo absurdo'. Luego dicen: 'A lo mejor
tiene razón'. Y por último dicen: 'Eso ya lo sabíamos todos desde hace
mucho tiempo".
Sí, sí, ha sido exactamente así. Es alucinante pasar por todo ese
proceso dentro de una vida, de tu propia vida.
una vida, además, que le ha sido muy difícil en muchos sentidos. Su
primera mujer tenía esclerosis múltiple, enfermedad degenerativa de la
que murió. Su cuarto hijo, John, nació con un problema cerebral;
todavía vive con usted aquí, en la granja. En 1972 tuvo usted una
primera angina de pecho y se pasó 10 años tan enfermo del corazón que
para caminar cien metros tenía que tomarse trinitoglicerina. Y en
1982, por fin le operaron a corazón abierto y le hicieron un 'bypass',
pero en el transcurso de esa intervención le dañaron la uretra, y a
partir de entonces ha tenido que ser operado otras 40 veces. Hubo
temporadas en las que pasaba por quirófano cada semana.
Sí, sí. Y todavía sigo con ese problema. Aunque ahora no es tan crítico.
Todo eso unido al rechazo de sus teorías y cuando ya estaba cerca de
los setenta años. Es como para rendirse.
Pero yo tenía la sensación interna de que todavía iba a vivir
bastante. Todos sabemos que vamos a morir en algún momento, pero creo
que de alguna manera sabes dentro de ti si esa muerte está próxima o
no… Yo ahora mismo sé que es muy improbable que me muera mañana,
incluso con la edad que tengo. Y yo tenía esa sensación de vida
incluso entonces, en el momento de mayor negrura. Y si tienes esa
vitalidad, simplemente sigues adelante.
En 1988, con 69 años y en el momento de mayor negrura, como usted
dice, se enamoró como un adolescente de Sandy. Desde luego, hace falta
mucha vitalidad para enamorarse así.
Bueno, llevaba mucho tiempo carente de amor, digámoslo así. Porque yo
estaba comprometido con mi primera mujer por su enfermedad,
naturalmente no podía abandonarla así. Pero hacía tiempo que estaba
carente.
Luego, junto con Sandy, llegaron casualmente todos los premios y los
reconocimientos. Ha declarado usted que éstos son los años más
dichosos de su vida. Es una especie de final feliz.
Pues sí, es verdad, exceptuando que ahora en el siglo XXI va a haber
un enorme desastre ambiental.
Hablando de finales, me conmueve cómo termina 'Homenaje a Gaia', su
preciosa autobiografía. Explica usted que es un hombre de ciencia, que
es agnóstico y que no tiene fe. Y añade: "Es consolador pensar que
formo parte de Gaia y saber que mi destino es fundirme con la química
de nuestro planeta vivo".
Creo que es buena manera de contemplar el final. A veces me pregunto
por qué dejamos de adorar la Tierra, porque dependemos de ella en
todos los sentidos. Creo que fue un gran error que el ser humano
dejara de adorar la Tierra y empezara a adorar dioses remotos.
Además, como dice en su libro, Gaia es también una vieja dama. Ha
vivido 4.000 millones de años y le quedan como mucho, dice usted,
1.000 millones más. De manera que, en términos humanos, Gaia viene a
tener unos ochenta años, como usted.
¿No le parece hermosa esa idea de una diosa que también es mortal, que
ha envejecido con nosotros y que, al igual que nosotros, acabará algún
día?
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